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Fe y Religión | tema
Autor: Jesús de las Heras Muela | Fuente: www.revistaecclesia.info
Fisonomía de la esperanza verdadera
La esperanza cristiana se basa en el amor de Dios y se demuestra en el amor al prójimo
 
Fisonomía de la esperanza verdadera
Fisonomía de la esperanza verdadera
Benedicto XVI publica su segunda encíclica, "Spe Salvi", en la que muestra la fisonomía de la esperanza verdadera.

"El hombre necesita a Dios, de lo contrario se queda sin esperanza". "Esta gran esperanza solo puede ser Dios, que abraza el universo y que nos puede proponer y dar lo que nosotros por sí solos no podemos alcanzar"."Dios es el fundamento de la esperanza, pero no cualquier Dios, sino el Dios que tiene rostro humano y que nos ha amado hasta el extremo, a cada uno en particular y a la humanidad en su conjunto". "Llegar a conocer a Dios, al Dios verdadero, eso es lo que significa recibir esperanza". "La puerta oscura del tiempo, del futuro, ha sido abierta de par en par. Quien tiene esperanza vive de otra manera: se le hado una vida nueva". "El cielo no está vacío. La vida no es el simple producto de las leyes y de la casualidad de la materia, sino que en todo, y al mismo tiempo por encima de todo, hay una voluntad personal, hay un Espíritu que en Jesús se ha relevado como Amor".

Sirvan estas frases literales -hermosas, rotundas, luminosas, clarificadoras- de la segunda encíclica de Benedicto XVI "Spe Salvi" para ofrecer su primera y gran carta de presentación, la síntesis de un bello, precioso y preciso documento papal, típica y nítidamente "ratgingeriano". "Spe salvi" es un canto a las esencias del cristianismo, escrito desde un conocimiento profundo, interdisciplinar y dialógico de la Sagrada Escritura, de la Patrística, de la Teología y de la Filosofía. "Spe salvi" es una radical profesión de fe en el Dios de Jesucristo y en la verdad del cristianismo. "Spe salvi" es acertado recorrido por la historia de la teología, de la filosofía y del pensamiento, trazado por un sabio, por un intelectual de primer orden, por un profesor magnífico que nada más exponer y basar la tesis él mismo se formula las preguntas que pueden latir en la mente de su interlocutor. "Spe salvi" responde, de este modo, a los interrogantes más decisivos del corazón del hombre: somos salvados en la esperanza. En la esperanza en el Dios vivo y verdadero, revelado y encarnado en Jesucristo.


Breve presentación de la encíclica

"Spe salvi" es un texto de extensión idéntica a "Deus caritas est", la primera encíclica de Benedicto XVI publicada en enero de 2006. En la edición oficial de la Tipografía Vaticana ocupa 80 páginas. El texto se estructura en ocho capítulos o apartados, más una breve introducción previa. Los ocho epígrafes de la encíclica son los siguientes: "La fe es esperanza", "El concepto de esperanza en la fe del Nuevo Testamento y en la Iglesia primitiva", "La vida eterna: ¿qué es?", ¿Es individualista la esperanza cristiana?", "La transformación de la fe-esperanza en el tiempo moderno?", "La verdadera fisonomía de la esperanza cristiana", "Lugares de aprendizaje y del ejercicio de la esperanza" y "María, estrella de la esperanza".

Excepto en algunos pasajes de mayor densidad, la encíclica es accesible para todos los públicos. Especialmente práctico -como después se recordará- puede resultar el capítulo o apartado séptimo: "Lugares de aprendizaje y del ejercicio de la esperanza", que viene subdividido en tres partes: La oración como escuela de la esperanza, El actuar y el sufrir como lugares de aprendizaje y el Juicio.

A lo largo de la encíclica, Benedicto XVI alude a pasajes evangélicos y neotestamentarios, a autores cristianos como San Agustín, San Ambrosio, San Bernardo, San Francisco de Asís, Henri de Lubac y a pensadores y filósofos como Bacon, Kant, Engels, Marx, Adorno...


Respuestas parciales

La humanidad de todos los tiempos ha buscado y sigue buscando una esperanza donde apoyarse. Y ésta no es la esperanza que puedan brindar ningún mesianismo político y temporal, ninguna revolución social. No es la esperanza epicúrea y escéptica del paganismo imperante cuando irrumpió el cristianismo. No es la esperanza que ensalza y "endiosa" a la ciencia ilimitada, a la razón autosuficiente, al progreso inacabable. No es la esperanza en el triunfo de la lucha de clases y en el cambio revolucionario de las estructuras, basadas en el materialismo nihilista, ateo y economicista, propugnado por el marxismo y el comunismo. No es la esperanza en una libertad omnímoda, egoísta y sin cortapisas. "El hombre -afirma Benedicto XVI- nunca puede ser redimido solamente desde el exterior".

