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Autor: Alejandro Llano | Fuente: arvo.net ¿Humano o no humano?
La política es terrena y de suyo opinable; la fe es trascendente y confiere certezas
¿Humano o no humano?
¿Van unidas la fe y las tendencias políticas?
Si alguien
dice que no es de izquierdas ni de derechas, entonces
es que es de derechas.
Hace más de treinta años
que escuché por primera vez esta sentencia. Me pareció en
aquel momento que no le faltaba buena parte de razón.
Pero después la he oído repetir una y otra vez.
Y ahora pienso que los que mantienen actualmente esta tesis
no saben en qué mundo viven.
Las categorías políticas de
izquierda y derecha estaban vinculadas a la alternativa de las
visiones revolucionaria y contrarrevoluciaria de la Historia. Pues bien, hoy
día tales concepciones del mundo y de la sociedad prácticamente
han desaparecido, al menos en los países occidentales. El eje
político fundamental ya no es derecha/izquierda, sino humano/no humano. De
manera que hay que repensar toda la configuración del espectro
ideológico.
La izquierda se oponía sistemáticamente a todo lo establecido en
la sociedad burguesa. Por eso estaba en contra del capitalismo,
de la religión, de la estabilidad familiar, de la enseñanza
privada y de la ética tradicional; al mismo tiempo que
reivindicaba formas extremas de libertad, mayor peso del Estado y
ruptura de los convencionalismos rancios. La derecha, en cambio, era
fundamentalmente conservadora. Estaba a favor de las manifestaciones públicas de
la fe religiosa, del capital y la empresa privada, de
la libertad de enseñanza, del papel esencial de la familia
y de la autonomía de las iniciativas sociales; a su
vez, se oponía al igualitarismo económico, a la creciente influencia
de la Administración en todos los aspectos de la vida,
a la secularización de la sociedad y a la pérdida
de respeto a los valores y costumbres tradicionales.
Tales convicciones y
propósitos —en la medida en que perviven— están hoy tan
entrelazados que difícilmente se podrían adscribir con certeza a los
presuntos progresistas o a los tomados por conservadores. Desde luego,
no tiene mucho sentido decir que quienes se oponen a
la fe religiosa son preferentemente de izquierdas, y quienes la
favorecen más bien de derechas. Y la inversa tampoco es
cierta. Para no continuar protestando indefinidamente contra la realidad vigente,
la izquierda se hizo tecnocrática y acogió buena parte de
las ideas típicas de la derecha, sin recatarse de acudir
ocasionalmente a la religión para defender los pocos ideales humanitarios
que todavía recordaba. Los representantes de la derecha se convirtieron
en valedores de la libertad, pero frecuentemente ya no sabían
a qué objetivos encaminarla, como no fuera al afán de
lucro económico y el mantenimiento de ventajas adquiridas; por ello
comenzaron a sospechar de la doctrina social de la Iglesia
católica, que insistía en ponerse a favor de los más
necesitados. Hoy por hoy, derecha e izquierda vienen a coincidir
en la visión tecnocrática de la esfera político-económica y en
el individualismo moral.
Humano o no humano
Todo esto es en buena
parte cierto, se dirá, pero aún siguen existiendo partidos de
izquierda y de derecha, aunque tanto unos como otros tiendan
a deslizarse hacia esa zona, más bien ambigua, que recibe
la mágica denominación de centro. ¿Cómo evaluar entonces sus respectivas
posiciones respecto a una ética no relativista y a una
fe religiosa que no se agote en el sincretismo de
la new age, sino que admita francamente la realidad de
los misterios cristianos con su necesaria repercusión en la vida
personal y social? Mi respuesta quedó apuntada antes: ya no
vale medir estas actitudes en términos de progresismo o conservadurismo;
ahora hay que juzgarlas desde la perspectiva de lo humano
y lo no humano. Porque el Hijo de Dios, encarnado
en Jesucristo como hombre perfecto, confirma y eleva la dignidad
de toda persona humana.
