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Autor: Lucrecia Rego de Planas | Fuente: Catholic.net Santi y la muerte cerebral
En un ámbito como éste no se puede dar la mínima sospecha de arbitrio y, cuando no se haya alcanzado todavía la certeza, debe prevalecer el principio de precaución
Santi y la muerte cerebral
He visto a muchos muertos en mi vida.
El primero...
a los nueve años de edad. Me llevaron del colegio
al entierro del profesor Magaña, maestro de matemáticas. Recuerdo, como
si fuera ayer, su rostro grisáceo dentro del ataúd, sus
ojeras profundas y negras... Acerqué mi mano a su frente,
pues le tenía gran aprecio, y sentí por primera vez
el frío característico de un cuerpo sin vida... sensación que
guardo en mis recuerdos hasta el día de hoy. El
profesor estaba muerto, sin lugar a dudas.
De él, siguió la
maestra de música, quien murió de púrpura sanguíneo ese mismo
año y la veo aún en mi memoria, en su
ataúd, con la cara amoratada... como si la hubieran golpeado,
al igual que sus manos, entrecruzadas en el pecho. Su
rostro rígido era el rostro mismo de la muerte. Estaba
muerta, sin duda alguna.
No contaré de todos los muertos que
han pasado por mi vida, pues el cuento se haría
demasiado largo, pero he visto morir abuelos y abuelas, tíos
y tías, primos y amigos cercanos, he visto morir a
mi madre y a mi suegra... a todos ellos he
tenido la oportunidad de despedir con un último beso en
la frente y... todos... absolutamente todos, han dejado en mis
labios el recuerdo del frío y la rigidez propias de
la muerte.
No es así el caso del pequeño Santi, amigo
del séptimo de mis hijos, a quien tengo ahora frente
a mí, tendido en una cama de hospital y conectado
a un respirador que va directo a su garganta y
a varias sondas que entran en sus pequeños brazos.
Santi ingresó
al hospital hace un par de días, para una sencillísima
operación de amígdalas... las cosas se complicaron... tuvo una hemorragia
interna que desencadenó una hemorragia cerebral y... ahora, los doctores
afirman que Santi está muerto y recomiendan a los papás,
con exagerada insistencia, donar todos sus órganos, empezando con el
corazón, por supuesto.
Debo decir que Santi no es un muerto
como los otros que han visto mis ojos: su cuerpo
está tibio, su corazón late a ritmo normal, sus pulmones
inhalan y exhalan al ritmo del respirador... su cara está
rosada y sus facciones no tienen ningún signo de rigidez.
¿Está
Santi realmente muerto? ¿Tan muerto como para poder sacarle el
corazón latiendo, con la plena seguridad de no estar cometiendo
un sacrificio humano, al estilo de los aztecas?
Es curioso
que los doctores y enfermeras le llaman “el pacientito con
muerte cerebral”. Me pregunto porqué no le llaman “el cadáver”
en lugar de “el pacientito”. ¿Será que ellos tampoco están
seguros de que Santi esté muerto y de que su
cuerpo realmente sea un cadáver?
Recuerdo que en agosto del año
2000, Juan Pablo II marcó unos criterios
éticos para los trasplantes y habló de la
exigencia de tener la certeza moral de la muerte del
sujeto, antes de realizar cualquier transplante de un órgano vital.
¿Cómo obtener esa certeza moral en el caso de Santi?
Juan Pablo II nos dijo que, para tener la certeza
de la muerte, podemos confiar en el criterio neurológico, que
significa la cesación total e irreversible de toda actividad cerebral
(en el cerebro, el cerebelo y el tronco encefálico).
No
soy médico, pero todos los que pasamos por el bachillerato
sabemos que el tronco encefálico es el que regula los
signos vitales... el latido del corazón, los movimientos respiratorios y
el flujo vascular.
