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| ¿Multiplicación milagrosa? |
Las multiplicaciones de los panes son episodios de alianza
de hospitalidad. Jesús actúa en ellos como el anfitrión que
da de comer a sus invitados. Necesariamente es Jesús el
que da de comer a la muchedumbre. Por eso, la
interpretación moralizante, según la cual lo que sucedió en realidad
es que siguiendo el ejemplo del joven (Jn 6,9) todos
pusieron en común lo que traían, de modo que alcanzó
y sobró, es totalmente ajena y contraria al sentido literal
del texto bíblico. Si así fuera, no habría habido una
comida de alianza servida por Jesús y sus discípulos a
la muchedumbre. Quedaría totalmente desvirtuada la clara intención de todas
las narraciones evangélicas de la multiplicación de los panes, tanto
las sinópticas como la de Juan. Sin embargo se suele oír
con creciente frecuencia una explicación de estos episodios, según la
cual se trataría de una invitación a ser solidarios y
repartir entre todos lo que uno tiene, en vistas a
aliviar la miseria o el hambre de todos. Esta explicación,
soslayando unas veces y hasta negando algunas, que haya tenido
lugar una verdadera y propia multiplicación milagrosa de panes y
peces, los reduce a un reparto entre todos de los
alimentos que todos tenían, al estilo de lo que hoy
se conoce como cena lluvia. Queremos mostrar cómo esta interpretación
se aparta de la de los evangelistas. Ella introduce un
sentido ajeno al texto y al contexto. Jamás se les
ocurrió a los evangelistas que fuera posible semejante interpretación moderna.
Esa interpretación, como las demás que suele introducir violentamente la
exégesis racionalista en el texto evangélico, para soslayar los hechos
milagrosos, dados por imposibles y para darles una explicación naturalista,
desconoce el sentido literal y lo violenta, echando mano a
un sentido extrabíblico, traslaticio o acomodado.
La multiplicación de los panes
es, para los evangelistas, una concreción terrenal, adelantada, del Banquete
del Reino, del que hablan varias parábolas de Jesús. En
el Banquete del Reino, Dios es el que provee los
manjares y la bebida para los invitados, en su carácter
de Dios nutricio (título del cual nos hemos ocupado ya
en otro artículo, donde mostramos que en la Sagrada. Escritura,
el Dios nutricio aparece como comensal, huésped y anfitrión
(1) . ¿Qué sentido tendría un Banquete del Reino, donde Dios
invitara y no diera de comer? No tendría ningún sentido,
sería un convite absurdo, donde tuviesen que ser los mismos
invitados los que pusieran y repartieran sus alimentos y bebidas. Que
se trata de un banquete mesiánico lo sugiere Marcos, colocando
la primera multiplicación de los panes (Cap 6) en claro
paralelismo contrastante con otro festín regio: el banquete de Herodes
donde se asesina al profeta. Uno es el banquete del
rey impío donde se sacrifica la vida del profeta y
la palabra de la verdad de la cual es heraldo,
a las pasiones y apetitos de un rey humano y
de sus cortesanas y cortesanos: la lujuria, y el respeto
humano como vicios más propios del varón; la ambición y
la intriga como pasión más propia de la condición femenina.
Otro, es el banquete donde Jesús, movido a compasión, no
por el hambre sino por la necesidad espiritual, instruye largamente
a las muchedumbres que buscan a Dios. En ese banquete,
la compasión de Jesús le parece a sus apóstoles insensible
para las necesidades terrenas de sus oyentes, ya que se
ejercita, hasta parecer indiscretamente larga, en la enseñanza a un
público que está con el estómago vacío. Sólo a instancias
de los apóstoles Jesús pasa a ocuparse del hambre de
la muchedumbre. Pero al hacerlo, completa su obra nutricia y
la corona con un banquete simbólico: un banquete de alianza
de pan y sal, como los que eran comunes y
conocidos en la cultura del antiguo oriente semítico.
