Autor: Pontificio Consejo para la Familia De la desesperación a la esperanza
La Iglesia de frente a la toxicodependencia
De la desesperación a la esperanza: Familia y toxicodependencia
Introducción
La
dependencia de la droga ha sido considerada, en diversas ocasiones
por el Santo Padre, en su solicitud pastoral. La asignación
del fenómeno de la droga, como competencia específica, al Pontificio
Consejo para la Familia, subraya la atención con la cual
la Iglesia mira tales problemáticas y a sus funestas y
dramáticas consecuencias para la vida de la familia y para
el crecimiento de los jóvenes.
En el amplio y complejo
fenómeno de la droga y de la toxicodependencia, no son
pocos los temas sobre los cuales se puede reflexionar. Hemos
elegido uno de particular importancia: la relación entre Familia y
Toxicodependencia (1).
El tema de la toxicodependencia preocupa y atrae
el interés de varias instancias sociales y pastorales. Del 21
al 23 de noviembre de 1991, por ejemplo, el Pontificio
Consejo para la Pastoral de los Agentes Sanitarios, convocó en
Roma una Conferencia Internacional con el título específico de "Contra
spem in spem: droga y alcohol contra la vida", donde
no faltaron contributos de gran realce de las diversas facetas
del fenómeno de la droga y de la familia (2).
La reflexión que ahora nos disponemos a presentar es fruto
del encuentro de trabajo realizado durante los días 20, 21
y 22 de junio de 1991. Fueron examinados documentos, investigaciones
y material diverso sobre este argumento. El encuentro ha sido
llamado "en el vértice" tanto por el número restringido de
los participantes, como por el hecho de que se trata
de personas casi todas empeñadas en el contacto directo con
los toxicodependientes.
No es nuestra intención suministrar un tratado exhaustivo
del problema droga (existen numerosos y serios estudios al respecto).
Queremos solamente poner en evidencia algunos aspectos concernientes a nuestra
misión educativo-pastoral y participar, además, a la opinión pública, una
preocupación largamente condividida y una esperanza que anima a todos,
agregando algunas consideraciones sobre la intervención de cuantos, en nombre
de la Iglesia, trabajan activamente en el ámbito de la
toxicodependencia.
Fuimos convocados como expertos en cuanto que, a través
de nuestras diversas actividades y profesiones, acompañamos de hecho, en
una experiencia cotidiana y de cercanía continua, las víctimas de
un grave flagelo, del cual el recurso a la droga
es sólo signo y síntoma.
Hemos podido constatar en tantos
casos, que es la esperanza valiente de una real liberación
a empujarnos, como creyentes y miembros de la Iglesia, a
sacar adelante, no obstante las dificultades, este servicio en favor
de los hermanos necesitados de solidaridad, de comprensión, de confianza
y de ayuda.
Durante nuestro encuentro tuvimos la alegría de
saludar al Santo Padre Juan Pablo II, paternalmente cercano a
nuestra acción pastoral, y de recibir su bendición apostólica. El
Sucesor de Pedro nos ha hablado: ha definido este servicio
eclesial como un camino "de la desesperación a la esperanza".
No hubiéramos podido encontrar una expresión mejor! Por esto la
hemos tomado como título, realista y alentador, de nuestro trabajo.
I. EL FENOMENO DE LA TOXICODEPENDENCIA
Indicamos algunos aspectos de
un fenómeno complejo y preocupante. En concreto, queremos referirnos ahora
a los siguientes puntos: la persona, la familia, la sociedad.
a) La persona
La droga no es el problema principal
del toxicodependiente. El consumo de droga es sólo una respuesta
falaz a la falta de sentido positivo de la vida.
Al centro de la toxicodependencia se encuentra el hombre, sujeto
único e irrepetible, con su interioridad y específica personalidad, objeto
del amor del Padre que, en su plan salvífico, llama
a cada uno a la sublime vocación de hijo en
el Hijo. Sin embargo, la realización de tal vocación es
-junto a la felicidad en este mundo- gravemente comprometida por
el uso de la droga, porque ella, en la persona
humana, imagen de Dios (cfr. Gen. 1, 27), influye en
modo deletéreo sobre la sensibilidad y sobre el recto ejercicio
del intelecto y de la voluntad.
Un gran número de
cuantos hacen uso de la droga está constituido por jóvenes,
y la edad de acercarse al problema desciende siempre más.
Hay, sin embargo, hoy también numerosos adultos (35-44 años) entre
los consumidores de droga y esto constituye un cambio importante
en este campo. Existen además toxicodependientes fuertemente dependientes de las
sustancias estupefacientes y otros que hacen uso esporádico; personas marginadas,
y otras aparentemente bien integradas en la sociedad. Como es
fácil deducir, se está ante un conjunto complejo de un
fenómeno diferenciado y articulado.
Los episodios de violencia, que se
registran entre los toxicodependientes, indican que no nos encontramos de
frente al engañoso e ilusorio "viaje pacífico" de una vez,
promovido por la manipulación de masa de la cultura juvenil
en los años sesenta, sino de frente a una realidad
violenta y a la caída del carácter moral como efecto
del uso de la droga.
Los motivos personales al origen
de la toma de sustancias estupefacientes, son tantos. Pero, en
todos los toxicodependientes, prescindiendo de la edad y de la
frecuencia con que las usan, se constata un motivo constante
y fundamental: la ausencia de valores morales y una falta
de armonía interior de la persona. En todo toxicodependiente pueden
verificarse diversas combinaciones de acuerdo con las fragilidades personales que
lo hacen incapaz de vivir una vida normal. Se crea
en él un estado de ánimo "inmotivado" e "indiferente" que
desencadena un desequilibrio interior moral y espiritual del cual resulta
un carácter inmaduro y débil que empuja la persona a
asumir comportamientos inestables de frente a las propias responsabilidades.
De
hecho, la droga no entra en la vida de una
persona como un rayo con el cielo sereno, sino que
como la semilla echa raíces en un terreno por largo
tiempo preparado.
La mujer toxicodependiente, a diferencia del hombre, es
herida más profundamente en su identidad y dignidad de mujer,
sobre todo si es madre y por esto las consecuencias
negativas pueden ser peores.
