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Meditación sobre el Salmo 135, «Himno pascual»
<1>Dad gracias al Señor
porque es bueno: porque es eterna su misericordia.
Dad gracias
al Dios de los dioses: porque es eterna su misericordia.
Dad gracias al Señor de los señores: porque es eterna
su misericordia.
Sólo hizo grandes maravillas: porque es eterna su
misericordia.
El hizo sabiamente los cielos: porque es eterna su
misericordia.
El afianzó sobre las aguas la tierra: porque es
eterna su misericordia.
El hizo lumbreras gigantes: porque es eterna
su misericordia.
El sol que gobierna el día: porque es
eterna su misericordia.
La luna que gobierna la noche: porque
es eterna su misericordia
1. Acaba de entonarse «El gran
Halel», es decir, la alabanza solemne y grandiosa que entonaba
el judaísmo durante la liturgia pascual. Hablamos del Salmo 135,
del que acabamos de escuchar la primera parte, según la
división propuesta por la Liturgia de las Vísperas (Cf. versículos
1-9). Reflexionemos ante todo en el estribillo: «porque es eterna
su misericordia».
En la frase resuena la palabra «misericordia» que,
en realidad, es una traducción legítima pero limitada del término
originario hebreo «hesed». Forma parte del lenguaje característico utilizado por
la Biblia para expresar la alianza que existe entre el
Señor y su pueblo. La palabra trata de definir las
actitudes que se establecen dentro de esta relación: la fidelidad,
la lealtad, el amor y evidentemente la misericordia de Dios.
Nos encontramos ante la representación sintética del lazo profundo y
personal instaurado por el Creador con su criatura. Dentro de
esta relación, Dios no aparece en la Biblia como un
Señor impasible e implacable, ni es un ser oscuro e
indescifrable, como el hado, con cuya fuerza misteriosa es inútil
luchar. Él se manifiesta, sin embargo, como una persona que
ama a sus criaturas, que vela por ellas, les acompaña
en el camino de la historia y sufre por la
infidelidad de su pueblo al «hesed», a su amor misericordioso
y paterno.
2. El primer signo visible de esta caridad
divina --dice el salmista-- hay que buscarlo en la creación.
Después entrará en escena la historia. La mirada, llena de
admiración y maravilla, se detiene ante todo ante la creación:
los cielos, la tierra, las aguas, el sol, la luna
y las estrellas.
Incluso antes de descubrir a Dios que
se revela en la historia de un pueblo, se da
una revelación cósmica, abierta a todos, ofrecida a toda la
humanidad por el único Creador, «Dios de los dioses» y
«Señor de los señores» (Cf. versículos 2-3).
Como había cantado
el Salmo 18, «el cielo proclama la gloria de Dios,
el firmamento pregona la obra de sus manos: el día
al día le pasa el mensaje, la noche a la
noche se lo susurra» (versículos 2-3). Existe, por tanto, un
mensaje divino, grabado secretamente en la creación, signo del «hesed»,
de la fidelidad amorosa de Dios que da a sus
criaturas el ser y la vida, el agua y la
comida, la luz y el tiempo.
Es necesario tener ojos
limpios para contemplar esta manifestación divina, recordando la advertencia del
Libro de la Sabiduría al recordar que «de la grandeza
y hermosura de las criaturas se llega, por analogía, a
contemplar a su Autor» (Sabiduría 13, 5; Cf. Romanos 1,
20). La alabanza orante surge entonces de la contemplación de
las «maravillas» de Dios (Cf. Salmo 135,4), presentes en la
creación, y se transforma en un himno gozoso de alabanza
y de acción de gracias al Señor.
