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Autor: Germán Sánchez Griese | Fuente: Catholic.net ¿Es pecado el cibersexo?
Vivimos en una sociedad que se dice ha derribado los tabúes del sexo
Hace unos meses mi esposo comenzó a pasar
mucho tiempo frente a la computadora, a altas horas de
la noche y en la madrugada, diciéndome que tenía que
"buscar información". Hace unos días entré inesperadamente al cuarto y
lo sorprendí mirando escenas eróticas... Me dijo que era pura
curiosidad. Cuando me fijé mejor en lo que estaba viendo,
me dieron náuseas, pues se trataba de una mujer "virtual"
a la que él podía acariciar "virtualmente" y concederle todos
los deseos eróticos más desenfrenados. Él se sintió avergonzado y
me prometió que no lo haría más. Yo le creí,
pues siempre ha sido un hombre respetable, pero me sentí
muy herida, como si realmente me hubiera engañado con otra
mujer. Mi pregunta es ¿Se puede considerar el cibersexo como
una nueva forma de adulterio?
Erotismo virtual ¿liberados u obsesionados?
Al igual
que su esposo, muchos se inician en el cibersexo por
curiosidad. A fin de no ser descubiertos, se conectan muy
entrada la noche o de madrugada. Si los sorprenden, por
lo general se disculpan con mentiras.
Desgraciadamente, cualquier persona que
use internet se enfrenta al problema de la pornografía o
erotismo virtual: tarjetas con imágenes y escenas obscenas, sitios en
donde se explota el cuerpo de la mujer o del
hombre, invitaciones para tener charlas eróticas “en tiempo real”, y
para los más avanzados, tecnológicamente hablando, videos, cámaras de televisión
privadas y aparatos que invitan a experimentar sensaciones similares a
las de una relación sexual.
Pero, respondiendo a su pregunta, el
adulterio se comete cuando un hombre y una mujer, de
los cuales, al menos uno está casado, establecen una relación
sexual, aunque sea ocasional.
El adulterio es ya una falta grave
desde el momento mismo en que se desee deliberadamente. Ya
hay adulterio cuando hay infidelidad de corazón: cuando se pone
a alguien por encima del propio consorte. Tal es el
sentido de las palabras de Nuestro Señor: «Quien mira a
una mujer con deseos deshonestos, ya ha cometido adulterio en
su corazón».
Como pecado externo es uno de esos crímenes enormes
que ya entre los judíos y los paganos era castigado
con la pena de muerte.
Las personas casadas deben ser de
una prudencia extrema en este punto y cerrar cuidadosamente la
puerta de su corazón al menor síntoma de un afecto
desordenado naciente hacia una tercera persona, aunque la relación con
ella sea sólo a través de internet.
Los antiguos amores de
la juventud, los actuales amigos de la familia, los subordinados,
los superiores, los compañeros de trabajo, pueden constituir un verdadero
peligro para la virtud de los esposos.
Aunque en el caso
del sexo virtual no se da una relación sexual “real”,
sino una simulación de dicha relación... por más “reales” que
sean los efectos logrados, la infidelidad de la mente y
del corazón sí se dan, pues se está deseando el
cuerpo de una mujer que no es la propia y
se está dañando el amor conyugal de igual manera que
si la relación fuera real.
Si bien es cierto que algunos
aspectos o manifestaciones del sexo virtual o cibersexo no se
refieren a la exhibición de material pornográfico, al estar buscando
mediante estímulos el placer sexual o al imitar “virtualmente” los
actos de una relación sexual, se está cayendo en la
masturbación, o en la pornografía, o en ambos.
La pornografía en
cualquiera de sus variantes rebaja la dignidad de la persona
humana, convirtiéndola en un objeto de uso para satisfacer las
necesidades de otra persona.
Como en su caso, la afición
al sexo virtual puede desembocar en graves problemas personales y
familiares. En algunas ocasiones se llegan a generar dificultades que
impiden luego disfrutar las relaciones normales con su cónyuge, pues
la persona deja de cultivar una cálida relación de amor
e intimidad para buscar solamente la satisfacción de sus deseos
sexuales.
La persona casada que se entretiene con el cibersexo
puede empezar a ver a su esposo/a como un mero
objeto, alguien destinado exclusivamente a complacerle a él, actitud que
dista mucho de los planes de Dios para el matrimonio.
Vivimos
en una sociedad que se dice ha derribado los tabúes
del sexo; sin embargo parece vivir de tal forma obsesionada
por el sexo que no puede presentar una película sin
una escena inconveniente, un spot televisivo sin hacer referencia a
alguna connotación sexual.
¿Liberados u obsesionados?
Ya lo decía Paulo
VI en su encíclica Humanae vitae: “Todo lo que en
los medios modernos de comunicación social conduce a la excitación
de los sentidos, al desenfreno de las costumbres, como cualquier
forma de pornografía y de espectáculos licenciosos, debe suscitar la
franca y unánime reacción de todas las personas, solícitas del
progreso de la civilización y de la defensa de los
supremos bienes del espíritu humano.
En vano se trataría de
buscar justificación a estas depravaciones con el pretexto de exigencias
artísticas o científicas, o aduciendo como argumentos la libertad concedida
en este campo por las Autoridades Públicas”. (HV. 22)
No podemos
tragarnos el anzuelo y pretender que todo puede permitirse en
detrimento de los valores espirituales, sólo por qué está permitido
por las autoridades.
Desgraciadamente debemos recordar que en cuestión de internet
muy poco está escrito. Los católicos debemos alzar la voz,
tomar cartas en el asunto y hacer algo al respecto
a escala mundial. Te dejo como reflexión unas palabras
de Paulo VI en su exhortación post-sinodal Evangelii nuntiandi. ¿Estás
dispuesto a ponerlas en práctica?
“¿Por qué únicamente la mentira y
el error, la degradación y la pornografía han de tener
derecho a ser propuestas y, por desgracia, incluso impuestas con
frecuencia por una propaganda destructiva difundida mediante los medios de
comunicación social, por la tolerancia legal, por el miedo de
los buenos y la audacia de los malos?” (EN. 80).
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