Las interpretaciones racionalistas
de la Sagrada Escritura han llegado, dentro de la Iglesia
católica, primero a las academias, de allí a los seminarios
y por último a la predicación. Cada vez más frecuentemente
se oye a fieles escandalizados porque han oído predicar los
tópicos, rancios ya, de la exégesis racionalista y liberal que
acuñara Strauss hace siglo y medio. Peor aún es la
condición de los fieles que, imbuidos del racionalismo moderno, ya
no se escandalizan sino que encuentran que esa explicación es
plausible precisamente por ser tan razonable y las cosas sin
necesidad de ningún milagro. Esa misma corriente que minó y
destruyó la fe de los fieles en las Iglesias protestantes
europeas, la que luego irrumpió en la Iglesia católica con
el movimiento modernista, ha roto los diques y se va
convirtiendo, por vía de hecho, en doctrina de recibo, al
amparo de la invocación de los métodos histórico-críticos.
Recientemente algunos
fieles me consultaron porque un sacerdote había predicado en tales
términos acerca de la multiplicación de los panes, que sin
negarla frontalmente, se daba por excluida una verdadera multiplicación milagrosa.
La presunta multiplicación habría consistido propiamente en algo así como
una cena lluvia: sin necesidad de apelar a ningún milagro.
Lo que sucedió fue que, siguiendo el ejemplo del joven
generoso, todos pusieron en común lo que traían, y así
alcanzó y sobró para todos. La enseñanza que se saca
así del pasaje bíblico, es simplemente y reductivamente moral: si
somos solidarios, los bienes de este mundo alcanzarán y sobrarán
para todos. Explicando estas cosas a un joven sacerdote, me
replicaba que no entendía por qué tenía yo esa resistencia
a encontrar un sentido social al mensaje evangélico y negaba
que Jesús pudiera haber tenido esa intención.
El racionalismo no
sólo ha propuesto una interpretación desviada del texto, sino que
ha amartillado un prejuicio que se dispara cuando se trata
de enderezarla con pura ciencia bíblica y bloquea la inteligencia
para recibir una explicación objetiva, tan racional como la otra,
pero abierta a la fe.
Quiero dar aquí las razones exegéticas
por las cuales se demuestra que esa lectura negadora del
milagro es insostenible y no hace justicia al sentido literal
del texto bíblico, lo oculta bajo una acomodación reductora y
no resiste un examen exegético crítico.
Es una lectura falsa
por las siguientes razones:
1. Ignora la verdadera naturaleza de la
comida de alianza de hospitalidad que Jesús, como anfitrión mesiánico,
celebra con la muchedumbre. De donde resulta que sin un
verdadero y propio milagro, por el cual Jesús mismo fue
el que dio de comer a la muchedumbre, como el
dueño de casa que invita y da de comer a
los huéspedes invitados, el episodio de la multiplicación de los
panes pierde todo sentido a los fines y propósitos del
Evangelio: revelar la identidad de Jesús, Rey que invita al
banquete mesiánico y Dios nutricio que celebra un banquete de
alianza de pan y sal con la muchedumbre, transformándola
en pueblo de Dios.
2. La hipótesis de la cena
lluvia contradice datos positivos del texto, que excluyen explícitamente que
la muchedumbre tuviera alimentos qué comer o para repartir.
Esto es particularmente claro en la segunda multiplicación de los
panes, que sucede después de tres días de camino.
3. Hace de relatos que tienen una intención revelatoria de
la identidad de Jesús y por lo tanto eminentemente espiritual
y religiosa, vulgares moralinas. En esto manifiesta la tendencia a
la reducción legalista y moralizadora característica de toda la exégesis
racionalista, liberal y modernista. Voy a desarrollar estas afirmaciones, aunque no
necesariamente en ese orden..
Ignora la verdadera naturaleza de la comida
de alianza
Es un vicio inveterado de la exégesis racionalista el
interpretar el texto de espaldas a su trasfondo histórico y
cultural. Es conocida la autosuficiencia del racionalismo y su menosprecio
de lo histórico. Es el reflejo del desprecio kantiano hacia
la revelación histórica.
Para entender lo que Marcos nos quiere
decir, hay que tener en cuenta la condición de su
tiempo y la cultura de la época y los modos
de sentir propios del medio donde vivió Jesús (2) .
