Autor: Beatriz Lafuente | Fuente: www.diocesismalaga.es Creo porque no tengo derecho a no creer
No puedo ser escéptico cuando me está dando señales de que es leal
Creo porque no tengo derecho a no creer
Entrevista al actor y dramaturgo Rafael Álvarez, “El Brujo” (Lucena,
Córdoba, 1950). Entre sus últimas obras destaca “El Evangelio de San
Juan”.
Se le ilumina la mirada al hablar de Jesús
de Nazaret, ¿Por qué?
Lo más fascinante de la vida
de Jesús es el equilibrio, la simetría, la proporcionalidad entre
los diferentes rasgos de su personalidad, en el sentido de
un maestro independientemente de su naturaleza divina, en la cual
yo creo absolutamente.
¿Qué le hace estar tan seguro de
esa naturaleza divina?
Creo en la naturaleza divina de Jesús
porque algo me lo dice. Es más, creo porque no
tengo derecho a no creerlo, es como si traicionara la
confianza de un amigo leal. No puedo ser escéptico cuando
me está dando señales de que es leal. Sin ir
muy lejos, en el evangelio de san Juan, por ejemplo,
ves a un personaje divino involucrado en las actividades históricas
y mundanas. Eso teatralmente es de una potencia tremenda.
Pero
su fe no ha sido siempre tan férrea, ¿Qué le
movió a representar un evangelio?
Yo he tenido un camino
de ida y de vuelta en la cuestión religiosa,
el monasterio de Silos ha sido para mí un punto
de inflexión en este camino. Dos momentos importantes en mi
vida tienen relación con este monasterio. Cuando tenía 33 años,
cuatro amigos decidimos ir allí a pasar un fin de
semana y disfrutar del silencio. Pero a 40 kilómetros de
Silos el coche salió volando, murieron dos de mis amigos,
yo salí ileso, aunque despedido a varios metros. Entonces no
llegué al monasterio, estuve diez días ingresado en el hospital
y cuando pasó el peligro volví a Madrid besando el
suelo, ya no me hacía falta leer ningún evangelio para
creer. Después de aquello ya no quería volver a Silos,
del miedo que había pasado. Pero a los 45 años
involucrado en una tormenta de la vida, lloraba y lloraba,
ya no sabía que hacer, así que decidí volver a
Silos. Cuando llegué no había nadie, los monjes cantaban, así
que me senté allí, junto a un cristo negro y
recuerdo que las lágrimas fluían a raudales, entonces le entregué
mi alma, como si fuera un psicoanalista, para que me
ayudara, pensé: él me va a escuchar sin decirme nada
y eso es lo que yo necesito. Finalmente cuando se
fueron los monjes, terminé gritando: ayúdame, de una manera casi
agresiva. A partir de ese momento volví periódicamente.
Entonces, ¿fue
en Silos donde entró en contacto con los evangelios?
Allí
decidí confesarme con el padre Moisés tras 37 años sin
hacerlo. La última vez que me había confesado tenía
unos 14 años, después de eso fui hippie, ateo, comunista,
desencantado, separado… y volví al redil como la oveja perdida,
que cuando ya está muy mal, dice: padre perdóname y
dame lo que sea porque ya no puedo conmigo mismo.
En esa charla le comenté que no sabía porque había
pedido formalmente la confesión, quizás porque creía que estaba desahuciado
y esto era lo único que me quedaba. Él padre
Moisés se rió y me dijo: tienes que hacer algo
sobre los evangelios, ve a la fuente original. Por ello
me propuse leer los evangelios y fue cuando surgió la
idea. En el monasterio de Silos se consideran los padres
de este evangelio, y desde entonces hablo cada pocos días
con ellos.
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