Autor: Tomás Trigo Oubiña | Fuente: Conoze.com El ateo virtuoso. Actualidad de un mito
Puntos de reflexión para creyentes y ateos
El ateo virtuoso. Actualidad de un mito
La opinión «ya antigua» según la cual el ateo puede
ser "buena persona" en una sociedad cristiana, se está convirtiendo
en el "dogma" según el cual sólo el ateo puede
ser buena persona en una sociedad democrática. La idea de
que la fe en Dios lleva a la intolerancia y
al fanatismo, parece confirmarse cada vez que los medios de
comunicación informan sobre algún acto de violencia o terrorismo por
motivos religiosos.
Los argumentos a favor de esta idea suelen
exponerse, en ámbitos no académicos, en forma de preguntas retóricas
como las siguientes:
¿Por qué va a ser necesario creer
en Dios para ser buena persona? ¿Acaso un agnóstico o
un ateo no pueden ser honrados, trabajadores, responsables, amigos excelentes,
incluso hombres generosos que viven para los demás y que
pueden llegar a dar la vida por el bien de
la humanidad?
¿No es verdad también que muchos creyentes son
"malas personas"? ¿No se encuentran acaso entre ellos muchos hipócritas,
fanáticos, intolerantes y enemigos de la libertad? ¿No demuestra la
historia hasta dónde puede llegar un creyente: Cruzadas, Inquisición, oposición
a la ciencia, a la libertad y al progreso, terrorismo
en nombre de Dios?
Por otra parte, ¿no es verdad
que tiene más mérito y es más "moral" ser buena
persona sin esperar un premio en la vida eterna?
Para
los que responden afirmativamente a estas preguntas, son precisamente los
ateos y agnósticos los que se encuentran en las mejores
condiciones para ser "buenas personas": su negación de todo vínculo
con Dios y con los dogmas de fe, les proporciona
la libertad de pensamiento y la apertura de mente necesarias
para convivir en paz con todas las opiniones y formas
de vida; la falta de esperanza en una vida eterna,
garantiza a sus acciones un total altruismo; la liberación de
los "prejuicios" religiosos, los convierte en personas abiertas a la
ciencia y al progreso, etc.
Hace unos meses (por citar
un ejemplo), Giovanni Sartori, premio "Príncipe de Asturias de Ciencias
Sociales" de 2005, recordaba en su discurso que el factor
que hace impenetrable la democracia en una identidad cultural es
el factor religioso, y más concretamente el monoteísmo, porque mientras
prevalece la voluntad de Dios, la democracia no penetra. (Digamos
entre paréntesis que, en el mismo acto, se concedió a
las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paul,
que se dedican a ayudar a los pobres de los
países democráticos y no democráticos, el "Premio Príncipe de Asturias
de la Concordia").
1. P. Bayle y sus pensamientos sobre el
cometa
En el pensamiento moderno, el mito del ateo virtuoso
aparece de modo explícito con P. Bayle (1647-1706), «el hombre
que -según Marx- hizo perder teóricamente todo crédito a la
metafísica del siglo XVII y a toda la metafísica en
general» [1].
En su obra Pensées diverses sur la comete
(1682), en el que se refiere al cometa avistado en
Europa a finales de diciembre de 1680, se expresa, al
principio, con términos negativos: el ateísmo no es peor que
la idolatría. Más adelante afirma que es peor la idolatría
que el ateísmo; de aquí -y teniendo en cuenta que
para la tradición libertina, idolatría o superstición eran sinónimos de
religión en general- pasa a decir que el ateísmo es
inofensivo, y que si la religión es incapaz de regular
la conducta moral del hombre, un ateo, en cambio, podría
ser una persona recta, de acuerdo con cierta honestidad natural.
La conclusión final se expresa con términos positivos: el ateísmo
es compatible con una vida moral recta.
