Autor: Archidiócesis de Toledo Ecología ¿objeto de estudio de la ética?
El uso de los recursos minerales, vegetales y animales del universo no puede ser separado del respeto a las exigencias morales
Ecología ¿objeto de estudio de la ética?
El debate ecológico está de moda. Puede sorprender no
sólo la urgencia y pasión con que se plantea, sino
el hecho mismo de que el trato a la naturaleza
y a los animales sea haya convertido en objeto de
estudio por la ética.
La ecología es la parte de la
biología que estudia las relaciones existentes entre los organismos y
el medio en que viven. Semánticamente tiene un significado próximo
a la economía, que se encarga del estudio de los
bienes económicos, mientras que la ecología estudia una especie de
macroeconomía, es decir, relaciona la existencia del hombre con el
uso de toda la naturaleza o medio ambiente.
Ecología deriva del
griego "oikós", que significa hogar, patrimonio; es decir, se trata
de que el hombre cuide su "casa", es el estudio
de la residencia o casa del hombre.
La preocupación actual ecológica
nace de evitar el deterioro del medio ambiente en el
que se desarrolla la vida humana. Dada la agresión que
sufre la naturaleza reclama la ayuda de la ética y
de la teología.
a) Teología de la creación
El concepto cristiano de
creación es fundamental para comprender bien el tema ecológico. El
mundo no es eterno, sino que tiene su origen en
el amor de Dios, hace conceder a la creación una
especial dignidad y un fin determinado como servidor supeditado al
hombre.
Hoy que tanta gente habla de ecología, nosotros, los cristianos,
hemos de predicarles explícitamente de la verdad de Dios Creador
como fundamento de la creación del mundo y del ser
humano, a su imagen y semejanza. Tal y como se
describe en las primeras páginas de la Biblia todo el
mundo ha sido creado para gloria de Dios y para
que sea el hogar del hombre, cima de la creación.
El mundo creado ha sido entregado al hombre para que
lo cultive y lo cuide. El hombre adquiere un dominio
sobre el cosmos, pues se trata de una encomienda que
el mismo Dios Creador le confía; pero es para cuidarlo,
no se trata de un dominio despótico ni arbitrario a
su capricho. Debe disponer de él con respeto y medida,
y en tanto en cuanto le sirve a él, y
a través suyo a Dios, Señor absoluto de toda la
Creación. Dios entrega al ser humano toda la creación para
su uso, no para su abuso. Este dominio que Dios,
único Señor del mundo, concede al hombre es un dominio
relativo, limitado por límites éticos, porque el hombre no es
dueño absoluto, sino administrador responsable de toda la creación.
Dios sí
tiene un dominio absoluto sobre el cosmos y sobre el
hombre. El Rey David reconoce este señorío universal: Tuya es,
Señor, la grandeza y la majestad, pues tuyo es cuanto
hay en el cielo y en la tierra (I Cro
29, 11). De Dios es la tierra y cuanto hay
en ella (Salm 24, 1).
Dios preceptúa el cuidado de la
naturaleza a su pueblo Israel. Los israelitas, cuando conquisten la
tierra prometida, cada siete años deberán dejarla descansar un año
completo (Lev 25, 5). También los animales, en el día
séptimo. No deberá destruir el arbolado, sino sólo los necesarios,
para luchar contra la desertización.
Todo el espíritu de la Biblia
demanda el sentido subsidiario de la naturaleza respecto del hombre,
como criatura de Dios. El cosmos es creado por El
como casa, hogar, o jardín, en medio del cual los
hombres viven y dan gloria a Dios.
El sometimiento de la
creación al hombre, en palabras del Génesis, supone una relación
ordenada entre los hombres y la creación, que exige el
ejercicio de las cualidades espirituales de la persona humana en
orden a completar la obra creadora de Dios. Sólo, después
del pecado, toda la creación se vio sometida a la
caducidad y a la muerte, y espera desde entonces ser
liberada para entrar en la libertad gloriosa con todos los
hijos de Dios (cf. Rm 8, 20-21).