Quien hace uso de la droga
vive en una condición mental equiparada a una adolescencia interminable,
como es señalado por algunos especialistas. Tal estado de inmadurez
tiene origen y se desarrolla en el contexto de una
falta de educación. La persona inmadura proviene con frecuencia de
familias que, también independientemente de la voluntad de los padres,
no consiguen transmitir los valores, sea por la falta de
una adecuada autoridad, sea porque viven en una sociedad "pasiva",
con un estilo de vida consumístico y permisivo, secularizado y
sin ideales. Fundamentalmente el toxicodependiente es un "enfermo de amor";
no ha conocido el amor; no sabe amar en el
modo justo porque no ha sido amado en el modo
justo.
La adolescencia interminable, característica del toxicodependiente, se manifiesta frecuentemente
en el temor del futuro o en el rechazo de
nuevas responsabilidades. El comportamiento de los jóvenes es con frecuencia
revelador de un doloroso descontento debido a la falta de
confianza y de expectativas frente a estructuras sociales en las
cuales ya no se reconocen. ¿A quién atribuir la responsabilidad
si muchos jóvenes parecen no desear llegar a ser adultos
y rehusan crecer? ¿Les han sido ofrecidos motivos suficientes para
esperar en el mañana, para invertir en el presente mirando
al futuro, para mantenerse firmes sintiendo como propias las raíces
del pasado? Detrás de comportamientos desconcertantes, frecuentemente aberrantes e inaceptables,
se puede percibir un rayo de ideales y de esperanza.
b) La familia
Entre los factores personales y ambientales que
favorecen de hecho el uso de la droga es, sin
duda, el principal, la falta absoluta o relativa de la
vida familiar, porque la familia es elemento clave en la
formación del carácter de una persona y de sus actitudes
hacia la sociedad. Detengámonos en algunos factores de mayor importancia.
El toxicodependiente viene frecuentemente de una familia que no sabe
reaccionar al stress porque es inestable, incompleta o dividida. Hoy
van en preocupante aumento las salidas negativas de las crisis
matrimoniales y familiares: facilidad de separación y de divorcio, convivencias,
incapacidad de ofrecer una educación integral para hacer frente a
problemas comunes, falta de diálogo, etc. Pueden preparar una elección
de la droga, el silencio, el miedo de comunicar, la
competitividad, el consumismo, el stress como resultado de excesivo trabajo,
el egoísmo, etc.; en síntesis, una incapacidad de impartir una
educación abierta e integral. En muchos casos los hijos se
sienten no comprendidos y se encuentran sin el apoyo de
la familia. Además, la fe y los valores del sufrimiento,
tan importante para la madurez, son presentados como antivalores. Padres
no a la altura de su tarea, constituyen una verdadera
laguna para la formación del carácter de los hijos.
¿Y
qué decir de algunos comportamientos distorsionados o desviados en el
campo sexual de ciertos núcleos familiares?
En no pocos casos
las familias sufren las consecuencias de la toxidependencia de los
hijos (por ejemplo, violencias, robos, etc.), pero sobre todo deben
compartir las penas psicológicas o físicas. La vergüenza, las tensiones
y los conflictos interpersonales, los problemas económicos y otras graves
consecuencias, pesan sobre la familia, debilitando y resquebrajando la "célula
fundamental" de la sociedad.
Junto a la familia de origen,
ha de ser tenida en cuenta también la familia que
crean los toxicodependientes. Se trata no raramente de parejas en
las que ambos son drogadictos. Muchos, aun siendo todavía jóvenes,
son ya separados o divorciados, o también conviven unidos de
hecho. En este contexto adquieren importancia los problemas de los
hijos de los toxicodependientes, sobre todo bajo el aspecto educativo,
como también los problemas de los hijos de toxicodependientes ya
fallecidos.
Merecen particular atención las mujeres toxicodependientes en embarazo: muchas
son madres solteras o de cualquier modo abandonadas a sí
mismas. Por desgracia, en vez de salir a su encuentro
con una concreta solidaridad y asistencia para que puedan acoger
y respetar la vida del no nacido, se les propone,
como solución más oportuna, el aborto (3).
c) La sociedad
La toxicodependencia, tan ampliamente difundida, es índice del estado actual
de la sociedad. Hoy la persona y la familia se
encuentran en una sociedad "pasiva", es decir, sin ideales, permisiva,
secularizada, donde la búsqueda de evasiones se manifiesta en tantos
modos diversos, del cual uno es la fuga en la
toxicodependencia.
Nuestra época exalta una libertad que "no se ve
positivamente como una tensión hacia el bien... sino... como una
emancipación de todos los condicionamientos que impiden a cada uno
seguir su propia razón" (4). Se exalta el utilitarismo y
el hedonismo, y con ellos el individualismo y el egoísmo.
La búsqueda de un bien ilusorio, bajo la marca del
máximo placer, termina por privilegiar a los más fuertes, creando
en la mayoría de los ciudadanos condiciones de frustración y
de dependencia. Y así, la referencia a los valores morales
y a Dios mismo son cancelados en la sociedad y
en la relación entre los hombres.
Se ha afianzado en
la sociedad actual un consumismo artificial, contrario a la salud
y a la dignidad del hombre, que favorece la difusión
de la droga (cfr. CA, 36). Tal consumismo, creando falsas
necesidades, empuja el hombre, y en particular a los jóvenes,
a buscar satisfacciones sólo en las cosas materiales, causando una
dependencia de ellas. Además, una cierta explotación económica de los
jóvenes se difunde fácilmente, precisamente en este contexto materialístico y
consumístico. En diversas regiones, además, la desocupación de los jóvenes
favorece la difusión de la toxicodependencia.
A ningún atento observador
escapa que la sociedad actual favorece la promoción de un
hedonismo desenfrenado y un desordenado sentido de la sexualidad. Se
ha separado el ejercicio de la sexualidad de la comunión
conyugal y de su intrínseca orientación procreativa, permaneciendo en un
superficial gozo al cual, con frecuencia, se subordina incluso la
dignidad de las personas.
En una sociedad que busca la
gratificación inmediata y la propia comodidad a toda costa, en
la cual se está más interesado en "tener" que en
"ser", no sorprende la cultura de la muerte que considera
el aborto y la eutanasia como bienes y derechos. Se
ha perdido el sentido de la vida, y se vacía
la persona de su dignidad, llevándola a la frustración y
a la vía de la autodestrucción. En una sociedad así
descrita, la droga es una fácil e inmediata, pero mentirosa,
respuesta a la necesidad humana de satisfacción y de verdadero
amor.
