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Autor: Guillermo Juan Morado | Fuente: Catholic.net ¿Todas las religiones son iguales?
El cristianismo, una verdad que es Don de Dios a su pueblo
¿Todas las religiones son iguales?
¿Son iguales todas las religiones? ¿Tienen el mismo valor en
orden a la salvación? ¿Es indiferente ser católico, musulmán o
budista? Interrogantes de este tipo se formulan en el momento
presente, en un contexto marcado por el pluralismo y por
una cultura democrática para la que, en principio, las distintas
opciones - en el terreno político, cultural y también religioso
- gozan de idénticos derechos.
En este marco, el Cristianismo avanza
una pretensión escandalosa. Aún reconociendo la posibilidad de manifestación de
Dios en otras religiones, considera que lo que de verdadero
hay en ellas constituye una preparación para el Evangelio; las
ve como una especie de "Antiguo Testamento", apuntando a un
cumplimiento último que sólo se da en Jesucristo, Salvador único
y definitivo. El cristianismo pretende ser la religión verdadera, la
"revelatio revelata", el camino de salvación por antonomasia. ¿Es una
pretensión exagerada? ¿Debería la Iglesia silenciarla y contentarse con proponer
un mensaje más, equivalente a otros?
No debemos extrañarnos de que
esta propuesta resulte provocativa e incluso insoportable. La fe cristiana,
al confesar el carácter concreto e histórico de la salvación,
constituye un desafío permanente para la razón y un reto
para la mentalidad relativista, proclive a ver en Cristo y
en la Iglesia solamente una expresión más de la vivencia
religiosa de la humanidad.
La razón moderna, al menos desde la
Ilustración, se ha escandalizado de la reivindicación cristiana de constituir
la verdad definitiva en materia de religión. Erigida en norma
suprema, la razón moderna sólo puede admitir, a lo sumo,
una religión universal, válida para todos, que se mantenga, kantianamente,
"dentro de los límites de la mera razón".
La crisis
posmoderna de la razón sustituye la pretensión de verdad universal
por el ideal regulativo del consenso democrático. La verdad no
precede al consenso; es fruto de él. No es algo
que se descubre; es el resultado de un acuerdo. El
relativismo es presupuesto necesario de esta comprensión del diálogo: puesto
que la verdad resultante es fruto del pacto, nadie puede
pretender, antes del mismo, que su verdad sea más válida
que la de los otros.
El anuncio cristiano se presenta ante
el mundo moderno y posmoderno como un desafío: no predica
una verdad universal que sea fruto de la razón humana,
sino una verdad concreta e histórica; no predica una verdad
que sea el resultado de un acuerdo humano, sino una
verdad que es Don de Dios a su pueblo.
El cristianismo
anuncia a Jesucristo, el Logos divino encarnado. Su universalidad no
es una propiedad que los cristianos puedan atribuirle orgullosamente. La
suya es la universalidad de Dios; la concreta universalidad del
Dios único que, libremente, ha querido entrar en la historia
humana, otorgándole así a una pequeña porción del espacio y
del tiempo un valor y un significado único, universal y
absoluto.
Por la Encarnación, el Todo se da en el
fragmento, lo divino en la humanidad del Redentor, la verdad
absoluta en la contingencia histórica del Dominus Iesus, de Jesús
de Nazaret, el Señor.
Es la paradoja cristiana; la paradoja de
la Encarnación: de un Dios que escandaliza no tanto por
su lejanía como por su novedosa e inesperada proximidad. Una
proximidad tan inaudita que capacita a un grupo de hombres
para ser, en medio de la sociedad y de la
historia, portavoces de Dios, oráculos de su palabra, instrumentos de
su salvación.
En la Encarnación, se juega el ser o
no ser del cristianismo, el ser o no ser de
la Iglesia. Éste es, por antonomasia, el artículo stantis aut
cadentis Ecclesiae.
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