Autor: José María Permuy Rey Deberes del Estado para con la religión católica
¿Cuál es esa doctrina tradicional, y en qué consiste el deber moral de las sociedades, y particularmente del Estado, para con la Iglesia Católica y la religión cristiana?
El Concilio Vaticano II, en la Declaración "Dignitatis humanae"
sobre la libertad religiosa, expresa clara y explícitamente que "deja
íntegra la doctrina tradicional católica acerca del deber moral de
los hombres y de las sociedades para con la verdadera
religión y la única Iglesia de Cristo".
¿Cuál es esa
doctrina tradicional, y en qué consiste el deber moral de
las sociedades, y particularmente del Estado, para con la Iglesia
Católica y la religión cristiana?
El recientemente fallecido coruñés monseñor Guerra
Campos, obispo de Cuenca, resumía en 1973 los "deberes positivos
que la sociedad civil, en cuanto tal, ha de cumplir".
Y los dividía en dos grupos:
"Primero, en relación directa con
el ´órden espiritual´:
a) dar culto a Dios; b) favorecer la vida
religiosa de los ciudadanos; c) reconocer la presencia de Cristo en
la historia y la misión de la Iglesia instituida por Cristo.
Segundo:
en relación directa con el orden temporal, inspirar la legislación
y la acción de gobierno en la ley de Dios
propuesta por la Iglesia".
Veamos qué dice el Magisterio pontificio.
León XIII
enseña "que la sociedad, por serlo, ha de reconocer como
padre y autor a Dios y reverenciar y adorar su
poder y su dominio" . Y que "siendo, pues, necesario,
al Estado profesar una religión, ha de profesar la única
verdadera, la cual sin dificultad se conoce, singularmente en los
pueblos católicos, puesto que en ella aparecen como sellados los
caracteres de la verdad. Por lo tanto, ésta es la
religión que han de conservar los que gobiernan; ésta la
que han de proteger, si quieren, como deben, atender con
prudencia y útilmente a la comunidad de los ciudadanos" .
"Los
jefes o príncipes del Estado deben poner la mira totalmente
en Dios, Supremo Gobernador del universo y proponérselo como ejemplar
y norma que seguir en el administrar la república".
"Así fundada y
constituida la sociedad política, manifiesto es que ha de cumplir
por medio del culto público las muchas y relevantes obligaciones
que la unen con Dios.
La razón y la naturaleza, que
mandan que cada uno de los hombres de culto a
Dios piadosa y santamente, porque estamos bajo su poder, y
de El hemos salido y a El hemos de volver,
imponen la misma ley a la comunidad civil.
Los hombres no
están menos sujetos al poder de Dios unidos en sociedad
que cada uno de por sí; ni está la sociedad
menos obligada que los particulares a dar gracias al Supremo
Hacedor, a quien ella debe -y ha de reconocerlo- la
existencia, la conservación, y todo aquel gran número de bienes
que tiene en su seno. Por esta razón, así como
no es lícito descuidar los propios deberes para con Dios,
el primero de los cuales es profesar de palabra y
de obra, no la religión que a cada uno acomode,
sino la que Dios manda, y consta por argumentos ciertos
e irrecusables ser la única verdadera, de la misma suerte
no pueden las sociedades políticas obrar en conciencia, como si
Dios no existiese; ni volver la espalda a la religión,
como si les fuese extraña; ni mirarla con esquivez ni
desdén, como inútil y embarazosa; ni, en fin, adoptar indiferentemente
una religión cualquiera entre tantas otras; antes bien, y por
lo contrario, tiene el Estado político la obligación de admitir
enteramente, y profesar abiertamente aquella ley y prácticas de culto
divino que el mismo Dios ha demostrado querer".
"Es, por lo
tanto, obligación grave de los príncipes honrar el santo nombre
de Dios; así como favorecer con benevolencia y amparar con
eficacia a la religión, poniéndola bajo el escudo y vigilante
autoridad de la ley; y no instituir ni decretar nada
que pueda ser nocivo a la incolumidad de aquélla" . "Si, pues,
-advierte- alguna sociedad, fuera de las ventajas materiales y cultura
social, con exquisita profusión y gusto procuradas, ningún otro fin
se propusiera; si en el gobierno de los pueblos menosprecia
a Dios y para nada cuida de las leyes morales,
desvíase lastimosamente del fin que su naturaleza misma le prescribe"
.
