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Autor: Arturo Merayo | Fuente: Diálogos de Almudí, 2005 La era de la cibercultura
El relativismo moral conduce al relativismo legal y éste acaba siempre resbalando por un precipicio
La era de la cibercultura
Nos encontramos, aunque no seamos muy conscientes, ante un cambio
de era, en una verdadera revolución de consecuencias insospechadas. Marcada
por la telemática, la robótica y las autopistas de la
comunicación, la era de la cibercultura es tan radical como
lo fuera aquella del Neolítico, y las otras más recientes,
la del siglo XVIII –revolución del carbón y del acero–
y la del XIX, la de la energía eléctrica. Vivimos
ante un convulso cambio de esquemas, todavía no sabemos si
de consecuencias favorables o perjudiciales. Cambiarán –están cambiando desde hace
25 años– las relaciones sociales, los modelos de producción, la
distribución económica, el concepto del trabajo y del ocio, las
costumbres, las actitudes, los valores, las creencias... Por eso es
más que una crisis: estamos ante un cambio de era.
Las
modificaciones afectan a dos ámbitos fundamentales y sólidamente interrelacionados: por
un lado, el proceso tecnológico; por otro, un nuevo modo
de pensar y de enfrentarse a la vida que se
ha dado en llamar, resumiendo en una palabra muchos conceptos,
la postmodernidad.
La revolución tecnológica, al introducir nuevos elementos en el
sistema comunicativo, está cambiando el número y la naturaleza de
los soportes técnicos y, por consiguiente, los hábitos de consumo
y el modo de vida de los ciudadanos. Los medios
de información se han convertido en medios para el ocio,
y la influencia de la televisión, el cine o los
videojuegos es indudablemente más persistente –quizá incluso más eficaz– que
los tradicionales agentes de formación: la familia, la escuela y
la Iglesia. Por eso nos parece que el mundo –y
quizá nosotros mismos– estamos patas arriba. Aunque intuimos que mañana
habrá nuevas sorpresas, no sabemos cuáles serán, y el ritmo
de los cambios no sólo produce vértigo sino que nos
conduce hacia un punto desconocido. Corremos muy deprisa pero no
sabemos hacia dónde.
Materialismo, permisivismo y consumismo
Por lo que se refiere
a la postmodernidad, aunque sea un concepto no sólo amplio
sino muy difuso, sí sabemos cómo se caracteriza. Las sociedades
occidentales pivotan en la actualidad y sin excepciones sobre tres
principios: materialismo, permisivismo y consumismo.
El materialismo se manifiesta en la
negación –quizá no explícita, pero sí de facto– de la
espiritualidad y la trascendencia. No hay Dios, y si lo
hubiera no hay modo de conocerlo. La principal consecuencia de
este materialismo –envuelto, eso sí, en el atractivo celofán de
la tolerancia– es que, como apuntara Dovstoievski, si Dios no
existe resulta que, al fin y al cabo, todo puede
estar permitido. Y cuando digo todo, es todo: incluso matar
a una vieja a hachazos. Crimen y castigo es muy
revelador en este sentido. No hay modo de sustentar norma
moral alguna si Dios no existe, porque las relaciones humanas
acaban desembocando, en última instancia, simplemente en la ley del
más fuerte: homo homini lupus. Los regímenes totalitarios saben mucho
de este materialismo: unas veces lo proclaman sin ambages y
otras se empeñan en adornarlo con agua bendita.
Por su parte,
el permisivismo es la consecuencia lógica de un liberalismo exacerbado:
no hay fines, sólo importan los medios. Gato negro o
gato blanco ¿Qué más da? Lo importante es que cace
ratones, dijo un presidente de Gobierno español. El hombre debe
hacer actos libres, sólo así se realiza; cuantos más mejor,
da igual que sean contradictorios entre sí. Lógico resulta entonces
que la responsabilidad se acabe percibiendo como un obstáculo que
entorpece las decisiones: pongamos, por tanto, fin a las trabas,
guerra a los límites: prohibido prohibir.
El consumismo, en tercer lugar,
es el afán del hombre postmoderno. Vivir es consumir, si
se consume más se logra más felicidad. Nadie en su
sano juicio sostendría esta afirmación pero es difícil en la
práctica no dejarse enredar por el torbellino del consumo. En
última instancia, el consumismo es la sombra del hedonismo: hay
que buscar el placer como sea. Al sistema capitalista le
viene de maravilla recordarnos permanentemente que el placer está en
tener cosas. Otra posibilidad de consumo es la de tratar
a las personas como si fueran objetos; en esos casos
el precio que se paga acaba siendo una repugnante obscenidad
de la que nuestras televisiones ofrecen ejemplos a diario.