Hoy la familia comparte la tarea de la educación
con tantas otras instituciones y agencias educativas, pero faltan entre
estas muchas veces, la necesaria unión y coordinación. De esto
resulta una falta de claridad y de coherencia entre los
valores propuestos. Dicha incoherencia en la educación de los jóvenes
es, en gran parte, responsable de la crisis de los
valores que genera confusión. De hecho, son propuestos a los
jóvenes ideales no sólo desarticulados sino contradictorios.
Los mass media
ejercen un influjo con frecuencia negativo respecto de la mentalidad
que favorece la difusión de la toxicodependencia, sobre todo en
el mundo juvenil. Con mensajes directos e indirectos, y a
través de la industria del espectáculo para los jóvenes, crean
modelos, proponen ídolos y definen la "normalidad" por medio de
un sistema de pseudo-valores. No conviene olvidar además, la violencia
cotidianamente suministrada al público por medio de ciertos video cassettes.
Algunos de nosotros, participantes al encuentro, consideramos que existe el
riesgo, por parte de los mass media, de presentar una
imagen del toxicodependiente que induce solamente a criminizarlo como el
único culpable. No se pueden negar los talentos, la inteligencia
y otras capacidades de tantos jóvenes toxicodependientes; y conviene más
bien tenerlas en cuenta para toda iniciativa de recuperación.
Ha
sido además subrayada la responsabilidad del Estado en aquello que
concierne la organización de los medios de comunicación, y más
en general, del entero sistema legal que tutela a los
ciudadanos de la amenaza proveniente de la distribución y del
consumo de la droga.
Hablando de responsabilidad no conviene olvidar,
dadas las implicaciones religiosas de los problemas ligados a la
droga, algunos silencios, faltas e insuficiencias todavía presentes en la
pastoral de la Iglesia.
El fenómeno de la droga, considerado
en la persona, en la familia y en la sociedad,
hace evidente la necesidad urgente de "sabiduría" para recuperar la
conciencia del primado de los valores morales de la persona
como tal. "Volver a comprender el sentido último de la
vida y de sus valores fundamentales", afirma el Santo Padre,
Juan Pablo II, "es el gran e importante cometido que
se impone hoy día para la renovación de la sociedad...
La educación de la conciencia moral que hace a todo
hombre capaz de juzgar y de discernir los modos adecuados
para realizarse según su verdad original, se convierte así en
una exigencia prioritaria e irrenunciable" (FC, 8). Con la ayuda
de esta sabiduría la nueva cultura emergente "no apartará a
los hombres de su relación con Dios, sino que los
conducirá a ella de manera más plena" (ibid., 8). Este
es el auténtico "nuevo humanismo", que no puede dejar de
ser "un auténtico humanismo familiar", al que pertenece una "nueva
mentalidad... esencialmente positiva, inspirada en los grandes valores de la
vida del hombre" (5).
II. TAREA ESPECIFICA DE LA IGLESIA
¿Cuál es la tarea específica de la Iglesia de frente
al fenómeno de la toxicodependencia?
a) La Iglesia y la
evangelización
La Iglesia, enviada como "sacramento universal de salvación" (LG,
48; AG, 1), es el pueblo misionero de Dios. El
compromiso misionero de la Iglesia, su actividad evangelizadora, cae sobre
todos los miembros de este pueblo, cada uno en proporción
de sus posibilidades (cfr. AG, 23): "A todos los fieles...
es impuesto el noble honor de trabajar con el fin
de que el divino mensaje de la salvación, sea conocido
y aceptado por todos los hombres, sobre toda la tierra"
(AA, 3).
La Iglesia es "experta en humanidad" (PP, 13).
Al centro de sus preocupaciones está el hombre, objeto del
amor creador, redentor y santificador de Dios, Uno y Trino.
Jesucristo, "propter nos homines et propter nostram salutem" ("por nosotros
los hombres y por nuestra salvación"), ha bajado del cielo,
se ha encarnado, ha muerto y ha resucitado.
El mensaje
de la Iglesia se dirige a toda la sociedad y
a todos los hombres para señalar la alta vocación de
Dios al hombre. Hace parte, sin embargo, de este mensaje,
el hecho de que el hombre redimido lleva en sí
mismo las heridas del pecado original y por tanto la
inclinación a la dependencia y a la esclavitud del pecado.
La Iglesia anuncia que Dios salva al hombre en Cristo,
revelándole su vocación, inscrita en la verdad sobre el hombre
y desvelada plenamente en Cristo Jesús (cfr. GS, 22). En
esta luz, todos tienen derecho a conocer que la vida
es un SI a Dios y a la santidad, no
simplemente un NO al mal.
La persona está llamada a
vivir en ("ex sistere") comunión con Dios, consigo mismo, con
el prójimo, con el ambiente (cfr. GS, 13). Vivir tales
relaciones, en especial aquella con los otros, hace evidente la
plena e integral valoración de la corporeidad masculina y femenina,
que desvela el sentido profundo de la vida humana, como
vocación al amor (cfr. FC, 11). Pero el pecado influye
en estas relaciones. Para vivir los valores humanos y cristianos
en modo auténtico, además de la indispensable ayuda de la
gracia divina, son necesarios: la libertad del espíritu contra el
materialismo y el consumismo, la verdad sobre el bien y
sobre el hombre contra el utilitarismo y el subjetivismo ético,
la grandeza del amor, que busca siempre el bien del
otro a través también de la donación de sí, contra
la banalización de la sexualidad y el hedonismo.
El amor
misericordioso de Dios mira en modo especial a quienes necesitan
más de su acción compasiva y liberadora. El Señor ha
dicho que son los enfermos los que tienen necesidad del
médico (cfr. Mt. 9, 12; Mc. 2, 17; Lc. 5,
31).
Al toxicodependiente se dirigen la solicitud y las actividades
de muchas personas e instituciones. También diversas ciencias y disciplinas
se ocupan de sus problemas. ¿Bajo qué aspecto, entonces, la
Iglesia se pone al servicio de quienes se encuentran bajo
el yugo de esta nueva forma de esclavitud?