«Con estas premisas,
la conclusión del lector no podía ser otra que la
de considerar más favorablemente al ateísmo, así como una insanable
fractura entre religión y moral, con la consiguiente reivindicación de
la esfera ética como algo autónomo, desligada de Dios y
fundada únicamente sobre la naturaleza racional del hombre» [2].
En
el planteamiento de Bayle se da una radical separación entre
moral y religión, que deja el camino abierto a la
negación de la religión sobrenatural por parte del deísmo, paso
intermedio que encamina necesariamente a la negación de toda religión
[3].
Para Bayle, la fe no tiene nada que ver
con la razón. No añade nada importante a lo que
la razón encuentra en el campo moral. Y además no
es un principio eficaz para el recto obrar moral. En
consecuencia, el ateo se encuentra en las mismas condiciones que
el cristiano a la hora de regular su conducta de
acuerdo con la ley moral natural, que -afirma Bayle- puede
ser conocida por todos, tengan o no fe. Basta para
ello con la razón, una razón en la que la
providencia general o naturaleza ha depositado una idea de honestidad
con la que debemos conformar nuestras acciones.
Dos anotaciones me
parecen interesantes:
- La primera es que ley natural a la
que se refiere Bayle no incluye el precepto relativo a
dar a Dios el culto debido… Se trata de una
concepción de la ley natural en la que la relación
natural con Dios se ha perdido o se considera exclusiva
del ámbito de la fe. Una concepción que, por desgracia,
opera también actualmente en muchos autores que propugnan una ética
natural o racional en la que se excluye toda referencia
a Dios, porque tal modo de proceder vendría exigido por
la racionalidad misma.
- La segunda se refiere a la
imagen de Dios que se refleja en el pensamiento de
Bayle: no se trata de un ser personal, sino de
una abstracción que, como tal, no puede mover a la
acción buena ni al creyente ni al ateo. Esta imagen
sigue vigente en quienes actualmente mantienen el mito. Por eso,
es necesario recordar que Dios es un ser personal, viviente,
y que el hombre puede y debe relacionarse con Él.
Solo a partir de ahí se puede entender que la
verdad sobre Dios es lo más operativo que existe. De
su aceptación o negación depende la vida de la persona.
2. J.-J. Rousseau y el caso Wolmar
El mito del
ateo virtuoso adquiere por vez primera en Rousseau una forma
novelada. Jean-Jacques es uno de los críticos de Bayle respecto
a la posibilidad de una sociedad de ateos. Es creyente.
Pero también es contradictorio, o -según algunos estudiosos- en sus
obras existen contradicciones que encierran una profunda coherencia si se
conocen los entresijos psicológicos del autor. Ahí no nos vamos
a meter. Solo queremos señalar que en su famosa novela
Julie ou la nouvelle Héloïse, aparece un personaje –Wolmar– que
puede ser considerado como el paradigma del ateo virtuoso. El
hecho de haber nacido en el ambiente del cristianismo ortodoxo,
con una liturgia inaceptable para un hombre que -como Wolmar-
solo se guía por la razón, y el carecer del
"sentimiento interior" que -según Rousseaunos lleva directamente a Dios-, son
las causas "razonables" de su ateísmo.
El mito del ateo
virtuoso implica siempre la no culpabilidad de su ateísmo. Wolmar
no es culpable de no conocer la verdad. La "culpa"
es de la verdad, que huye de él: «¿En qué
puede ser culpable mi marido ante Dios?» -se pregunta Julia,
la esposa de Wolmar-. «¿Aparta los ojos de Él? Dios
mismo ha velado su faz. No huye de la verdad,
es la verdad la que huye de él. El orgullo
no lo dirige; no quiere extraviar a nadie, le gusta
que no se piense como él. Ama nuestros sentimientos, querría
tenerlos, no puede; nuestra esperanza, nuestro consuelo, todo se le
escapa. Hace el bien sin esperar recompensa; es más virtuoso,
más desinteresado que nosotros. iOh!, es digno de compasión; pero,
¿por qué será castigado? No, no: la bondad, la rectitud,
las costumbres, la honestidad, la virtud, he ahí lo que
el cielo exige y lo que él recompensa, he ahí
el verdadero culto que Dios quiere de nosotros, y que
recibe de él todos los días de su vida. Si
Dios juzga la fe por las obras, creer en él
es ser hombre de bien. El verdadero cristiano es el
hombre justo; los verdaderos incrédulos son los malvados» [4].