Nada importa,
nada dura, nada vale la pena, nada llena
No obstante, la
experiencia personal y social demuestra testarudamente que materialismo, permisivismo y
consumismo no son navíos seguros para conducir al ser humano
hasta el puerto de la felicidad. La consecuencia lógica es
la frustración personal, el individualismo salvaje y el nihilismo filosófico.
Nada importa, nada dura, nada vale la pena, nada llena.
La vida es una náusea, el infierno son los otros,
como diría el pobre de Sartre.
Todo lo anterior está obviamente
relacionado con la evolución geopolítica de las sociedades occidentales. El
fin del bloque soviético ha tenido muchas consecuencias. Una de
ellas es que Estados Unidos se ha quedado sola como
única e indiscutible potencia mundial. Las doctrinas neoliberales defendidas por
Margaret Thatcher y Ronald Reagan en los ochenta han acabado
desembocando en un capitalismo salvaje, en un individualismo atroz y
en un consumismo desproporcionado. Los sistemas capitalistas –con Estados Unidos
a la cabeza– son cada año más ricos, mientras que
los pueblos del Tercer Mundo –4000 millones de personas– no
cesan de reducir su renta hasta situaciones de degradación indescriptible.
El gran drama de nuestro tiempo es que ni la
tecnología ni la postmodernidad, por más que se elogien, logran
disminuir la injusticia social. Es más, la renta está peor
repartida que hace tres décadas pues más bienes están en
menos manos, más gente vive en condiciones infrahumanas.
El concepto ilustrado
y liberal de progreso salta hecho añicos ante esta realidad
incuestionable. La única ley económica –como la única ley social–
es la que logra imponer el más fuerte. No importa
la sociedad ni el bien común: sólo tiene importancia el
individuo. Los tribunales internacionales no están hechos para mí si
yo soy el más fuerte. No importa la ONU. Se
ha quebrado la supranacionalidad porque un Estado, uno solo, es
el grandullón del colegio y toca jugar a lo que
disponga.
Dispone, por ejemplo, que el mayor problema del mundo es
la falta de seguridad. Ríos de tinta corren sobre la
amenaza terrorista y todo se justifica, a la postre, si
se trata de lograr un mundo más seguro. No obstante,
éste es un presupuesto falso: el mayor problema del mundo
no es la falta de seguridad sino la falta de
justicia. Pero parece obvio que no interesa recordarlo: nos obligaría
a cambiar demasiado, especialmente a los que vivimos en el
mundo rico.
Estrategias de sustitución para sobrevivir al nihilismo
En la vida
cotidiana, el nihilismo tiene mala prensa. Nadie quiere reconocer que
no cree en nada, que su vida no sirve para
nada y que no tiene el menor viso de que
sirva para algo: nadie reconoce que su existencia no tiene
futuro. Es demasiado duro. Sabemos que Suecia o Japón tienen
altísimos índices de suicidio pero preferimos no saber por qué.
Sabemos que en el país de la libertad hay más
armas que hogares, pero es mejor no preguntarse las razones.
No se puede ser nihilista, es preciso aparentar que esto
funciona y funciona bien. ¿Cómo lo logramos? Justamente así, mediante
la apariencia, a través de estrategias de sustitución.
Veamos cuáles. Negamos
la existencia de Dios pero proclamamos la tolerancia religiosa; apariencia
de tolerancia. Renunciamos a la responsabilidad pero aparentamos vivir en
una época de muchísima libertad; apariencia de libertad. La justicia
brilla por su ausencia, así que la sustituimos por una
apariencia de solidaridad aunque no deje satisfecho a nadie ni
resuelva gran cosa. La tolerancia, la libertad y la solidaridad
se reducen a meras apariencias, porque en el fondo, el
nihilismo, como no podía ser de otro modo, difumina la
frontera entre el bien y el mal: se pierde el
sentido de lo que es bueno y lo que es
malo. Basta un solo ejemplo: esta misma semana un diputado
decía en televisión que "las prostitutas tienen un trabajo muy
digno que me merece mucho respeto". Nadie le contradijo. Es
evidente que las prostitutas merecen respeto, pero la prostitución es
una indignidad humana se mire por donde se mire.
