Autor: Estanislao Martín Rincón | Fuente: Catholic.net El sentido de lo sagrado
El sentido de lo sagrado es el venero que fundamenta la existencia de todo hombre, nuestra manera de mirar el mundo y la vida
El sentido de lo sagrado
Quien más, quien menos, todos tenemos una imagen de la
sociedad a la cual pertenecemos. A muchos, o por lo
menos a algunos, nos duelen cosas que otros consideran normales.
A algunos no nos gustan nada los hechos concretos que
se derivan de la cultura de la muerte, desde lo
que pueda parecer más superficial como son las fiestas de
Halloween hasta los temas del aborto y de la eutanasia.
No nos gustan los contenidos de la mayoría de las
noticias de los informativos, ni muchos programas de televisión. No
vemos modelos de bien hacer prácticamente en ninguna esfera de
la vida social y tampoco nos gusta cómo se gestionan
algunos asuntos públicos que nos parecen fundamentales, entre ellos la
educación. La familia está recibiendo un hachazo tras otro, día
sí, día también. Los niños y los jóvenes, en general,
no están siendo bien educados. Se suele decir que se
han perdido los valores. Y es verdad, aunque no pasa
de ser un lamento ineficaz porque a ese lamento no
se corresponde una campaña de recuperación de lo que se
dice que se ha perdido.
Al decir esto no estamos añorando
ningún tiempo pasado. Añorar el pasado cuando se entiende que
fue mejor es un ejercicio legítimo, ligado a la experiencia
de lo vivido, pero en la práctica es un ejercicio
estéril porque la vida se construye necesariamente hacia adelante. Por
otra parte tampoco apostamos por la utopía, pensando que podemos
construir el cielo en la tierra. En esta sociedad y
en esta época, como en cualquiera otra, bien y mal
andan mezclados y ni es bueno quedarse solo con lo
oscuro, ni cabe imaginar un paraíso irrealmente feliz. Quedémonos con
las posibilidades reales de arreglar mucho en un mundo que
está extraordinariamente oscurecido por sombras muy negras.
Valga este ejemplo: Nuestra
sociedad es como un árbol entre cuyos frutos aumentan los
que están amargos y podridos: falta de autoridad, alcoholismo, violencia
doméstica, abusos múltiples, pobreza, drogadicción, promiscuidad sexual, fracaso escolar, suicidios,
explotaciones de todo tipo... Algunas de estas calamidades se airean
y se fomentan abiertamente y otras se intentan tapar o
enmendar, según convenga. Cuando se trata de enmendar, se proyectan
soluciones, se idean proyectos y programas, se ponen en marcha
nuevas especialidades universitarias, se forman expertos, se invierten cantidades ingentes
de dinero, se hacen y se reforman leyes. Y pasa
el tiempo y la enmienda no llega. Y pasan los
años y no vemos signos de recuperación por ninguna parte.
Nunca tantos medios sirvieron para tan poco.
Querer curar los frutos
insanos es tarea hermosa y muy meritoria, a la que
muchas personas están dedicando lo mejor de sí mismas, pero
cada uno de esos frutos no es sino un síntoma
de un problema que no está en ellos sino en
las raíces. De nada sirve querer atajar, por ejemplo, los
problemas del botellón juvenil cuando no hay una educación de
años por detrás; de nada sirve querer parchear el fracaso
escolar mientras seguimos socavando los cimientos y las estructuras de
la familia; de nada sirve querer luchar contra la drogadicción
cuando no hemos cultivado el sentido de la vida, etc.,
etc., etc. Tenemos el árbol enfermo de la raíz
a la copa y no hacemos sino fumigar las hojas,
y a lo sumo, podar alguna rama. Eso habrá que
hacerlo si se ve que es bueno, pero cualquiera entiende
que la solución ha de venir por el saneamiento de
las raíces. Y eso no es tarea fácil. Las raíces,
porque son raíces, no se ven, están hundidas bajo tierra
pero tienen dos funciones que las hacen imprescindibles: sujetan el
árbol y lo alimentan.
Vamos ahora con la que a mi
juicio es la raíz principal de este árbol enfermo que
es nuestra sociedad, es decir, ese todo anónimo del que
formamos parte y que en definitiva, no son solo los
otros, no es “la gente”, sino el cuerpo social al
que pertenecemos por necesidad y del que, queramos o no,
somos solidarios. Esa raíz es el sentido de lo
sagrado.
Hemos perdido el sentido de lo sagrado y esa pérdida
no es una pérdida cualquiera, sino el venero que fundamenta
la existencia de todo hombre, nuestra manera de mirar el
mundo y la vida, nuestra capacidad para entender, o no
entender, lo que es el hombre -uno mismo y cada
uno de los que nos rodean-, lo que es la
naturaleza, lo que son las cosas, lo que es la
realidad, en definitiva. En esta pérdida del sentido de lo
sagrado concurren varias causas, algunas de las cuales se explican
bien desde el ateísmo que ha tomado cuerpo en la
historia reciente. Puede que cada uno de nosotros, individualmente no
seamos ateos, pero somos hijos de nuestro tiempo y en
esta época que nos toca vivir, la influencia del ateísmo
es patente. Nuestras raíces culturales son cristianas, pero socialmente a
Dios le hacemos escaso hueco o ninguno. Puede que no
seamos laicistas, pero la sociedad de la que formamos parte
sí lo es.