Estas enseñanzas fueron maravillosamente recogidas y expuestas en el Concilio
Plenario de la América Latina, celebrado en Roma en 1899:
"Es necesario que la sociedad civil, como tal, reconozca a
Dios por su Padre y autor, y tribute a su
potestad y señorío el debido culto y adoración. Por lo
mismo la sociedad, en su calidad de persona moral, está
obligada a tributar culto a Dios".
"Así como la voz de
la naturaleza excita a los individuos a adorar a Dios
con piedad y fervor, porque de El hemos recibido la
vida, y todos los bienes que rodean la vida, así
también y por la misma causa tiene que suceder con
los pueblos y las naciones. Por tanto los que pretenden
que el Estado se desentienda de todo homenaje a la
religión, no sólo pecan contra la justicia, sino que se
muestran ignorantes e inconsecuentes" .
Pío XI instituye en 1925 la
Fiesta de Cristo Rey por medio de la encíclica "Quas
primas". En ella pide que "no se nieguen, pues, los
gobernantes de las naciones, a dar por sí mismos y
por el pueblo públicas muestras de veneración y de obediencia
al imperio de Cristo" ya que "el deber de adorar
públicamente y obedecer a Jesucristo, no sólo obliga a los
particulares, sino también a los magistrados y gobernantes" . Y
afirma que la realeza de Cristo "exige que la sociedad
entera se ajuste a los mandamientos divinos y a los
principios cristianos, ora al establecer las leyes, ora al administrar
justicia, ora finalmente al formar las almas de los jóvenes
en la sana doctrina y en la rectitud de costumbres"
.
Unos años antes había escrito: "Reina Jesucristo en la sociedad
civil cuando, tributando en ella a Dios los supremos honores,
se hacen derivar de Él el origen y los derechos
de la autoridad", y "cuando, además, le es reconocido a
la Iglesia el alto grado de dignidad en que fue
colocada por su mismo autor, a saber, de sociedad perfecta,
maestra y guía de las demás sociedades".
Pío XII reafirma estas
doctrinas en su Radiomensaje "Con sempre": "Quien desee que la
estrella de la paz aparezca esfuércese y trabaje por disipar
los errores que tienden a desviar del sendero moral al
Estado y su poder y a hacerles rechazar o ignorar
en la práctica la esencial dependencia que los subordina a
la voluntad del Creador".
En "Mater et Magistra" , Juan XXIII
denuncia que "la insensatez más caracterizada de nuestra época consiste
en el intento de establecer un orden temporal sólido y
provechoso, sin apoyarlo en su fundamento indispensable o, lo que
es lo mismo, prescindiendo de Dios".
Coincide con él Juan Pablo
II, para el cual "el orden temporal no se puede
considerar un sistema cerrado en sí mismo. Esa concepción inmanentista
y mundana, insostenible desde el punto de vista filosófico, es
inadmisible en el cristianismo, que conoce a través de San
Pablo -el cual a su vez refleja el pensamiento de
Jesús- el orden y la finalidad de la creación, como
telón de fondo de la misma vida de la Iglesia:
<>, escribía el Apóstol a los Corintios, para
poner de relieve la nueva dignidad y el nuevo poder
del cristiano. Pero añadía a renglón seguido: <>. Se puede parafrasear ese texto,
sin traicionarlo, diciendo que el destino del universo entero está
vinculado a esa pertenencia".
"La Encarnación -proclama el Santo Padre- es
el acontecimiento decisivo de la historia; de él depende la salvación
tanto del individuo como de la sociedad en todas sus
manifestaciones. Si falta Cristo, al hombre le falta el camino
para alcanzar la plenitud de su elevación y de su
realización en todas sus dimensiones, sin excluir la esfera social
y política".
"Los diversos aspectos de la vida humana encuentran en
el orden sobrenatural el fundamento más sólido y la garantía más
segura de autenticidad: en particular la sociabilidad, el derecho y
el ordenamiento jurídico-político". "La distinción entre la esfera eclesiástica y
los poderes públicos -recuerda Juan Pablo II- no debe hacernos
olvidar que todos ellos se dirigen al hombre; y la
Iglesia, <>, no puede renunciar a inspirar las
actividades que se dirigen al bien común.
La Iglesia no pretende
usurpar las tareas y prerrogativas del poder político; pero sabe
que debe ofrecer también a la política una contribución específica
de inspiración y orientación".
