|
La existencia de un Dios personal
¿Existe Dios? Su
existencia ¿es una cuestión religiosa o científica? ¿Puede uno ser
un profesional y creer en Dios? Para muchos el contacto
con el mundo científico (falsamente científico, se entiende) es la
puerta por la que entran al mundo del ateísmo, o
al menos del agnosticismo. He escuchado varias veces la frase
“yo me declaro agnóstico”, en boca de personas famosas; probablemente
ignoran que tal afirmación equivale a declararse manco o ciego
o impotente en el plano intelectual. El conocimiento de Dios
es ciertamente una cuestión religiosa, si se entiende por “cuestión
religiosa” un problema de fe; pero también es una cuestión
científica, pues la filosofía es una ciencia, y nuestra inteligencia,
filosofando llega a esta gran verdad.
Para que entendamos los alcances
de este tema dejemos sentado lo que enseña la Iglesia
sobre Dios. La enseñanza sobre Dios que nos da la
Iglesia es una enseñanza teológica, es decir, está compuesta por
verdades sobre Dios que la Iglesia sostiene como reveladas (ya
sea porque están contenidas en la Sagrada Escritura, o bien
reveladas en la tradición y han sido definidas como tales
por el magisterio de la Iglesia), y contiene también verdades
a las que nuestra inteligencia puede acceder a partir de
sus fuerzas naturales. Conocemos de Dios no sólo su existencia
sino sus atributos o cualidades, su esencia íntima (es un
solo Dios en tres Personas distintas, es decir es Trinidad),
conocemos su plan de salvación sobre los hombres (revelado en
la Sagrada Escritura, particularmente en el Nuevo Testamento).
Científicamente algunas de
estas verdades no son alcanzables pues sobrepasan la capacidad de
nuestro intelecto; estas verdades superiores a nuestra potencia natural son
denominadas “misterios intrínsecamente sobrenaturales”, y como tales sólo pueden ser
conocidos por Dios y por aquel a quien Dios quiera
manifestarlos (= revelarlos o des-velarlos). Tal es el caso del
misterio de la Trinidad, del pecado original, de la Encarnación
de Dios (Jesucristo) y su obra salvadora. La ciencia no
puede alcanzarlas con su propio método, pues éste parte de
las cosas naturales y se eleva al conocimiento de las
causas por métodos naturales y con la fuerza que le
da la sola razón humana natural. Pero estrictamente hablando la
ciencia tampoco puede refutarlas ni contradecirlas puesto que precisamente por
definición escapan a su campo. Un ciego no puede ver
los colores, pero tampoco puede decir que no haya colores,
ni que lo que yo veo blanco es verde, puesto
que no tiene capacidad para captarlos; escapa a su facultad;
un sordo no puede oír los sonidos, pero tampoco puede
decir que una orquesta está desafinada, pues el mundo de
los sonidos es desconocido para él. La ciencia, por tanto,
deja de ser ciencia si se mete en un campo
que no es el suyo. De este modo un científico
no tiene autoridad para hablar de lo que no es
su competencia; el ser matemático o biólogo no lo autoriza
a hablar de lo que su ciencia matemática o biológica
no le enseña ni de aquello para lo que no
lo capacita; al igual que un astrónomo sordo no puede
opinar sobre sinfonías por más que sea el mejor de
los astrónomos. Creo que esto debe quedar claro para deslindar
competencias, pues muchos de los problemas planteados contra la fe
son empuñados por personas que no tienen fe y, lo
que es realmente grave, a partir de disciplinas que nada
tienen que ver con la fe (es decir, con el
plano del misterio sobrenatural). De todos modos, nosotros no hablaremos propiamente
aquí de ese mundo intrínsecamente sobrenatural, sino del orden natural
y de aquello que está a nuestro alcance intelectual. Igualmente
a esto se aplica lo dicho en el parágrafo anterior:
el problema de la existencia de Dios es una verdad
natural pero metafísica o filosófica; por tanto sigue habiendo una
indebida invasión de terreno cuando las objeciones contra (o negaciones
de) una verdad filosófica provienen no ya de la filosofía
sino de una ciencia puramente experimental (o sea que no
llega al plano filosófico). Un médico puede hablar con autoridad
de enfermedades y objetar tal o cual tratamiento terapéutico, pero
no puede, en cuanto médico discutir sobre la esencia de
las cosas, pues la medicina lo deja ciego, sordo y
mudo para este mundo. Lo mismo se diga del matemático,
del astrónomo, del biólogo y de los demás científicos (para
abordar estos temas tendrán que ser también filósofos). Lamentablemente, la
mayoría de las oposiciones a verdades estrictamente filosóficas provienen de
campos infra y extra filosóficos. ¡Y les damos cabida!