Debajo de todo este
problema se esconde el concepto del hombre, imagen y semejanza
de Dios. Como consecuencia del hombre imagen de Dios, éste,
Señor absoluto de la vida encomienda al hombre el sometimiento
de todas las cosas. Pero esta participación en el Señorío
divino debe interpretarse correctamente, a la luz, del sometimiento de
Cristo en el NT: "Todo es vuestro, pero vosotros de
Cristo, y Cristo de Dios" (I Cor. 3, 22-23). Cristo
es Señor resucitado y ha demostrado su Señorío sobre todo
lo creado mediante la obediencia filial al Padre; así nosotros
(unidad sustancial de cuerpo y alma) debemos someternos a Cristo,
nuestro único Señor. Únicamente así nosotros tendremos un autodominio virtuoso
sobre nosotros mismos y a la vez -y este es
el tema que nos ocupa- seremos capaces de someterlo todo
lo creado mediante el Señorío de Cristo al Padre.
En
conclusión, el hombre no es dueño de la creación en
sentido absoluto, sino sólo relativo. Es, más bien, administrador responsable,
ante el único Señor de todo lo creado (del hombre
y del resto de la creación): Dios, Señor de la
vida. Por todo ello debemos emplear en nuestro servicio toda
la creación pero con ciertos límites éticos que nos ayuda
a nuestra ordenación y comunión personal de amor con Dios,
fin último del hombre, y siempre teniendo presente que los
bienes fueron creados en principios para todos los hombres y
para todas las generaciones pasadas, presentes y futuras. Nosotros debemos
responder de ellas ante las generaciones actuales y venideras, y
en primer lugar ante Dios. Como vemos la verdad de
Dios Creador es la que está latente en el problema
ecológico, y pocos son los que llegan hasta las últimas
consecuencias. Esta puede ser nuestra aportación, no única pero sí
última, como cristianos ante este problema tan urgente y actual.
El
Papa denuncia la situación actual de abuso de la naturaleza:
es preocupante la cuestión ecológica. El hombre, impulsado por el
deseo de tener y gozar, más que de ser y
crecer, consume de manera excesiva y desordenada los recursos de
la tierra y su misma vida. En la raíz de
la insensata destrucción del ambiente natural hay un error antropológico.
El hombre que descubre su capacidad de transformar, y en
cierto sentido de "crear" el mundo con su trabajo, olvida
que éste se desarrolla siempre sobre la base primera y
originaria donación de las cosas por parte de Dios Creador.
Cree que puede disponer arbitrariamente de la tierra, sometiéndola sin
reservas a su voluntad como si no ella no tuviera
una fisonomía propia y un destino anterior dados por Dios,
que el hombre puede desarrollar pero nunca traicionar. En vez
de colaborador de Dios el hombre pretende suplantar a Dios
y con ello provoca la rebelión de la naturaleza contra
sí mismo (cf. CA 37).
Recordemos el adagio a este punto:
Dios perdona siempre, el hombre a veces, la naturaleza nunca.
Una vez más tropezamos con el dominio despótico del hombre,
cuyo abuso tiene origen en el pecado del hombre. Por
eso la solución de los daños ecológicos pasa inevitablemente, no
sólo por soluciones técnicas, sino también por soluciones éticas que
corresponden al comportamiento libre de los hombres y los pueblos.
b)
Ecología y ética
Los graves problemas demandan el auxilio de la
ética. He aquí algunas razones éticas que orientan el tema
ecológico:
1. La limitación de los bienes creados. El uso
abusivo de los bienes puede hacer que el hombre actual
consuma abusivamente y perjudique así gravemente los recursos naturales, en
perjuicio de las generaciones futuras.
Una deforestación irracional está dando a
bruscos cambios en el ecosistema que puede condicionar gravemente la
vida futura de algunas partes del planeta. No obstante no
conviene exagerar ciertos argumentos que se basan en la provisionalidad
de nuestros cálculos actuales. Así por ejemplo, la industria muestra
que puede encontrar nuevas fuentes de energía. Por eso algunas
denuncias alarmistas juegan una mala partida a los fines de
la ecología. No obstante el principio afirmado es válido en
cuanto que ha de tener presente el destino universal de
los bienes dados por el Creador para todos los hombres
y todos los tiempos y pueblos.
2. Solidaridad a nivel
de humanidad. El reparto en el uso de los bienes
naturales debe ser justo: para todos los pueblos y en
favor de todos los hombres. Ahora bien, la explotación desconsiderada
llevada se lleva a cabo por una minoría de pueblos
y para beneficio de muy pocos hombres, de tal forma
que en la actualidad los daños que se están haciendo
a la creación benefician a una pequeña parte de la
humanidad. Esto es injusto.
