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Autor: Fernando Pascual | Fuente: es.catholic.net ¿Sobran embriones?
Más vale una medicina que experimenta desde el respeto a todos los hombres que una medicina que pueda progresar rápidamente
¿Sobran embriones?
La investigación sobre "embriones sobrantes"
Sobra basura, sobran plátanos, sobran
hormigas, y, según algunos "sobran embriones".
Decir que "sobran" plátanos significa
que podemos tirar o regalar esos plátanos que están "de
más". Decir que sobran hormigas significa que, según nosotros, son
demasiadas las hormigas que corren por nuestros campos y ciudades,
y podemos no tener remordimientos de conciencia si cada día
matamos cientos de ellas mientras paseamos por la calle.
Decir que
"sobran embriones humanos", ¿qué quiere decir? Que estamos pensando en
los embriones como si se tratase de plátanos o de
hormigas. Serían algo que "sobra"; entonces, podemos decidir si tirar
a la basura a los "embriones sobrantes", si usarlos para
experimentación, si venderlos, si congelarlos para cuando sean necesarios, y
otras mil posibilidades que podamos imaginar...
El que algunos hablen de
embriones humanos sobrantes nos debería dejar inquietos, porque un embrión
es un ser humano. Como tú o como yo, sólo
que mucho más pequeño. O, mejor, como fuimos tú y
yo y cada uno de los seres humanos cuando estábamos
en el seno de nuestras madres. Cierto es que hoy
día hay embriones que están en un congelador o en
una probeta de laboratorio, o que con mucha facilidad algunas
mujeres (mejor, algunas madres) abortan a sus hijos porque temen
un nacimiento no programado por ellas o por otros. Pero
nos deja preocupados el pensar que haya seres humanos tratados
como si fueran una cosa para usar y para tirar.
Lo
cierto es que no faltan voces que, en nombre de
la ciencia, de la medicina e, incluso, de valores "altruistas",
piden que sea lícito usar los embriones humanos que sobran
para la experimentación. Algunos están convencidos de que gracias a
esos embriones sacrificados podremos curar en pocos años enfermedades como
la diabetes, el Alzheimer o la esclerosis. Según ellos, impedir
el uso de esos embriones sería eliminar las esperanzas que
tantos millones de enfermos han puesto en el progreso de
la medicina moderna.
Si miramos al pasado, hubo quienes pensaron algo
parecido, pero no respecto de embriones, sino de adultos. Por
eso, en algún país que presumía de civilizado y progresista,
se usaron a cientos de prisioneros políticos y militares, a
subnormales y a enfermos graves, para realizar todo tipo de
experimentos salvajes. A algunos prisioneros, por ejemplo, se les dejaba
expuestos a temperaturas sumamente bajas. De este modo, algunos científicos
podían estudiar el mecanismo de la congelación de piernas y
brazos y preparar medicinas y mecanismos para curar a miles
de soldados que sufrían una situación parecida. No faltó quien,
con no poco cinismo, había previsto los progresos que la
medicina podría lograr si los presos fuesen conejillos de indias
para el bien de la humanidad, en vez de ocupar
pasiva e inútilmente cárceles que eran pagadas por todos los
ciudadanos honrados y productivos...
Usar a seres humanos como ratas de
laboratorio y justificar esos experimentos en función de los resultados
obtenidos es una injusticia que no tiene nombre. Un principio
ético elemental nos dice que algo es bueno o malo
no según el resultado que se consigue, sino según lo
que se hace. ¿Qué sentiríamos si se salvase la vida
de un gran futbolista necesitado de un transplante urgente de
hígado por medio del asesinato de un niño pobre que
se convierte en el donador anónimo de ese hígado? Algo
parecido ocurre con la experimentación: la ciencia no puede progresar
si permitimos pruebas salvajes que dañen a algunos seres humanos
para el beneficio de otros (aunque sean millones).
Desde luego,
quienes pretenden experimentar con los embriones humanos razonan como quienes
experimentaron con los judíos o los gitanos. Si los nazis
afirmaron que gitanos y judíos no eran seres humanos o,
si lo eran, no merecían vivir en la tierra ("sobraban"),
está claro que se podían sentir justificados para seguir su
proyecto criminal de hacer todo tipo de experimentos sobre estos
grupos raciales. Lo mismo pasa con las edades: si decimos
que "sobran" las personas que son demasiado viejas, es fácil
que lleguemos a tratarlas como a objetos, y usarlas como
"material de experimentación". O si uno es demasiado pequeño (un
niño recién nacido, un feto aún no nacido, un embrión
en el seno de la madre o congelado en el
laboratorio) y lo declaramos "sobrante", será fácil caer en la
tentación de usarlo y tirar luego lo que quede del
experimento como se tira una colilla después de haber disfrutado
un rato de un cigarrillo...
Gracias a Dios, no todos los
médicos y científicos son "nazis" ni se quedan tan tranquilos
cuando ven cómo son abortados o destruidos miles o millones
de embriones humanos. Muchos médicos de ayer y de hoy
han defendido al hombre, grande o pequeño, sano o enfermo,
embrión o anciano en estado de coma. Muchos médicos saben
que el progreso médico es posible sólo en el respeto
de los derechos de todos, incluso de los más débiles
y de los más enfermos. Saben que la investigación para
curar a los diabéticos y a los que sufren enfermedades
nerviosas no será justa si tiene que usar abusivamente a
otros seres humanos (embriones o adultos) como si el derecho
de algunos enfermos justificase la destrucción de otros (sanos o
enfermos, no importa: todos valen igual porque son hombres).
Defender los
derechos humanos nos exige hoy luchar por los más débiles
de los más débiles: los embriones. No podemos permitir que
sean llamados "sobrantes", porque ningún hombre sobra. No hay embriones
"sobrantes", ni enfermos "sobrantes", ni ancianos "sobrantes". Si acaso, "sobran"
los asesinos, también cuando matan en nombre de la ciencia,
de la raza o de los fanatismos... E incluso, en
ese caso, el asesino no puede ser "usado", sino castigado
de modo justo y en el respeto de una humanidad
que no ha perdido ni siquiera con su acción homicida.
Por
eso, ningún país ni pueblo civilizado puede permitir la experimentación
con embriones o adultos "sobrantes". Defender al hombre ha sido
siempre señal de progreso y de justicia. Hoy, defender a
los embriones, es más urgente que nunca, para el bien
de todos. Más vale ser pobre y honrado que ser
rico y ladrón. Más vale una medicina que experimenta desde
el respeto a todos los hombres que una medicina que
pueda progresar rápidamente (en lo técnico, pero no en lo
humano) a base de la destrucción de algunos hermanos nuestros...
Fernando
Pascual 14-10-2002
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