“El problema
de Dios, ha escrito Cornelio Fabro, uno de los filósofos
más eminentes del siglo XX, es el interrogante primero y
último del hombre porque busca el Primer Principio sea del
ser como del no ser; por eso se puede decir
por su centralidad que es el problema esencial del hombre
esencial y por su universalidad es el problema del hombre
común” .
El problema de Dios (de si Dios existe o
no) es el más universal de los problemas; al punto
tal que todo hombre se lo plantea, ya de viejo
o en su juventud, sea poeta, soldado, artesano, campesino o
filósofo, sea hombre o mujer. Y se declare como se
declare: ateo, agnóstico o creyente; pues el ateo es quien
ante tal planteo se extravió hasta la negación de Dios;
el agnóstico desistió en su camino y el creyente llegó
a puerto. No es un viaje fácil, según dicen los
filósofos y los teólogos; el mismo Santo Tomás dice que
algunos no han podido dedicarse a este estudio por su
complexión defectuosa, otros por tener ocupaciones familiares absorbentes, y otros,
en fin, por pereza; e incluso los que se dedican
a la filosofía sólo con esfuerzo llegan a estas alturas
del conocimiento de Dios, en particular cuando las pasiones los
enceguecen, de aquí la gran misericordia de Dios, al facilitarnos
su conocimiento por medio de su propia revelación . Pero
a pesar de todas las dificultades, esta es la aventura
más emocionante en la que podamos embarcarnos.
Los filósofos de todos
los tiempos han intentado llegar a la demostración de la
existencia de Dios. De ahí tantas pruebas distintas. El P.
Cornelio Fabro, en su obra “Le prove dell’esistenza di Dio”
(Las pruebas de la existencia de Dios), analiza las pruebas
dadas por filósofos de la antigüedad, como Sócrates, Platón, Aristóteles,
Cleantes, Filón, Plotino, Proclo, etc., por los primeros pensadores cristianos
como Orígenes, Gregorio de Nissa, Agustín, Boecio, Juan Damasceno, etc.;
filósofos árabes y judíos como Alfarabí, Avicebrón, Avicena, Algazel, Averroes,
Maimonides; filósofos y teólogos medievales como Buenaventura, Tomás de Aquino,
Juan Duns Escoto, Ockam, Dante Alighieri, Nicolás de Cusa; y
pensadores modernos como Descartes, Pascal, Locke, Leibniz, Vico, Wolff, Kant,
Hegel, Rosmini, Newman, Kierkegaard, etc. Como vemos es un argumento
que ha interesado a muchos; y desde los más diversos
campos han llegado a Dios, con pruebas más o menos
serias, más o menos probatorias. En algunos casos, con argumentos
que, por partir de principios falsos, podían terminar al revés,
en la negación de Dios.
Podemos reducir las pruebas (o vías,
como las llama la tradición filosófica) a dos categorías: las
cinco vías tomistas y “las demás”. En rigor científico las
vías realmente probatorias son las cinco vías usadas por Santo
Tomás; las otras pueden darnos una aproximación a la verdad
de la existencia de Dios, pero por sí solas son
insuficientes.
1. Las “otras” pruebas (argumentaciones secundarias) Hay pruebas que nos
“ponen en la pista” de la existencia de Dios. Rigurosamente
no son plenamente demostrativas, pero ya abren nuestra inteligencia y
la encaminan a esta gran verdad.
