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Autor: Javier Vega | Fuente: Equipo Gama ¿Científicos o filósofos?
La ciencia es una fuente de conocimiento ilimitada cuando se aplica a la materia mesurable. Pero allá donde no existan cantidades a ser medidas, fracasa estrepitosamente
El 22 de diciembre del 2008 tendrá lugar el acto
oficial de apertura del año astronómico, coincidiendo con el 150º
aniversario de la primera edición de “El origen de las
especies” escrito por Charles Darwin, y del 200º aniversario del
nacimiento de este último. A su vez, otro acontecimiento
–y éste, sin duda, más relevante- nos viene a recordar
al emblemático Galileo quien, hace cuatrocientos años, construyó su primer
telescopio, hizo las primeras observaciones galácticas –con los consiguientes descubrimientos-
y comenzó la redacción de su significativo trabajo llamado “Siderius
Nuntius” (Anuncio Sideral).
A decir verdad, no hablaremos sobre Galileo,
menos sobre la figura de Darwin; eso lo podemos dejar
para otra ocasión. Me ayudo de esta introducción para
anunciar la segura cadena de acontecimientos que se desencadenará en
el próximo año respecto al “conflicto” existente entre fe y
razón, o Iglesia y ciencia.
El 31 de
octubre de este año, el astrofísico Steven Hawking, nada menos
que sucesor de A. Einstein en la cátedra de Newton
(Cambridge), dirigió un discurso a la Pontificia Academia de las
Ciencias con motivo de un congreso donde se debatía las
distintas teorías sobre la evolución del universo y de la
vida. Palabras que no pasaron desapercibidas para los medios
de comunicación del mundo entero, con títulos de lo más
significativos, dentro de la literatura sensacionalista, donde implícita o explícitamente
se refiere el “conflicto” mencionado anteriormente: “El físico Hawkins ante
el Papa para defender el evolucionismo”, “El origen del mundo
sin Dios”…, y títulos por el estilo.
En su
discurso, Hawking dijo cosas muy interesantes, pero no quiero dejar
de destacar una actitud “filosófica” de éste que me llamó
poderosamente la atención. Entre otras reminiscencias mencionó a Aristóteles. “Aristóteles,
el más famoso de los filósofos griegos, creía que el
universo ha existido siempre. De hecho, lo que es
eterno es más perfecto que lo que ha sido creado”.
A continuación dirá que “la expansión del universo es
uno de los descubrimientos más importantes del siglo XX (…),
y ha transformado el debate sobre si el universo haya
tenido o no un inicio”. Después habló sobre algunas
teorías que defendían la eternidad del universo. Luego refiere sobre
la postura de un “Big bang” que habría dado inicio
al cosmos, respaldada por la famosísima teoría General de la
Relatividad y el descubrimiento de las Microondas Cósmicas –que vendrían
a ser los “fósiles” o la prueba de un inicio
espacial. Después de unas cuantas motivaciones más, dirá: “La cosmología
es una materia entusiasmante y activa. Estamos siempre más cerca
para responder a las preguntas de siempre: ¿por qué estamos
aquí?, ¿de dónde venimos? Yo creo que estas preguntas
pueden hallar respuesta dentro del mismo campo de la ciencia”.
¿Para qué tantas referencias a Hawking?, ¿dónde está el problema?
En realidad, el problema no es Hawking en particular, sino
la postura que muchos científicos toman a propósito de su
conocimiento.
Cuando invitan a Steven Hawking a realizar
un discurso en la Pontificia Academia de las Ciencias es
para que aporte, en la medida de sus posibilidades y
de sus experimentos, un poco más de luz al mundo
científico sobre los temas debatidos, en este caso sobre la
cuestión acerca de la evolución del universo y de la
vida. Sucede demasiado a menudo que los científicos, o no
distinguen, o no quieren distinguir los límites propios de su
ciencia y deciden sentenciar en cuestiones que, desde el punto
de vista puramente científico, son ajenas a su competencia.
Recordarán
la mención hecha a Aristóteles. Habla de él como el
más famoso de los filósofos griegos. Aristóteles no sólo
era filósofo, también era físico. Era un gran observador.
