Autor: Juan Manuel de Prada | Fuente: ABC No hay futuro
El amor que no se prolonga en otro ser acaba sucumbiendo a la náusea de su propia esterilidad
No hay futuro
Hasta hace poco, las parejas sin descendencia eran miradas con
una suerte de caridad compungida; presumíamos que, si no habían
procreado, se debía a que alguna deficiencia orgánica se lo
impedía. Tratábamos a estas parejas sin hijos con esa especie
de funesta obsequiosidad que empleamos con los familiares de un
difunto, cuando acudimos al velatorio a confortarlos. Ahora empieza a
suceder lo contrario: a las parejas con hijos se las
empieza a mirar con una mezcla de aprensión y desconfianza,
como si fueran pringados a quienes el farmacéutico del barrio
endosa las cajas de condones averiados; las parejas sin hijos,
en cambio, son contempladas con una fascinada curiosidad, incluso con
envidia. Se han convertido en un modelo social digno de
emulación, en «creadores de tendencias»; incluso se les ha adjudicado
una designación que suena risueña y megacool, «dinkis» (derivada del
acrónimo DINK: «Double Income, No Kids»).
Son parejas que han
dimitido voluntariamente de la procreación, encerradas en la cápsula de
un amor sin prolongaciones, como Narcisos atrapados en su fuente.
Ya ni siquiera necesitan justificar las razones de su elección;
pero, en caso de que alguien se las pregunte, responden
con una munición orgullosa y archisabida: desean prolongar su juventud
(pero en el fondo saben que son jóvenes fiambres, y
que no hay modo más infalible de acelerar el advenimiento
de la vejez que la compulsiva manía de disimularlo con
afeites juveniles), desean alcanzar la estabilidad laboral (pero una vez
alcanzado este objetivo, la ambición les dictará seguir ascendiendo), desean
disfrutar de sus ratos de asueto, de sus vacaciones, y,
sobre todo, de su dinero con una intensidad que no
les permitiría la fundación de una familia.
No negaremos
que haya razones sociales, económicas, psicológicas e incluso ideológicas por
las que entre los europeos se ha extendido un modelo
de convivencia tan narcisista y ensimismado en el disfrute de
un bienestar puramente material. Pero, más allá de estas razones
coyunturales (que no son sino lastimosas coartadas), existe una razón
mucho más honda, que es el hastío vital. El amor
que no se prolonga en otro ser acaba sucumbiendo a
la náusea de su propia esterilidad; esos «dinkies» que se
juntan para inventar una forma de entrega postiza que en
realidad es una forma de egoísmo recíproco encarnan, acaso sin
saberlo, el emblema de un fin de época. Algo muy
grave está ocurriendo, cuando un continente que atraviesa la etapa
más próspera de su historia, que dispone de medios para
combatir la enfermedad y prolongar la vida, que parece haberse
sacudido la amenaza de las guerras, plagas y catástrofes naturales
que en otras épocas diezmaron su población, presenta una tasa
de nacimientos (sólo rectificada por el flujo de inmigrantes) que
ha caído por debajo del nivel de sustitución. Algo muy
grave está ocurriendo, cuando cada vez más europeos se niegan
a crear una nueva generación.
Los pueblos que dimiten
de la procreación son pueblos que han perdido la fe
en el futuro. El suicidio demográfico, ese «arrebato de automutilación»
(Solzhenitsyn) que está minando la vitalidad europea, delata la crisis
de una forma de civilización. Falta una esperanza que dé
sentido a nuestra vida y a nuestra historia. La debilitación
del concepto de familia, el ombliguismo existencial, el egoísmo parasitario
de las nuevas generaciones que postergan o declinan la oportunidad
de reproducirse no son sino síntomas de esa crisis. Europa
no sólo carece de recursos para mantener su civilización, sino
que ni siquiera posee argumentos para prolongar su existencia. A
este hastío vital que mata la imaginación, entorpece el deseo
y niega el futuro humano se le considera, sin embargo,
una «tendencia» digna de ser emulada. Ha llegado el momento
de cerrar el quiosco y esperar la llegada de los
bárbaros.
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