a) Por la existencia del
hombre, inteligente y libre Se puede demostrar particularmente la existencia
de Dios por la existencia del hombre, inteligente y libre,
pues no hay efecto sin una causa capaz de producirlo. Un
ser que piensa, reflexiona, raciocina y quiere, no puede provenir
sino de una causa inteligente y creadora; y como esa
causa inteligente y creadora es Dios, se sigue que la
existencia del hombre demuestra la existencia de Dios. Es un hecho
indubitable que no he existido siempre, que los años y
días de mi vida pueden contarse; si, pues, he comenzado
a existir en un momento dado, ¿quién me ha dado
la vida? 1º No he sido yo mismo. Antes de existir,
yo nada era, no tenía ser; y lo que no
existe, no produce nada. 2º No fueron sólo mis padres. El
verdadero autor de una obra puede repararla cuando se deteriora,
o rehacerla cuando se destruye. Ahora bien, mis padres no
pueden sanarme cuando estoy enfermo con una dolencia grave, ni
resucitarme después de muerto. Si solamente mis padres fuesen los
autores de mi vida, ¿por qué no pueden hacerme perfecto?¿Qué
padre, qué madre, no trataría de hacer a sus hijos
perfectos? Además, mi alma es simple y espiritual, no puede
proceder de mis padres: no de su cuerpo, pues entonces
sería material; no de su alma, porque el alma es
indivisible; ni de su poder creador, pues ningún ser creado
puede crear. 3º No puedo deber mi existencia a ningún ser
visible de la creación. Porque, en cuanto dotado de entendimiento
y voluntad soy superior a todos los seres irracionales. Si no
soy fruto de mí mismo, ni de mis padres, ni
de ningún otro ser creado, sólo explica mi existencia un
Espíritu creador que sea Increado. Alguien que haya podido sacar
mi alma de la nada, es decir, crearla. Y como
un ser que reúna estas cualidades (espíritu, increado y creador)
es lo que todos llaman Dios, entonces mi existencia y
mi naturaleza postulan la existencia de Dios. b) Por la
existencia de la ley moral También probaría la existencia de
Dios el hecho de la ley moral. Existe, en efecto,
una ley moral, absoluta, universal, inmutable, que manda hacer el
bien, prohíbe el mal y domina en la conciencia de
todos los hombres (hablaré de esta ley en un capítulo
especial). El que obedece esta ley, siente la satisfacción del
deber cumplido; el que la desobedece, es víctima del remordimiento. Ahora
bien, como no hay efecto sin causa, ni ley sin
legislador, esa ley moral exige la existencia de un autor,
el cual es Dios. Luego por la existencia de la
ley moral llegamos a deducir la existencia de Dios. Él es
el Legislador supremo que nos impone el deber ineludible de
practicar el bien y evitar el mal; el testigo de
todas nuestras acciones; el juez inapelable que premia o castiga,
con la tranquilidad o los remordimientos de conciencia. Nuestra conciencia nos
enseña: 1º, que entre el bien y el mal existe
una diferencia esencial; 2º, que debemos practicar el bien y
evitar el mal; 3º, que todo acto malo merece castigo,
y toda obra buena es digna de premio. Por eso nuestra
conciencia se alegra y se aprueba a sí misma cuando
procede bien, y se reprueba y condena cuando obra mal.
Por tanto, existe en nosotros una ley moral, naturalmente impresa
y grabada en nuestra conciencia. ¿Cuál es el origen de esa
ley? Evidentemente debe haber un legislador que la haya promulgado,
así como no hay efecto sin causa. Esa ley moral
es inmutable en sus principios, independiente de nuestra voluntad, obligatoria
para todo hombre, y no puede tener otro autor que
un ser soberano y supremo, que no es otro que
Dios. Además de lo dicho, se ha de tener presente que
si no existe legislador, la ley moral no puede tener
sanción alguna; puede ser quebrantada impunemente. Luego una de dos:
o es Dios el autor de esa ley, y entonces
existe; o la ley moral es una quimera, y en
ese caso no existiría diferencia entre el bien y el
mal, entre la virtud y el vicio, la justicia y
la iniquidad, y la sociedad sería imposible. El sentimiento íntimo
manifiesta a todo hombre la existencia de Dios. Por natural
instinto, principalmente en los momentos de ansiedad o de peligro,
se nos escapa este grito: ¡Dios mío!... Es el grito
de la naturaleza. “El más popular de todos los seres
es Dios –dijo Lacordaire: el pobre lo llama, el moribundo
lo invoca, el pecador le teme, el hombre bueno le
bendice. No hay lugar, momento, circunstancia, sentimiento, en que Dios
no se halle y sea nombrado, La cólera cree no
haber alcanzado su expresión suprema, sino después de haber maldecido
este Nombre adorable; y la blasfemia es asimismo el homenaje
de una fe que se rebela al olvidarse de sí
misma”. Nadie blasfema de lo que no existe. La rabia
de los impíos, como las bendiciones de los buenos, testimonia
la existencia de Dios.
c) Por la creencia universal del género
humano Podemos llegar a la existencia de Dios también examinando
el consentimiento de todos los pueblos sobre este punto. El
argumento se puede exponer diciendo: todos los pueblos, cultos o
bárbaros, en todas las regiones del mundo y en todos
los tiempos, han admitido la existencia de un Ser supremo.
