Autor: Enrique Monasterio | Fuente: Conoze.com Volverá la Navidad
Tendremos una gran Nochebuena si dejamos que Jesús nazca
Volverá la Navidad
Si en tu buzón aparecen Christmas (tarjetas de Navidad) aderezados
con hojitas de acebo, bosques nevados y cervatillos de mirada
lánguida, no te alarmes; aunque no hablen para nada del
nacimiento de Jesús, te aseguro que se acerca la Navidad.
Y si recibes archivos informáticos con música new age y
más cervatillos, sé comprensivo: la cursilería, como la gripe del
pollo, es contagiosa y universal.
Aunque prediquen que esta fiesta, en
el fondo, es sólo un homenaje al invierno y a
la escarcha, y nos digan que hemos de cantar villancicos
a la naturaleza y al milagro del turrón y del
champagne; aunque pretendan que amemos a los osos y a
los abetos, y las luces de las ciudades se llenen
de palabras esterilizadas, sin contaminaciones religiosas; aunque inventen plegarias dirigidas
a Papá Noel (y a mamá Noel, por supuesto), y
los veamos llegar vestidos de rojo, arrastrados por las borrascas
del Norte con un cortejo de renos, avefrías y bolitas
de colores; aunque embalen en naftalina la imagen del Niño
Jesús..., ten confianza: volverá la Navidad. Aunque no haya nieve
en la sierra ni terminen de llenarse los embalses este
año; con cambio climático o sin él, es cuestión de
días: vendrá la Navidad.
Aunque ahora sean los mercaderes quienes empuñen
el látigo y traten de vengarse de Jesucristo expulsándolo de
su templo; aunque el Maestro haya desaparecido ya de las
escuelas, del Parlamento, de la Universidad, de los quirófanos y
de las UCI de los hospitales; aunque desinfecten las aulas
para que no queden gérmenes cristianos en los pupitres ni
en los babies de los niños, a pesar de los
pesares, volverá la Navidad.
Aunque secularicen los belenes y los hagan
inofensivos; aunque quieran sustituir a María, a José y al
Niño por una metáfora cutre que exprese paz, tolerancia, democracia
y vitamina C, al menos, digo yo, respetarán al buey
y a la mula, y podremos ponernos a su lado
para recordar que el Niño ha venido como todos los
diciembres. Y no lograrán ahuyentar a los ángeles, que estos
días revolotean sobre nosotros buscando corazones para poner el Nacimiento.
Tendremos
una gran Nochebuena si dejamos que Jesús nazca. Él anda
buscando una cueva, un pesebre honrado y un poco de
buena voluntad. Los demás elementos del belén -la estrella, los
ángeles, los Magos- corren de su cuenta. Mira a ver
cómo tienes el establo de tu alma. Tal vez sirva
todavía, aunque este año haya albergado a demasiadas bestias y
parásitos, y parezca una pocilga. No trates de decorarlo ni
de ponerle ambientador. Una mano de estropajo con el detergente
infalible de la penitencia bastaría para el caso.
Mira también a
los Sagrarios de las iglesias vecinas. ¿Te parecen más ricos
que la Cueva de Belén? Jesús está allí de verdad,
pero me temo que sigue solo. ¿Echará de menos al
borrico y al buey que le acompañaron hace tantos siglos?
En
2004-2005 celebramos un año dedicado a la Eucaristía. Juan Pablo
II quiso convocarlo para recordarnos que todos los días pueden
ser Navidad; que Jesús sigue naciendo, a pesar de los
pesares y no le importa correr riesgos como entonces, ni
tener que huir de Herodes en plena noche, con tal
de que los suyos no le abandonemos.
Luego, echa una ojeada
a tu alrededor: los inmigrantes. Los tenemos de todos los
géneros: blancos, tostados y negros; gigantescos y pequeños; legales e
ilegales; honrados, como José y María, y delincuentes como Herodes;
con papeles y sin papeles; con buenas y con malas
intenciones. Llegaron de todos los rincones del planeta: en patera
o en avión, qué más da. Algunos viajaron en el
seno de su madre, como Jesús; otros, se diría que
han dejado el camello en el parking de la esquina.
Pero lo malo es que la posada sigue estando llena,
y cuesta compartir nuestras indigestiones, aunque sea Nochebuena.
De nosotros depende
que al día siguiente sea de nuevo Navidad.
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