En su
actitud decididamente pastoral, empleando los instrumentos ofrecidos por las ciencias,
la Iglesia se acerca al toxicodependiente con su radiante concepción
de la verdad sobre Cristo, sobre sí misma y sobre
el hombre (6).
Ella propone una respuesta específica en cuanto
poseedora de los valores morales humano-cristianos, que miran a todos,
y son disponibles para todos con métodos abiertos a todos:
creyentes o no creyentes, toxicodependiente o personas con riesgo de
serlo, jóvenes o ancianos, sujetos provenientes de familias "sanas" o
sin familia. Se trata de valores de la persona como
tal. La propuesta de la Iglesia es un proyecto evangélico
sobre el hombre. Anuncia a cuantos viven el drama de
la toxicodependencia y sufren una existencia miserable, el amor de
Dios que no quiere la muerte sino la conversión y
la vida (cfr. Ez. 18, 23). Aquí se trata de
la vida plena, de la vida eterna, proclamada en medio
a situaciones que la ponen en peligro o la amenazan.
Al toxicodependiente, carente fundamentalmente de amor, hay que hacer conocer
y experimentar el amor de Cristo Jesús. En medio de
una desazón atormentada, en el vacío profundo de la propia
existencia, el itinerario hacia la esperanza pasa por el renacer
de un ideal auténtico de vida. Todo esto se manifiesta
plenamente en el misterio de la revelación del Señor Jesús.
Quien toma sustancias estupefacientes debe saber que, con la gracia
de Dios, es capaz de abrirse a quien es "el
camino, la verdad y la vida" (Jn. 14, 6).
Puede
así comenzar un itinerario de liberación descubriendo que él es
imagen de Dios, en la realidad de Hijo, que debe
crecer en la similitud de la imagen por excelencia que
es Cristo mismo (cfr. Col. 1, 15).
La Iglesia, con
su contribución específica, interviene en el problema de la toxicodependencia,
ya para prevenir el mal, ya para ayudar los toxicodependientes
en su recuperación y reinserción social.
Así, nosotros somos testigos
de que el prisionero de la droga, con la ayuda
de la Iglesia, puede iniciar un nuevo camino y asumir
una actitud que lo abra hacia una siempre y mayor
plenitud de vida nueva.
b) La Iglesia de frente a
la toxicodependencia
La respuesta de la Iglesia al fenómeno de
la toxicodependencia es un mensaje de esperanza y un servicio
que, más allá de los síntomas, va al centro mismo
del hombre; no se limita a eliminar el mal, sino
que propone rumbos de vida. Sin ignorar ni despreciar las
otras soluciones, ella se sitúa a un nivel superior y
global de intervención que tiene en cuenta su precisa visión
del hombre y en consecuencia indica nuevas propuestas de vida
y de valores. Su tarea es evangélica: anunciar la Buena
Nueva. No asume una especie de función sustitutiva respecto de
otras instituciones e instancias humanas. Su servicio está, en efecto,
en la misma "escuela evangélica" hecha a través de formas
concretas de acogida que son la traducción práctica de su
propuesta de vida, de su mensaje de amor.
Es precisamente
en la misma actividad evangelizadora de la Iglesia que se
coloca su intervención sobre el problema de la toxicodependencia. Tal
actividad, sea aquella dirigida "ad intra" que "ad extra", lleva
a "servir el hombre revelándole el amor de Dios, que
se ha manifestado en Jesucristo" (RM, 2). Este anuncio "mira
a la conversión cristiana, es decir, a la adhesión plena
y sincera a Cristo y a su Evangelio mediante la
fe" (Ibid., n. 46): "Convertíos y creed en el Evangelio"
(Mc. 1, 15). Se trata de una conversión que "significa
aceptar, con decisión personal, la soberanía de Cristo y llegar
a ser sus discípulos" (RM, 46). Solo en El toda
persona puede encontrar el verdadero tesoro, la verdadera y definitiva
razón de toda su existencia. Adquieren un maravilloso significado respecto
a los toxicodependientes las palabras de Cristo: "Venid a mí
todos los que estéis cansados y agobiados que yo os
aliviaré" (Mt. 11, 28).
El Evangelio une la proclamación de
la Buena Nueva a las buenas obras, como por ejemplo,
a la curación de "toda enfermedad y toda dolencia" (Mt.
4, 23). La Iglesia es "fuerza dinámica", "signo y animadora
de los valores evangélicos entre los hombres" (RM, 20). Por
tanto, la Iglesia, "teniendo siempre firme la prioridad de las
realidades trascendentes y espirituales, premisas de la salvación escatológica", ha
ofrecido siempre su testimonio evangelizador junto a sus actividades: diálogo,
promoción humana, compromiso por la justicia y la paz, educación
y atención de los enfermos, asistencia a los pobres y
a los pequeños (cfr. Ibid.). Sin embargo, ha de estar
muy claro que en la proclamación de la Buena Nueva
del amor de Dios, ella no coarta la libertad humana:
se detiene ante el sagrario de la conciencia; propone, pero
no impone nada (cfr. Ibid.).
El Santo Padre recuerda que
el testimonio evangelizador de la Iglesia consiste en proclamar la
Buena Nueva, como quien ha reconocido en Jesucristo la meta
del propio destino y la razón de toda su esperanza
(7).
Refiriéndose al toxicodependiente, el Sumo Pontífice afirma que es
necesario "llevarlo al descubrimiento o al redescubrimiento de la propia
dignidad de hombre; ayudarlo a hacer resurgir y crecer, como
un sujeto activo, aquellos recursos personales que la droga había
sepultado, mediante una confiada reactivación de los mecanismos de la
voluntad, orientada hacia seguros y nobles ideales" (8). Siguiendo esta
línea de la formación del carácter del toxicómano, el Santo
Padre continúa: "Ha sido concretamente probada la posibilidad de recuperación
y de redención de la pesante esclavitud... con métodos que
excluyen rigurosamente cualquier concesión a la droga, legal o ilegal,
con carácter sustitutivo" (9). Luego concluye: "La droga no se
vence con la droga" (10).
¿Pero cuáles son los "seguros
y nobles ideales" necesarios para el crecimiento del toxicodependiente como
sujeto activo? Son aquellos que responden a la necesidad extrema
del hombre de "saber si hay un por qué que
justifique su existencia terrena" (11). Por este motivo, "es necesaria
la luz de la Trascendencia y de la Revelación cristiana.