Ahora bien, como es imposible que todos se hayan equivocado
acerca de una verdad tan trascendental y tan contraria a
las pasiones, debemos admitir con la humanidad entera que Dios
existe. Cuando hablamos de “todos los pueblos” debemos entender una totalidad
“moral”; materialmente pueden encontrarse excepciones, individuales y tal vez incluso
de tribus ateas o semi ateas (al menos lo podemos
postular hipotéticamente; en el capítulo dedicado al fenómeno religioso veremos
que muchos estudiosos niegan que haya pueblos enteros ateos). Pero
cuando estas excepciones son realmente eso “excepciones” puede hablarse de
cierta unanimidad moral. Pues bien, es indudable que los pueblos se
han equivocado acerca de la naturaleza de Dios; unos han
adorado dioses de piedra, otros animales en lugar de Dios,
y muchos a los astros (en particular al sol y
a la luna); muchos han atribuido a sus ídolos cualidades
buenas o malas, etc.; pero todos han reconocido la existencia
de una divinidad a la que han tributado culto. Así
lo demuestran los templos, los altares, los sacrificios, cuyos rastros
se encuentran por doquier, tanto entre los pueblos antiguos como
entre los modernos. El historiador Plutarco escribía en la antigüedad:
“Echad una mirada sobre la superficie de la tierra y
hallaréis ciudades sin murallas, sin letras, sin magistrados, pueblos sin
casas, sin moneda; pero nadie ha visto jamás un pueblo
sin Dios, sin sacerdotes, sin ritos, sin sacrificios”. Con razón
decía un autor: “Yo he buscado el ateísmo o la
falta de creencia en Dios entre las razas humanas, desde
las más inferiores hasta las más elevadas. El ateísmo no
existe en ninguna parte, y todos los pueblos de la
tierra, los salvajes de América como los negros de África,
creen en la existencia de Dios”. Ahora bien, el consentimiento unánime
de todos los hombres sobre un punto tan importante es
necesariamente la expresión de la verdad. Porque no se puede
explicar tal consentimiento por ninguna otra causa. No fueron los
sacerdotes (paganos) quienes convencieron a los hombres de la existencia
de Dios, pues más bien hay que decir que todo
sacerdocio toma origen de una creencia anterior en la existencia
de un Dios al que hay que rendir culto. No
se puede explicar por las pasiones humanas, pues las pasiones
tienden más bien a borrar la idea de Dios, que
las contraría y condena. No puede explicarse por prejuicios, pues
un prejuicio no se extiende a todos los tiempos, a
todos los pueblos, a todos los hombres; pronto o tarde
lo disipa la ciencia y el sentido común. No puede
explicarse por la ignorancia, pues entre los más grandes sabios
siempre se han contado fervorosos creyentes en Dios. No puede
explicarse por el temor (como alguna teoría etnológica ha pretendido),
pues nadie teme lo que no existe: el temor de
Dios prueba su existencia. Tampoco puede explicarse por la política
de los gobernantes, pues ningún gobernante ha decretado la existencia
de Dios, antes al contrario, la mayoría ha querido confirmar
sus leyes con la autoridad divina; esto es una prueba
de que dicha autoridad era admitida por sus súbditos. Por tanto,
la creencia de todos los pueblos sólo puede tener su
origen en Dios mismo, que se ha dado a conocer,
desde el principio del mundo, a nuestros primeros padres, o
bien que ha sido conocido por medio de sus creaturas
.
d) Por el deseo natural de perfecta felicidad
Este argumento puede
exponerse del siguiente modo: nos consta que todo ser humano
tiene un deseo natural e innato de alcanzar la felicidad
plena; también nos consta que ese deseo no puede ser
inútil o ineficaz; y nos consta que no podemos alcanzar
la felicidad sino en un Bien infinito, que no puede
ser otro que Dios.
1º Nos consta con toda certeza que
el corazón humano apetece la plena y perfecta felicidad con
un deseo natural e innato. Esta proposición es evidente para cualquier
espíritu reflexivo. Consta, efectivamente, que todos los hombres del mundo
aspiran a ser felices en el grado máximo posible. Nadie
que esté en su sano juicio puede poner coto o
limitación alguna a la felicidad que quisiera alcanzar: cuanta más,
mejor. La ausencia de un mínimum indispensable de felicidad puede
arrojarnos en brazos de la desesperación; pero no podrá arrancarnos,
sino que nos aumentará todavía más el deseo de la
felicidad. El mismo suicida –decía Pascal– busca su propia felicidad
al ahorcarse, ya que cree –aunque con tremenda equivocación– que
encontrará en la muerte el fin de sus dolores y
amarguras. Es, pues, un hecho indiscutible que todos los hombres
aspiran a la máxima felicidad posible con un deseo fuerte,
natural, espontáneo, innato; o sea, con un deseo que brota
de las profundidades de la propia naturaleza humana.