Muchas veces, esos usos culturales propios del mundo de Jesús,
han sobrevivido a través de los siglos en algunos pueblos
del oriente, particularmente entre los árabes. Por eso relataré más
abajo un hecho que me ocurrió en Tierra Santa en
1967 y que aún hoy me orienta en la comprensión
de la escena evangélica de la multiplicación de los panes
y peces.
Lo que Jesús celebra es una “comida de alianza
de pan y sal” (3) .
Para comprender mejor el
sentido de la multiplicación de los panes, no sólo conviene
sino que es absolutamente imprescindible recordar el uso de las
comidas de alianza antiguas, que han perdurado hasta hoy en
los usos del mundo árabe.
La sal se consideraba entonces
hasta tal punto el condimento que debía acompañar todo alimento
que se convirtió en símbolo de hospitalidad. Comer pan y
sal con alguno se convirtió en símbolo o expresión de
ligarse con él con una estrecha amistad.
La sal no
era sólo condimento, sino elemento vital, que podría llamarse “de
primeros auxilios” para un peregrino del desierto deshidratado durante el
viaje. Le hacía falta reponer no sólo el agua sino
la sal. La sal es tan necesaria como el agua
para rehidratarse en esos climas secos, donde la piel queda
blanca por la pérdida de sal, sin que se llegue
a sentir la transpiración, evaporada instantáneamente.
Nada extraño, pues, que la
sal fuera un símbolo de la hospitalidad. Comer pan y
sal con alguno era un símbolo de alianza de amistad
y creaba obligaciones de fidelidad. El que comía la sal
en la mesa de alguien, se sentía obligado con
él: “puesto que comemos la sal del palacio, no nos
parece decente tolerar esta afrenta al rey” (Esdras 4,14).
"La sal
es – además - un principio de conservación contra la
corrupción. Por este motivo se presta para simbolizar la perdurabilidad
y la fidelidad de una alianza que nada deberá ni
podrá corromper ni alterar (4) . Estaba mandado poner sal
en toda oblación presentada al Señor (5) . Y ella
era muy usada en otros ritos del culto del templo.
El perfume destinado a ser quemado delante del Arca, también
era adicionado de sal, memullah (6) . Se ponía sal
sobre todo lo que se ofrecía sobre el altar (7)
, excepto en el vino de las libaciones, la sangre
y la madera (8) . Las víctimas eran saladas sobre
la rampa misma que conducía al altar (9) ; en
la cima de esta rampa y delante mismo del altar,
se salaba la harina, el incienso, los manjares ofrecidos por
los sacerdotes, los que acompañaban las libaciones y los holocaustos
de aves.
La sal era por lo tanto, también en
la esfera religiosa, el símbolo de la fidelidad o
de la firmeza, al pactar la Alianza, y en consecuencia,
de su perdurabilidad. Por eso a la Alianza de Dios
con Israel se la llama Alianza de Sal, es decir:
perpetua o eterna (10) . La sal de la Alianza
no debía faltar en ningún sacrificio (11) , como símbolo
del amor de alianza que da sentido y sabor a
los sacrificios y holocaustos, y sin la cual son abominables
para un Dios que no necesita que le den de
comer, porque todas las bestias son suyas. A esta luz
se ha de leer el misterioso logion de Mc 9,49-50:
colocado en el centro de la sección del camino: “Tened
sal en vosotros y tendréis paz entre vosotros”. Donde no
hay sabiduría de la Cruz, - que Jesús viene enseñando
en esta sección pero ante la cual los discípulos están
ciegos -, hay discordia y discusiones, división e irreconciliación. La
sal significa en Mc 9,49-50 la sabiduría de la Cruz
en la Nueva Alianza.
Pero el sentido de la alianza
de pan y sal se comprende más claramente aún a
la luz de las costumbres que se conservan entre los
árabes. Entre los árabes, “los que comen la misma comida
son considerados como de la misma categoría, del mismo rango.