Anteriormente decía que había ciertos comentarios que me llamaban la
atención. El primero, Aristóteles como filósofo. Esa distinción me
complace,viniendo de un físico, porque nuestro famoso griego habla –y
no olvidemos que hipotiza- sobre la eternidad del universo desde
el punto de vista filosófico, no físico. Recuerden que la
siguiente aportación de su discurso fue “aquello que es eterno
es más perfecto que lo que ha sido creado”; y
aquí Hawking nos tira de la lengua.
Esta
reflexión es propia de un metafísico en toda regla. Creación,
eternidad, sin duda vinculada al espacio y al tiempo, no
a la eternidad de Dios, grados de perfección, ¡todo un
filósofo! Después se centra más en tratar las conclusiones
logradas junto con Roger Penrose sobre la aceleración del universo
y la afirmación, según los datos actuales de cálculos obtenidos,
de que el universo seguirá expandiéndose hasta su debilitación completa
–sin duda un campo mucho más propicio para la discusión
científica.
También transcribimos acerca de su conclusión: “Estamos
siempre más cerca para responder a las preguntas de siempre:
¿Por qué estamos aquí?, ¿De dónde venimos? Yo creo
que estas preguntas pueden hallar respuesta dentro del mismo campo
de la ciencia”. Volvemos a lo de antes, ¡Ecce
homo filosoficus!
La intención de este análisis no es la
de criticar un discurso académico de un renombrado científico invitado
por la Santa Sede, sino la de ayudarles a discernir
cuando se produzca el Big Bang mediático, en este año
que entra, por un sinfín de acusaciones y de falacias
–en su más estricto significado- con respecto a la posición
de la Iglesia, del evolucionismo, del creacionismo, y de la
pobre figura de Galileo –que, por otra parte, murió de
vejez a los 77 años de edad, en su casa
de Florencia, acompañado por una de sus hijas y con
la bendición del Papa, y no quemado y torturado como
nos lo quieren hacer creer-.
El científico, cuando habla
como científico (y aquí me refiero a una implicación de
ciencias experimentales en general), dice de aquello que se puede
observar, medir, calcular…, o sea su objeto de estudio es
lo material, lo espacial, lo que se mueve… Claro que
el científico, para realizar su ciencia –a la que damos,
sin dudarlo, una clara autonomía- necesita de unos supuestos filosóficos.
Por ejemplo, la regularidad de la naturaleza es un principio
filosófico que afecta e interesa a la ciencia ya que
sin ella no se podrían formular hipótesis, ni confirmarlas a
través de repetidas observaciones; pero a la pregunta ¿qué es
la regularidad de la naturaleza? corresponde únicamente a la filosofía
pronunciarse. Y así sucesivamente.
Cuando un científico pretende con su
ciencia convencernos de que Dios no existe, de que el
hombre es sólo materia, o cualquier otra sentencia que afecta
a una visión cristiana, y no sólo cristiana, pero sobretodo
cristiana- del hombre y de la realidad, sepan que no
lo hace como científico. Si lo hace como científico
lo hace ilegítimamente; si lo hace aprovechándose de su posición
de científico para hablar como filósofo, mal hecho, por la
boca muere el pez; si lo hace como filósofo, que
acredite su competencia y su formación en este campo; y
si lo hace como un ciudadano más, que se ponga
a la cola y promulgue sus apologías vulgares –también en
el más estricto sentido del término- escribiendo “cartas al director”
de cualquier periódico.
El filósofo de la ciencia Stanley Jaky
que, además de conseguir el premio Templeton es miembro de
la Pontificia Academia de las Ciencias, comentó “la ciencia es
una fuente de conocimiento ilimitada cuando se aplica a la
materia mesurable. Pero allá donde no existan cantidades a ser
medidas, fracasa estrepitosamente” (artículo en la revista Muy interesante, nº
de abril del 2000). En el mismo artículo, Allan
Sandage –uno de los pocos que ha sido capaz de
ponerle edad al universo- dirá: “mi carrera científica me ha
conducida a la conclusión inevitable de que el mundo es
demasiado complicado para que la ciencia, por sí sola, pueda
explicarlo”.
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