"Es preciso, pues, que la concepción cristiana
de la vida y las enseñanzas morales de la Iglesia
continúen siendo los valores esenciales que inspiren a todas las
personas y grupos que trabajan por el bien de la
nación.
La libertad humana y su ejercicio en el campo de
la vida individual, familiar y social, al igual que la
legislación que sirve de marco a la convivencia en la
comunidad política, encuentran su punto de referencia y su justa
medida en la verdad sobre Dios y sobre el hombre".
Consideremos
ahora la doctrina del Catecismo de la Iglesia Católica al
respecto.
En su párrafo 2105 podemos leer: "El deber de rendir
a Dios un culto auténtico corresponde al hombre individual y
socialmente considerado. Esa es <>
(DH 1). Al evangelizar sin cesar a los hombres, la
Iglesia trabaja para que puedan <>; Pío XI, enc. <>).
Obsérvese que el Catecismo
nos remite, para profundizar en lo que acaba de declarar,
a las encíclicas arriba consultadas de León XIII y Pío
XI, lo cual significa que sus enseñanzas siguen siendo consideradas
vigentes en nuestros días.
Más adelante, el Catecismo afirma: "Toda institución
se inspira, al menos implícitamente, en una visión del hombre
y de su destino, de la que saca sus referencias
de juicio, su jerarquía de valores, su línea de conducta.
La mayoría de las sociedades han configurado sus instituciones conforme
a una cierta preeminencia del hombre sobre las cosas. Sólo
la religión divinamente revelada ha reconocido claramente en Dios, Creador
y Redentor, el origen y el destino del hombre. La
Iglesia invita a las autoridades civiles a juzgar y decidir
a la luz de la Verdad sobre Dios y sobre
el hombre:
<> (cf CA 45;
46)".
"Toda sociedad refiere sus juicios y su conducta a una
visión del hombre y su destino. Si se prescinde de
la luz del Evangelio sobre Dios y sobre el hombre,
las sociedades se hacen fácilmente totalitarias".
El cardenal Ratzinger, Prefecto de
la Congregación para la Doctrina de la Fe ha llegado
a manifestar que "un Estado agnóstico en relación con Dios,
que establece el derecho sólo a partir de la mayoría,
tiende a reducirse desde su interior a una asociación delictiva";
pues "donde Dios resulta excluido, rige el principio de las
organizaciones criminales, ya sea de forma descarnada o atenuada".
-León XIII. Libertas. 20-6-1888. § 26.. Versión electrónica realizada por
VE Multimedios -León XIII. Libertas. 20-6-1888. § 27.. Versión electrónica realizada
por VE Multimedios -León XIII. Inmortale Dei. 2-11-1885. § 7. Versión
electrónica realizada por VE Multimedios -León XIII. Inmortale Dei. 2-11-1885. §
11. Versión electrónica realizada por VE Multimedios -León XIII. Inmortale Dei.
2-11-1885. § 12. Versión electrónica realizada por VE Multimedios -León XIII.
Sapientiae christianae. 10-1-1890. § 2 Concilio Plenario de la América Latina.
Celebrado en Roma el año 1899. Versión electrónica realizada por VE
Multimedios -Pío XI. Quas primas. 11-12-1925. § 16. Versión electrónica realizada
por VE Multimedios -Pío XI. Quas primas. 11-12-1925. § 33. Versión
electrónica realizada por VE Multimedios -Pío XI. Quas primas. 11-12-1925. §
33. Versión electrónica realizada por VE Multimedios -Pío XI. Ubi arcano
Dei. 23-12-1922. § 22 -Pío XII. Con sempre. § 55 -Juan XXIII.
Mater et Magistra. 15-5-1961. § 217 -Juan Pablo II. Audiencia general.
9-2-1994 -Juan Pablo II, Angelus. 17-3-1991 -Juan Pablo II. Discurso a los
participantes en el IX congreso tomista internacional 29-9-1990 -Juan Pablo II a
los obispos de Emilia-Romaña (Italia), en visita "ad limina". 1-3-1991 -Juan Pablo
II al presidente de Argentina, en visita oficial . 17-12-1993 -Catecismo
de la Iglesia Católica. 11-10-1992. § 2105 -Catecismo de la Iglesia
Católica. § 2244. -Catecismo de la Iglesia Católica. § 2257 -Joseph Card.
Ratzinger. Una mirada a Europa. Ediciones Rialp. 1993
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