El alimento tomado en común confirma el parentesco y, aunque
en menor grado, lo suscita. Es la alianza de sal,
que une a los que han participado de la misma
comida” (12) . Los pueblos árabes tienen una gran veneración
por el pan y por la sal, de manera que
cuando quieren hacer algún pedido especial a alguna persona que
ha comido con ellos, le dicen: “por el pan y
por la sal que hay entre nosotros, haga tal cosa”
(13) . Este uso está aún vigente. “Cuando dos árabes
quieren contraer un compromiso recíproco, hacer un tratado o un
contrato, cimentar su amistad, mojan dos bocados de pan en
la sal y los comen juntos. En su lenguaje, comer
juntos el pan y la sal significa hacer un pacto
o jurarse amistad. Los persas se expresan de la misma
manera; para reprobar al traidor, lo llaman ‘traidor hasta en
la sal’” (14) .
Es muy probable que esta costumbre estuviese
en uso entre los antiguos hebreos, como lo estaba entre
sus vecinos del desierto, y que la expresión bíblica acerca
de la sal de la alianza deba explicarse en el
mismo sentido.
“La sal tenía la misma significación simbólica entre
los griegos. ‘Haber tomado un sorbo de sal juntos’ quería
decir ‘ser viejos amigos’” (15) .
Sobre la salazón de
peces en Palestina
La sal era abundante en Palestina. Se extraía
pura principalmente de las extensísimas salinas que se encuentran cerca
del Mar Muerto (16) . En palestina se servían preferiblemente
de la sal de Sodoma, es decir la que provenía
del Mar Muerto y cuyas cualidades eran más apreciadas. A
falta de esta sal, se la traía de Ostracina
y del lago Sirbon, en la costa de Egipto, entre
Pelusa y Rinocoluro (17) . Habiendo sal y peces en
abundancia y a mano se practicó en Palestina la salazón
de pescado.
Aunque sólo una vez se menciona el hecho de
salar un pez: el que el joven Tobías pescó en
el Tigris (18) ; sin embargo se sabe que los
hebreos comían mucho pescados secos y salados. Tales eran, sin
duda, los que sirvieron para la multiplicación de los panes
(Mt 14,17; 15,34). Se comían peces salados hasta en Jerusalén.
Allí había hasta una puerta de los peces (19) ,
que tomaba su nombre de un mercado de peces [necesariamente
salados] situado cerca de ella. Se conocía desde antiguo el
arte de salarlos, como se puede esperar en un país
cuyas aguas, por ejemplo la del Mar de Galilea, eran
tan ricas en variadas especies y donde, por otro lado
abundaban las salinas excelentes, desde las que se exportaba sal
a todo el mundo.
La ciudad de Tariquea, en la
costa sudoeste del lago de Galilea tomaba su nombre del
griego tarijos (tarijeuien = salar, meter en salmuera, en conserva).
¿Con qué ciudad de la Galilea del Nuevo Testamento podría
identificarse? Los estudiosos han discutido el asunto. Observan que, aparte
de Tiberíades, Betsaida, Cafarnaúm, Corozaín y Magdala, la cual se
menciona sólo dos veces en el Ev. de Juan (6,1.23;
21,1), la Sgda. Escritura no nombra ningún otro lugar situado
junto a la rivera del lago, ni tampoco nombra la
ciudad de Tariquea, situada, según testimonios históricos de la Antigüedad,
a 30 estadios de Tiberíades. Flavio Josefo (20) , no
precisa si Tarijea se encontraba al sur o al norte
de Tiberíades - en este caso se identificaría con Magdala,
como creen algunos. O bien 30 estadios al sur, junto
a Kerak, como probaría Plinio, que afirma que está situada:
“en la extremidad sur del lago” (21) , aunque sus
datos no son siempre confiables. Se llamaba así por el
griego tarijos (charque. o carne salada, de animal o pescado)
porque de ella, atestigua Estrabón, se exportaban peces salados a
todo el mundo (22) . Consta que había importación
de peces desde Galilea a Italia (23) . Oída la
discusión de los eruditos, yo me inclino a admitir que
la antigua Tariquea es la Magdala del Nuevo Testamento. Pedro, Andrés,
Santiago y Juan, bien pudieron ser proveedores de materia prima
para la industria pesquera. Venderían muy posiblemente su producción en
los saladeros de Tariquea, que si era Magdala no les
quedaba lejos, y salarían también ellos parte de su pesca.