El corazón de Santi está latiendo y
sus pulmones moviéndose... su sangre está circulando. Al parecer no
ha cesado la actividad de su tronco encefálico... ¿o sí?
Los doctores aseguran que si su corazón late, es sólo
por los medicamentos que le están administrando y no por
una actividad en el tronco encefálico; aseguran también, que sus
pulmones funcionan sólo por el respirador y no por una
actividad cerebral.
¿Podemos estar 100% seguros de eso? La única
manera de comprobarlo, para tener una absoluta certeza, sería quitar
los medicamentos y quitar el respirador. Si, entonces, el corazón
de Santi deja de latir y los pulmones dejan de
funcionar total e irreversiblemente, significaría, con una completa seguridad, que
efectivamente el tronco encefálico ha cesado su actividad.
Por supuesto...
los doctores se niegan a quitar los medicamentos y el
respirador, pues si el corazón deja de latir, ya no
les serviría para trasplantarlo. Su “cosecha de corazones”, que significa
muchos miles de dólares en sus bolsillos, se vería frustrada.
¿Deben
acceder los papás a la presión de los doctores para
que “en un acto de generosidad extrema” otorguen el permiso
de sacarle el corazón a Santi, sin tener la certeza
absoluta de que está muerto, totalmente muerto?
Benedicto XVI, nuestro gran
Papa, no ha dejado la menor duda acerca de qué
debemos hacer en el caso de Santi y de todos
los “pacientes con muerte cerebral”.
El Papa ha pronunciado hace
pocos días un discurso acerca de los trasplantes
en el que ha retomado todas las palabras de
Juan Pablo II, dando continuidad y coherencia a la doctrina
del Magisterio, pero ha añadido un párrafo que complementa e
ilumina la difícil decisión que deben tomar ahora los papás
de Santi y los papás de todos los “Santis” del
mundo.
Copio sus palabras:
De todos modos, es útil recordar que los
diferentes órganos vitales sólo pueden extraerse ex cadavere [del cadáver,
ndt.], que posee una dignidad propia que debe ser respetada.
La ciencia, en estos años, ha hecho progresos ulteriores para
constatar la muerte del paciente. Es bueno, por tanto, que
los resultados alcanzados reciban el consenso de toda la comunidad
científica para favorecer la búsqueda de soluciones que den certeza
a todos. En un ámbito como éste no se puede
dar la mínima sospecha de arbitrio y, cuando no se
haya alcanzado todavía la certeza, debe prevalecer el principio de
precaución.
“Debe prevalecer el principio de precaución”. Es un mandato
del Papa: mientras la ciencia no pueda, como hasta ahora
no ha podido (*), aportar datos suficientes para que estemos
absolutamente ciertos de que el cuerpo de Santi es un
cadáver, no podemos, ni debemos permitir, que los médicos saquen
su corazón.
¡Gracias Benedicto XVI, eres un pastor seguro y fiel!
(*) El 14 de agosto del 2008 se anunció
en un artículo científico que se
había logrado realizar el primer trasplante de un corazón que
ya no estaba latiendo http://www.medscape.com/viewarticle/579079. Parecía ser una buena noticia,
pero... el procedimiento que usaron es digno de una película
de terror. Imagínenlo: los médicos “preparan” en el quirófano al
donante con “muerte cerebral” y al receptor, abriéndoles el pecho
a los dos y dejando sus corazones latiendo al descubierto;
quitan al donante las sondas y el respirador y... observando
pasivamente cómo su corazón se apaga (sin hacer absolutamente nada
por reanimarlo), cuentan 75 segundos (tiempo máximo de espera para
que el corazón sin latir les siga siendo “útil”) y
si no vuelve a latir a lo largo del “75,
74, 73... 2, 1, 0”, orgullosos y satisfechos de tener
ya la "certeza absoluta" de la muerte del donante, le
arrancan el corazón sin perder un segundo y lo trasplantan
a su nuevo recipiente.
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