Más aún, la solidaridad humana pide que
el uso de las cosas no sea justo tan sólo
con el reparto desigual entre los habitantes actuales del mundo,
sino que ha de tener en cuenta las generaciones futuras,
tal y como ya hemos manifestado en diversas ocasiones. Luego
el cuidado de la casa común ha de hacerte teniendo
también en cuenta a sus futuros moradores.
3. Desastres ecológicos.
El trato indebido a la naturaleza, sometida a la industrialización
que provoca tantos deterioros, puede ocasionar dificultades a la vida
humana. Se denuncian la agresión que produce la industrialización incontrolada,
los residuos del consumo, las transformaciones artificiales de la naturaleza,
los efectos de una contaminación atómica, etc. Todo ello puede
poner en peligro la vida del hombre.
La disminución gradual de
la capa de ozono y el consecuente efecto invernadero ha
alcanzado dimensiones críticas debido a la difusión de las industrias,
a las grandes concentraciones urbanas y al consumo energético. Los
residuos industriales, gases por combustión, deforestación incontrolada, herbicidas, refrigerantes y
propulsores; todo esto deteriora la atmósfera y el medio ambiente.
Se han seguido múltiples cambios metereológicos y atmosféricos con daños
a la salud del hombre y hasta el posible hundimiento
futuro de las tierras bajas en el mar. En algunos
caos el daño es quizá ya irreversible, en otros muchos
aún puede detenerse. Es un deber que toda la comunidad
-individuos, Estados y Organizaciones internacionales- asuman seriamente sus responsabilidades (cf.
Juan Pablo II, Paz con Dios creador y paz con
toda la creación, 6).
4. Respeto a la vida y
a la dignidad de la persona humana. Debajo del abuso
desmedido, que está produciendo la destrucción incontrolada de especies animales
y vegetales, está latente un concepto consumista de la vida
y la reducción del deseo de bienestar humano al goce
material sin límites.
Los excesos que denuncia la ecología son una
llamada de atención al sentido de la vida humana. Es
evidente que tales situaciones constituyen una llamada a los principios
morales con el fin de que el hombre haga un
uso medido de los bienes de la naturaleza. Una solución
técnica se hace cada vez más urgente; pero más urgente
aún es una solución ética. En todo caso, debe evitarse
la politización de este problema.
c) Doctrina del Magisterio
Los Papas actuales
han denunciado el riesgo de que se rompa el ecosistema,
con la consecuencia de hacer imposible la existencia humana. Debido
a una explotación inconsiderada de la naturaleza, el hombre corre
el riesgo de destruirla y de ser a su vez
víctima de esta degradación. No se trata sólo de la
degradación del ambiente físico, sino del ambiente humano en donde
el hombre debe vivir (cf. OA 21).
Los datos bíblicos muestran
el sentido de la naturaleza según los planes de Dios.
El hombre tiene un dominio sobre el mundo, pero no
puede ser despótico ni caprichoso.
En segundo lugar, la aplicación
indiscriminada de los adelantos influye en el bienestar de las
generaciones futuras, lo cual pide responsabilidad mundial y de carácter
ético.
En tercer lugar, el signo más profundo y grave
de las implicaciones morales es la falta del respeto a
la vida; la manipulación genética o el aborto son claros
ejemplos de ello. Ciertamente el aborto es el peor delito
ecológico y, en muchos casos, como la peor de las
guerras químicas -ya que se hace mediante sustancias tóxicas-.
En
cuarto lugar, los diversos saberes concuerda en subrayar la armonía
del cosmos. El hombre no puede romper este orden creado
por Dios, ni la finalidad que la creación tiene: el
servicio de todos los hombres, también el de las generaciones
venideras.
En quinto lugar, la ecología pide uso equitativo de
los bienes creados, pues son muy pocos los que despilfarran
y son muchos a los que les falta lo imprescindible
para vivir. Esta situación demanda un sistema de gestión de
los recursos de la tierra, mejor coordinado a nivel internacional.
En sexto lugar, la ecología reclama urgentemente una nueva solidaridad
que refuercen las relaciones internacionales.
En séptimo lugar, un peligro
real para la ecología es la guerra. En la actualidad
cualquier forma de guerra -química, biológica, bacteriológica- causaría daños ecológicos
incalculables, de los cuales la pérdida de vidas humanas inocentes
sería la mayor.
