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En la historia de la humanidad ningún otro cumpleaños congrega a tantas familias en torno
Reflexión prenavideña
De unos años para acá la Navidad empieza a ser
fuente de contrastes hasta hace poco desconocidos. Si bien no
ha perdido hasta el momento aquel cariz entrañable de las
posadas, las reuniones familiares, el compartir con los amigos, poner
el Belén, los villancicos, los buñuelos, el ponche y los
aguinaldos, es inevitable aludir al ardid abiertamente buscado por algunos
para sofocarla, extinguirla y enterrarla.
Ya ni siquiera es necesario esperar
a que sea el 24 de diciembre, basta con que
empiece el mes para dar salida a las más variadas
ocurrencias con ese fin manifiestamente buscado de erradicar esta fiesta
dos veces milenaria. Así, algunos grupos amparados en la libertad
de expresión y en la igualdad de todos los ciudadanos
han venido a entender mal la libertad y colocarse por
encima de sus iguales aplastándoles el sentir común. Que hay
que respetar al 2% del alumnado de una escuela pública
que es de otra confesión religiosa es justo y entendible,
pero que por ese porcentaje se coarte la posibilidad de
que el 98% restante celebre el nacimiento de aquel por
quien tiene sentido la religión que profesan, no se vale.
Y es que no es sólo cuestión de fe, si
bien es lo primero y más importante. También es cuestión
de tradición, preservación de valores y costumbres que son los
que configuran a un pueblo.
En España se celebra la Navidad
de modo diferente que en Uruguay, Brasil, Puerto Rico o
Filipinas, pero tanto en esos lugares como en muchos otros
el centro que configura y da sentido a las celebraciones
es el mismo. Las manifestaciones externas son diferentes en parte
por el clima, el carácter más o menos generalizado del
pueblo, el lenguaje de los distintos puntos geográficos: pero todas
son parte importante que conforman la identidad cultural. En la
historia de la humanidad ningún otro cumpleaños congrega a tantas
familias en torno.
Es justo y admirable el modo como
se protegen a las reducidas agrupaciones humanas descendientes de grandes
y pequeñas civilizaciones antiguas. Los Estados aportan recursos económicos con
el fin de proporcionar educación (libros y magisterio incluidos) en
sus lenguas nativas; fomentan la permanencia de los jefes de
familia mediante subvenciones para el desarrollo de la agricultura, ganadería
u otros oficios artesanales que les han caracterizado: potencian, en
suma, la pequeña industria. A través de los ministerios de
cultura se hacen grandes inversiones para nutrir, agrandar y proteger
museos y zonas arqueológicas donde encontramos aquellos grandes monumentos arquitectónicos,
obras escultóricas y pictóricas. Les valoramos porque forman parte de
la historia de cada país, porque son parte de su
conciencia.
¿Por qué si se protege, con la intencionalidad que
se ha dejado ver, a estas pequeñas comunidades, no se
trata de preservar desde ahora la cultura de los valores
cristianos que profesan los ciudadanos de modo mayoritario en manifestaciones
concretas y de alto valor para la vida de estos
como la Navidad? Si es justo velar por quienes nos
recuerdan el pasado, por qué no tratar de mirar a
la preservación de nuestro presente de cara al futuro.
La
conservación de las costumbres, valores y tradiciones válidas, fundadas en
la Verdad, y tan ampliamente extendidas en nuestro hoy serán
la heredad que vivirán en su momento las generaciones futuras.
De la autenticidad y pureza con que les sean transmitidas
dependerá el vigor y preservación con que serán cuidadas; y
esta es una tarea de todos: de cada individuo y
también de los Estados que históricamente han comulgado con ellas
pues son parte medular de su memoria histórica y negarlos
sería una miopía dramática que clamaría intervención quirúrgica urgente.
Es verdad
que lo que sucede en Europa, donde los insultos, omisiones
y acarreos contra todo lo que diga cristianismo se suceden
todas las semanas del año y más generosamente en las
jornadas prenavideñas, no se da con la misma intensidad en
los países latinoamericanos donde estas tradiciones aún no son objeto
de tanta saña y sí fomentan todavía el respeto más
o menos generalizado. Pero todo es empezar.
Nadie creería que
la plaga del aborto, eutanasia y peticiones de reconocimiento legal
por parte de personas del mismo sexo tuviese la más
mínima acogida en el mundo latino hasta hace pocos años.
Una mirada rápida a las legislaciones vigentes de naciones latinoamericanas
nos regala un variopinto de aplicaciones, intensiones resueltas e iniciativas
de ley que no distan mucho del panorama europeo. Tampoco
seamos alarmistas. El compromiso de católicos convencidos de su fe
ha logrado que decisiones o intentos de imposición arbitraria contra
la vida y la familia se hayan detenido o simplemente
no hayan procedido tanto en Europa como en América.
El
periodo en que nos ha introducido el adviento es una
llamada en primera persona a revalorar el significado de la
Navidad de cara a todos aquellos que por particulares y
mezquinos intereses buscan liquidarla. Esto se logrará en la medida
en que seamos concientes del significado de este periodo; se
alcanzará en tanto cuanto no nos sintamos avergonzados de nuestra
condición de creyentes. Hoy tiene vigencia poner el nacimiento, mandar
felicitaciones, cantar con voz fuerte los villancicos y decir
con claridad “¡Feliz navidad!” sin temor a ofender a nadie.
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