3. De las
obras creadas se llega así a la grandeza de Dios,
a su amorosa misericordia. Es lo que nos enseñan los
padres de la Iglesia, en cuya voz resuena la constante
Tradición cristiana. De este modo, san Basilio Magno, en una
de las páginas iniciales de su primera homilía sobre el
«Hexamerón», en el que comenta la narración de la creación
según el primer capítulo del Génesis, se detiene a considerar
la sabia acción de Dios, y acaba reconociendo en la
bondad divina el centro propulsor de la creación. Estas son
algunas de las expresiones tomadas de la larga reflexión del
santo obispo de Cesárea de Capacodia:
«"En el principio creó
Dios los cielos y la tierra". Mi palabra cae rendida
ante la maravilla de este pensamiento» (1,2,1: «Sobre el Génesis»
--«Sulla Genesi» [«Omelie sull’Esamerone»], Milán 1990, pp. 9.11). De hecho,
si bien algunos, «engañados por el ateísmo que llevaban dentro
de sí, imaginaron el universo sin un guía ni orden,
a la merced de la casualidad», el escritor sagrado, sin
embargo, «nos ha iluminado inmediatamente con el nombre de Dios
al inicio de la narración, diciendo: "En el principio creó
Dios". Y ¡qué belleza tiene este orden! » (1,2,4: ibídem,
p. 11). «Por tanto, si el mundo tiene un principio
y ha sido creado, tú tienes que buscar a quien
le dio este inicio y a quien es su Creador…
Moisés te previno con su enseñanza imprimiendo en nuestras almas
como si fuera un sello o una filacteria el santísimo
nombre de Dios, al decir: "En el principio creó Dios".
La naturaleza bienaventurada, la bondad carente de envidia, el objeto
del amor por parte de todos los seres razonables, la
belleza más deseable, el principio de los seres, el manantial
de la vida, la luz intelectiva, la sabiduría inaccesible, en
definitiva, Él "en el principio creó los cielos y la
tierra"» (1,2,6-7: ibídem, p. 13).
[Al concluir, hablando sin papeles,
el Papa añadió:]
Creo que las palabras de este padre
del siglo IV son de una actualidad sorprendente cuando dice
algunos «engañados por el ateísmo que llevaban dentro de sí,
imaginaron el universo sin un guía ni orden, a la
merced de la casualidad». ¿Cuántos son estos "algunos" hoy? Engañados
por el ateísmo, consideran y tratan de demostrar que es
científico pensar que todo carece de un guía y de
orden, como si estuviera a la merced de la casualidad.
El Señor, con la sagrada Escritura, despierta la razón adormecida
y nos dice: al inicio está la Palabra creadora. Al
inicio la Palabra creadora --esta Palabra que ha creado todo,
que ha creado este proyecto inteligente, el cosmos-- es también
Amor.
Dejémonos, por tanto, despertar por esta Palabra de Dios;
pidamos que despeje nuestra mente para que podamos percibir el
mensaje de la creación, inscrito también en nuestro corazón: el
principio de todo es la Sabiduría creadora y esta Sabiduría
es amor y bondad: «es eterna su misericordia».
[Al final
de la audiencia, el Papa saludó a los peregrinos en
diferentes idiomas. En castellano dijo:]
Queridos hermanos y hermanas: El
salmo que hemos escuchado es el mismo que el pueblo
de Israel cantaba durante la liturgia de la Pascua. Tiene
como centro la palabra misericordia, con la que se expresa
la fidelidad, la lealtad, el amor que define la alianza
entre Dios y su pueblo. Así, en esta alianza, Dios
no aparece como un ser oscuro o impasible, sino que
se manifiesta como una persona que ama a sus criaturas,
vela sobre ellas, las sigue en el camino de la
historia y sufre por la infidelidad del pueblo a su
amor misericordioso y paterno.
El salmista se detiene en primer
lugar sobre la creación: los cielos, la tierra, el agua
y el sol, porque en ella se encuentra la primera
revelación de esta fidelidad amorosa de Dios y, como enseña
el libro de la Sabiduría, el hombre puede descubrir la
grandeza de Dios contemplando la belleza de la creación. Así,
la oración se transforma en un himno de alabanza y
agradecimiento al Señor por su amorosa misericordia.
Saludo cordialmente a
los visitantes y peregrinos de lengua española, en particular a
la Hermandad de Nuestra Señora del Valle, a las Damas
de Nuestra Señora del Pilar y al grupo de estudiantes
de Barcelona, así como a los peregrinos de Guatemala y
de otros países latinoamericanos. Con las palabras del salmista, demos
gracias a Dios por todo lo que nos ha dado
y hecho por nosotros, «porque es eterna su misericordia». Muchas
gracias. |