En
el contexto de la obra de Rousseau, Wolmar parece un
personaje contradictorio. Julia, su esposa, es una mujer moralmente recta
gracias a haber asumido como guía la conciencia, sentimiento interior
–según Rousseau– que nos dicta de modo infalible, no la
verdad teórica, sino la verdad práctica que debemos realizar. Wolmar
es, por el contrario, el paradigma de la, razón y
de la ausencia de tal sentimiento. La falta de esa
guía infalible es la causa de que no conozca la
existencia de Dios. Sin embargo, su vida es un ejemplo
de rectitud moral. Personaje contradictorio –decíamos–, porque según el ginebrino
no puede actuar con rectitud quien no reconoce la verdad
de la existenciá de Dios: esta verdad aparece en el
Emilio como el único y verdadero freno para el mal
moral.
Sin embargo, Wolmar expresa también un aspecto importante del
pensamiento de Rousseau: la ortodoxia, la verdad que la razón
puede proporcionar, no tiene relevancia moral alguna. Se puede actuar
bien desde el punto de vista moral (ortopraxis) incluso sin
reconocer la verdad sobre la existencia de Dios.
3. La
moral autónoma y el ateo-cristiano
No podríamos dejar de mencionar
otro hito importante en el desarrollo del tema que tratamos:
la expansión de la ideas de Kant sobre la posibilidad
de acceder al conocimiento de Dios, y sobre la reducción
de la religión a los límites de la razón.
Pero,
en lugar de extendernos sobre este tema, preferimos dar un
salto en la historia del pensamiento y llegar a una
corriente de la teología moral que tuvo gran impacto en
la segunda mitad del siglo XX: la moral autónoma, que
hunde gran parte de sus raíces en la filosofía kantiana
a través de K. Rhaner.
Uno de sus defensores más
conocidos, J. Fuchs, se pregunta cómo se relaciona la moral
cristiana con el "humanista", es decir, con aquel hombre que,
viviendo de una manera puramente inmanente al mundo, busca, sin
embargo, honestamente un ethos humano. Se trata de comparar al
cristiano con el ateo honesto.
En primer lugar, por lo
que se refiere a la determinación del comportamiento moral concreto
(ámbito categorial), el cristiano y el "humanista" –señala repetidamente nuestro
autor– se encuentran fundamentalmente en las mismas condiciones. Ambos cuentan
únicamente con la razón para poder descubrir lo que en
cada caso concreto es una conducta acorde con la dignidad
del hombre[5].
La idea que expresaba Bayle, aparece aquí de
nuevo: la fe no es operativa en el campo moral
concreto; solo añade una intencionalidad nueva. Las normas morales operativas
dependen de la razón autónoma, y en ese ámbito el
cristiano y el no cristiano están en las mismas condiciones.
Al mismo tiempo, la oposición entre ortodoxia y ortopraxis, que
señalábamos en Rousseau, se encuentra también en la moral autónoma:
para Fuchs y otros autores, la razón no puede conocer
la verdad sobre la moralidad de un comportamiento concreto; de
ahí que propongan como único criterio válido el cálculo de
las consecuencias de la acción.
Pero existe otro ámbito, el
trascendental, el de las intenciones profundas. En este, el cristiano
parece tener ventaja sobre el ateo, pues por la fe
sabe que debe orientar todas sus acciones a Dios y
responder así a la llamada a la salvación. Sin embargo,
la ventaja no es tan grande. En realidad, sucede -explica
Fuchs- que esta intencionalidad permanece en la esfera de la
conciencia no reflexiva o no temática, incluso para el cristiano.