La enseñanza de la Iglesia, anclada en la palabra indefectible
de Cristo, da una respuesta iluminadora y segura a los
interrogantes sobre el sentido de la vida, enseñando a construirla
sobre la roca de la certeza doctrinal y sobre la
fuerza moral que proviene de la oración y de los
sacramentos. La serena convicción de la inmortalidad del alma, de
la futura resurrección de los cuerpos y de la responsabilidad
eterna de los propios actos es el método más seguro
también para prevenir el mal terrible de la droga, para
curar y rehabilitar sus pobres víctimas, para fortalecerlas en la
perseverancia y en la firmeza sobre las vías del bien"
(12).
Hoy, con la vasta difusión de la droga, la
Iglesia se encuentra frente a un nuevo reto: debe evangelizar
tal situación concreta. Por esto indica:
1. el anuncio del
amor paterno de Dios para salvar al hombre, un amor
que supera todo sentido de culpa;
2. la denuncia de
los males personales y de los males sociales, que causan
y favorecen el fenómeno de la droga;
3. el testimonio
de aquellos creyentes que se dedican a la atención de
los toxicodependientes según el ejemplo de Cristo Jesús, que no
ha venido para ser servido, sino para servir y dar
la vida (cfr. Mt. 20, 28; Fil. 2, 7). Esta
triple actividad comporta:
Una tarea de anuncio y profecía que
presenta la visión evangélica original del hombre; Una tarea de
servicio humilde a imagen del Buen Pastor que da su
vida por sus ovejas. Una tarea de formación moral hacia
las personas, las familias y las comunidades humanas, a través
de los principios naturales y sobrenaturales para llegar al hombre
pleno y total.
III. PRESENCIA EVANGELIZADORA DE LA IGLESIA
Después
de haber examinado cuál es la misión específica de la
Iglesia frente al fenómeno de la droga, deseamos considerar los
sujetos llamados a intervenir en la atención pastoral de la
Iglesia en combatir el mal de la toxicodependencia y ayudar
a las víctimas.
a) Presencia en la familia
La Iglesia
siente el deber de reservar una atención privilegiada a la
familia, núcleo central de toda estructura social, y debe "anunciar
con alegría y convicción la Buena Nueva sobre la familia"
(FC, 86) para promover una auténtica cultura de la vida.
Aunque la familia es asediada por tantos peligros hoy en
una sociedad secularizada, hay que tener confianza en ella. "La
familia -afirma Juan Pablo II- posee y comunica todavía hoy
energías formidables capaces de sacar al hombre del anonimato, de
mantenerlo consciente de su dignidad personal, de enriquecerlo con profunda
humanidad y de inserirlo activamente con su unicidad e irrepetibilidad
en el tejido de la sociedad" (FC, 43).
Más aún,
según el Santo Padre, la Iglesia debe tener una particular
solicitud pastoral "hacia los individuos cuyas existencias están marcadas por
tragedias personales y devastadoras y hacia las sociedades que se
encuentran ante el deber dominar un fenómeno siempre más peligroso"
como es la toxicodependencia (13).
La familia es un núcleo
vital e imprescindible de la misma existencia humana, dado que
el hombre es a la vez sujeto personal y comunitario
(reflejo del Dios Uno y Trino). Ahora bien, si la
Iglesia quiere hacer frente de modo eficaz al fenómeno de
la droga, debe centrar en la familia su prioridad pastoral:
"el futuro de la humanidad se fragua en la familia!"
(FC, 86). La familia es "La primera estructura fundamental a
favor de la ecología humana" ... y "Santuario de la
vida" (CA, 39), célula crucial de la sociedad, porque en
ella se reflejan en el bien y en el mal,
los diversos aspectos de la vida y de la cultura.
No obstante el desinterés, los prejuicios y hasta la hostilidad
que hoy amenazan la institución familiar, la experiencia de cuantos
trabajan con especial competencia en el mundo de la toxicodependencia
(psiquiatras, psicólogos, sociólogos, médicos, asistentes sociales, etc.), confirma en modo
unánime que el modelo cristiano de la familia permanece como
el punto de referencia prioritario sobre el cual insistir en
toda acción de prevención, recuperación e inserción de la vitalidad
del individuo en la sociedad.
Este modelo radica en el
amor auténtico: único, fiel, indisoluble de los cónyuges. Es necesario
volver a la concepción cristiana del matrimonio como comunidad de
vida y de amor, porque de otra manera se cae
en modelos de egoísmo e individualismo. Esto exige una educación
en el don recíproco y en la generosidad junto a
una constante educación espiritual y religioso-moral.
Somos bien conscientes que
tal proyecto divino choca contra la actual cultura narcisística, autosuficiente
y efímera. Es entonces indispensable una estrategia de sostenimiento, de
solidaridad, de apertura entre las diversas familias, en una obra
de paciente y recíproca acogida.
En el esfuerzo de prevención
y en la lucha contra la droga, la familia debe
hacer un llamado, frente a las dificultades de la vida
cotidiana, a los recursos interiores de todos sus miembros. Desde
la primera adolescencia los hijos miran a los padres y
a la familia como modelos de vida. Luego tienden a
separarse y casi a oponerse a ellos, para buscar una
propia y autónoma realización fuera de la familia, siguiendo modelos
con frecuencia en contraste con aquellos familiares. La familia, debe
regresar a ser el lugar donde ellos puedan tener la
experiencia de la unidad que los refuerza en su peculiar
personalidad. Las familias deben ser objeto y sujeto de educación
en la solidaridad y en el amor-don.
Es necesario recuperar
el sentido de la vida de cada día; por tanto
la familia debe reaccionar ante los grandes llamados publicitarios que
falsean la prospectiva de la vida.
La acción pastoral de
la Iglesia, centrada en la prioridad de la familia, interesa
a todos y no solamente a aquellos que trabajan en
tantos sectores de "malestar social". La pastoral familiar constituye la
mejor prevención porque se interesa de la educación, informa la
catequesis, orienta los cursos de preparación al matrimonio, da vida
a institutos de formación familiar, suscita grupos de reflexión y
de oración, promueve formas concretas de empeño como el voluntariado,
implicando a todo componente de la comunidad cristiana.