La cuestión no es ni simple ni reciente.
Porque no es simple se pueden adoptar diversos enfoques; porque
no es cosa de ahora hay que mirar hacia atrás
en el tiempo. En este artículo nos vamos a
quedar con tres hitos de la Historia Contemporánea. Estos hitos
nos pueden orientar en esta reflexión porque ayudan a ver
cuál ha sido el camino recorrido.
1. El primero nos lleva
a la Revolución Francesa de 1789, hecho trascendental para la
historia no solo de Francia sino de toda Europa. Nuestra
cultura contemporánea es hija del liberalismo que recorrió el continente
entero durante el siglo XIX y este lo es a
su vez de la Revolución de 1789. En esta revolución
ocurrió algo que marcó un punto de inflexión en la
Historia: la muerte en la guillotina del rey francés Luis
XVI. No era la primera vez que moría un rey
de forma trágica, porque la Historia está llena de regicidios,
pero sí era la primera vez que un pueblo entero
cortaba la cabeza a su soberano tras haberle sometido a
la farsa de un juicio con apariencia de legalidad. Hasta
entonces la persona del Rey de cualquier país tenía carácter
sagrado. En el caso de Francia era costumbre heredada de
la Antigüedad que el rey fuera ungido por el arzobispo
de Reims, lo que confería al monarca un halo de
sacralidad que todo el mundo aceptaba. No era un dios,
pero su persona sí tenía carácter sagrado. De ahí que
se le tributara una profunda obediencia y sumisión, que se
le diera tratamiento de Señor y Majestad y que se
le reverenciara con inclinaciones como no se hacía con ningún
otro hombre.
Cuando los facinerosos de la revolución llevan al monarca
francés a la guillotina no matan solo a la persona
de Luis XVI, sino que hacen añicos el aura sagrada
de la realeza. Estos revolucionarios no son ateos, pero son
impíos, se han atrevido a quebrar lo sagrado. La autoridad
seguirá existiendo por pura necesidad social, pero será autoridad de
quita y pon; ha perdido su carácter de intocable.
El paso siguiente será hacer lo mismo, aunque ahora no
se hará con el Rey a quien ven, sino con
Dios a quien no ven. Y se hizo.
2. El segundo
dato tomado de la Historia reciente nos retrotrae a los
últimos ciento cincuenta años. El marxismo, que se había ido
incubando a lo largo de la segunda mitad del siglo
XIX, comenzó a dar sus primeros frutos en los primeros
años del siglo XX, siendo la Revolución Rusa el ejemplo
más significativo. Socialistas y comunistas son herederos de la misma
línea sacrílega e irreverente iniciada en la Revolución Francesa. Ahora,
además de destronar al rey, se destrona también al hecho
religioso. Se predica el ateísmo oficialmente y se prohíbe la
práctica de la fe con todo tipo de amenazas y
castigos, incluidas la cárcel, la deportación y la muerte. Mientras
las ideas comunistas triunfan por las armas en Europa del
Este, en China y en algunos países de África y
de América, estas mismas ideas se hacen con la cultura
de lo que llamamos occidente. Allí se arrebataron el poder
político; aquí los centros neurálgicos de la cultura: las Universidades,
la prensa, el mundo del arte, el cine y los
medios de comunicación.
A finales del siglo XX el comunismo que
había ocupado el poder político cae estrepitosamente, presa de sus
propios errores, pero el que ha ocupado los centros del
pensamiento y de la cultura sigue en pie. Ese no
ha caído, aunque en los últimos años ha mutado y
ha cambiado su ámbito de lucha. Si antaño centraba sus
proclamas en los problemas del mundo obrero, ahora lo hace
en la ecología, el feminismo y la homosexualidad. Ha abandonado
el discurso de la justicia y la reclamación de los
derechos sociales para sustituirlo por otro que exige nuevos
derechos, como los fríos “derechos de los animales” o los
más recientes “derechos sexuales y reproductivos”. Para ello ha cambiado
de color, pasando de ser la izquierda roja a ser
la izquierda verde, morada o rosa. Pero este cambio de
color y de proclamas no ha movido un milímetro sus
objetivos últimos que siguen siendo los mismos y que pueden
resumirse en uno solo, distraer la atención del hombre de
su mirada última: Dios Padre, Creador y Providente, razón primera
y última de nuestro destino. Por eso la izquierda de
ahora, a pesar de los cambios de color, de escenario
y de objetivos inmediatos, destila la misma impiedad y el
mismo ateísmo que cuando se presentaba roja, y arremete con
la misma saña contra la Iglesia, que denuncia sus errores
y engaños. Hace poco más de un siglo esos errores
se centraban en el mundo obrero y en la lucha
de clases, hoy en conceptos más amplios como son el
matrimonio, la sexualidad y la dignidad de la persona.
3.
