|
¿Podemos conocer la verdad? ¿O todo es relativo y en
definitiva cada uno tiene su verdad? Probablemente una de las
primeras cosas que haga tambalear tu edificio intelectual o tu
fe sea el relativismo, es decir, la concepción que no
admite principios absolutos en el campo del conocer y del
actuar. Normalmente un joven llega a sus estudios con una
serie de principios o verdades que él admite como absolutas,
ya sean convicciones de orden natural o sobrenatural (las verdades
de fe) o verdades de certeza popular; un mal centro
educativo comenzará a bombardear precisamente el valor de tales verdades.
La primera verdad que te robarán es la convicción de
que hay verdad, y que puedes conocer la verdad.
Para el
relativismo cada uno tiene su verdad, cada uno alcanza las
cosas con una visión propia y personal basada en sus
gustos, su educación o sus intereses. No solamente se hace
difícil, para quienes así piensan, lograr comprender adecuadamente lo que
piensan los demás sino que es imposible lograr un acuerdo,
puesto que no habría propiamente hablando una verdad objetiva válida
y obligatoria para todos. Así se empiezan a demoler los
principios religiosos, los criterios morales por los que nos regimos,
y la víctima de este aplastante ataque se sumerge en
una auténtica “depresión intelectual”.
El relativismo es el cáncer fatal que
carcome la cultura contemporánea. Y sin embargo es también la
falacia más grande que puede pasar por la mente humana
y no puede hacerse aceptar a menos de engañarnos por
medio de sutiles sofismas. El relativismo, en el ámbito del
conocimiento, niega la posibilidad de alcanzar verdades universales y objetivas.
En el ámbito moral es la negación de poder llegar
a conocer los valores y bienes objetivos y actuar en
consecuencia (o sea niega que pueda afirmarse que un comportamiento
es malo para todos o que otro es siempre bueno).
En la vida cotidiana caen en este error todos los
que no aceptan verdades absolutas; los que sostienen que “cada
uno tiene su verdad”, los que tachan de “fundamentalismo” a
todos aquellos que mantienen con firmeza la verdad de la
fe. Una de sus consecuencias más notables en nuestro tiempo
es que ha abierto el camino para la New Age,
la religión del relativismo: “El terreno [para la aceptación de
la New Age] ha sido preparado por el desarrollo y
la difusión del relativismo” .
El relativismo adopta varias formas :
1)
El relativismo individualista es el que enseña que lo que
determina la verdad de alguna afirmación es cada individuo, por
tanto, habrá (o podría haber) tantas verdades cuantos hombres. Algo
puede ser verdadero para Juan y no para José, y
ambos tienen razón: “su razón”. En un importante periódico argentino
leí (mayo de 2004) la siguiente afirmación comentando un partido
de futbol: “el partido terminó con un justo empate; aunque
también habría sido justo que ganara o uno o el
otro”. ¡Tres casos de justicia en tres situaciones contradictorias! Sin
embargo no fue el periodista del poco afortunado artículo quien
inventó la barrabasada que se le ocurrió escribir, sino Protágoras
de quien es la tesis de que “el hombre es
la medida de todas las cosas”. Platón lo describe: “como
decía Protágoras al afirmar que el hombre es la medida
de todas las cosas; así, en consecuencia, como a mí
me parece que son las cosas, tales son para mí;
y, como a ti te parecen, tales son para ti”
. De aquí se sigue que no hay una verdad
sino infinitas, es decir: tantas cuantas personas distintas. Es fácil
darse cuenta de que esto está muy divulgado en nuestra
sociedad; nosotros lo escuchamos bajo el título de “punto de
vista”: cada uno tiene sus “puntos” de vista. Y así
tiene más valor la opinión que la verdad. Y no
solamente cada uno tiene su verdad, sino que cada uno
tiene derecho a formarse su verdad aunque se trate de
temas que desconoce en su casi totalidad; por eso a
un deportista se le pregunta su opinión no solamente sobre
su deporte sino sobre cuestiones de moral, sobre el Papa,
la filosofía y la historia; de todos modos el valor
de lo que diga es relativo, sólo valdrá para él.
Desde este punto de vista (el más divulgado tal vez)
el relativismo es el principio de aislamiento más grande entre
los seres humanos: el ostracismo de las inteligencias que quedan
desterradas a los límites de su dueño. Con la aceptación
de la filosofía relativista no puede haber maestros, hay tan
solo orientadores de opinión, o mejor todavía, cada uno ofrece
su opinión por si a alguien le gustaría hacerla suya.
