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Autor: Fernando Pascual Objeción de conciencia: ¿un “no” o un “sí”?
Una persona tiene unos principios, se siente obligada a decir “no” ante ciertas leyes, ante ciertos mandatos, ante una sociedad llena de injusticias
Objeción de conciencia: ¿un “no” o un “sí”?
Para muchos, la objeción de conciencia es vista simplemente como
un “no”. Una persona tiene unos principios, acepta unos valores,
tiene su propia visión sobre la vida, sobre el hombre,
sobre Dios. Desde esa visión, se siente obligada a decir
“no” ante ciertas leyes, ante ciertos mandatos, ante una sociedad
llena de injusticias.
Dirá “no”, por ejemplo, a la guerra, con
todo el cúmulo de horror y de barbarie que se
consigue a veces en nombre del “derecho”. O dirá “no”
a colaborar con crímenes legales, como los que se dan
en miles de abortos. O dirá “no” a participar en
programas oficiales en los que se defienden ideas contrarias a
la familia, a la dignidad de la mujer, al respeto
hacia los niños. O dirá “no” al mantenimiento, a través
de impuestos, de industrias estatales en las que se producen
cada año armas dotadas de una enorme capacidad asesina.
Detrás de
cada uno de esos “no” se esconde un “sí”. Porque
quien dice no a la guerra está diciendo sí a
la paz basada en el auténtico respeto a la justicia
y a los derechos humanos. Quien dice no al aborto
lo hace desde una actitud de profundo respeto y amor
hacia cada nueva vida, hacia tantas miles de madres que
necesitan apoyo, hacia los médicos que no pueden olvidar su
vocación a servir a la vida. Quien dice no a
programas educativos o propagandísticos contra los valores básicos de la
sociedad dice un sí rotundo y sincero a la familia,
a la mujer, a la protección de la infancia. Quien
dice no al uso de los impuestos en actividades peligrosas
para la vida o la salud de otros muestra su
compromiso en favor de un mundo más seguro y menos
amenazador.
Cada ser humano está llamado a buscar el bien, la
justicia, la concordia, la paz. El estado también está llamado
a defender y promover aquellos principios que respeten la dignidad
de cada ser humano y la armonía social. Pero cuando
un estado permite o impone leyes que implican graves injusticias,
los ciudadanos deben sentirse llamado a recurrir al derecho de
decir “no” a la maldad a través del recurso a
la objeción de conciencia, para decir “sí” a la justicia
que construye sociedades verdaderamente humanas.
No hablamos de situaciones hipotéticas, de
casos extremos como los que se dieron en dictaduras macabras
del siglo XX. Hoy son muchos los gobiernos y parlamentos
que han llegado a legalizar el terrible delito del aborto.
Otros ya han dado sus primeros pasos para permitir el
crimen de la eutanasia. ¿Cómo no sentirnos llamados a oponer,
ante tanta injusticia, nuestro profundo compromiso por el respeto a
toda vida humana, sin discriminaciones?
Juan Pablo II lo decía con
palabras valientes en la encíclica “Evangelium vitae” (n. 89): “El
respeto absoluto de toda vida humana inocente exige también ejercer
la objeción de conciencia ante el aborto provocado y la
eutanasia. El «hacer morir» nunca puede considerarse un tratamiento médico,
ni siquiera cuando la intención fuera sólo la de secundar
una petición del paciente: es, más bien, la negación de
la profesión sanitaria, que debe ser un apasionado y tenaz
«sí» a la vida”.
Frente a leyes inicuas, los hombres de
buena voluntad tendrán el valor para vencer el mal con
el bien. Aunque tengan que sufrir persecución, procesos judiciales o
incluso cárceles. La grandeza de un ser humano no está
en la sumisión servil al gobernante de turno cuando éste
impone leyes asesinas. La grandeza de cada ser humano está
en la capacidad indestructible de seguir su conciencia en la
búsqueda del bien verdadero, en la posibilidad de decir un
“no” rotundo a los defensores de crímenes miserables para decir
un “sí” decidido al amor y a la justicia.
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