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Autor: Fernando Pascual El David de la vida frente al Goliat de la muerte
La mentira puede difundirse en uno, diez o mil medios de comunicación social, pero la verdad es más fuerte
El David de la vida frente al Goliat de la muerte
Llegan malas noticias para la causa de la vida.
Un
día leemos que un país legaliza un nuevo motivo para
el aborto. Otro día, que aumenta el número de jóvenes
muertos por droga. Otro, que la eutanasia va a ser
aprobada aquí y allá. Otro, que la clonación no fue
totalmente prohibida en la ONU porque algunos quieren tener permiso
para crear embriones clonados para experimentar con ellos y destruirlos.
Otro, que se usarán miles y miles de embriones abandonados
en Europa y América como si fuesen sólo material biológico
de gran utilidad...
Incluso hay quienes ven como algo normal el
que millones de mujeres se esterilicen (a veces por engaño
o por miedo) o que usen anticonceptivos que van contra
su dignidad y su integridad física.
La campaña contra la vida
cuenta con enormes cantidades de dinero, con el apoyo de
algunos importantes medios de comunicación, y con el engaño sistemático
en el que han caído millones de personas.
Muchos católicos también
han sido aprisionados por la mentira. No es difícil escuchar
frases como esta: “yo estoy en contra del aborto, pero
no puedo imponer mis ideas a otros”. Parece que olvidamos
que el aborto no es un asunto personal como lo
puede ser el rezar por las noches antes de acostarse.
El enemigo ha entrado en casa, nos ha agobiado con
sus sofismas, ha adormecido nuestra conciencia...
Ante la avalancha de noticias
y de fracasos, ante las críticas constantes que sufre la
Iglesia por defender a los débiles, los enfermos, los abandonados,
los hambrientos, puede venir la tentación del desaliento, de la
rendición, de la huida. Pero un católico, si lo es
de verdad, no puede desanimarse, aunque todo parezca oscuro.
Podríamos recordar
lo que pasó con las dictaduras comunistas. Murieron miles de
inocentes, engañaron a millones de incautos, destruyeron la fe en
muchos corazones. Pero nunca dejaron de brillar pequeñas luces aquí
y allá, rayos de esperanza. Un día el muro cayó
en mil pedazos.
La mentira puede difundirse en uno, diez o
mil medios de comunicación social, pero la verdad es más
fuerte. La propaganda puede ridiculizar a los cristianos y a
los hombres y mujeres de buena voluntad que luchan a
favor de los enfermos y los niños no nacidos, pero
el amor es más fuerte que las mentiras y la
arrogancia de algunos poderosos.
No todo está perdido. En medio de
la propaganda antivida, incluso entre quienes han defendido el aborto
o la eutanasia, ya hay señales de conversión, de cambio.
Son pequeñas estrellas de bondad en el horizonte humano.
Un médico
que cometió miles de abortos, Bernard Nathanson, es ahora un
David pro vida que se enfrenta al Goliat de la
muerte. La mujer por la que se permitió el aborto
en Estados Unidos, “Jane Roe” (su nombre verdadero es Norma
McCorvey), se ha hecho católica. Gira ahora por los Estados
Unidos para defender a las mujeres, para evitar que cometan
ese enorme crimen de eliminar a sus hijos.
Aquí y allá
empiezan a hablar mujeres (y también hombres) que lloran por
haber sufrido presiones para abortar, por haber sido engañadas. Quieren
librarse del dolor de haber permitido un aborto que nunca
puede ser una solución digna de la grandeza y del
respeto que merece cada uno de los seres humanos, también
los más pequeños, los propios hijos.
Si somos de verdad cristianos,
nos comprometeremos con toda nuestra ilusión y entusiasmo en la
defensa de los derechos humanos de los pobres y de
los desamparados, y en la construcción de un mundo en
el cual ninguna madre sea presionada para abortar al hijo
de sus entrañas.
David sólo tiene fe y amor. La lucha
es desproporcionada. Quizá todavía habrá que aguantar nuevas derrotas. No
importa. La verdad y el amor no pueden ser eliminados
del corazón del hombre. La Iglesia de Cristo seguirá adelante,
con alegría, con confianza, en la defensa del “Evangelio de
la vida”. David vencerá a Goliat.
Algún día se derrumbará la
mentira que ha engañado a tantos médicos y a tantos
hombres y mujeres del planeta. Lloraremos, entonces, un sinfín de
injusticias y de crímenes.
Esas lágrimas serán acogidas por Dios, que
sigue siendo un Padre bueno. Nos perdonará, nos levantará, nos
lanzará a trabajar por el amor y la justicia, por
el respeto a cada vida humana. También de los más
pequeños, los fetos, los embriones congelados, los pobres, los enfermos,
los que esperan una palabra y un compromiso por la
cultura del amor y de la vida...
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