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Autor: Enrique Monasterio | Fuente: Fluvium.org Niños y animalitos
Hay que mirar a los niños como Dios mismo los mira
Niños y animalitos
Leo en el periódico que, en un reciente proceso de
divorcio, el juez ha concedido a la esposa la custodia
de los perros de la familia, y al marido, el
derecho a visitarlos cada quince días para sacarlos a pasear
por el parque.
No teman mis sufridos lectores. No voy a burlarme del
amor a los animales, que, como todo el mundo sabe,
es signo inequívoco de cultura y sensibilidad. A mí también
me gustan los pájaros, y tal vez cuando sea viejo
pueda tener un animal de compañía –un centollo por ejemplo–
con el que compartir las largas veladas de invierno.
Sin embargo me inquieta
esa progresiva identificación animalito/niño, que empieza a alcanzar cotas grotescas
en los civilizados cerebros del bastantes contribuyentes.
Pase que algunas ancianitas solitarias llamen
mi pichurrín a su gato y le besen en el
hociquito todas las noches antes de acostarse. Pase que otras,
o las mismas, dejen al minino herencias de millones de
libras esterlinas y que obliguen a un albacea de la
especie humana a rendir cuentas al afortunado felino. Pase que,
en determinados países, se publiquen enternecedoras esquelas cuando fallece el
perro, el loro o el pez espada de la familia,
dejando un vacío irreparable en el hogar. Pero, por favor,
que no me metan a los jueces en esto. Bastantes
problemas tiene ya la Audiencia Nacional.
Ocurre además que, a medida que
los animalitos se nos van convirtiendo en personitas, da la
impresión de que hay quien empieza a tratar a los
niños como a entrañables animales domésticos. Es lógico: el acercamiento
entre las especies es recíproco. De tanto mimar bichos, uno
ya ni distingue. Y nace el niño de compañía, el
bebé gatito, el pichurrín humano, que disfruta de todos los
privilegios de sus compañeros irracionales: campa a sus anchas como
un pez tropical, es objeto de mil caricias como si
de un gato persa se tratara, y engorda como una
foquita monje.
Me
encantaría estar completamente equivocado, pero temo que cada día hay
más padres que piensan en sus hijos, más como objetos
de disfrute que como personas.
Ahora que tanto se habla
–y con razón– de los niños maltratados, no olvidemos que
hay formas de maltrato más sutiles que las palizas convencionales,
pero igualmente perniciosas para el cuerpo y el espíritu. ¿Hay
peor atropello, por ejemplo, que tratar a un niño como
a un animalito de compañía?
Valga como síntoma esa peligrosa manía posmoderna de
dividir a los bebés en deseados y no deseados. La
terminología, que algunos aceptan como inocua, es simplemente estúpida; pero
debajo hay algo más macabro. Los niños no son cachivaches
de adorno ni de consumo; tampoco son ratones colorados. Por
tanto, no se les desea, se les ama. De ahí
que quienes clasifican en serio a sus hijos de esa
extraña forma, deban ser catalogados como padres indeseables. (Bien sabe
Dios lo que me ha costado escribir esta frase).
Tan peligrosa mentalidad ha
creado un tipo de niño que cabría definir como "bebé
valium". Me refiero a aquellas criaturas que vienen al mundo,
o entran a formar parte de una familia, sólo para
resolver los problemas afectivos o las neurosis de ansiedad de
un miembro de la pareja (suponiendo que de una pareja
se trate). Son los nenes hiperapetecidos, histéricamente necesitados y conseguidos
a cualquier precio.
Todas las patologías son respetables, pero a quien padezca un
síndrome de este tipo hay que recetarle con urgencia una
muñeca repollo o un gato persa. Y que haga experimentos
con gaseosa, no con seres humanos.
Al niño valium los
psicólogos y pedagogos suelen llamarlo "superprotegido". ¿Protegido, de qué? Se
trata de niños realmente secuestrados. Al niño/valium no se le
educa, se le domestica. Se le guarda en un estuche
envuelto en algodones para que no sienta la tentación de
rebelarse. Se le anestesia con la tele para que no
moleste (el niño es buenísimo; no nos da ninguna guerra).
Se le conceden todos los caprichos; se cuida de su
salud hasta convertirlo en un hipocondríaco como papá, y se
le alimenta a la carta como a un gato caprichoso.
El niño/valium, cuando
se convierte en adulto, no se va de casa ni
a rastras. Víctima del síndrome de Estocolmo, suele convertirse en
un egoísta incurable que besa la mano de quien le
alimenta y no se despega de ella ni con agua
caliente.
— ¿No
se estará pasando un poco?
Me temo que sí. Es más, quizá
alguien se me haya enfadado por llevar demasiado lejos la
ironía. Pero es que me falta espacio para matizar. Y
yo debería explicar ahora en tres líneas que hay que
mirar a los niños como Dios mismo los mira, con
amor generoso y despegado. Y enseñarles a sufrir, a luchar,
a vencer, esforzarse, a ser sinceros, a tratar a Dios,
a trabajar, a ser generosos, a pensar…
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