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Autor: Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net La presencia del mal
El mal parece levantar mil banderas de victoria, pero son banderas efímeras y engañosas
La presencia del mal
El padre abad estaba agotado. Acababa de terminar unas misiones
populares: horas y horas de visitas a los hogares de
la gente, de confesiones, de misas, de conferencias, de
oración.
Pocas veces había tocado tan de cerca el pecado y
el mal. Familias rotas, esposos infieles. Adolescentes y jóvenes “quemados”
por el trío que forman droga, alcohol y sexo. Ancianos
abandonados y tristes, dolidos por la ausencia de los hijos
y por el avance imparable de enfermedades destructoras. Pobres sumergidos
en su miseria. Mujeres humilladas y maltratadas por esposos prepotentes.
Al
acostarse, el peso del cansancio selló sus ojos. Luego, en
lo más profundo de la noche, empezó a soñar.
Veía a
un diablo veterano, lleno de odio y vanidad, acercarse a
un crucifijo. El diablo llegaba ufano, como quien ha logrado
grandes victorias, como quien se siente satisfecho por su obra.
Empezó a hablar con arrogancia:
“Nazareno: sigues clavado en una cruz.
Tu derrota es cada vez más evidente. ¿No te rindes
ante un mundo que te da las espaldas? ¿No sientes
el dolor por tu sangre derramada inútilmente?
La victoria entre los
hombres está en mis manos. Mira cómo tengo embobados a
millones de adolescentes y jóvenes. Observa de qué manera inician
a vivir borrachos de placeres y obsesionados por músicas estrambóticas.
Acogen
cadenas de caprichos mientras sueñan con ser libres. Como si
no supieran que el placer obsesiona, que sus rebeldías los
esclavizan, que su presunta autonomía no es más que un
sometimiento a las pasiones más bajas de la soberbia y
la lujuria.
Observa a los adultos, que ya no quieren ni
se atreven a educar a sus hijos. ¿Cómo pueden los
padres pedir a sus hijos rectitud, pureza, altruismo, si ellos
mismos ya no creen en los valores del espíritu? ¿Cómo
van a enseñarles que el dinero no es todo si
están obsesionados por los números de las cuentas bancarias? ¿Cómo
van a mostrar la belleza del amor si llevan, en
sus conciencias, el drama de egoísmos atroces, de uno o
varios abortos, de trampas en la empresa, de mentiras y
calumnias despiadadas, de infidelidades, de divorcios?
Observa a los que piensan
que son “tuyos”, a los consagrados. Poco a poco han
caído en mis manos. Cientos de sacerdotes, de religiosos y
de religiosas, están más preocupados en la programación neurolingüística, el
eneagrama, el Reiki, la meditación transcendental o el budismo zen
que en el Evangelio. Han dejado atrás las páginas de
la Biblia para leer las obras de Marx, Freud, Nietzsche,
Kafka, Buda o Gandhi. Han abandonado los hábitos para vestir
como el mundo, para vivir como el mundo, para buscar
caminos de maduración y autorrealización lejos de la cruz y
lejos del amor que Tú, Galileo, quisiste sembrar entre los
hombres. Están más preocupados por su “estabilidad psicológica” que por
transmitir tu mensaje de misericordia a los hombres. Viven encerrados
en mundos pequeños donde la envidia, la crítica o la
desesperanza son el alimento cotidiano de sus espíritus empobrecidos.
Observa a
los políticos y a los intelectuales. No hacen más que
promover mi programa: libertad para el aborto, libertad para el
sexo, libertad para la diversión, libertad para la droga, libertad
para la eutanasia. Imponen poco a poco, hasta los últimos
rincones del planeta, la cultura de la tristeza y de
la muerte, donde el aborto sea algo trivial e “higiénicamente
correcto”, donde el suicidio y la eutanasia se disparan hasta
llegar a ser el paso absurdo de quienes se olvidan
de Ti y vienen a ponerse entre mis garras diabólicas...”
El
Crucificado guardaba silencio. Un sudor denso, sangriento, caía por su
Cuerpo flagelado. Pero en sus ojos había un fulgor extraño,
una confianza intensa, una señal de esperanza. El diablo estaba
inquieto: no podía resistir ante esos ojos del Nazareno, no
comprendía por qué Jesús no reconocía una derrota que parecía
irremediable, no aceptaba que pudiera surgir algo nuevo y noble
entre los hombres.
El padre abad despertó. Sentía en su alma
una extraña mezcla de pena y de sosiego. Había palpado,
durante las misiones, la presencia del mal en tantos bautizados.
Pero también recordaba a aquel borracho que había prometido dejar
el vicio. A aquella esposa que perdonaba y amaba a
su marido traicionero. A aquel enfermo que sonreía cada vez
que miraba al Crucificado que estaba junto a su lecho
de dolores y esperanzas.
Es cierto: el mal parece levantar mil
banderas de victoria. Pero son banderas efímeras y engañosas. Mientras,
en silencio, la Sangre de Cristo entra en corazones heridos,
lava penas profundas, perdona pecados y enciende amores.
La última palabra
de la historia será la del perdón y la alegría:
la Cruz vence, la tumba queda vacía, la paz y
la esperanza guían los pasos de las almas que se
hacen sencillas como pequeñuelos. Mientras, Cristo el Nazareno nos susurra
con cariño: “No estoy muerto: vivo para ti, corazón humano,
corazón herido, corazón inquieto, corazón muy amado por mi Padre
que también es Padre tuyo...”
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