Y lo mismo le ocurre al "humanista". Por eso se
puede admitir que -en esta esfera trascendental- el absoluto es
conocido por el ateo como el Dios viviente, aunque de
una manera no conceptual y no temática [6], En consecuencia,
en el nivel trascendental, también el humanista responde al ofrecimiento
y a la llamada a la salvación, y su respuesta
anima y penetra su comportamiento moral categorial. Llamar cristiana o
no a esta intencionalidad trascendental es algo indiferente. Lo importante
es que expresa fundamentalmente la aceptación de la llamada a
la salvación en Cristo [7].
A partir de estos planteamientos,
Fuchs se inclina a negar que pueda existir propiamente una
moral no cristiana, pues toda moral no cristiana verdaderamente seria
puede ser considerada como una cierta participación de la moral
cristiana y, en este sentido, no simplemente como no cristiana.
En realidad, las diversas morales no cristianas no son otra
cosa -en su opinión- que intentos de buscar una moral
humana, es decir, una moral de la ley natural o
del derecho natural.
Todo esto, traducido a un nivel de
vulgarización, se puede expresar del siguiente modo: en el fondo,
un ateo honesto es un buen cristiano, aunque no lo
sepa.
Otro de los defensores de la moral autónoma, Ch.E.
Curran, acepta que el reconocimiento de Jesús como Señor afecta
a la conciencia del individuo y a su reflexión moral,
pero afirma también que, a pesar de todo, los cristianos
y los no cristianos «pueden llegar a las mismas conclusiones
morales, pueden compartir en conjunto los mismos comportamientos morales, las
mismas disposiciones, los mismos fines, y esto es en efecto
lo que se produce. De modo que los cristianos explícitos
no tienen el monopolio de actitudes, de fines y de
disposiciones éticas tales como el amor del sacrificio, la libertad,
la esperanza, la preocupación por el prójimo necesitado, y no
son los únicos que piensan que no se encuentra la
vida más que perdiéndola.
Tener una conciencia explícitamente cristiana afecta
al juicio del cristiano y a su manera de formar
sus juicios morales, pero los no cristianos pueden llegar y
llegan a las mismas conclusiones éticas y también a adoptar
y a amar los mismos motivos, las virtudes, los fines
más elevados que los cristianos reivindican desde hace tiempo como
su herencia propia» [8]. Curran afirma, por tanto, que aquellos
que nunca se han adherido a Cristo Jesús ni oído
hablar de Él, pueden llegar a las mismas decisiones morales
particulares, y además son igualmente capaces de tener las mismas
disposiciones y los mismos comportamientos, como la esperanza, la libertad
y el amor por los demás hasta el sacrificio de
sí mismos [9].
En este planteamiento se olvida el abismo
que existe entre lo que el hombre debe hacer y
lo que realmente puede llevar a cabo, pues el hombre
natural ni puede conocer con perfección las exigencias de la
moral humana ni vivirlas sin la gracia, y mucho menos
conocer y vivir las exigencias de la moral cristiana.
Sin
duda, las opiniones de la moral autónoma sobre la situación
del humanista ateo y honesto, cuando han salido del ámbito
puramente académico, han venido a reforzar el tópico del ateo
virtuoso y a poner en duda la "necesidad" de la
fe cristiana y de los sacramentos para el buen comportamiento
moral.
4. Vida moral y conocimiento de Dios
Los ateos virtuosos
de Bayle y Rousseau no son culpables de su ateísmo.
No vamos a entrar aquí en la cuestión de si
existe un ateísmo inculpable. Preferimos poner de relieve, únicamente, que
existe el ateo culpable de su propio ateísmo y que,
en tal caso, no puede calificarse de virtuoso.
