La cantidad de $170,000 que Catholic.net necesita alcanzar dividida entre los 250,000 usuarios diarios del portal corresponde a un importe de menos de ¡0.70 dólares por cada uno!
En la práctica es imposible recibir 0.70 dólares de cada uno de los 130,000 usuarios, ¡pero quizá sí es posible recibir 50 dólares de 3,400 de ustedes! ¿Podría usted formar parte de ese "grupo de los 3,400" de cuya generosidad depende la sobrevivencia y el desarrollo de Catholic.net? ¡Por favor, piénselo! ¡Envíe su donativo hoy mismo!
Autor: Raúl Espinoza Aguilera | Fuente: Yo Influyo Un caso límite de alcoholismo y drogadicción
Esta violencia en el ambiente familiar afectó mi estado de ánimo y comencé a beber en exceso desde que tenía 15 años
Conocí a Benjamín Rojas (seudónimo) hace tres años. Es abogado
y tiene 47 años. Es casado y tiene varios hijos.
Profesionalmente le ha ido razonablemente bien. Con un aire todavía
juvenil y su habitual sonrisa, un día me contó su
historia que me pareció casi increíble.
“Mi padre era un empresario
de éxito pero alcohólico. Era responsable en su trabajo pero
no había día que dejara de tomar ‘sus copas’. Mi
madre, ama de casa, tenía un carácter sumamente irritable, fuerte,
apasionado. El resultado era que prácticamente desde ‘que abrí los
ojos’ estaban siempre discutiendo, riñendo sobre el asunto de que
dejara de beber alcohol, y muchos otros temas.
“Esta violencia en
el ambiente familiar afectó mi estado de ánimo en forma
notable. En parte por esta razón y porque tenía un
carácter blando, comencé a beber en exceso desde que tenía
15 años. Iba a fiestas o a bailes y –como
una forma de destacar entre mis amigos– bebía como un
‘cosaco’. Un día fui internado en el hospital por una
severa intoxicación de alcohol. Pero de poco me sirvió este
suceso. Seguí tomando mucho.
“Quizá era también una manera de singularizarme
y demostrar que era ‘valiente’, es decir, muy ‘macho’. Pero,
también, escondía con ese comportamiento mi habitual tendencia a la
timidez, y con el alcohol me desinhibía: comenzaba a contar
chistes, a bromear, a cantar y –según yo– me sentía
como ‘el rey’ de todas las fiestas.
“En efecto, tanto con
mis amigos como con los conocidos mayores que yo, admiraban
mi capacidad de aguante para beber tanto y tantas horas
seguidas. Era siempre el primero en llegar al bar o
a las fiestas, y el último en irme.
“Pero la cosa
no paró allí. Un día un amigo me invitó a
fumar marihuana y la probé. Recuerdo que me puse una
mareada, que acabé en la cama… pero finalmente me gustó.
Comencé a combinar alcohol con droga. Al principio fue con
esta droga ‘suave’ o ‘leve’, pero después me comencé a
aficionar a drogas más fuertes como la cocaína, la heroína,
el peyote, etc.
“Mi vida sufrió una metamorfosis. Ya no me
interesaba estudiar, y lógicamente me fue bastante mal en los
exámenes. Mis padres intentaron varias veces ayudarme, pero yo me
resistía. Después de todo, me estaba aficionando a ese estilo
de vida: alcohol, sexo, drogas, bailes, etc. Había en mí
un desmedido afán de ‘quedar bien’ con mis ‘cuates’ y,
como es de suponerse, después de esos excesos me sentía
fatal física y anímicamente.
“Sin embargo, al día siguiente, cuando mis
amigos me preguntaban: ‘¿Cómo estás? ¿Cómo te encuentras?’, invariablemente respondía
‘¡padrísimo!, ¡a todo dar!, ¡de maravilla!’.
“Y a continuación comenzaba a
relatar mi última “explosiva” mezcla que había realizado la noche
anterior de una nueva droga con alcohol.
“Este problema se fue
agudizando y había muchas ocasiones que, después de beber y
drogarme, me quedaba materialmente tirado en la cantina, en la
casa de mis amigos, en mi departamento, en mi coche.
Un día me pareció verdaderamente el colmo porque me quedé
tirado en un parque, debajo de una banca y junto
a un basurero.
“Las relaciones con mis padres y mis hermanos
se fueron deteriorando, incluso un día le falté al respeto
a mi madre. A mi padre le robaba dinero sin
que se diera cuenta, para continuar con mis vicios.
“Sin duda,
había tocado fondo. Pero no encontraba la salida, estaba como
en túnel sin ninguna luz en mi camino. Aparentemente era
una vida divertida pero me comencé a hartar de mí
mismo. Detrás de mi ‘eterna’ sonrisa, me pareció que todo
ese ‘glamour’ de impresionar a mis compañeros y seguir con
mis desórdenes, era una ‘máscara de hipocresía’.
“La realidad es que
mi vida estaba tremendamente vacía y mi conciencia de alguna
forma me lo reclamaba. Sabía que todo esto no podía
permanecer así. Tenía que romper con ese círculo vicioso, pero
‘¿cómo?’, me preguntaba.
“Un día, un amigo me tendió la mano.
