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Y es feliz como siempre
Mi abuela materna ha cumplido noventa años. Una
barbaridad, aunque la vida, a medida que transcurre, se va
haciendo más y más breve, hasta darnos la sensación de
que hemos disfrutado de un suspiro, prueba irrefutable de que
el hombre está de paso, siempre de paso, como canta
Aute, de camino hacia otra dimensión.
Mi abuela ha conocido las últimas bocanadas
de la monarquía de Alfonso XIII, la dictadura de Primo
de Rivera, la proclamación de la República, los años del
terror miliciano, el estallido de la Guerra, la herida abierta
entre compatriotas, la paz, cuarenta años de franquismo, la espera
del Rey (don Juan), la coronación de don Juan Carlos
I, la transición, la democracia y estos años extraños del
zapaterismo. Noventa años dan para esto y para mucho más:
para jugar de niña en un Madrid amable y después
escapar de la dictadura proletaria de las checas; para perder
a un puñado de hermanos en defensa de la fe
y de la libertad y enamorarse de un soldado herido
en el frente; para formar una familia en Bilbao, lejos
de casa, y conocer y disfrutar de los nietos; para
ver morir a tres de sus hijos (“no hay dolor
comparable a tu dolor...”) y celebrar la llegada de cada
bisnieto. Y a pesar de tantas emociones, de tantos gozos
y tantas penas..., qué pronto pasan noventa años, qué corta
se hace la vida, qué deseo interior nos mueve hacia
la eternidad...
No
hay vida más auténtica que la que se ha bordado
con la alegría y el dolor. Mi abuela Marichu es
consciente de ello y los malos momentos, que han sido
muchos, no han perturbado sus ansias de ser feliz, de
hacer felices a los demás. Incluso en los días aciagos,
sabe encontrar un comentario, un gesto que coloca la pena
en su justo lugar, para que no se adueñe de
nosotros. Y entonces percibimos que la alegría es más grande
que cualquier otro sentimiento, como si la felicidad fuese la
auténtica sustancia que alimenta a la familia, incluso en los
días negros.
En
la atalaya de sus noventa años, cuando ya no caben
en la cabeza preocupaciones inútiles porque se adivina el final
a la vuelta de la esquina, es fácil encontrarla sentada
en un rincón de la sala, el rosario en las
manos, desgranada cuenta a cuenta por cada uno de los
que se fueron, por cada uno de los que aún
estamos. A veces se duerme antes de acabar la decena
en un sueño senil y pacífico, el que merecen quienes
han pasado la vida haciendo el bien. Uno la contempla
embelesado. ¡Qué bella es la ancianidad de los que nunca
perdieron la inocencia! |