Llegar a
Dios no solo es posible, sino que es un deber
moral. Responde a la inclinación esencial de la naturaleza humana
a conocer la verdad, y en esa inclinación se funda
el deber de buscarla. Dejando a un lado las influencias
negativas que, desde los primeros momentos de la existencia, pueden
tener sobre la persona las convicciones de los padres, educadores,
etc., queremos llamar la atención sobre las causas internas por
las que una persona puede no llegar al conocimiento de
Dios.
Sto. Tomás explica que la culpabilidad de los que
no conocen a Dios no va precedida de ignorancia, sino
que más bien ocurre al contrario: la culpa engendra una
ignorancia consecuente, y en ese sentido esa ignorancia tiene también
razón de culpa [10]. La ignorancia de la existencia de
Dios se debe, al menos en muchos casos, a que
las malas disposiciones morales subjetivas impiden el recto uso de
la inteligencia, que, por naturaleza, no se detiene hasta llegar
a su Creador.
a) La interacción del entendimiento y la
voluntad.
En la búsqueda de la verdad está implicada toda
la persona; no sólo el entendimiento, sino también la voluntad,
las pasiones y sentimientos, la cabeza y el corazón.
Cuando
una verdad se presenta al entendimiento, entra en juego la
voluntad, que puede amar esa verdad o rechazarla. Si la
persona está bien dispuesta, su voluntad la acepta como conveniente,
e incluso puede mandar al entendimiento que la considere más
a fondo, que busque otras verdades que la corroboren, y,
por último, si es necesario, ordena su conducta de acuerdo
con esa verdad.
Por el contrario, si la persona está
mal dispuesta, la voluntad tiene mayor dificultad para aceptar la
verdad, y puede incluso rechazarla como odiosa. En efecto, una
verdad particular puede resultar aborrecible cuando aceptarla impide a la
persona gozar de algo que desea. «Es el caso de
los que querrían no conocer la verdad de la fe
para pecar libremente, a quienes el li bro de Job
hace decir: "No queremos la ciencia de tus caminos» [11].
Cuando esto sucede, es fácil que la voluntad incline al
entendimiento a pensar en otra cosa, o a ver los
aspectos negativos de la verdad que considera.
El resultado es
que la persona no «ve» la verdad porque no quiere
verla. La verdad queda aprisionada por la injusticia [12]. Para
entender, para «reconocer» una verdad como bien, hay que querer:
«Entiendo -afirma Santo Tomás- porque quiero, y del mismo modo
uso de todas las potencias y hábitos porque quiero» [13].
Esto no quiere decir que la voluntad o el deseo
sean, a fin de cuentas, los creadores de la verdad,
sino que se requiere la "buena voluntad", "la limpieza de
corazón", para poder reconocer la verdad y convertirla en directora
de la propia vida.
b) Las disposiciones morales y verdad
sobre Dios.
En el acceso a la verdad sobre Dios,
las disposiciones de la voluntad son especialmente importantes. La existencia
de Dios no es una cuestión sólo especulativa: su aceptación
o rechazo deciden la vida entera de la persona.
De
ahí que no se pueda plantear como un problema exclusivamente
teórico: «El primer planteamiento del problema religioso no aparece ante
el hombre de este modo: "¿Es posible reconocer a Dios?",
sino que presenta esta otra forma: "¿Estoy dispuesto a reconocer
a Dios?» [14]. Si se formula la pregunta por Dios
sólo del primer modo, como a. veces se hace, puede
dar lugar a interminables elucubraciones teóricas, porque en apariencia el
sujeto no se implica personalmente. Es necesario adoptar la segunda
perspectiva, que supone la implicación personal en la búsqueda de
la verdad religiosa, si uno quiere realmente encontrarla. Entonces aparecen,
ante la conciencia del que busca, los obstáculos reales que
se oponen a la aceptación de la verdad, y se
advierte que la dificultad no está del lado de Dios,
sino del sujeto que pregunta por Él. El problema no
es de la Luz, sino de la voluntad que no
quiere ver.