Me invitó a una clínica de rehabilitación para casos como
el mío. Le dije que sí, pero no muy convencido.
Asistí pero en plan muy crítico, pensando: ‘¿qué me pueden
decir a mi estos ‘doctorcitos’ si yo me la sé
‘de todas, todas’?’.
“Finalmente, acudí a la primera reunión de terapia
colectiva. Para mi sorpresa, había personas de todas las ocupaciones
y condiciones sociales: taxistas, oficinistas, amas de casa, obreros, profesionistas...
Y comencé a escuchar casos escalofriantes y que me removieron
hondamente.
“Narraban sus tristes experiencias y cómo habían terminado, después de
años de estar hundidos en el vicio: divorciados, sin familia,
con el hígado destrozado y la salud minada; habían sido
despedidos de sus trabajos; sus seres queridos se avergonzaban de
ellos y se habían distanciado en el trato (no querían
saber nada de ellos); algunos habían contraído fuertes deudas económicas,
enfermedades venéreas, etc. Total, se encontraban solos, con un cúmulo
de problemas vitales y sin poder encontrar sentido en sus
vidas.
“Aquello me ayudó a reflexionar sobre mi conducta. Escuchando esos
relatos, todavía más dramáticos que el mío, me puse
a pensar en Dios. Le dí gracias porque me hacía
ver que estaba muy a tiempo de corregir el rumbo
de mi vida.
“Un día hablé con mis padres. Les pedí
perdón de todo el daño causado a ellos y a
la familia, y les pedí su ayuda para poder internarme
en una clínica de rehabilitación. A los pocos días estaba
bajo tratamiento médico.
“En especial, las primeras dos semanas fueron particularmente
dolorosas porque entré en un proceso de desintoxicación. Al retirarme
el alcohol y las drogas, me venían momentos de desesperación,
angustia, vómitos, intensa sudoración, convulsiones, etc. Aquello era un verdadero
infierno.
“Agradecí mucho a mi médico que se enfrentara con mis
padres y les dijera –abiertamente– que buena parte de mi
problemática tenía su raíz en los continuos conflictos entre ellos,
como esposos. Asistieron a varias terapias familiares y, a partir
de entonces, hubo un notable cambio. Ya no discutían tanto
y había más cordialidad en su trato. Ocurrió, también, otro
milagro: mi padre, al verme en ese estado, se planteó
seriamente dejar de tomar y, finalmente, lo logró.
“Gracias a
ese tratamiento, la acertada psicoterapia y la reconciliación de mis
padres, pude dejar el alcohol y las drogas. Regresé a
mis estudios y puse mi mejor esfuerzo por obtener buenas
calificaciones. Volví a forjarme ideales. Planeaba en mi mente: ‘tengo
que ser un buen profesionista, con prestigio. Además, casarme con
una buena esposa y tener hijos’.
“En definitiva, me dí cuenta
que tenía que darme otra oportunidad en mi vida, que
si no lo hacía en ese momento y con una
firme determinación, no lo haría nunca. No niego que me
costó mucho esfuerzo el cambiar de conducta porque la presión
del ambiente era fuerte.
“Como es lógico, tuve que dejar las
cantinas y cortar con ciertas amistades nocivas para mí. Pero
me armé de valor y pude dejar aquel tipo de
vida verdaderamente desastrosa. Se lo pedía con mucha fe a
Dios y pienso que acabó por escucharme.
“Es más, ahora ayudo
a personas con problemas similares a los míos para que
salgan adelante. Periódicamente charlo con esas personas, jóvenes en su
mayoría. Les digo: ‘Tú vales mucho, tú no puedes convertir
tu vida ni la de tus familiares en una existencia
desgraciada’. He sido testigo de verdaderos cambios hacia una vida
positiva y útil para sí mismos, para sus familias y
para la sociedad. Muchos de ellos ahora son profesionistas competentes
y ejemplares padres de familia.
“Ahora, con mi esposa y mis
hijos busco que exista siempre un ambiente de alegría, cariño,
armonía y comunicación en mi hogar. Procuro platicar mucho con
mis hijos y hacerme amigo de cada uno de ellos.
Nunca discuto con mi esposa frente a los hijos. Arreglamos
nuestras diferencias privadamente y nos esforzamos por anticiparnos a pedirnos
mutuamente perdón, si surge alguna dificultad. Finalmente, después de todo
ese cúmulo de males, he tomado experiencia y ha ocurrido
en mi familia una verdadera transformación”.
Todos los servicios de Catholic.net son gratuitos.
Sólo nos mantenemos gracias a los donativos que, voluntariamente, nos hacen algunos de nuestros visitantes.
Necesitamos de tu ayuda para continuar anunciando el mensaje de Cristo a través de la Red.
Ayúdanos, Dios te lo recompensará. DA CLICK AQUÍ PARA DONAR
pues que padre que te diste cuenta que habia otro camino y no solamente el de las drogas, te felicito por tener el valor de enfrentar tu problema y haberlo compartido con nosotros, y mas aun yo creo que tienes que darle las gracias a ese amigo que de todos los que tubiste fue el unico que te tendio la mano y ofrecio ayudarte, ojala y haya mas gente con el mismo valor de enfrentar su alcoholismo y drogadicción. felicidades por tu maravilosa familia que has sabido formar.