Autor: Francisco Rodríguez Barragán | Fuente: Conoze.com La religión de los antirreligiosos
Un descarado ataque a lo religioso en nombre de una nueva religión: la laicidad
La religión de los antirreligiosos
He leído a algún ecologista apocalíptico que dice que el
hombre es una especie de cáncer maligno que le ha
brotado a la tierra. Quizás desearía que el hombre desapareciera
para que la tierra siguiera su evolución pacíficamente. En total
desacuerdo con esta afirmación creo que es el hombre el
que confiere sentido al universo entero y que este universo
le llevará a preguntarse por su creador. El hombre tuvo
que darse cuenta pronto, de que formaba parte de la
naturaleza pero era radicalmente distinto a ella. Aunque compartiera muchos
aspectos con el resto de los seres vivos, él era
una singularidad capaz de pensar, de hacerse cuestión para sí
mismo, de admirar la belleza, de decidir sobre su propia
vida. Además comprendió que la existencia de la creación y
de él mismo no eran obra suya sino de algo
o alguien mucho más grande, infinitamente más grande.
Entablar algún tipo
de relación con ese algo o alguien era una necesidad
que el hombre sintió pronto. A tientas fue buscando qué
había más allá, en un largo proceso que los historiadores
de las religiones han investigado. El hombre tiene una dimensión
religiosa que forma parte esencial de su existencia, quiéralo o
no. Ha divinizado y adorado a las fuerzas de la
naturaleza, ha creado mitos que explicaran la creación de los
hombres y de los mismos dioses y ha creído en
un misterioso más allá que le obligaba a honrar a
los muertos.
En todos los tiempos han existido hombres que se
han alzado contra los dioses, que han querido negarlos para
afirmarse ellos mismos, diciendo orgullosamente que el hombre es la
medida de todas las cosas. Desde la Ilustración la tendencia
a negar la trascendencia se fue agudizando. Comte que pretendió
superar a la teología se inventó su propia religión positivista
en la que la humanidad se adora a sí misma.
Marx declaró a la religión como alienante, por ser opio
del pueblo, pero hace de sus ideas una religión salvífica,
que todos conocemos como se ha hundido.
Ahora padecemos un descarado
ataque a lo religioso en nombre de una nueva religión:
la laicidad, y es que, aunque lo intente, el hombre
no puede despojarse de su dimensión religiosa. El antirreligioso o
arreligioso lo único que hace es profesar una religión degradada,
una religión sin Dios y sin trascendencia, pero religión al
fin y al cabo, ya que atribuye a la laicidad
un poder salvador del hombre, de la sociedad o de
la democracia. Alguien dijo que el que deja de creer
en Dios es capaz de creer en cualquier cosa, en
la raza, la dictadura del proletariado, la ecología o el
cambio climático apocalíptico. También tenemos la llamada «new age», religiosidad
sin Dios, llena de sectas, pseudo-orientalismos, vías iniciáticas, etc. que
no podrán llenar nunca el corazón del hombre.
Muchos creen que
la ciencia hace innecesaria la religión, olvidando que la ciencia,
siempre provisional, no puede dar razón más que de las
cosas, sus pesos, medidas y leyes, pero es incapaz de
encontrar sentido a nuestra existencia, al sufrimiento, a la muerte,
a la fugacidad de los placeres.
No hay que eliminar a
Dios para que el hombre viva, sino hay que adorar
a Dios, que existe por sí mismo, y que nos
ha otorgado la existencia. El hombre puede levantarse contra Dios
y combatirlo pero ¿qué éxito puede tener?
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