Así pues, no son por sí mismas y exclusivamente ni ciencia, ni la razón, ni la libertad, ni el progreso, ni el bienestar económico, ni la misma justicia social quienes redimen al hombre. "El hombre es el redimido por el amor". Por un amor incondicionado y total: el amor revelado, encarnado, crucificado y resucitado de Jesucristo.

Y saber y experimentar esta certeza es la gran y única esperanza. Lo contrario -como subraya Benedicto XVI al hilo de una cita del filósofo Kant- avoca a una final de todas las cosas distinto, contrario a la naturaleza, perverso. Y es que "es verdad -señala el Papa- que quien no conoce a Dios, aunque tenga múltiples esperanzas, en el fondo está sin esperanza, sin la gran esperanza que sostiene toda la vida. La verdadera, la gran esperanza del hombre que resiste a pesar de todas las desilusiones, solo puede ser de Dios, el Dios que ha amado y que nos sigue amando hasta el extremo, hasta el total cumplimiento".


La esperanza en este gran amor que nos espera

Con esta gozosa perspectiva y con estos argumentos, Benedicto XVI ha trazado su segunda encíclica, que augura -tras la primera dedicada a la caridad- su continuidad en una tercera sobre la fe. Fe, esperanza y caridad son no solo las tres virtudes teologales y capitales del cristianismo, sino su misma identidad y su genuina oferta de salvación al hombre de todos los tiempos.

En "Spe Salvi" encontramos además cualificados y bien aleccionadores testigos de esta verdad, de la verdad de que solo somos salvados en esperanza. Cinco de ellos -Josefina Bakhita, Agustín de Hipona, cardenal Van Thuan, el mártir vietnamita Pablo Le Bao Thin y María de Nazaret- emergen con especial luz, fuerza y belleza a lo largo de la encíclica, una encíclica que cobra especial intensidad, vibración e interpelación pastoral en el capítulo titulado "Lugares de aprendizaje y del ejercicio de la esperanza". Allí, en los números 41 al 48, comprobaremos una vez más la grandeza y el equilibro de la propuesta cristiana y cómo son plasmados magistralmente por Benedicto XVI al hablar de la oración, del actuar y del sufrir y del Juicio como esos "lugares" para aprender y para vivir la esperanza, la verdadera esperanza, la esperanza que nos salva y que no defrauda.


El Papa explica su encíclica

Dos días después de su publicación- 30 de noviembre, vísperas del Adviento-, el Papa Benedicto XVI aprovecho el rezo dominical del Angelus del 2 de diciembre para explicar su encíclica. Estas son sus palabras:

"Este domingo es, por lo tanto, un día tanto más indicado para ofrecer a la Iglesia entera y a todos los hombres de buena voluntad mi segunda encíclica, que he querido dedicar precisamente al tema de la esperanza cristiana. Se titula "Spe salvi", porque se abre con la expresión de San Pablo: "Spe salvi facti sumus – En esperanza fuimos salvados” (Rm 8,24). En este, como en otros pasajes del Nuevo Testamento, la palabra “esperanza" está estrechamente ligada con la palabra "fe". Es un don que cambia la vida de quien la recibe, como demuestra la experiencia de tantos santos y santas. ¿En qué consiste esta esperanza, tan grande y tan "fiable" para decir que en ella tenemos la "salvación"? Consiste en sustancia en el conocimiento de Dios, en el descubrimiento de su corazón de Padre bueno y misericordioso. Jesús, con su muerte en cruz y con su resurrección, nos ha revelado su rostro, el rostro de un Dios tan grande en el amor de comunicarnos una esperanza indestructible, que ni siquiera la muerte puede frustrar, porque la vida de quien se confía en este Padre se abre a la perspectiva de la eterna bienaventuranza.

El desarrollo de la ciencia moderna ha confinado siempre la fe y la esperanza a la esfera privada e individual, tal y como hoy aparece de modo evidente y hasta dramático, que el hombre y el mundo tienen necesidad de Dios –¡del Dios verdadero!– pues, de lo contrario, quedan privados de esperanza. La ciencia contribuye mucho al bien de la humanidad –sin duda -, pero no hasta tal punto de redimirla. El hombre es redimido por el amor, que hace bella y buena la vida personal y social. Por esto la gran esperanza, la plena y definitiva, está garantizada por Dios, por el Dios que es amor que en Cristo nos ha visitado y nos ha dado la vida y que volverá al final de los tiempos. ¡Es a Cristo a quien esperamos es en El en quien confiamos! Con María, su Madre, la Iglesia va al encuentro de su Esposo: lo hace con las obras de caridad, porque la esperanza como fe, se demuestra con el amor".


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