La familia,
"Iglesia Doméstica" (cfr. LG, 11), es capaz de afrontar todo
a la luz de la Palabra de Dios interpretada por
el Magisterio, y si Dios ocupa realmente el primer puesto,
llega a ser el lugar del crecimiento y de la
esperanza pues en ella cada día se reconstruye la vida
cristiana con amor, fe, paciencia y oración. El Magisterio afirma
que "la familia, como la Iglesia, debe ser un espacio
en el cual el Evangelio es transmitido y de donde
el Evangelio se irradia" (EN, 71).
La familia crea "un
ambiente de vida en el cual el niño puede nacer
y desarrollar sus potencialidades, hacerse consciente de su dignidad y
prepararse a afrontar su destino único e irrepetible" (CA, 39).
En ella los adultos descubren su papel educativo para la
formación del carácter de los hijos, y el niño se
presenta a la vida y aprende a amar. El hombre
recibe "las primeras nociones sobre la verdad y el bien;
aprende qué quiere decir amar y ser amado y, por
consiguiente qué quiere decir en concreto ser una persona" (Ibid.).
Los adultos son educados en respetar los hijos como personas
únicas e irrepetibles, con sus dones y una propia vocación.
Deben formarlos en la autoestima, en el descubrimiento de sus
propias capacidades para discernir los valores morales. La familia debe
continuamente sensibilizarles en modo formativo sobre el fenómeno de la
droga y los peligros del descarrilamiento. Recuérdese sin embargo que
"educar" no es sólo "informar": la sola información podría despertar
el deseo de probar, la curiosidad y la imitación. En
el proceso formativo es importante tener presente las diversas etapas
del desarrollo de la personalidad del individuo que se ha
de educar. Si la familia, posteriormente, descubre que está directamente
implicada en el drama de la toxicodependencia no debe absolutamente
cerrarse, ni tener miedo de hablar de manera clara de
lo que está viviendo. Debe tener el valor de pedir
ayuda a quien está en grado de ayudar y puede
válidamente aconsejarla. Cerrándose, en efecto, en la propia pena a
causa de una malentendida vergüenza, terminaría por hacer el juego
del toxicodependiente.
Todo esto no es fácil. Pero solamente se
crece a través de la superación de las dificultades, en
un entrenamiento constante, hecho también de derrotas. En este caso
los padres ven el sufrimiento y los sacrificios como sinvalores,
pero no es así. El sufrimiento y los sacrificios ayudan
a crecer y a madurar, reforzando la voluntad y el
carácter. Nos lo ha enseñado quien, a través del sufrimiento,
ha redimido la humanidad. A veces los padres deben saber
tomar decisiones dolorosas para ayudar al hijo toxicodependiente. Decisiones que,
sin embargo, nunca están desprovistas de afecto. Y de afecto
tienen ciertamente necesidad también los padres. Cuánto es elocuente la
observación de tantos padres cuando manifiestan que les es necesario
ante todo cargarse ellos de afecto para poderlo luego dar
a sus hijos tan necesitados de amor!
b) Presencia en
la parroquia
El trabajo pastoral de la parroquia coopera en
edificar la Iglesia, comunidad de salvación, y en sanar el
corazón del hombre. Y a esto tiende a través de
toda su actividad.
Ante todo, en el anuncio de la
Palabra de Dios: un anuncio fuerte y comprometido en todas
sus formas (catequesis, homilía, enseñanza de la religión en la
escuela, etc.) que favorece el crecimiento de la fe. La
palabra proclamada, cuando es acogida, renueva al hombre y lo
convierte en verdadero testigo del Evangelio. En el Evangelio se
aprende la caridad de Cristo, reveladora de la justicia y
de la misericordia del Padre celeste, evitando así, juzgar al
propio hermano (cfr. Sant. 4, 11-12). Se forman además conciencias
críticas respecto a los falsos valores y a los ídolos
propuestos por la sociedad consumista y hedonista. Se comprende mejor
que las vías para una calidad de vida digna del
hombre, no son aquellas que hacen de la eficiencia y
del suceso el primer y absoluto criterio, sino aquellas que
presentan al hombre propuestas exigentes y empeños valerosos, abriéndolo al
horizonte de la verdadera libertad, lejos de las abundantes dependencias
y placeres que lo hacen esclavo. La palabra de Dios
da a los jóvenes valor, fuerza, comprensión y esperanza.
En
la liturgia se hace presente el misterio salvífico de Cristo.
Toda comunidad, al celebrarla gozosamente, recibe los dones de su
Redentor, y descubre las indigencias de los necesitados y de
los pobres.
Al recibir en la Eucaristía al Señor, descubre
la exigencia de abrirse a los hermanos. La Iglesia, además,
medita el ejemplo de Cristo que no vino a buscar
los sanos sino a los enfermos, a llamar no a
los justos, sino a los pecadores a la conversión (cfr.
Mc. 2, 15. 17). Esto implica, para las comunidades eclesiales,
la disponibilidad a prestar una atención concreta a las diversas
formas de pobreza presentes en su propio ámbito. Hacerse cargo
de estas pobrezas en nombre de la solidaridad activa, es
la primera vía para prevenir estas desgracias y dar sentido
a la vida.
La pastoral de la prevención es para
la parroquia una prioridad pues ella es comunidad educadora. Los
adultos deberían sentirse en la comunidad educadores y corresponsables de
la formación de cada hijo, de cada joven. En este
ámbito debe revalorizarse la corrección fraterna como recíproco estímulo al
bien y a lo mejor. A la base de todo
está el amor abierto a todo hombre, especialmente a los
más pobres. Este amor se manifiesta en la solidaridad.
En
cuanto a los jóvenes es necesaria una pastoral exigente:
En
el plan espiritual del crecimiento en la santidad;
En el
adiestramiento al servicio gratuito y generoso;
En las actividades de
formación juvenil y en general de "educación a la vida
sana", bajo el aspecto deportivo, sanitario, cultura y espiritual.
