Autor: P. Raniero Cantalamessa, OFM Cap | Fuente: Zenit.org Hombre y mujer los creó
El amor exige comunión, intercambio interpersonal, requiere que haya un «yo» y un «tú»
Hombre y mujer los creó
En la carta a los Colosenses (3, 12.21) san Pablo
dice: «Mujeres, sed sumisas a vuestros maridos, como conviene en
el Señor. Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis
ásperos con ellas. Hijos, obedeced en todo a vuestros padres,
porque esto es grato a Dios en el Señor. Padres,
no exasperéis a vuestros hijos, no sea que se vuelvan
apocados». En este texto se presentan las dos relaciones fundamentales
que, juntas, constituyen la familia: la relación esposa-esposo y la
relación padres-hijos.
De las dos relaciones la más importante es
la primera, la relación de pareja, porque de ella depende
en gran parte la segunda, la de los hijos. Leyendo
con perspectiva moderna aquellas palabras de Pablo, de inmediato salta
a la vista una dificultad. Pablo recomienda al marido que
«ame» a la mujer (y esto está bien), pero después
recomienda a la mujer que sea «sumisa» al marido, y
esto, en una sociedad fuertemente (y justamente) consciente de la
igualdad de sexos, parece inaceptable.
Sobre este punto san Pablo
está, al menos en parte, condicionado por la mentalidad de
su tiempo. Con todo, la solución no es eliminar de
las relaciones entre marido y mujer la palabra «sumisión», sino
en todo caso hacerla recíproca, como recíproco debe ser también
el amor. En otras palabras: no sólo el marido debe
amar a la mujer, sino que también la mujer al
marido; no sólo la mujer debe ser sumisa al marido,
sino también el marido a la mujer. La sumisión no
es sino un aspecto y una exigencia del amor. Para
quien ama, someterse al objeto del propio amor no humilla,
sino que le hace feliz. Someterse significa, en este caso,
no decidir solo; saber a veces renunciar al propio punto
de vista. En resumen, recordar que se ha pasado a
ser «cónyuges», o sea, literalmente, personas que están bajo «el
mismo yugo» libremente acogido.
La Biblia plantea una relación estrecha
entre ser creados «a imagen de Dios» y el hecho
de ser «hombre y mujer» (v. Gn 1,27). La semejanza
consiste en esto. Dios es único y solo, pero no
es solitario. El amor exige comunión, intercambio interpersonal, requiere que
haya un «yo» y un «tú». Por eso el Dios
cristiano es uno y trino. En Él coexisten unidad y
distinción: unidad de naturaleza, de voluntad, de intención, y distinción
de características y de personas. Precisamente en esto la pareja
humana es imagen de Dios. La familia humana es reflejo
de la Trinidad. Marido y mujer son, en efecto, una
sola carne, un solo corazón, una sola alma, aún en
la diversidad de sexo y de personalidad. Los esposos están
uno ante otro como un «yo» y un «tú», y
están frente a todo el resto del mundo, empezando por
los propios hijos, como un «nosotros», como si se tratara
de una sola persona, pero ya no singular, sino plural.
«Nosotros», o sea, «tu madre y yo», «tu padre y
yo». Así habló María a Jesús, después de encontrarle en
el templo.
Sabemos bien que éste es el ideal y que,
como en todas las cosas, la realidad es con frecuencia
bastante diferente, más humilde y más compleja, a veces incluso
trágica. Pero estamos tan bombardeados de casos de fracasos que
a lo mejor, por una vez, no está mal volver
a proponer el ideal de la pareja, primero en el
plano sencillamente natural y humano, y después en el cristiano.
¡Ay de llegar a avergonzarse de los ideales en nombre
de un malentendido realismo! El final de una sociedad, en
este caso, estaría marcado. Los jóvenes tiene derecho a que
se les transmitan, por parte de los mayores, ideales, y
no sólo escepticismo y cinismo. Nada tiene la fuerza de
atracción que posee el ideal.
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