Curiosamente esto vale para todo... menos para los que enseñan
el relativismo, pues su enseñanza de que todo es relativo
y de que no hay verdades objetivas, ¡es lo más
objetivo y universal que pueda afirmarse!, y ¡cuidado con quien
la ponga en duda o sugiera tímidamente lo contrario u
opine que tal vez haya algo que sea absoluto! Inmediatamente
se lo destruye como al más peligroso fanático: el fanático
que piensa que hay una verdad y que se puede
morir por ella. “No hay ninguna verdad objetiva”, ¡esa es
la más objetiva de las verdades!, dice el relativista. A
pesar del absurdo que estarás percibiendo al leer estos renglones,
más habrá de sorprenderte el saber que esto lo afirmó
no un honesto pero rústico panadero sino un filósofo
incensado como padre del relativismo, Augusto Comte, quien ya a
los 19 años escribía: “todo es relativo, he aquí el
único principio absoluto”. ¡Pobre Comte, de viejo decía las mismas
tonterías!
2) El relativismo cultural es el que hace depender la
verdad de la cultura histórica. Fue defendido por Oswald Spengler
en su conocida obra La decadencia de Occidente. Cada cultura
–china, hindú, egipcia, babilónica, greco-romana, árabe, americana, occidental– realiza su
propia valoración de lo real, tiene su modo de comprender
el cosmos, distinta de las demás culturas e irreductible a
cualquiera de ellas. Ninguna cultura puede aspirar a que su
valoración sea absoluta, universalmente válida. No cambia mucho del relativismo
individual solo que es menos radical y en lugar del
individuo coloca como fuente de la verdad-opinión a cada cultura
o pueblo.
3) El relativismo sociológico fue creado y defendido por
Émile Durkheim y hace depender lo que condiciona la verdad
del juicio en los grupos sociales. “El grupo social presiona,
según Durkheim, de modo irresistible e inconsciente sobre sus miembros,
imponiéndoles normas de conducta y criterios de valoración. Esta coacción
no se siente cuando el individuo acepta y cumple con
las normas sociales y, por ello, cae en la ilusión
de creer que es él mismo el que, espontánea y
voluntariamente, se las impone. La fuerza de la presión social
únicamente se pone de manifiesto al infringirse dichas normas... El
individuo recibiría de la sociedad todo su mundo mental; el
mundo ideológico del individuo sería el reflejo de la sociedad
en que vive; lo verdadero y lo falso, lo bueno
y lo malo, lo bello y lo feo, toda la
gama axiológica, serían determinados en cuanto tales por el grupo
social, y el individuo se limitaría a recibirlos pasivamente; se
considera la sociedad como anterior al hombre y a la
persona” . Nuevamente el trasfondo es el mismo, cambia el
factor que determina cuál es la verdad.
4) El relativismo racista
hace depender las verdades de la raza. Esta forma de
relativismo fue defendida por el nazismo en general y de
un modo particular por su teórico Alfred Rosenberg. “Toda manifestación
cultural estaría determinada por la raza, que no hay que
confundir con el grupo social, ya que una misma sociedad
puede de hecho estar integrada por diversas razas. La filosofía,
la ciencia, la moral, la religión, el arte serían la
expresión de la raza, que en ellas plasma su fuerza
vital. La raza sería el principio creador y el elemento
condicionante de toda producción cultural, a la que habrá que
valorar positivamente, si se trata de una raza superior, o
negativamente, en los casos de las razas inferiores. Así, no
habría nunca una verdad única, igual que no hay una
raza única; habría sólo una verdad aria, otra eslava, otra
judía, etc.” .
5) El relativismo político es hoy en día
una de las formas más extendidas en nuestra sociedad; este
relativismo, como su nombre lo indica, hace depender la verdad
de los compromisos políticos, ya sea de los votos de
la mayoría o de los pactos entre los partidos políticos
o de otros modos de lograr el común acuerdo (consenso).
Así si todos estamos de acuerdo en que el aborto
sea legal, el aborto será realmente legal y por tanto
bueno; si todos estamos de acuerdo en permitir la prostitución,
ésta ya no será ni delito ni siquiera pecado; si
la mayoría ha votado que se enseñe un error, eso
dejará de ser un error para ser una verdad. Este
relativismo, metido hasta los huesos en nuestra cultura, produce gravísimos
daños empezando por el descalabro de la misma libertad humana.
Sobre él ha escrito Juan Pablo II: “Con esta concepción
de la libertad, la convivencia social se deteriora profundamente. Si
la promoción del propio yo se entiende en términos de
autonomía absoluta, se llega inevitablemente a la negación del otro,
considerado como enemigo de quien defenderse. De este modo la
sociedad se convierte en un conjunto de individuos colocados unos
junto a otros, pero sin vínculos recíprocos: cada cual quiere
afirmarse independientemente de los demás, incluso haciendo prevalecer sus intereses.