Con esta clave, parece que la izquierda
se queda con la peor parte. Eufemismos al margen, es
patente sobre todo que la mentalidad abortista encuentra un apoyo
casi generalizado a babor del arco político. Y si hay
algo que merezca la calificación objetiva de no humano, inhumano
incluso, es el atentado masivo contra la vida de seres
humanos concebidos y aún no nacidos. Con el agravante de
que las nuevas posibilidades biotecnológicas pueden utilizarse también contra la
dignidad de la persona humana. No es casual que los
partidarios de la liberalización del aborto apoyen, en buena parte,
tal tipo de prácticas rechazadas por la bioética seria y
por las confesiones religiosas de alcance universal. Éste es hoy
el punto crítico: la defensa de la vida. Lo que
todavía se llama convencionalmente izquierda tiene aquí poco que aportar.
Sus estrategias han evolucionado, en cambio, positivamente en lo que
concierne a la libertad de enseñanza, e incluso en algunos
aspectos de protección económica a la familia. A su favor
hay que poner, más claramente, la defensa de los menesterosos,
la solidaridad internacional, el apoyo a los emigrantes y la
protección del medio ambiente natural.
Al hacer un balance que tenga
en cuenta los valores de la ética y de la
fe religiosa, lo que coloquialmente se sigue llamando derecha tiene,
aparentemente, todas las de ganar. Pero si esto fue así
en el planteamiento clásico de esta dicotomía, cosa que también
habría que matizar, el entreveramiento ideológico antes examinado motiva que
la situación es hoy día menos clara. Desde luego, ni
el militar en un partido de derechas ni el votar
a su favor en unas elecciones es garantía de un
temple netamente positivo respecto al valor de la vida y
la vigencia de la fe cristiana en la sociedad actual.
Y habrá que añadir que el factor ideológico neoliberal y
economicista, tan notorio a estribor de la nave pública, se
presenta demasiado frecuentemente como escasamente humano, muy pobre al menos
en componentes humanistas.
Es cierto que las formaciones políticas de
la derecha y el centro-derecha no han sido las protagonistas
del lanzamiento legislativo del aborto. Entre otros motivos porque la
mayoría de sus votantes siguen estando en contra de tal
aberración ética. Pero, llevadas de una comprensible táctica y de
un menos admisible oportunismo, su defensa de la vida no
nacida ha solido adoptar un perfil minimalista. Además, la generalizada
debilitación de criterios morales en la sociedad consumista, que inevitablemente
se ha filtrado entre los líderes y votantes de la
derecha, les ha privado de la lucidez y la energía
para adoptar posiciones claras en cuestiones de tipo biotecnológico que
afectan negativamente a la ética médica y a la recta
conciencia religiosa.
Nos acercamos así a un aspecto clave del problema.
Tanto la derecha tradicional como la modernizada no se han
caracterizado precisamente por su alta valoración de la cultura. La
peligrosa manía de discurrir y estar al tanto de las
letras y la filosofía del momento parecía reservada a los
intelectuales de izquierda, especie poco fiable para las gentes de
orden. La pobre densidad conceptual que ha caracterizado la fe
religiosa de no pocas personas en los dos últimos siglos
es una de las causas del retroceso social de la
vida cristiana en nuestro país y los de su entorno.
Y lo que es más preocupante: la insistencia por parte
del magisterio ordinario de la Iglesia en la necesidad de
una sólida y profunda formación doctrinal no ha encontrado un
eco suficiente entre los católicos. En esto, siento decirlo, no
hemos avanzado gran cosa últimamente, a pesar del audaz testimonio
de ese profundo pensador que fue Juan Pablo II. No
es justo, en consecuencia, transferir a los políticos una responsabilidad
que recae sobre un pueblo cristiano que padece anorexia cultural
y se muestra inclinado al materialismo práctico.