Comida
de hospitalidad y de alianza
Es proverbial la hospitalidad oriental. Y
es sabido que las comidas de hospitalidad crean un vínculo
de alianza entre el que hospeda y el huésped. Un
ejemplo arquetípico es el de Abraham hospedando a los tres
misteriosos visitantes, de donde resulta una amistad tal que se
pasa a compartir los proyectos y discutir los propósitos (Gen
18,1-33). En el episodio inmediato y conexo, Lot protege a
sus huéspedes de la violencia que quieren hacerles los impíos
habitantes de Sodoma (Gen 19,1-29). El huésped era sagrado, como
el hogar en que estaba. Y aún después de su
despedida, iba protegido por la ley de venganza de sangre,
pues “llevaba en sus entrañas y en su sangre la
sal del que lo había hospedado”. Sería una impiedad inimaginable,
sacrílega, espantosa, no sentirse atado por la hospitalidad brindada una
vez.
En 1967 un campesino musulmán nos invitó, a un condiscípulo
del Instituto Bíblico y a mí, a entrar en su
granja. Era en territorio de Jordania recién ocupado, en un
mediodía de fuego, junto al camino por donde volvíamos de
visitar las ruinas de la antigua capital de Samaría. Después
de habernos agasajado con te frío y frutas y con
una afable y larga conversación en inglés (había sido oficial
de las tropas inglesas, durante el protectorado) aquel musulmán, se
despidió de los dos sacerdotes católicos diciéndonos: “desde ahora somos
amigos”. Entonces comprendí que aquél hombre había cumplido con nosotros
con un rito religioso de piadosa hospitalidad. Y en verdad
no he podido olvidarlo más, aunque nunca más lo volví
a ver. Si volviera a Palestina, desearía volver a esa
granja a saludarlo. Sé que pasados tantos años, con seguridad,
sólo encontraría a sus descendientes, porque nuestro anfitrión tendría ya
más de sesenta años. Pero de todos modos, me presentaría
a sus hijos como un amigo de su padre. El tema
de la recepción hospitalaria o el rechazo, es uno de
los grandes temas de la presentación evangélica de Marcos y
enmarca en particular ambas multiplicaciones. Para sensibilizarnos a ello –
porque desgraciadamente los occidentales hemos perdido en gran medida junto
con la cultura de la hospitalidad también las virtudes que
implica - hay que atender a las veces que Jesús
es recibido o no en una casa, en Cafarnaúm, en
Nazareth, en Tiro, etc. En las instrucciones para la misión,
la ley de la hospitalidad brindada a los enviados, se
convierte en el principio rector del cauce por donde se
difundirá el evangelio.
Jesús y los apóstoles como anfitriones
Jesús da
de comer a la muchedumbre galilea - compuesta de judíos
y gentiles - y establece con ella un vínculo que
la constituye en pueblo y lo ata a ella y
recíprocamente vincula a la muchedumbre con Jesús. La multiplicación de
los panes es necesaria para que se dé esa comida
de hospitalidad que genera alianza. Es absurdo proponer que Jesús
no haya puesto la comida, sino que haya actuado de
“facilitador e intermediario”, promoviendo simplemente un intercambio solidario de alimentos
pertenecientes a terceros. Esa propuesta interpretativa sólo puede provenir o
sostenerse por ignorancia del sentido global del episodio evangélico. Esa visión
es opuesta a los datos del texto evangélico. En todas
las narraciones, sobre todo en las sinópticas, Jesús aparece sintiéndose
responsable de alimentar a la muchedumbre, como buen pastor, y
responsibilizando luego a los apóstoles para que den de comer
a la multitud.
Primeramente Jesús alimenta a la muchedumbre con
sus enseñanzas. Tan largas que merecen una advertencia de los
discípulos (Mc 6,34-36); cuya misericordia, en este caso tiene como
objeto no el hambre espiritual sino la física. Los apóstoles
tienen que recorrer todavía un largo camino antes de apropiarse
las prioridades de Jesús: “No parece bien que descuidemos la
palabra de Dios por servir a las mesas” ... “nosotros
nos dedicaremos a la oración y al ministerio de la
palabra” (Hechos 6,2.4).