Sin embargo, frente a los intereses análogos de los otros,
se ve obligado a buscar cualquier forma de compromiso, si
se quiere garantizar a cada uno el máximo posible de
libertad en la sociedad. Así, desaparece toda referencia a valores
comunes y a una verdad absoluta para todos; la vida
social se adentra en las arenas movedizas de un relativismo
absoluto. Entonces todo es pactable, todo es negociable: incluso el
primero de los derechos fundamentales, el de la vida. Es
lo que de hecho sucede también en el ámbito más
propiamente político o estatal: el derecho originario e inalienable a
la vida se pone en discusión o se niega sobre
la base de un voto parlamentario o de la voluntad
de una parte –aunque sea mayoritaria– de la población. Es
el resultado nefasto de un relativismo que predomina incontrovertible: el
‘derecho’ deja de ser tal porque no está ya fundamentado
sólidamente en la inviolable dignidad de la persona, sino que
queda sometido a la voluntad del más fuerte. De este
modo la democracia, a pesar de sus reglas, va por
un camino de totalitarismo fundamental. El Estado deja de ser
la ‘casa común’ donde todos pueden vivir según los principios
de igualdad fundamental, y se transforma en Estado tirano, que
presume de poder disponer de la vida de los más
débiles e indefensos, desde el niño aún no nacido hasta
el anciano, en nombre de una utilidad pública que no
es otra cosa, en realidad, que el interés de algunos”
.
¿Cuál es la crítica fundamental al relativismo? O mejor, para
formularlo con lo que más puede interesarnos: ¿es verdad que
no hay verdad? Y no lo estoy formulando mal, puesto
que no hace falta preguntarnos si hay “verdad objetiva” puesto
que verdad y verdad objetiva son conceptos realmente equivalentes; la
verdad es la adecuación de nuestra mente con las cosas,
por tanto o hay verdad objetiva (adecuada con la realidad)
y por tanto válida para todos los seres inteligentes, o
simplemente no hay verdad sino opiniones, que son apreciaciones diversas
sobre las cosas. ¿Hay pues una verdad objetiva? Ya hemos
dicho que “la crítica más esencial que se puede formular
al relativismo, además de otras de carácter extrínseco como sería
la demostración de la existencia de una verdad absoluta, de
evidencias universales, está en que todo relativismo implica una contradicción
intrínseca. Al mantenerse que ningún juicio goza de la propiedad
de ser verdadero en sentido absoluto y que toda verdad
es relativa surge, como consecuencia ineludible, que el juicio “toda
verdad es relativa” tampoco puede tener carácter de validez absoluta,
lo que destruye, con sus propias armas, al relativismo Si,
dado un cierto factor condicionante, se admite como verdad que
toda verdad es relativa, puesto otro factor distinto habrá que
admitir como verdadero que toda verdad es absoluta, lo que
es una contradicción con la tesis fundamental del relativismo. Aparte
de esta inconsistencia general del relativismo, la crítica del relativismo
sería parecida a la del escepticismo y subjetivismo” .
Más
aún, la existencia de la verdad (de la verdad como
algo objetivo y universal, invariable y superior a cualquier opinión
humana) es una certeza de sentido común; tan de sentido
común que basándonos en que hay verdades objetivas nos casamos,
sembramos, nos subimos a un barco o a un avión,
compramos y vendemos y nos dejamos matar defendiendo la patria
o las personas que amamos. Porque no nos caben dudas
que hay verdades objetivas repetimos refranes a modo de verdades
objetivas cultivadas por la filosofía popular: “quien adelante no mira,
atrás se queda”; “el que con lo ajeno se viste,
en la calle los desvisten”; “las apariencias engañan”; “Dios le
da pan al que no tiene dientes”; “una cosa es
cacarear y otra poner huevos”; etc. ¿No supone esto que
creemos en el valor objetivo de las cosas y de
las verdades que las expresan? ¿Quien se casaría si aceptase
que una cosa será la fidelidad para mí y otra
para ti? ¿Quién se embarcaría si no estuviese seguro de
principio por el cual un cuerpo sólido puede flotar en
definidas condiciones o quien subiría a un avión basándose sólo
en que el piloto opina que su avión es capaz
