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La Ministra de Sanidad acaba de presentar (el 8.II.2005) ante
los medios el borrador del anteproyecto de Ley de Reproducción
Asistida. El borrador de la nueva Ley prevé que los
padres cuyos hijos padezcan alguna enfermedad rara podrán concebir otro
hijo, seleccionado genéticamente, para intentar salvar al primero. Es lo
que se llama el “bebé medicamento”: se “fabrica” a un
hermano para curar a otro. Además, el anteproyecto contempla generalizar
el uso para la investigación médica de los embriones sobrantes
de la reproducción asistida.
Cuando lo que está en juego, como
en este caso, es la vida y la dignidad humana
las alarmas se disparan. Y se disparan con motivo. Tenemos
que hacer el esfuerzo de superar las razones puramente sentimentales
para reflexionar serenamente sobre las implicaciones éticas de esta futura
Ley. Nos quedaríamos a medio camino si sólo nos dejásemos
conmover por la súplica de unos padres angustiados que quieren
salvar, a toda costa, a su hijo aquejado de una
grave enfermedad. ¿Qué padre no iría a la Luna, si
pudiese, para salvar a su hijo? Lo que hemos de
pensar es si podemos “ir a la Luna”; es decir,
si vale cualquier medio para conseguir un fin bueno.
Porque para
lograr ese trasplante que supuestamente beneficiará al hijo enfermo, habrá
que recurrir a la fecundación “in vitro” para “producir” un
número determinado de embriones. Y los embriones son, no lo
olvidemos, seres humanos en sus primerísimas fases de desarrollo. Pero
no sólo “producirlos” artificialmente, sino además habrá que “seleccionarlos”. ¿Que
cómo se seleccionan? Pues mediante el llamado “diagnóstico preimplantacional”. Antes
de implantar a los embriones en el útero, se los
examina bien a fondo. Si ese embrión servirá para ser
un donante compatible con el enfermo, se implantará. Y si
no sirve, será desechado, tirado a la basura como un
trasto inútil.
Los padres deben saber esto. Y la ministra
de Sanidad debería explicárselo. Y la televisión debería contárnoslo a
todos. Para curar a uno, habrá que fabricar a muchos
y eliminar a la mayor parte de ellos. Del mismo
modo, permitir que los embriones que sobran de la reproducción
asistida sean dedicados a la investigación es convertir a seres
humanos en su primera fase de desarrollo en conejos de
indias en manos de los científicos.
Por eso no es
extraño que la Comisión Central de Deontología de la Organización
Médica Colegial, a través de su secretario, el doctor Gonzalo
Herranz, haya dado la voz de alarma. El asunto es
muy serio y muy grave. Cualquier día nos sorprenderá la
prensa con la noticia de que aquí o allá se
ha descubierto un criadero de seres humanos utilizables para trasplantes,
donaciones de órganos, investigación científica u otros menesteres.
¿Qué pensaría de
todo ello Kant? Recordemos que una de las formulaciones que
el filósofo alemán dio del imperativo categórico —es decir, de
la ley práctica que resulta válida incondicionalmente para el ser
racional— reza de la siguiente manera: “Actúa de modo que
consideres a la humanidad, tanto en tu persona como en
la persona de todos los demás, siempre como fin y
nunca como simple medio”. Si un ser humano, aunque sea
muy pequeño, puede ser usado como “simple medio”, ¿qué nos
separa ya del totalitarismo y de la tiranía?
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