Finalmente los riesgos del desequilibrio ecológico no
tienen solución si no se revisa seriamente el estilo de
vida actual que se apoya en solo disfrutar. Es urgente
una educación en la responsabilidad ecológica de la conciencia.
La
cuestión ecológica ha tomado tales dimensiones que implica la responsabilidad
de todos. Se trata de un problema moral que hemos
de afrontar personas, pueblos, Estados y la Comunidad internacional conjuntamente.
Conclusión
Es
un hecho que la teología se ha apuntado con retraso
a la aparición del fenómeno sobre la reflexión ecológica. Por
eso la moral debe insistir con mayor urgencia en la
responsabilidad que incumbe al hombre actual para usar rectamente de
la naturaleza y enseñar a despertar la sensibilidad moral para
valorar el mal ético que conlleva el trato abusivo de
las riquezas naturales. No cabe excusa moral a quien "saquea"
a la naturaleza o que imparta un trato cruel y
sádico a los animales
El Catecismo de la Iglesia nos recuerda
lo fundamental: El respeto de la integridad de la creación
(La Ecología).
El séptimo mandamiento exige respeto de la integridad de
la creación. Los animales, plantas y seres inanimados están naturalmente
destinados al bien común de la humanidad pasada, presente y
futura (cf. Gn. 1, 28-31). El uso de los recursos
minerales, vegetales y animales del universo no puede ser separado
del respeto a las exigencias morales. El dominio concedido por
el Creador al hombre sobre ellos no es absoluto; está
regulado por el cuidado de la calidad de la vida
del prójimo incluyendo la de las generaciones venideras: exige un
respeto religioso de la integridad de la creación (cf. CA
37-38) (CEC 2415).
Los animales son criaturas de Dios, rodeadas de
su solicitud providencial (cf. Mt. 6, 16). Por su simple
existencia bendicen a Dios y le dan gloria. También los
hombres les deben aprecio. Con qué delicadeza trataban a los
animales S. Francisco de Asís o S. Felipe Neri (CEC
2416).
Dios confió los animales a la administración del hombre, creado
a su imagen (cf. Gn 2, 19-20; 9, 1-4). Por
tanto, es legítimo servirse de los animales para alimento y
la confección de vestidos. Se los puede domesticar para ayudar
al hombre en sus trabajos y en sus ocios. Los
experimentos médicos y científicos en animales, si se mantienen en
límites razonables, son prácticas moralmente aceptables, por su referencia a
contribuir en salvar o curar vidas humanas (CEC 2417).
Es contrario
a la dignidad humana hacer sufrir inútilmente a los animales
y sacrificar sin necesidad sus vidas. También es indigno invertir
en ellos sumas que deberían remediar más bien la miseria
de los hombres. Se puede amar a los animales, pero
no desviar hacia ellos el afecto debido únicamente a los
seres humanos (CEC 2418).
El interés por la ecología para un
cristiano debe poner en el futuro como primer punto central
la batalla en la defensa de la vida humana (aborto,
eutanasia, el sufrimiento humano, la muerte, etc.), ya que es
ésta la que -a pesar de parecer lo contrario- está
sufriendo en la actualidad mayores ataques. De aquí la preocupación
y el programa que el Papa Juan Pablo II ha
manifestado en la Encíclica "Evangelium vitae" a fin de que
los cristianos proclamen, celebren y defiendan, junto a los demás
hombres, toda vida humana, desde el momento mismo de su
concepción, durante todas las fases y situaciones de su existencia,
y hasta el momento de su muerte, paso a la
vida eterna. Además el futuro pasa por la vocación la
familia tiene en el campo de la vida, pues constituye
el lugar ecológico más idóneo para la misma. Con ello
el cristiano pone de manifiesto su interés, sobre todo y
en primer lugar, por una "ecología humana", verdadero corazón de
todo el problema ecológico actual.
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¿Qué el aborto es el mayor delito ecológico? Lo que faltaba por oir. Los humanos son los mayores depredadores del planeta, ¿cómo va a ser un delito ecológico controlar su propagación?. Delito ecológico es creer que un humano está por encima del resto de la naturaleza, o mejor dicho es simplemente ridículo. Ustedes sobrevaloran lo que es un humano, y no es más que otro animal, inteligente pero animal y algunos sirven menos a la sociedad que muchos animales. No y ahora saltaran con lo del alma...