La
presencia de toxicodependientes llama toda la parroquia al empeño que
sobrepasa la simple ayuda económica o la fácil delegación a
las estructuras especializadas. En la comunidad cristiana, deberían las familias
o los grupos de familias, hacerse disponibles para acoger o
asistir un toxicodependiente en la fase de reinserción social o
laborativa. Así pues, deberían surgir, como ya se está dando
de hecho, comunidades educativas de voluntariado abiertas al territorio (parroquia,
barrio, municipio). Toma cuerpo de tal manera un servicio evangélico
y se ofrece un mensaje de esperanza, concretizado por medio
de precisos gestos de acogida y de amor.
c) Presencia
en las comunidades para la atención de los toxicodependientes
En
la Iglesia existen también múltiples iniciativas para la prevención, la
acogida y la recuperación de los toxicodependientes, y su reinserción
social. Mientras su fuente de inspiración es única, diversas son
las capacidades creativas de quienes la concretizan. Pero si la
fuente es el Evangelio, y su servicio es un mensaje
de amor y de esperanza, todas estas iniciativas no pueden
ser sino de comunión, teniendo como punto de referencia la
regeneración de la persona y de la familia y la
llamada del hombre a vivir en relación.
La comunidad para
la atención de los toxicodependientes no es solamente una estructura,
sino un estilo de vida que debe encarnarse en todas
partes: en casa, por la calle, en la escuela, en
el trabajo, en la diversión. El elemento indispensable, y punto
de fuerza del empeño eclesial en este campo, permanece la
recuperación del hombre mediante una acción inspirada por una propuesta
evangélica que se hace posible a través de varias formas
de acogida en la cual se hace concreto el mensaje
de amor y de salvación de la Iglesia.
Somos conscientes,
desde luego, de cómo, en tantas comunidades, personas que han
superado la toxicodependencia se convierten en apoyos válidos y testigos
creíbles para otros; son como maestros de prevención con el
ejemplo de esperanza y de recuperación positiva. Los ex-toxicodependientes llegan
a ser especialistas en afrontar el problema de la droga
puesto que han vivido en su propia piel el sufrimiento;
han sabido acepta la propuesta evangélica, y por consiguiente son
los más adecuados para transmitir cuanto han recibido a quien
está en la situación en la que ellos mismos se
encontraban.
Otras características específicas de las comunidades para la recuperación
de los toxicodependientes se confían a la creatividad y a
los diversos carismas y concepciones de cuantos participan en ella.
En el respeto de las diversas formas de iniciativa, la
Iglesia por medio de tales estructuras, ofrece un servicio eficaz
a los toxicodependientes permaneciendo siempre fiel a la propia misión;
y exige una propuesta de clara coherencia a cuantos pretenden
seguirla. Ante estas múltiples obras e iniciativas, la Iglesia tiene
también la tarea del discernimiento. La adhesión al Evangelio y
al Magisterio de la Iglesia, constituye el parámetro para definir
la identidad cristiana de cada comunidad, que tal pretende ser.
En un texto de esta naturaleza, no podemos adentrarnos en
valorar la variedad de los métodos utilizados en la atención
de las víctimas de la toxicodependencia. Esas dependen también del
contexto cultural de las naciones, del estado particular de las
familias y de los toxicodependientes mismos. Pueden existir acentuaciones, de
acuerdo con el grado de secularización, de presencia de los
valores cristianos en la comunidad y en la persona, víctima
de esta esclavitud (14).
La Iglesia, respetando la autonomía de
las ciencias, y su propia metodología, se interesa más en
el esfuerzo de la evangelización, sobre todo cuando el trabajo
se desarrolla en las instituciones que pertenecen o que son
puestas bajo la inspiración y la dirección de agentes pastorales
de la Iglesia. La verdad sobre el hombre y sobre
Cristo debe estar en el centro de una recuperación integral.
Es necesario leer con atención la afirmación del Santo Padre,
Juan Pablo II: "Los hombres tienen necesidad de la verdad;
tienen la necesidad absoluta de saber por qué viven, mueren,
sufren! Pues bien, vosotros sabéis que la verdad es Jesucristo!
El mismo lo ha afirmado categóricamente: "Yo soy la verdad"
(Jn. 14, 6). "Yo soy la luz del mundo: quien
me sigue, no camina en las tinieblas" (Jn. 8, 12).
Amad, pues, la verdad! Llevad la verdad al mundo! Testimoniad
la verdad que es Jesús, con toda la doctrina revelada
por El mismo y enseñada por la Iglesia divinamente asistida
e inspirada. Es la verdad que salva nuestros jóvenes: la
verdad toda entera, iluminadora y exigente, como es! No tengáis
miedo de la verdad y oponed solo y siempre a
Jesucristo ante tantos maestros del absurdo y del recelo, que
pueden tal vez fascinar, pero que luego llevan fatalmente a
la destrucción" (15).
d) Presencia en la cultura
Existe una
interdependencia entre el perfeccionamiento de la persona humana y el
desarrollo de la misma sociedad (cfr. GS, 25). Desde el
momento en que el hombre y la sociedad tienden, en
el interior del orden temporal, al bien común, por medio
de la cultura, de manera especial, el desarrollo y la
transmisión de esta se encuentran entre los principales campos de
servicio a la humanidad en la que la Iglesia debe
estar presente.
La cultura contribuye al desarrollo y a la
perfección de las capacidades del hombre, tanto mentales como físicas.
A través de la cultura el hombre promueve el bien
común de la sociedad creando aquellas condiciones sociales aptas para
satisfacer con facilidad sus necesidades y sus legítimos deseos. Tales
condiciones sociales, si quieren corresponder a la verdadera vocación del
hombre, deben basarse en la eminente dignidad de la persona
humana que puede ser completamente comprendida sólo a la luz
de la trascendencia de la revelación cristiana.
Por esto la
Iglesia debe "evangelizar -no de manera decorativa, a semejanza de
un barniz superficial, sino de modo vital, en profundidad y
hasta las raíces- la cultura y las culturas del hombre...,
partiendo siempre de la persona y regresando a las relaciones
de las personas que entre ellas y con Dios" (EN,
20). A través de esta evangelización, la Iglesia mira a
la conversión, es decir, a la transformación de las conciencias,
sea individuales que colectivas. Al hacer esto, la Iglesia no
destruye, sino que transforma interiormente la cultura, regenerando "los criterios
de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las
líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de
vida de la humanidad, que están en contraste con la
Palabra de Dios y con el diseño de salvación" (EN,
19).