de mantenerse en el aire? Pero no sólo tenemos una certeza
popular de la existencia y valor objetivo de la verdad
sino una certeza científica de la misma. La verdad existe
y que no puede ser negada, pues, como dice entre
otros Tomás de Aquino, “quien niega la existencia de la
verdad afirma implícitamente que la verdad existe, pues si la
verdad no existiese, sería verdad que ella no existiría; y
si algo es verdadero, es necesario que exista la verdad”
. Parece un trabalenguas, pero es un silogismo... perfecto. Nuestra
inteligencia es capaz de razonar y de alcanzar el ser
de las cosas, la realidad. Conocemos el ser de las
cosas, como nos enseña una sana filosofía y como reconocemos
en la práctica, a pesar de que profesemos la más
terca de las filosofías subjetivistas, pues el más craso negador
de que podamos conocer la verdad absoluta de las cosas,
es capaz de mover cielo y tierra para que le
paguen su sueldo (¿cómo sabe que es suyo? ¿y si
el patrón opina que no le tiene que pagar?), y
cuidado con que le toquen su esposa o sus bienes,
y en esto no valen opiniones ni el que cada
uno tenga su verdad (también el ladrón dice tener su
verdad, y esta es que le gusta más mi auto
que el suyo y por eso decide apropiarse de él;
¿qué le responderé yo, miserable relativista? “Señor, si usted lo
ve así, aquí tiene las llaves; disculpe si pensé mal
de usted”. Un relativista puede enseñar el relativismo durante toda su
vida con plena convicción (lo que sería contrario al relativismo);
pero si llegase a ir a un restaurante “relativista” y
pidiendo liebre le trajesen gato porque el dueño del restaurante
desde su punto de vista sostiene que el gato es
igual que la liebre, no sólo puede ver derrumbarse su
sistema en pocos segundos sino pasar el resto “relativo” de
su vida en prisión por intento de homicidio de un
propietario de restaurante. Todo relativista es, necesariamente, inconsecuente en la
vida real.
Aún así a un relativista es difícil hacerle entender
su error (no el demostrarle su error, sino conseguir que
lo acepte) porque el relativismo es una forma de necedad,
y la necedad suele ser no sólo un pecado sino
el castigo en el que caen los que no tienen
amor por la verdad. Se los puede, sin embargo, escarmentar
del único modo que pueden entender: pidiéndoles que nos devuelvan
nuestro dinero, pues para decirme que lo que me enseña
sólo tiene valor para él y que es muy probable
que yo tenga otra opinión, la cual él no piensa
compartir pero tampoco refutar... mejor me devuelve mi dinero y
me voy a casa, pues ¡eso lo puedo aprender solo!
Bibliografía
para ampliar
–Jaime Balmes, El criterio, (hay numerosas ediciones), en: Obras
completas, BAC, Madrid. –J. Barrio Gutiérrez, Relativismo; I. Filosofía, Gran Enciclopedia
Rialp, Madrid, 1991. –A. Aliotta, Relativismo, en: Enciclopedia filosofica, V, 2
ed. Florencia, col. 638-648. –R. Garrigou-Lagrange, El sentido común, Palabra, Madrid
1980. –Antonio Orozco-Delclós, La libertad en el pensamiento, Ed. Rialp, Madrid
1977. –Pieper, Josef, El ocio y la vida intelectual, Rialp, Madrid
1983. –––––––––––, El descubrimiento de la realidad, Rialp, Madrid 1974. –––––––––––, Defensa
de la filosofía, Herder, Barcelona 1982. –Jacques Maritain, Introducción a la
filosofía, Club de lectores, Bs. As. 1950. –Velazco, Miguel Angel, Los
derechos de la verdad, MC, Madrid 1994. –G. K. Chesterton, Ortodoxia,
en: Obras completas, Plaza & Janés, Barcelona 1967 (hay ediciones
con mejores traducciones).
Pontificios de la Cultura y
para el Diálogo Interreligioso, informe Jesucristo, portador del agua viva.
Una reflexión cristiana sobre la Nueva Era, 1.3.; cf. 2.3.1.
Cf. J. Barrio Gutiérrez, Relativismo; I. Filosofía, Gran Enciclopedia
Rialp, Madrid, 1991. Platón, Cratilo, 3850. Cf. J.
Barrio Gutiérrez, Relativismo; I. Filosofía, Gran Enciclopedia Rialp, Madrid, 1991.
Cf. J. Barrio Gutiérrez, Relativismo; I. Filosofía, Gran Enciclopedia
Rialp, Madrid, 1991. Juan Pablo II, Evangelium vitae, 20.
Cf. J. Barrio Gutiérrez, Relativismo; I. Filosofía, Gran Enciclopedia
Rialp, Madrid, 1991. Entre otros lugares lo enseña en
la Suma Teológica, I, 2, 1 ad 3. |