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Autor: Rodrigo Martínez Murillo | Fuente: Virtudes y Valores La ley natural
La defensa contra los atropellos de la ley
Lo que antes era evidente, ahora no lo es tanto.
¿Se pueden casar con todos los derechos dos personas del
mismo sexo? ¿Quién y por qué decide si una vida
es digna de vivirse o no? ¿La madre puede disponer
del ser que aún lleva en su vientre? Cuestiones que
antes se veían claramente como buenas o malas, ahora la
sociedad las pone en duda. Los valores basados en el
humanismo cristiano se ponen entre paréntesis y lo obvio ya
no lo es tanto. ¿Es suficiente apelar a lo que
marca la ley, a lo que dice el 51% de
los parlamentarios para que algo sea lícito o no? En un
primer momento tenemos que aceptar que no toda ley, aunque
sea legítimamente constituida, es ya de por sí buena. Recordemos,
como clásico ejemplo, que Hitler ascendió al poder de manera
democrática, y no hay nadie en su justo juicio que
apruebe las leyes de tal gobierno. Si aceptamos que la
norma definitiva de nuestro actuar es la ley civil, haremos
de la moralidad, de lo bueno y de lo lícito,
un instrumento en manos del partido en turno o de
grupos de poder económico e ideológico con pocos escrúpulos. Hay
cosas que por su naturaleza son buenas o malas, y
por lo tanto, inaceptables, aunque reciban el consenso de la
mayoría. La Iglesia Católica, apoyándose en una rica tradición filosófica,
cree encontrar este baluarte, fundamento de toda moral y
legislación, por el que se puede discernir entre el bien
y el mal por encima de las leyes civiles: la
ley moral natural. ¿Qué es esta ley natural tan mencionada por
los moralistas y anti-moralistas? Es el principio que «expresa el
sentido moral original que permite al hombre discernir, mediante la
razón, lo que son el bien y el mal,
la verdad y la mentira» (Catecismo de la Iglesia Católica,
n. 1954). Cuando compramos un aparato, lo primero que hacemos
es ver las instrucciones. De utilizar el aparato según las
reglas que le puso el fabricante, depende su buen o
mal funcionamiento. No nos funcionará una computadora de 220
V en una corriente de 110 V, y si conectamos
un aparato en una corriente de voltaje superior a la
marcada, seguramente lo quemaremos.
La ley natural es ese conjunto
de “instrucciones de uso” que el Creador ha puesto en
el hombre para su “buen funcionamiento”, con la peculiaridad de
que el hombre, a diferencia de los artefactos y de
los otros seres vivientes, puede conocer sus propias leyes.
Por su inteligencia es capaz de conocer la ley natural
y de seguirla o no seguirla, aunque sabe que al
no seguirla actúa erróneamente. La ley natural se nos
manifiesta de modo inmediato, casi intuitivo. Por eso sentimos la
inclinación, podríamos decir “quasi innata”, sin que nadie nos lo
diga de hacer el bien y evitar el mal, de
respetar la vida y los bienes de los demás, de
cumplir los pactos contraidos, de decir la verdad, aunque a
veces se sientan dificultades en percibirlo o haya que vencer
nuestras inclinaciones al mal.
La ley natural no ha sido un
invento de la Iglesia o un “dogma”. Es una de
las muchas verdades accesibles a la razón del hombre
de las que la Iglesia, maestra perenne de humanidad, se
ha hecho portadora enriqueciéndola con la luz de la Revelación.
Algunos paganos, tiempo antes de la venida de Cristo, dieron
clarividentes intuiciones de la ley natural. En “Antígona”, la famosa
tragedia de Sófocles, el autor pone en boca de la
protagonista la existencia de una “ley no escrita” (ágraphos nómos)
por encima de las leyes escritas: «Tus prohibiciones, Creonte, no
son tan fuertes para poder violar la ley no escrita,
fijada por los dioses, aquellas que ninguno sabe cuando fueron
establecidas porque no viven desde hoy o desde ayer, sino
desde toda la eternidad» (Antígona, vv. 563 ss). Cicerón, el
más grande orador romano, afirma: «Existe una ley verdadera, una
razón recta, conforme a la naturaleza, presente en todos, invariable,
eterna, tal que interpela a los hombres con sus
mandatos a hacer su deber o a impedirles hacer el
mal. Esta ley no es diversa en Roma o en
Atenas. No es diversa ahora o mañana. Es una ley
inmutable y eterna cuyo único autor, intérprete y legislador es
Dios.» (De republica III, 22, 33).
En base a la
distinción entre ley natural y ley civil o positiva podemos
hacer la distinción entre legalidad y legitimidad. Legalidad es la
conformidad con la ley escrita, aquella fijada por el poder
político. Legitimidad es la conformidad con la ley natural. Toda
ley es legal por el hecho de ser emanada por
la autoridad competente, pero no todas las leyes son legítimas
o justas. Sólo la ley natural permite definir la legitimidad
de una ley. Si una ley viola la ley natural,
dice Santo Tomás de Aquino, no será más ley, sino
corrupción de la ley «non erit lex, sed legis corruptio»
(S. Th. I-II, q. 95, a. 3). Pero si una
ley escrita es conforme a la ley natural, obedecerla es
un deber.
El Santo Padre Benedicto XVI, desde que estaba al
frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe,
había visto la importancia de que las leyes civiles estuvieran
fundamentadas en la ley natural, y había advertido las consecuencias
de su olvido. Llegó a identificar el conflicto ético presente
con la crisis del reconocimiento de la ley natural. Por
eso encomendó a la Comisión Teológica Internacional un estudio sobre
este argumento, que ya está terminándose.
El 12 de febrero
de 2007, ante 200 participantes de un Congreso Internacional sobre
el Derecho Natural organizado por la Pontificia Universidad Lateranense, Benedicto
XVI volvió a remarcar la importancia de la ley natural
para toda legislación como la expresión de esas «normas
inderogables y obligatorias, que no dependen de la voluntad del
legislador y tampoco del consenso que los Estados pueden darles,
pues son normas anteriores a cualquier ley humana y, como
tales, no admiten intervenciones de nadie para derogarlas».
El reconocimiento o
negación de la ley natural tiene aplicaciones de vida o
muerte. «La ley inscrita en la naturaleza es la verdadera
garantía ofrecida a cada uno para poder vivir libre y
respetado en su dignidad» añadió el Papa en el citado
discurso. «La verdadera garantía», pero bien podemos decir la única
garantía. Si cayese la ley natural, caería el fundamento absoluto
de la dignidad humana y toda ley sería mutable y
relativa. Los derechos humanos dependerían de lo que dicte la
mayoría de los votos. Sin el parapeto de la ley
y el derecho natural, el hombre está a merced de
lo que dicten personas poderosas, pero sin ningún escrúpulo de
conciencia. Entonces no hay ningún impedimento para hacer de las
personas auténticos conejillos de Indias, para hacer de los embriones
un banco de órganos, para llenar en poco tiempo los
bolsillos de los abortistas, o para eliminar enfermos terminales y
ancianos en los hospitales ahorrando un poco del erario
público.
El Papa y la Iglesia no pueden dejar de
proclamar la verdad sobre el hombre, y por lo tanto,
sus derechos naturales como el derecho a la vida. Cada
persona es única y tiene dignidad y valor absoluto por
ser imagen y semejanza de Dios. Por esta enconada lucha,
creyentes y no creyentes ven en la Iglesia la voz
de los derechos humanos.
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