Por otra parte, la toxicodependencia es el resultado de
una cultura que, vacía de tantos valores humanos, compromete la
promoción del bien común y, por tanto, la auténtica promoción
de la persona. De aquí el empeño que pide el
Santo Padre a los laicos en promover el ámbito del
bien común que protege la solidez de tantas personas en
el bien. Es por tanto la misión de la Iglesia
reevangelizar esta cultura y animar este orden temporal que la
hace posible. Esto es sobre todo tarea de los fieles
laicos en su participación en el orden social en sus
diversos aspectos (cfr. CL, 42).
Es necesaria la presencia evangelizadora
de la Iglesia en los puestos privilegiados de la cultura
como las instituciones educativas (escuela, universidad, etc.), para una eficaz
acción de prevención. Tales centros son también lugares fundamentales para
la formación del carácter donde los educadores son llamados a
detectar a tiempo aquellos que pueden ser víctimas de la
droga. La escuela debe obrar siempre en estrecha colaboración con
los padres en cuanto participa, en modo subsidiario, en la
formación de los jóvenes.
Dada la importancia de los medios
de comunicación social, sea para la formación que para la
transmisión de la cultura, no puede faltar la presencia de
la Iglesia en este campo. La Iglesia evangelizadora debe hacer
una obra de prevención promoviendo, a través de ellos, un
"nuevo humanismo" (cfr. FC, 7).
CONCLUSIÓN
Estas páginas, fruto del
encuentro de personas con muchos años de experiencia, proponen algunas
reflexiones para el trabajo de prevención de la toxicodependencia y
la recuperación de los toxicodependientes. Objetivo final del presente estudio
es que el hombre, dejando a un lado las falaces
dependencias, reencuentre la verdadera libertad en la dependencia filial del
Padre celestial.
Al concluir, nos dirigimos a la Madre de
Dios, que ha vivido en modo armonioso sus relaciones fundamentales
de acuerdo con el querer de Dios. Ayude, María, a
cuantos son amenazados por el azote de la droga y
a aquellos que han llegado a ser sus víctimas, guiándolos
al Padre en el conocimiento y en el amor de
su Hijo, Jesucristo. El, Señor de la vida, haga pasar
tantas personas, esclavas de la droga, de la desesperación a
la esperanza.
Alfonso Cardenal López Trujillo Presidente
+ Jean-Francois Arrighi Vice-Presidente Obispo titular
de Vico Equense
Notas
1. Otros aspectos son los
problemas ligados a la producción, elaboración y comercio de la
droga en un mercado internacional siempre más amplio, así como
aquellos derivantes del consumo de la droga que llega a
ser el estímulo para una demanda siempre creciente. Hay al
respecto una orientación ética y pastoral que la Iglesia debe
ofrecer y que esperamos sea posible estudiar en una próxima
ocasión. 2. A los participantes en esta Conferencia, el Santo
Padre ha precisado la diferencia entre el recurso a la
droga y el recurso al alcohol: "... mientras, en efecto,
un uso moderado de éste (alcohol) como bebida no va
contra prohibiciones morales, y es de condenar solamente el abuso,
el drogarse, al contrario, es siempre ilícito, puesto que comporta
una renuncia injustificada e irracional a pensar, querer y actuar
como personas libres. Para lo demás, el mismo recurso bajo
indicaciones médicas a sustancias psicotrópicas para mitigar, en bien determinados
casos, sufrimientos físicos o psíquicos, ha de atenerse a criterios
de gran prudencia, para evitar peligrosos hábitos y otras formas
de dependencia" (Discurso del Santo Padre a los participantes en
la VI Conferencia Internacional promovida por el Pontificio Consejo para
la Pastoral de los Agentes Sanitarios, 4). 3. Un gran
número de especialistas nos dicen que no todos los niños
nacidos de madres sieropositivas y que resultan, también ellos, sieropositivos,
están por esto contaminados del virus HIV. En efecto, la
contaminación es difícilmente diagnosticable en el momento del nacimiento puesto
que no es posible distinguir entre los anticuerpos maternos y
los del niño. Los anticuerpos maternos desaparecen solamente cuando el
niño alcanza la edad de 12-18 meses. Del 12 al
24 por ciento de los niños nacidos de madres sieropositivas
resultan tener sólo anticuerpos maternos, y por tanto no están
contaminados por el virus. 4. Intervención del Cardenal Joseph Ratzinger
en el Consistorio de los cardenales sobre "Las amenazas contra
la vida", 4-7 de abril de 1991. 5. Insegnamenti di
Giovanni Paolo II, VII, 2, p. 348. 6. Cfr. Discurso
de Juan Pablo II en la III Conferencia General del
Episcopado Latinoamericano, en Puebla de los Angeles, enero 28 de
1979. En L´Osservatore Romano, año CXIX, enero 29-30, n. 23.
7. Cfr. Juan Pablo II, Homilía en la Plaza Sordello
en Mantova, junio 23 de 1991. 8. Insegnamenti di Giovanni
Paolo II, VII, 2, p. 347. 9. Ibid. 10. Ibid.,
p. 349. 11. Ibid., p. 350. 12. Ibid. 13. Insegnamenti
di Giovanni Paolo II, VII, 1, 1984, p. 115. 14.
Se ha hecho referencia, entre otros, al método empleado por
Víctor Frankl, llamado logoterapia. Este subraya los valores que dan
sentido a la vida. Tiene, pues, un fuerte contenido ético
y puede ayudar en el proceso de recuperación. En un
cierto momento puede ser conveniente abrirse hacia una evangelización explícita,
donde el centro es Cristo Logos. Así podremos también hablar
de Logos-terapia (Palabra del Padre). 15. Homilía de Juan Pablo
II al Centro Italiano de Solidaridad, 9 agosto de 1980,
en L´Osservatore Romano, año CXX, n. 185/10-VIII-80.
Todos los servicios de Catholic.net son gratuitos.
Sólo nos mantenemos gracias a los donativos que, voluntariamente, nos hacen algunos de nuestros visitantes.
Necesitamos de tu ayuda para continuar anunciando el mensaje de Cristo a través de la Red.
Ayúdanos, Dios te lo recompensará. DA CLICK AQUÍ PARA DONAR
Donde encuentro ayuda para mi hijo que se esta drogando ??
Vivo en la ciudad de Toluca, Estado de México.
País México
Gracias y espero me puedan ayudar