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Autor: Arturo Guerra | Fuente: Catholic.net Su señoría
Su señoría, no llamaba Navidad a la Navidad, sino que hablaba simplemente de "las fiestas"
Su señoría
Sus señorías abandonaron por fin el hemiciclo, después de aquella
sesión tan solemne, tensa e interminable.
Uno de ellos, aquél
que desde el principio lo vio tan claro; aquél que
durante meses había dedicado tinta, decibeles y horas para sacar
de la oscuridad a los colegas que se mostraban dubitativos;
aquél que buscó argumentos por cielo, mar y tierra... (bueno,
en sentido estricto, se redujo a mar y a tierra,
con el fin de salvaguardar sus arraigados principios de aconfesionalidad
y laicidad) veía por fin coronados sus desvelos para salvar
la sagrada laicidad de la nueva constitución.
Y eso había que
celebrarlo. De hecho, la cita ya se había concertado. Tan
seguros estaban del triunfo. Cinco comensales en el restaurante Paraíso,
a las 11 de la noche. La verdad, que cuando
le mencionaron a su señoría el nombre del establecimiento, no
le hizo mucha gracia pues le parecía un término proveniente
del más rancio argot teológico del cristianismo, pero a esas
alturas fue imposible cambiar de planes. Y además, sus cuatro
colegas coincidieron en que ahí se cenaba paradisíacamente.
Al despedirse, su
señoría abordó su coche. Le esperaba su eficaz chófer, Pedro.
Su señoría estaba muy satisfecho del desempeño profesional de este
buen conductor, pero el nombre no le gustaba nada. De
hecho, muy pocas veces llamaba al chófer por su nombre.
Un nombre, pensaba su señoría, con claros resabios "catolicoides". Alguna
vez pensó en proponer a Pedro que se cambiara de
nombre, pero le detenía el principio de tolerancia que tantas
veces había enarbolado. El día que descansaba Pedro, su señoría
se movía en taxi. Cuando lo solicitaba por teléfono, ponía
amablemente la condición de que fuese un taxi libre de
baratijas religiosas en antenas y espejos retrovisores. Su señoría, al
ver rosarios, estampas o medallas, sentía pena de que en
pleno siglo XXI hubiese aún gente que creyera en esas
supersticiones religiosas.
Como era viernes, su señoría no fue a casa
como de costumbre sino que directamente se dirigió a su
chalé. Ahí, su familia le estaría esperando. La casita estaba
situada en un pequeño pueblo, en las afueras de la
ciudad; se llamaba San Tristán de los Campanarios. El chalé
era una delicia, pero cada vez que tenía que explicar
a sus amigos la ubicación exacta de la finca, algo
en su estómago se movía y carcomía una micra más
la pequeña úlcera que desde hace algunos años le molestaba.
El nombre del pueblo, para su señoría, encerraba una elevada
concentración de reminiscencias cristianas. Es cierto que alguna vez le
había merodeado la curiosidad de saber qué tenor de vida
habrá llevado tan folklórico santo, pero siempre había sabido matar
tal curiosidad a tiempo gracias a su firme e innegociable
espíritu laicista. Lo que sí había intentado más de una
vez era localizar un chalé en otro pueblo de nombre
más acorde a los tiempos de la modernidad y el
progresismo, pero sin éxito. Su señoría estaba ya casi piadosamente
resignado a vivir y morir los fines de semana en
San Tristán de los Campanarios.
Su señoría sabía que ahora que
se acercaba la Navidad, su hija pequeña, Libertad, le preguntaría
de nuevo que quién era ese niñito en pañales que
en algunas tiendas, no muchas, aparecía al lado de un
buey y de un burro... De hecho, su señoría, no
llamaba Navidad a la Navidad, sino que hablaba simplemente de
"las fiestas". Ciertamente las celebraba, pero en ciertos momentos, se
sentía un poco incómodo. En el fondo le fastidiaba constatar
cómo los cristianos durante tantos siglos se han dedicado a
imponer sus fiestas y tradiciones de una manera tan intolerante
como arrolladora.
Una de las cosas que más disfrutaba su señoría,
era pasear por el campo. Y mejor aún si se
trataba de subir pequeñas montañas. Los paisajes le reconfortaban. Pero
su gozo en la cima invariablemente se veía ensombrecido por
la inalterable y desagradable presencia de ermitas y santuarios. De
las 57 montañas que había conquistado, sólo tres se habían
librado de la presencia de una ermita. Cuando no se
trataba de la ermita de San Pacomio, era la capilla
de un anacoreta medieval, o de una Virgen casi desconocida,
o del santo patrón del pueblo más pintoresco de la
zona. La verdad, por cierto, es que de entre esas
tres montañas liberadas, en la cima de una de ellas
se erguía una cruz de hierro, pero su señoría no
le dio tanta importancia como para dejar de contabilizarla en
las montañas libres de ermitas y santuarios. Después de todo,
aquella cruz no medía más de dos metros de altura
y se encontraba en un estado avanzado de oxidación.
Otro de
sus pasatiempos era la lectura. Estaba convencido de que la
lectura era uno de los remedios más eficaces contra la
superstición y la religión, que para su señoría eran lo
mismo. Esta vez releía la gran joya de la literatura
castellana y universal, Don Quijote de la Mancha. Repasaba el
capítulo LX de la segunda parte, después de la detención
sufrida por el caballero andante y su fiel escudero a
manos de cuarenta bandoleros de las filas de Roque Guinart.
Don Quijote al ver el buen corazón y acertado juicio
del jefe de los malhechores le dijo: "...vuesa merced está
enfermo, conoce su dolencia, y el cielo, o Dios, por
mejor decir, que es nuestro médico, le aplicará medicinas que
le sanen, las cuales suelen sanar poco a poco, y
no de repente y por milagro." En ese momento, su
señoría cerró violentamente el libro, espetando: "¡Demonios! ¿Cómo es posible
que nuestras joyas literarias estén infestadas de esta terrible simbología
religiosa?" Y, luego, como en un acto reflejo, cayó en
la cuenta de que se le había escapado la palabra
"¡demonios!" Desde hace meses se había hecho el propósito de
erradicar el uso de esta interjección por su clara alusión
a las míticas doctrinas cristianas. Pero, la verdad, es que,
a veces, no podía evitarlo, le salía natural.
Del enfado que
le produjo tal suceso, y antes de dormir, decidió distraerse
escribiendo una carta. Al despedirse, escribió la palabra "Adiós", pero
en seguida la borró por ser un vocablo claramente de
origen cristiano. Lo intercambió por un amorfo y laico "Venga".
En la carta relataba ufanamente a su amigo las dificultades
que enfrentó para que finalmente venciera el sentido común y
le mostraba su satisfacción por haber evitado la inclusión de
la mención de las raíces cristianas en la constitución; ¿por
qué tendríamos que mencionarlas -reflexionaba su señoría- si es que
no hay tales raíces? Y después del "venga", estampó su
firma: "Tu colega, José María Gracia Creu"
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