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Sexualidad y Bioética | sección
Eutanasia y cuidados paliativos | categoría
La ancianidad | tema
Autor: Miguel Aranguren | Fuente: Fluvium.org
Mi abuela cumple noventa años
¡Qué bella es la ancianidad de los que nunca perdieron la inocencia!
 
Y es feliz como siempre

Mi abuela materna ha cumplido noventa años. Una barbaridad, aunque la vida, a medida que transcurre, se va haciendo más y más breve, hasta darnos la sensación de que hemos disfrutado de un suspiro, prueba irrefutable de que el hombre está de paso, siempre de paso, como canta Aute, de camino hacia otra dimensión.

Mi abuela ha conocido las últimas bocanadas de la monarquía de Alfonso XIII, la dictadura de Primo de Rivera, la proclamación de la República, los años del terror miliciano, el estallido de la Guerra, la herida abierta entre compatriotas, la paz, cuarenta años de franquismo, la espera del Rey (don Juan), la coronación de don Juan Carlos I, la transición, la democracia y estos años extraños del zapaterismo. Noventa años dan para esto y para mucho más: para jugar de niña en un Madrid amable y después escapar de la dictadura proletaria de las checas; para perder a un puñado de hermanos en defensa de la fe y de la libertad y enamorarse de un soldado herido en el frente; para formar una familia en Bilbao, lejos de casa, y conocer y disfrutar de los nietos; para ver morir a tres de sus hijos (“no hay dolor comparable a tu dolor...”) y celebrar la llegada de cada bisnieto. Y a pesar de tantas emociones, de tantos gozos y tantas penas..., qué pronto pasan noventa años, qué corta se hace la vida, qué deseo interior nos mueve hacia la eternidad...

No hay vida más auténtica que la que se ha bordado con la alegría y el dolor. Mi abuela Marichu es consciente de ello y los malos momentos, que han sido muchos, no han perturbado sus ansias de ser feliz, de hacer felices a los demás. Incluso en los días aciagos, sabe encontrar un comentario, un gesto que coloca la pena en su justo lugar, para que no se adueñe de nosotros. Y entonces percibimos que la alegría es más grande que cualquier otro sentimiento, como si la felicidad fuese la auténtica sustancia que alimenta a la familia, incluso en los días negros.

En la atalaya de sus noventa años, cuando ya no caben en la cabeza preocupaciones inútiles porque se adivina el final a la vuelta de la esquina, es fácil encontrarla sentada en un rincón de la sala, el rosario en las manos, desgranada cuenta a cuenta por cada uno de los que se fueron, por cada uno de los que aún estamos. A veces se duerme antes de acabar la decena en un sueño senil y pacífico, el que merecen quienes han pasado la vida haciendo el bien. Uno la contempla embelesado. ¡Qué bella es la ancianidad de los que nunca perdieron la inocencia!
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