El evangelio de San Juan presenta a Cristo,
desde el primer momento, como la Luz verdadera que ilumina
a todo hombre que viene a este mundo [15], pero
esa Luz es recibida por unos, y ven; y rechazada
por otros, y permanecen ciegos. La razón de tan diferentes
desenlaces, la explica el mismo San Juan: «Vino la luz
al mundo y los hombres amaron más las tinieblas que
la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el
que obra mal odia la luz y no viene a
la luz, para que sus obras no le acusen. Pero
el que obra según la verdad viene a la luz,
para que sus obras se pongan de manifiesto, porque han
sido hechas según Dios» [16].
El problema, por tanto, no
es sólo de índole intelectual, sino sobre todo moral: «Porque
sus obras son malas». Las obras malas, puestas a la
luz de Cristo, acusan al que las realiza. Puede suceder,
y de hecho sucede, que, con la ayuda de la
gracia, el pecador se enfrente a la realidad de su
vida, muestre sus malas obras a la Luz, se humille
y se convierta. Pero puede ocurrir también que «quiera» mantenerse
en sus obras, y entonces se niega a sacarlas a
la luz, para no sentirse acusado; y ante la posibilidad
de ser iluminado, odia la luz, siente miedo y rehúsa
incluso oír hablar de Dios. En cambio, al que obra
según la verdad no le importa que sus obras se
vean, porque han sido hechas según Dios. Está dispuesto a
recibir la Luz, a Cristo, la Verdad [17].
La negación
de la verdad sobre la existencia de Dios no es
entonces fruto de un proceso puramente intelectual, sino de la
propia mala voluntad, que tuerce continuamente la cara de la
razón para que mire hacia otro lado, o para que
fije su atención en todo aquello que parece contradecir la
existencia de Dios: el sufrimiento de los inocentes, las catástrofes
naturales, la existencia de personas creyentes cuya vida no es
coherente con su fe, etc.
5. La importancia de la
intención en el obrar moral
El mito del ateo virtuoso
parece desarrollarse en el clima de la concepción normativa de
la ética, que juzga las acciones exclusivamente desde el punto
de vista externo, es decir, sin tener en cuenta la
intencionalidad del sujeto agente, la dimensión interior de la acción,
Desde el punto de vista del observador, es fácil llegar
a otorgar el mismo valor a dos acciones materialmente iguales,
de dos sujetos diferentes, sin tener en cuenta que pueden
ser fruto de intencionalidades muy diversas.
Al juzgar la acción
moral, no basta con tener en cuenta la acción exterior.
El aspecto exterior de la acción no es suficiente para
saber si la acción es buena: la intencionalidad es un
elemento intrínseco de la acción.
En efecto, para actuar bien
desde el punto de vista moral no basta con realizar
acciones en sí mismas buenas, sino que es preciso actuar
por amor al verdadero fin último. En caso contrario, la
acción no puede calificarse de verdaderamente honesta.
Pues bien, Bayle
hace una defensa de la honestidad del ateo, en la
que a la vez demuestra -sin pretenderlo- que tal honestidad
es deshonesta: «Como la ignorancia de un primer Ser Creador
y Conservador del mundo no impediría a los miembros de
esta sociedad (de ateos) el ser sensibles a la gloria
y al vilipendio, a la recompensa y a la pena,
y a todas las pasiones que se ven en los
otros hombres, y no entenebrecería todas las luces de la
razón, se encontrarían entre ellos personas que actuarían de buena
fe en el cbmercio, que asistirían a los pobres, que
se opondrían a la injusticia, que serían fieles a sus
amigos, que denigrarían las injurias, que renunciarían a las voluptuosidades
del cuerpo, que no engañarían a nadie, sea porque el
deseo de ser alabados les empujase a todas estas bellas
acciones que no dejarían de tener la aprobación pública, sea
porque les lleva a eso el deseo de conseguirse amigos
y protectores en caso de necesidad» [18].