El tercero es exclusivamente nuestro y nos lleva a 1978,
año de la aprobación de la Constitución actualmente vigente. Nosotros,
hijos de una España, cristiana por raíces y católica por
vocación durante muchos siglos, nos opusimos a que nuestra Constitución
reconociera a Dios como fundamento de nuestra convivencia. No es
que se nos pasara por alto, es que decidimos abiertamente
prescindir de ello.
Llevados del prurito de la modernidad y
ansiosos de adaptación a los nuevos tiempos, abandonamos nuestra rica
primogenitura para cambiarla por un plato de lentejas: el plácet
de quienes exigían la renuncia a Dios como fundamento de
nuestra convivencia y de nuestras leyes. Movidos por la nobilísima
intención de cerrar las heridas de las dos Españas, caímos
en la trampa que nos tendió el laicismo militante, rabiosamente
ateo y antiteo; el mismo que hoy se muestra violento
e inflexible, obsesionado por eliminar todo signo cristiano de la
vida pública (clase de religión, crucifijos, Navidad, funerales de Estado,
etc.), exigió entonces la omisión del nombre de Dios. La
única diferencia es que ahora se presenta violento, crecido y
arrogante, en son de guerra y entonces lo hizo suavemente,
de manera taimada y en son de paz. Pero
el objetivo era el mismo: borrar a Dios. Hubos voces,
muy escasas, ciertamente, pero las hubo, que nos hicieron ver
lo que nos jugábamos en ese momento y nos alertaron
del riesgo que corríamos con tal ausencia de fundamentos en
la Constitución. Hoy se demuestra que fueron voces proféticas ya
que previeron con acierto lo que nos está ocurriendo, pero
en su momento cayó sobre ellas todo el desprecio y
todo el rechazo. La voz que sonó más fuerte fue
la de D. Marcelo González, en ese momento Arzobispo de
Toledo y Cardenal Primado, y por eso cosechó un sinnúmero
de descalificaciones y reproches. Se le acusó de retrógrado y
antidemócrata. Y no lo era. El tiempo demostró que no
lo era y muchos de los que en los años
de la transición enlodaron su figura, le prodigaron después reconocimientos
y homenajes. A don Marcelo se le hizo justicia, pero
sus advertencias fueron desoídas.
Hasta aquí un breve resumen de lo
que nos ofrece la Historia. Vamos ahora con el tiempo
actual.
Ni entonces ni ahora hay que hurgar en la Historia
para disparar el dedo acusador contra nadie; aquí no se
trata de acusar, pero conviene conocer la verdad de lo
acontecido en el pasado para no errar en el diagnóstico
de lo que nos ocurre en el presente.
Hay un dicho
de sabiduría popular según el cual no hay nada que
esté tan mal que no pueda empeorar aún más. Por
ser de sabiduría popular en parte encierra verdad y en
parte yerra. Porque también todo puede mejorarse. La situación actual
es la de un pueblo en el cual un inmenso
sector de población ha vuelto la espalda a Dios, y,
en consecuencia, vive sin sentido de lo sagrado. Ese pueblo
somos nosotros. Aún podemos ir a peor, pero algunos nos
resistimos a vivir sin hacer nada para que esto cambie.
Aquí ni está todo hecho ni está todo perdido; al
contrario, está casi todo por hacer y es mucho lo
que se puede ganar. Hay muchas vidas rotas que tienen
arreglo y muchas otras que hay que construir de nueva
planta. Es mucho lo que hay que sanar y mucho
lo que hay que educar. Pero tiene que hacerse desde
la verdad, cimentando en donde se debe: en el Dios
Único y verdadero que se da a conocer en Cristo
y que la Iglesia ofrece a pesar de tantas zancadillas
desde fuera y de tantos tropiezos desde dentro.
Al escribir esto
no me mueve un sentimiento de piedad devota. Esta no
es “mi” verdad y estas no son “mis” ideas; lo
escrito pertenece a una verdad que, por ser objetiva, se
sostiene por sí misma. No es verdad porque lo afirme
yo ni porque lo afirme otro; es verdad porque lo
afirma el mismo Cristo: “Sin mí no podéis hacer nada”
(Jn 15, 5). Yo la he personalizado desde mi visión
del momento actual, eso sí, y se me ha dado
el privilegio inmerecido de publicarla.
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El comentario me parcee exacto y acertado coincidentente con lo q estamos viviendo en estos momentos a nivel pais y sociedad toda, carente de valores éticos y morales, con esto no kiero significar q seamos todos en gral pero una gran mayoria la cual se dejanconvenceer por discursos vanos carentes de sentido comun. Kiera Dios sirva para refexionar y deponer esta actitud k nos conduce al caos total. Gracias por hebrme enviado este material tan importante
Que bien explicado está, pero muchos son los que no leen y no saben, mucha gente actua por ignorancia y por ello ni enterados, y de que somos parte de lo que está sucediendo en el mundo, sobre todo, el habernos alejado del Evangelio, en el momento en que más se necesitaba por que empezaban esas corrientes que nos llevaron como borreguitos. Que pena la verdad y ojalá que se pudiera difundir ésto de alguna manera más pública. Gracias