Fe y convivencia, inseparables
La
doctrina social de la Iglesia contiene un rico acervo de
orientaciones acerca de la vida ciudadana, con especial énfasis en
los aspectos éticos de la actividad económica y en las
exigencias de la justicia social. Pero habría que preguntarse: ¿cuántos
católicos han leído las recientes encíclicas sociales? Si la respuesta
es la que me malicio, no es extraño que bastantes
políticos, tecnócratas y empresarios encuadrables en la consabida derecha, adopten
hoy día teorías y prácticas alejadas de una concepción humanista
de la vida económica y social. Ciertamente, defienden a capa
y espada la libertad. Lo cual está muy bien, porque
el estatismo y la socialización centralizada de la actividad productiva
y financiera han resultado nefastos allí donde se han intentado
implantar. Pero una libertad que tenga su núcleo en la
transformación e intercambio de bienes materiales es difícil que no
ronde los aledaños del materialismo y, por lo tanto, que
acabe perdiendo su envergadura personal y comunitaria. No dejaría de
ser paradójico que los presuntos defensores de la fuerza del
espíritu tuvieran siempre en la boca modelos y cálculos que
están plenamente insertos en lo que Niklas Luhmann llama sistema
y que considera, con toda razón, como lo más típicamente
no humano.
En clave positiva, la tarea actual de los promotores
de la libertad y amigos del espíritu debería ser obtener
a fondo las consecuencias del presente tránsito hacia la sociedad
del saber. Porque, en esa nueva configuración social que se
vislumbra, lo decisivo ya no será lo cuantitativo sino lo
cualitativo; las personas volverán a situarse delante de las máquinas;
la verdadera riqueza de las naciones ya no residirá en
las mercancías: consistirá en la capacidad de generar nuevos conocimientos.
La renovada primacía de la inteligencia y la voluntad, la
amplitud de horizontes y la claridad de finalidades permitirán la
conexión fecunda entre lo personal y lo sistémico, posibilitando así
evitar los extremos del economicismo craso y del moralismo utópico:
hoy es posible ser de izquierdas en lo económico y
de derechas en lo cultural.
No cabe confundir tan prometedor
panorama con ese precipitado suyo que es la globalización. Porque,
como bien se ha dicho, lo primero que se ha
globalizado es la pobreza. Y, según un personaje tan poco
sospechoso como Michel de Camdessus, la pobreza puede producir el
colapso de todo el sistema. Entre tanto, los especialistas en
la cuestión señalan que el curso actual de la mundialización
está agudizando las diferencias entre los países pobres y los
ricos. Dentro de las propias naciones del capitalismo avanzado, también
en España, la distancia entre los más necesitados y los
más favorecidos, se amplía y se ahonda. Mientras que la
sensibilidad social de los grupos más conservadores tiende a reducirse
drásticamente. Todo lo cual no puede figurar, por supuesto, en
la columna contable del haber de la nueva derecha.
La fe
religiosa y la derecha política —igual que la izquierda— no
se mueven en el mismo plano. La política es terrena
y de suyo opinable; la fe es trascendente y confiere
certezas. La Iglesia no está comprometida con ningún sector ideológico
determinado y los católicos, dentro de la ética ciudadana, gozan
de la más plena libertad política. De ahí que estén
de más los intentos de mezclar las cosas, confundirlas, o
intercambiar acusaciones. Pero la persona humana que cree y que
convive es unitaria. Casi todo se le puede perdonar, pero
no la incoherencia.
[*]
El autor de este artículo -publicado en Alfa y
Omega- es catedrático de Metafísica de la Universidad de Navarra.
De entre sus numerosas publicaciones de pensamiento filosófico y social
destaca su reciente libro Humanismo cívico, una indiscutible aportación a
la propuesta sobre el pensamiento político contemporáneo desde la más
pura tradición humanista y cristiana
Imagen: Rufino Tamayo, "Hombre
contemplando"
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