Pero actuar bien
por el deseo de alabanza y de conseguir amigos y
protectores en el caso de necesidad constituye u na motivación
muy diversa a la que requiere la honestidad cristiana y
aun la honestidad natural de quien sigue la ley que
Dios ha impreso en su alma [19].
6. Un punto
de reflexión para creyentes y ateos
El modo de vivir
de algunos cristianos ha alimentado, en ciertas ocasiones, el mito
del ateo virtuoso. La falta de coherencia entre la fe
y la conducta; el pietismo y el espiritualismo desencarnado; el
desprecio de las realidades terrenas, como si fuesen tareas en
las que el cristiano no puede mezclarse para no contaminarse;
la mezcla de la verdadera fe con creencias vanas o
supersticiosas; la reducción de la moral a algunos aspectos, olvidando
otros asimismo importantes, etc., han servido de ocasión para pintar
de atractivos colores a un personaje que, a pesar de
no creer en Dios, vive como hombre honrado. Y esto
debe servir de reflexión a los cristianos para tomar conciencia
de la importancia de la unidad entre fe y vida.
De todas formas, cuando se piensa en la fe (y
en la moral) predicada por Cristo y en aquellos que
lucharon por ser coherentes con ella, incluso a costa de
su vida, los santos, parece lógico deducir que los cristianos
que exhiben una conducta deshonesta, viven así no a causa
de profesar la fe cristiana, sino a pesar de ello.
Y si se piensa en las consecuencias prácticas del ateismo
militante, también parece lógico concluir que los ateos que dan
muestras de vivir las virtudes humanas, viven así no a
causa de negar la existencia de Dios, sino a pesar
de ello.
En resumen: pienso que no puede darse un
comportamiento ético en sentido pleno, una vida moral plena, con
todas las condiciones que exige la palabra "moral" en cuanto
al conocimiento y la voluntad algo que no coincide con
lo que se entiende habitualmente por ser "buena persona"-, si
se prescinde de la aceptación práctica de la verdad sobre
Dios.
Notas [1] K. MARX, Die Heilige Familie, c. VI,
2, en «Karl Marx-F. Engels Werke», Berlín 1958, Bd 11,
134. [2] T. ALVIRA, Pierre Bayle: Pensamientos diversos sobre el
cometa, Madrid 1977, 16. [3] Cfr. ibidem, 19. [4] J.-J-
ROUSSEAU, Julie ou la nouvelle Héloise, Librairie Garnier Freres, Paris
s/f, 11, 344. [5] Cfr. J. FUCHS, Existe-t-il une "morale
chrétienne"?, Gembloux 1973, 23. [6] Cfr. ibidem, 24-25. [7] Cfr.
ibidem, 25. [8] Ch.E. CURRAN, Y a-t-il une éthique sociale
spécifiquement chrétienne?, «Supplément» 24 (1971) 54. La cursiva es mía.
[9] Cfr. ibidem, 55. [10] Cfr. Sto. TOMÁS DE AQUINO, In
Ep. ad Rom., cap. 1, lect. 7. [11] Sto. TOMÁS
DE AQUINO, Summa Theologiae, 11-11, q. 25, a. 5, ad
2. [12] Cfr. Rm 1, 18. [13] Sto. TOMÁS DE
AQUINO, Quaestiones disputatae: De malo, q. 4, a. 1. Cfr.
también Summa contra gentes, 1. 1, cap. 72. [14] A.
LANG, Teología fundamental, 1, Madrid 1966, 158. [15] Cfr. Jn
1,9. [16] Jn 3,19-21. [17] Cfr. S. GREGORIO DE NISA,
De vita Moysis, 11, 65. [18] P. BAYLE, Pensées diverses
sur la comete, Société des textes français modernes, Librairie E.
Droz, Paris 1939, 11, 103. La cursiva es mía. [19]
Cfr. T. ALVIRA, Pierre Bayle, cit., 142.