Pero lamentablemente,
nos vamos acostumbrando a que el bien y el mal
sean una cuestión de opiniones que ha de quedar reducida
al ámbito de la propia conciencia. ¿Denunciar al vecino porque
oigo como pega a la mujer todas las noches? No,
mejor no meterse en líos. Es cosa suya. ¿Enseñar a
los niños religión en el colegio? No parece progresista; que
lo hagan los padres, ellos sabrán, y que lo hagan
en la intimidad, nunca en el ámbito público.
Desde esta posición,
el bien y el mal no pueden existir más que
en la conciencia de cada cual y cuando afectan al
ámbito social, entonces son relativos, cambiantes. Las leyes hoy son
unas, mañanas pueden ser otras: hoy la frontera del crimen
está en las 16 semanas de embarazo; mañana puede cambiar
y ser 8 semanas, o 4 horas. Todo es relativo.
Antes no era delito abandonar a un perro a su
suerte. Hoy sí, hoy está penado. Aunque si se pone
uno a pensar no acaba de ver claro por qué
entonces se pueden clavar alfileres en las mariposas con lo
hermosas que son cuando revolotean. ¡Qué culpa tendrán las mariposas
de no haber nacido perros! Por cierto, con la ley
en la mano uno puede abandonar a su padre en
una silla de ruedas en mitad de una gasolinera y
no pasa nada, pero como abandone al perro... Es todo
tan relativo que a veces resulta surrealista. Ayer no había
bodas de homosexuales; hoy sí, porque esto de la condición
sexual es algo muy de uno. ¿Y quién puede impedir
que yo forme matrimonio con quien quiera con tal de
que nos amemos? Es verdad... ¿Y si mi hija y
yo nos amamos y decidimos casarnos? ¿No ha hecho, acaso,
algo parecido Woody Allen? ¿Y si amo a tres de
mis hijas y aceptan ser mis esposas? El relativismo moral
conduce al relativismo legal y éste acaba siempre resbalando por
un precipicio no sólo surrealista sino inacabable.
Eso sí, como al
final hay que dejar claro lo que es bueno y
lo que es malo, alguien con poder acaba determinando las
cosas. En las sociedades democráticas se suele hacer apelando a
la mayoría, a lo que se ha dado en llamar
la demanda social. Y si no la hay, el marketing
la crea de un plumazo. ¿Era una demanda social en
España que los homosexuales pudieran adoptar niños? Es evidente que
no. Tampoco en Estados Unidos ninguna demanda social pidió la
invasión de Irak, hasta que a algún descerebrado se le
ocurrió que venía bien quedarse con el petróleo irakí aunque
fuera mediante una guerra. Entonces a través de la opinión
publicada se va moldeando a la opinión pública y el
hombre toma forma de marioneta al servicio del poder. En
este sentido –duro es decirlo– los sistemas totalitarios no se
distinguen de la partitocracia más que en los procedimientos, pero
no en los fines.
En esa estrategia de manipulación de la
opinión pública, la corriente mediática dominante anatemiza a quien no
se digne adorar el dinero, el lujo, el consumo y
el placer; a quien recuerda que la libertad sin responsabilidad
es libertinaje; y, sobre todo, a quien con claridad sostiene
que hay Dios y que tiene un designio para cada
hombre. Lo que se salga de esas veredas está en
el terreno de lo políticamente incorrecto. Se anatemiza ridiculizando con
ironía a quien defiende esos postulados, calificándolo de dogmático, de
intolerante o de arcaico. ¡Bienvenidos al laicismo!
Juan Pablo II lo
definía así: "una ideología que lleva gradualmente de forma más
o menos consciente a la restricción de la libertad religiosa
hasta promover un desprecio o ignorancia de lo religioso, relegando
la fe a la esfera de lo privado y oponiéndose
a su expresión pública". Gregorio Peces Barba reconocía abiertamente el
23 de enero en declaraciones a RNE que "el laicismo
es una ideología que, como todas las ideologías, aspira a
ser a ser dominante, si es posible, haciendo desaparecer a
todas las demás".
"Cristianismo y medios de comunicación: entre los prejuicios y
las buenas intenciones". Arturo Merayo es Decano de la Facultad
de Comunicación de la Universidad Católica de Murcia
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