Autor: Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net Otro tipo de secuestros
Secuestros que anulan la libertad, a veces también los bienes y la vida, de millones de personas
Otro tipo de secuestros
Cada secuestro es un drama. Un hombre o una mujer
caen en manos de delincuentes o de terroristas despiadados. Pierden
su libertad, son tratados como simples “objetos” de los que
se busca sacar dinero o “ventajas políticas” para la propia
ideología asesina.
La víctima sufre intensamente. Sufre, de un modo especial,
al pensar en quienes le aman, en quienes participan más
de cerca de su tragedia, del sucederse de días de
esperanza y de días angustiosos de silencio o de amenazas.
Los
familiares y amigos viven momentos de angustia y de dolor.
Buscan mil maneras para salvar al amigo, para liberarlo de
carceleros criminales, para que termine una situación absurda.
Sufren también las
autoridades públicas, las fuerzas de policía, la sociedad entera. No
pocas veces surgen fuertes tensiones entre quienes querrían salvar al
secuestrado, aunque se tuviese que ceder al chantaje de las
bandas criminales, y entre quienes toman actitudes de firmeza y
renuncian a cualquier negociación, con la esperanza de una pronta
y difícil intervención por parte de la policía.
Existen, sin embargo,
otros secuestros, muy numerosos y muy poco comentados: secuestros que
anulan la libertad, a veces también los bienes y la
vida, de millones de personas.
Son los secuestros de quienes cierran
su corazón al amor y se dejan encadenar por el
egoísmo. De quienes olvidan sus compromisos matrimoniales y buscan disfrutes
desleales y adúlteros. De quienes no están contentos con las
sanas alegrías de la vida y se abandonan a todo
tipo de abusos en el mundo del sexo, del alcohol,
de la droga. De quienes ponen toda su confianza en
el dinero y en las cosas materiales y olvidan lo
importante que es dar y recibir cariño de quienes viven
a su lado.
Son los secuestros de quienes narcotizan su conciencia
y dejan de lado sus compromisos como ciudadanos, sus deberes
para con la familia, su dependencia de Dios, para perseguir
a cualquier precio el capricho inmediato o el triunfo fácil.
De quienes no quieren escuchar los consejos del amigo que
les invita a ser honestos, las palabras del esposo o
la esposa que les recuerdan cuánto les quieren y cómo
les necesitan en casa con los hijos, de los compañeros
de trabajo que buscan mil maneras para que al menos
este fin de semana haya menos borracheras y más convivencia
sana en la familia.
Son muchos los secuestros olvidados que aniquilan
la libertad, la conciencia, el corazón hambriento de amores auténticos,
y que convierten a tantas personas en esclavos tristes de
placeres desleales, de pecados profundos y absurdos, de traiciones incluso
a los valores más grandes: el matrimonio, la familia, la
amistad, la justicia. Secuestros absurdos, porque el “secuestrado” cree muchas
veces que sigue siendo libre, que no necesita ayuda alguna.
Pero
también esos secuestros cuentan con millones de “rescatistas” dispuestos a
todo. Para que un amigo vuelva al buen camino. Para
que un esposo o esposa renueve el amor primero. Para
que un hijo encuentre en su casa lo que la
droga o la pandilla nunca podrán darle. Para que un
trabajador o un empresario vivan a fondo la justicia que
inicia en el respeto y que puede llevar al amor
sincero.
No podemos olvidar a miles de secuestrados que viven atados
al miedo, sometidos a asesinos bien pagados. No podemos tampoco
dejar de lado a millones de secuestros olvidados, que tal
vez piensan ser libres mientras están atados a cadenas de
miserias y pecados que anulan sus mejores deseos y rompen
sus corazones y el de sus seres queridos.
Salvarlos será lo
mejor que podamos hacer para que todos, los secuestrados por
violencias asesinas y los secuestrados por pasiones bajas del corazón
humano, puedan respirar hondo, sentirse libres, saberse amados por Dios
y por millones de corazones buenos que desean, sinceramente, volverles
a abrazar felices y contentos.
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