La hipótesis de la cena lluvia contradice datos
positivos del texto
Ambas multiplicaciones suceden, como dice Marcos insistentemente, en
´un lugar solitario´ (Mc 6,31.32.35; 8,4). Se afirma explícitamente que
´no tienen qué comer´ (8,2) o se lo da a
entender repitiendo dos veces que hay que ir a comprar
alimentos a otro lugar (6,36.37). Jesús ordena una investigación de
las existencias de víveres (6,38; 8,5.7). En los relatos de
los sinópticos son los apóstoles los que, ambas veces, ponen
sus víveres a disposición. Es totalmente ajena a la visión
de los sinópticos la idea de una ´requisa´ de víveres
entre los reunidos. Jesús ordena que sean los apóstoles los
que les den de comer (Mt 14,16; Lc 9,13 9).
Jesús siente y les dice que les toca a ellos
aliviar la necesidad (Mt 15,32; Mc 8,2).
Sólo en el
relato de Juan, aparece ese muchacho, posiblemente un discípulo, que
comparte sus panes (Jn 6,9). Los sinópticos nada dicen de
él. Y es posible que tampoco sea la intención de
Juan encarecer su generosidad, sino otro el motivo de mencionarlo.
Mientras
en los sinópticos se los llama simplemente pescados (ijthúa) (24)
; Juan explicita que se trata de pescados salados (opsaria)
(25) . La diferencia entre ijthún y opsaríon es fundamental
para entender mejor la escena del capítulo 21 del evangelio
según san Juan, en que Jesús resucitado recibe a los
discípulos con un pez salado sobre las brasas. Juan distingue
muy claramente entre los pescados (ijthúa) de la pesca milagrosa
en el lago Tiberíades y el pez salado (opsaríon) sobre
las brasas con que los agasaja Jesús.
Imagen: Mosaico de la
Iglesia de la Multiplicación de los Panes y los Peces.
Tabgha, Israel
Notas:
1. Véase: Horacio Bojorge, Dios Nutricio. Sugerencias
para una lectura bíblica, en Boletín de Espiritualidad. (San Miguel
B.A.) (Julio-Ag. 1996) Nº 160, pp.1-12 y 16-23 2.
Constitución Dei Verbum del Conc. Vat. II, No. 12 3.
La sal está en los pescados, necesariamente salados, que
se multiplican en ambas ocasiones, junto con los panes
4. Cf. Bähr, Symbolik des mosaischen Kultus, Heidelberg 1839, t.II,
p.324 5. Lv 2,13; Ez 43,24; Mc 9,48
6. Ex 30,35 7. Cf,. Flavio Josefo Ant. Jud.
3,9,1 8. Cf. Sifra, f.78,2;79,2 9. Cf. Gemmara
Menachoth, 21,2 10. Nm 18,19; 2 Cron 13,5 11.
Cfr. Lev 2,3 12. M.-J. Lagrange, Études sur
les religions sémitiques, Paris, 1905, p.252 13. De la
Roque, Voyage dans la Palestine, Amsterdam 1718, p.137 14.
Jullien, L´Egypte, Lille 1891, p.273 15. Plutarco, Moral., ed.
Dübner, 94a. Cf. Bahrdt, De foedere salis, Leipzig 1761; Rosenmüller,
Das alte un neue Morgenland, Leipzig 1818, t.II, p.150. Art.:
Sel; Dictionnaire de la Bible, Ed. F. Vigouroux T.V, Cols.
1568-1572. 16. Joseph Felten, Storia dei tempi del Nuovo
Testamento (4 Vols) Ed.Internazionale, Turín 1913, T.I, p.37. 17.
Dictionnaire de la Bible; Art. cit. 18. Tob 6,6
Cfr. Dictionnaire de la Bible, Art. cit. 19. Sof.
1,10: Neh 3,3: 12,38; 2Cro 33,14 20. Vida 32
21. Naturalis Historia 5,15,71 22. Estrabón 16,2,45 23.
J. Marquardt, La vida privada de los romanos; citado
por J. Felten, O.c. T.I, pp.57-58. Véase también G.
Adam Smith, Geografía Histórica de la Tierra Santa Edicep, Valencia
1985, pp.245-249
24. ivcqu.n ijthún Mt 14,18-19; Mc
6,38.42-43 25. ovya,ria ovyari,wn opsaria-wn Jn 6,9.11; Cfr
21,9.10.13) |
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