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Política y cultura | tema
Autor: Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net
Poder y valores
No vale la pena vivir si se pierden los motivos de la vida
 
Poder y valores
Poder y valores
En buena política, el poder no es un fin, sino un medio. Llegar a un cargo público y trabajar por conservarlo a cualquier precio es no haber entendido el sentido auténtico, profundo, de la política.

Algunos, sin embargo, no han descubierto o no quieren descubrir esta verdad básica. Piensan y organizan sus declaraciones, sus decisiones, su imagen, en clave de popularidad, de aplausos, de éxito inmediato. Miran continuamente las encuestas, los editoriales de los periódicos más leídos, el número de minutos que han sido oídos o vistos en radio y televisión. El éxito que buscan es sencillo, lineal, casi lógico: conservar el poder, aunque no se sepa exactamente para qué quieren seguir en el gobierno o en el parlamento, aunque no haya un programa claro ni unos proyectos realmente constructivos.

Ante esta desorientación de la política hay que responder con la sencilla verdad del poeta: no vale la pena vivir si se pierden los motivos de la vida. Traducido a la política: no vale la pena controlar el poder si uno traiciona sus principios, si perjudica la economía, si permite o fomenta la corrupción, si cierra los ojos ante el dolor de los más desprotegidos: los ancianos que mueren abandonados, los niños que no nacerán por culpa del aborto, los pobres desprotegidos de todo apoyo social.

Conservar el poder a base de mantener situaciones de injusticia es impedir el verdadero progreso de ese pueblo, de esa nación, a la que debería servir todo político que viva según lo que su nombre indica.

Hoy la política y los políticos necesitan un baño de valores, un cursillo intensivo de ética. Harían falta mil Sócrates que se paseasen por el mundo, que entrasen en el Palacio de Cristal de la ONU y en los parlamentos y gobiernos nacionales y regionales de todo el planeta. Nuevos Sócrates que se pusiesen delante de cada alcalde, de cada diputado, de cada gobernador de estado o ministro de gobierno, para preguntarles si saben qué es la justicia, qué es la verdad, qué es el bien. Para que les ayudasen a abrir los ojos ante la realidad profunda del hombre, un ser de carne y hueso, que sufre el hambre y el frío, pero también un ser con alma espiritual, que quiere conocer, que necesita amar, que no terminará cuando encierren su cuerpo en un ataúd frío.

Muchos políticos necesitan romper miedos y empezar a pensar no en votos, sino en principios. No según la lógica del poder, sino según el sentido de la justicia. No según las encuestas, sino según lo que les hace grandes ante Dios, ante su conciencia y ante los ciudadanos. Así se darán cuenta de que algunos de sus actos les empequeñecen porque buscan solamente mantener calientes unos asientos privilegiados de gobierno, y recibir un salario más que suficiente para sus sueños de lo inmediato, de lo que termina y pasa, mientras dejan a sus pueblos abandonados a su destino.

Muchos políticos necesitan aprender a “perder” en la lógica del interés, a vivir en un sano riesgo de ser perseguidos por grupos de poder que tal vez pagan a asesinos a sueldo para acabar con cualquier opositor que hable claro y que defienda la justicia y los valores, o que se dedican a una sutil y constante crítica a través de algunos medios de comunicación (esperamos que pocos, pues existen, hay que decirlo, periodistas honestos y sinceros).

No importa el “fracaso” en el mundo de la corrupción si se triunfa en el mundo de la honestidad. Aunque tal vez llega la hora de decir que ser honesto no es sinónimo de fracasar. El fracaso verdadero inicia cuando hemos dejado de vivir según el bien, según la paz y el bienestar que esperan nuestros ciudadanos. El fracaso inicia cuando permitimos leyes que persiguen a los que son de raza distinta, o cuando dejamos abandonados a su suerte a millones de hombres y mujeres que buscan un poco de pan y un trabajo digno y pagado según justicia, cuando promovemos guerras sin pensar en los miles y miles de personas que sufrirán lo indecible por culpa de la violencia bélica.

La política puede regenerarse. Tal vez desde abajo, con ciudadanos que no tengan miedo al voto “inútil”, a dar su sí a candidatos honestos aunque tengan pocas posibilidades de vencer. Si nadie empieza, si nos resignamos a la situación actual, seguirá habiendo políticos agarrados al poder, sin escrúpulos a la hora de violar los derechos de sus ciudadanos para permanecer un poco más de tiempo en un cargo público.

Hoy podemos escribir una nueva historia. Desde arriba, con políticos honrados, y desde abajo, con hombres y mujeres decididos a cambiar las cosas. Aunque los resultados no se vean ahora, aunque tal vez alguno muera, como un mártir, para el inicio de un mundo más humano y más honesto.

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