Autor: Mons. Juan del Río Martín | Fuente: www.diocesisdejerez.org ¿Una Iglesia a la carta?
Hoy día se pretende un cristianismo sin Iglesia, una fe en Dios sin mediaciones
¿Una Iglesia a la carta?
Hoy estamos asistiendo al fenómeno de querer tener un cristianismo
sin Iglesia. En otras palabras, se pretende una fe en
Dios sin mediaciones, y un autodenominado seguimiento a Cristo, prescindiendo
de la estructura ministerial de la que el Señor dotó
a la comunidad de sus discípulos.
Para unos la Iglesia Católica
aparece como la institución del “no”, como un reducto del
pasado que no se acomoda a los postulados de la
modernidad, como un gran colectivo que va contra el progreso.
Para resaltar esta caricatura se sobredimensionarán los pecados de
los miembros de la Iglesia, y se relegará a un
segundo plano, desconocido por ocultado, la inmensa vida de santidad,
caridad y heroísmo que se da cada día en el
más absoluto anonimato. En cambio, otros tienen la impresión de
que la Iglesia está a punto de traicionar su especificidad,
de venderse a la moda del tiempo y, de este
modo, sumirlos en la confusión: es la desilusión del amante
traicionado.
Además, en amplios sectores de la sociedad se ha instalado
la dicotomía maniquea entre la Iglesia de base y la
oficial, entre la Iglesia de los pobres y la del
Vaticano, entre la Iglesia carismática y la ministerial. Estas divisiones,
repletas de ideologías extrañas a la fe, son utilizadas por
los enemigos de la Iglesia para ir en contra de
su estructura sacramental y jerárquica, la que le hace ser
la verdadera Esposa de Cristo.
Lo curioso es que, en ocasiones,
algunos católicos entran en ese juego para ir contra la
propia “Madre”. Puede suceder que, al igual que los corintios,
también nosotros corramos el riesgo de dividir la Iglesia en
una disputa de partidos: conservadores y progresistas, evangélicos y jerárquicos.
¿Qué hemos de hacer para no entrar en estas batallas,
que tanto daño causan, porque son esquemas puramente humanos, resultado
de pasiones? Todo comienza por tener claro que no hay
fe verdadera en Cristo si se prescinde de la Iglesia.
Es más, el ser cristiano católico no consiste en la
elección de un programa que satisfaga, o en la simpatía
por un cenáculo de amigos. La fe es conversión, que
me trasforma a mí y a mis gustos, mediante la
adhesión a la persona de Cristo vivo en su Iglesia
(cf. Lc 17,5-6; 1 Jn 3,23; Gál 1,7-9). Por eso,
la Iglesia no es un club, ni un partido, ni
tampoco una especie de estado paralelo religioso, sino el Cuerpo
encarnado de Cristo en la historia. De ahí que, como
dice Benedicto XVI: “no necesitamos una Iglesia inventada por los
hombres, producto de consensos y pactos. No es una Iglesia
más humana la que nos salva, sino una Iglesia más
divina, porque sólo entonces será también verdaderamente humana”.
La Iglesia será
espacio de salvación para los pobres en la medida en
que nuestra atención esté centrada en lo que viene de
su Cabeza, Cristo. Él sólo nos da la vida, la
“vida en abundancia”, que se nos comunica mediante la Palabra,
los Sacramentos y el testimonio de amor de los cristianos.
Los grandes testigos de la fe y de la caridad,
como por ejemplo Teresa de Calcuta, no necesitaron de ningún
sincretismo litúrgico, ni de faltar a la comunión con los
sucesores de los apóstoles, para servir a los más menesterosos
y excluidos. Y es claro que tocaron fondo en la
desgracia humana. Todo lo contrario, sacaron su fuerza de la
oración y de la liturgia.
Los santos se sintieron siempre “hijos
de la Iglesia”, y la sirvieron como Ella “quiere ser
servida” en cada momento. Eso fue posible porque tuvieron corazones
humildes y aceptaron plenamente la cruz.
Por último, en la obediencia
a la fe y en la comunión eclesial, está la
garantía de nuestra libertad. A la vez, es el antídoto
para que el mensaje global cristiano no corra el riesgo,
ni caiga en el peligro, de un reduccionismo y aprisionamiento
de lo particular. Así no se propondrá una especie de
inculturación en la que se reduzca el cristianismo a unos
contenidos de mínimos, cayendo en ideologías de todo tipo o
en meras propuestas socio-político-culturales.
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