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¿Moral=Dios? ¿El auto de este artículo leyó el
Levítico, el Deuteronomio? Esas son disposiciones
muy morales, ¿no? Recuerden que fueron instituidas
por DIOS YHWH, así que no me vengan con lo del
"contexto cultural"
Saludos
Me faltó poner en mi anterior comentario que este artículo corrobora el fanatismo y la intolerancia de la religión. El "ateo virtuoso" no es ningún mito, pero a ciertos creyentes le cuesta aceptar que alguien pueda ser bueno al margen de la religión.
Y este artículo lo corrobora.
Yo sé que un ateo y un agnóstico pueden ser buenas personas, y no "a pesar de serlo", sino que parte de nuestra naturaleza es ser buenos sobre todo si fuimos criados con amor, y hasta los ateos pueden criar a sus hijos con amor.
Además también pueden ser buenas personas de otras religiones. En el mundo solo una tercera parte hay de cristianos. Pero según esto, solo un cristiano puede ser bueno y no nadie más.
Gracias me han ayudado a reafirmar mi fé y mi convicción en cristo .
Me gustaria que me hablaran si peco al aceptar la metafisica de Conny Mendez ,en la cual dice que los hombres al ser purificados ,manifestando so amor y actuar moralmente como Dios nos enseñó,logramos a ser como cristo ,sanar el cuerpo ,con la energia positiva que se irradia cuando somos positivos.Agradezco su respuesta.
Básicamente las conclusiones del articulo son que los ateos lo
somos por que en el fondo queremos ser inmorales y que si
hacemos buenas acciones es sólo debido a que queremos
simpatizarle a los demás. La primera conclusión es una
acusación difamatoria sin ningún sustento. La segunda parece
más razonable, aunque nunca se plantea qué tiene de malo
querer agradarle a los demás. Se nos exige que nuestros
motivos sean nobles, pero no se nos da crédito por nuestros
sentidos de empatía, de responsabilidad y de civilidad como
fuentes de la acción ética. Aun así el texto nunca plantea el
porqué los motivos cristianos son más puros ¿no es acaso sólo
para agradar a Dios? ¿no es acaso sólo por temor a estar siendo
divinamente espiados? Y nunca se contesta a la pregunta ¿no es
verdad que tiene más mérito y es más "moral" ser buena persona
sin esperar un premio en la vida eterna? Si a Dios le importara
más que creamos en Él a que seamos buenas personas entonces
sería Él quien debiera replantearse su sentido de la moral. Los
ateos somos buenos no a causa de negar la existencia de Dios,
pero tampoco a pesar de ello; lo somos por que está en la
naturaleza humana ser bueno debido a cuestiones evolutivas;
nuestra especie está predispuesta para preocuparse por los
demás y vivir en sociedad para sobrevivir; un cerebro sano está
programado para emular lo que siente otro individuo. Los ateos
sabemos esto, lo consideramos valioso y vivimos de acuerdo
ello.
Buenisima premisa, mala conclusion.
El hecho que un hombre, tenga la creencia que tenga, poseea una moral, no esta supeditada a la creencia, a la fe o al hecho mismo de directrices morales como la biblia, el Coran u otro texto. Por que la etica esta supeditada a las actitudes morales que rigen una sociedad particular, a su moral, a su caracter y paradigmas; esta no puede esta ligada a una religion, iglesia o razon "divina", sea la que sea, aunque tampoco puede ser anulada por esta. Las percepciones "divinas" ocurren en el sub-concciente, es nuestra naturaleza humana tener fe, esto no avala la existencia de una divinidad particular, o de muchas. Es simplemente lo que escogemos creer.
Un ateo puede ser "buena gente". Pero ese tipo de "buena gente" no va al cielo por la sencilla razón de que voluntariamente rechazan a Jesús Nuestro Señor que es el Camino, la Verdad y la Vida. No hay que confundir el cristianismo con los cristianos que dependiendo de su compromiso pueden ser buenos o malos cristianos y eso Dios lo juzgará. Recuerden que la salvación sólo es posible en la Iglesia y no fuera de ella.