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Religión, cultura y sociedad | tema
Autor: José Luis Martín Descalzo | Fuente: Razones para la alegría
¿Dónde están las familias felices?
¿Es que no sabremos lograr que sea la felicidad y no la amargura la que resulte contagiosa?
 
¿Dónde están las familias felices?
¿Dónde están las familias felices?

Entre las muchas cartas que recibo de muchachos y muchachas jóvenes me resulta bastante fácil distinguir a los que son felices de los que no lo son porque los primeros hablan siempre bien de sus padres. Y los más afortunados no sólo me dicen que les quieren, sino también que les admiran y que sus casas son un manantial de permanente alegría.

Porque resulta que, aunque suene raro el decirlo, hay familias felices. Y lo digo precisamente porque ahora no está de moda hablar de ellas. En las que llaman revistas del corazón se habla sólo de los corazones partidos o de los que se casan hoy entre mieles de publicidad que anuncian que son aspirantes a la ruptura más o menos lejana. En cambio, por lo visto, la felicidad y la fidelidad no son noticia y vende más la historia de dos que se tiran los trastos a la cabeza que la de otra pareja que se sigue queriendo y es feliz.

La culpa de la mala fama de los matrimonios la tenemos en buena parte, creo yo, los periodistas -que seguimos diciendo eso de que es noticia que un hombre muerda a un perro y no el que le quiera- y los escritores, que, como es mucho más fácil describir la historia de los desgraciados que la de los felices, han llenado la literatura de amores fracasados y almas abandonadas. Pero ¿demuestra esto que haya más matrimonios infelices que luminosos? Demuestra, en todo caso, que a los escritores les faltan agallas para atreverse a contar "historias de buenos" o que hay entre los lectores una especie masoquista más amiga de las bebidas amargas que de las dulces.

O tal vez la culpa sea también de que muchas parejas felices parecen avergonzarse de su felicidad y jamás hablan de ella. Antaño la hipocresía era fingirse malo siendo bueno. Ahora la hipocresía es inventarse dolores teniendo motivos para estallar de gozo.

Ocurre con la felicidad como con las joyas -que la gente no se las pone para salir de noche por miedo a los ladrones. Pero eso no demuestra que la gente no las tenga. Prueba, en todo caso, que unas cuantas docenas de delincuentes son capaces de sembrar el terror sobre una mayoría.

Así ocultan muchos su felicidad. Cuando un grupo de hombres se reúne y habla de eso de lo que hablan los varones cuando están solos, a todos les encanta contar sus verdaderas o supuestas aventuras, porque parece que se es más hombre habiendo acumulado muchas. Es raro el hombre que dice en público que en su casa se quieren y que las cosas les van bien, en cuanto es posible en este mundo.

Y, sin embargo, yo estoy absolutamente convencido de que el número de familias felices es muchísimo mayor que el de las desgraciadas. No hablo, naturalmente, de familias que no tengan problemas o dolores, porque eso es imposible en esta tierra. Hablo de aquellas en las que los motivos de alegría superan a los de tristeza o en las que hay fuerza suficiente en su cariño como para superar las dificultades. El dolor apenas empaña la felicidad. La ensucia el aburrimiento y la destroza el desamor. La sostienen la paz y la armonía. Y no la desarbolan las tormentas cuando hay anclas suficientes -el amor, la felicidad, el respeto, la fe- para poder esperar a que pase el vendaval. La pulveriza con frecuencia el dinero, tanto si falta como si se ambiciona. La sabe reconstruir el perdón, cuando alguno de los miembros ha incurrido en alguna, inevitable, tontería. Y consiguen la felicidad quienes recuerdan siempre que la fortuna, el éxito, la gloria, el poder, el bienestar, pueden aumentarla cuando ya se tiene, pero que darla sólo la da el cariño.

Y hay, por fortuna, muchas familias en que padres, hermanos, hijos tienen ese tesoro, el mayor y tal vez el único que vale la pena de recibir en herencia. Y existe este cariño generalmente tanto más cuanto más sencilla es la familia, porque aseguran que la felicidad es como los relojes- que cuanto menos complicados son, menos se estropean.

Pero sería necesario que estas familias felices salieran a flote para que los jóvenes no tuvieran que asumir la vida como un vaso de ricino. Sería importante lograr que no ocurra en el amor lo que en la delincuencia: que unos millares de desalmados acabaran impniendo su violencia sobre millones de seres pacíficos. Habría que volver a poner de moda la felicidad, no para olvidarnos de los desgraciados, sino para hacer descubrir a los infelices que vamos a ayudarles a ser felices, más que para convencer a los felices de que ellos son unos tontos que ni se dan cuenta de que son desgraciados. ¿O es que no sabremos lograr que sea la felicidad y no la amargura la que resulte contagiosa?


Si tienes alguna consulta utiliza este enlace para escribirle al P. Idar Hidalgo Domínguez, Director espiritual de matrimonios






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