2º Nos consta
también con toda certeza que un deseo propiamente natural e
innato no puede ser vano, o sea, no puede recaer
sobre un objetivo o finalidad inexistente o de imposible adquisición. La
razón es porque la naturaleza no hace nada en vano,
todo tiene su finalidad y explicación. De lo contrario, ese
deseo natural e innato, que es una realidad en todo
el género humano, no tendría razón suficiente de ser, y
es sabido que “nada existe ni puede existir sin razón
suficiente de su existencia”.
3º Nos consta, finalmente, que el corazón
humano no puede encontrar su perfecta felicidad más que en
la posesión de un Bien Infinito. Por tanto existe el
Bien Infinito al cual llamamos Dios. El hombre no puede encontrar
su plena felicidad en ninguno de los bienes creados en
particular ni en la posesión conjunta y simultánea de todos
ellos, porque ni puede poseerlos todos (como nos enseña claramente
la experiencia universal: nadie posee ni ha poseído jamás a
la vez todos los bienes externos –riquezas, honores, fama, gloria,
poder–, y todos los del cuerpo –salud, placeres–, y todos
los del alma –ciencia, virtud–; muchos de ellos son incompatibles
entre sí y jamás pueden llegar a reunirse en un
solo individuo), ni serían suficientes aunque pudieran conseguirse todos, ya
que no reúnen ninguna de las condiciones esenciales para la
perfecta felicidad objetiva pues son bienes creados (por consiguiente finitos
e imperfectos); no excluyen todos los males (puesto que el
mayor mal es carecer del Bien Infinito, aunque se posean
todos los demás); no sacian plenamente el corazón del hombre
(como consta por la experiencia propia y ajena); y, finalmente,
son bienes caducos y perecederos, que se pierden fácilmente y
desaparecerán del todo con la muerte. Es, pues, imposible que
el hombre pueda encontrar en ellos su verdadera y plena
felicidad. Solamente un Bien Infinito puede llenar por completo las aspiraciones
inmensas del corazón humano, satisfaciendo plenamente su apetito natural e
innato de felicidad. Por ende hay que concluir que ese
Bien Infinito existe realmente, si no queremos incurrir en el
absurdo de declarar vacío de sentido ese apetito natural e
innato que experimenta absolutamente todo el género humano.
2. Las vías
de Santo Tomás (argumentos realmente probatorios)
Veamos ahora los argumentos
que son ciertamente probatorios, expuestos en su conjunto con suma
claridad por Tomás de Aquino. Se los llama “vías”, por
ser itinerarios por los que la mente llega a la
existencia de Dios.
a) La primera vía: la vía del movimiento
La
primera vía para demostrar la existencia de Dios puede formularse
del siguiente modo: el movimiento del universo exige un Primer
Motor inmóvil, que es precisamente Dios.
Dice Santo Tomás de Aquino:
“Es innegable y consta por el testimonio de los sentidos
que en el mundo hay cosas que se mueven. Pues
bien: todo lo que se mueve es movido por otro,
ya que nada se mueve más que en cuanto está
en potencia respecto a aquello para lo que se mueve.
En cambio, mover requiere estar en acto, ya que mover
no es otra cosa que hacer pasar algo de la
potencia al acto, y esto no puede hacerlo más que
lo que está en acto, a la manera como lo
caliente en acto, por ejemplo, el fuego, hace que un
leño, que está caliente sólo en potencia, pase a estar
caliente en acto. Ahora bien: no es posible que una
misma cosa esté, a la vez, en acto y en
potencia respecto a lo mismo, sino respecto a cosas diversas;
y así, por ejemplo, lo que es caliente en acto
no puede estar caliente en potencia para ese mismo grado
de calor, sino para otro grado más alto, o sea,
que en potencia está a la vez frío. Es, pues,
imposible que una misma cosa sea a la vez y
del mismo modo motor y móvil, o que se mueva
a sí misma. Hay que concluir, por consiguiente, que todo
lo que se mueve es movido por otro. Pero si
este otro es, a su vez, movido por un tercero,
este tercero necesitará otro que le mueva a él, y
éste a otro, y así sucesivamente. Mas no se puede
proceder indefinidamente en esta serie de motores, porque entonces no
habría ningún primer motor y, por consiguiente, no habría motor
alguno, pues los motores intermedios no mueven más que en
virtud del movimiento que reciben del primero, lo mismo que
un bastón nada mueve si no lo impulsa la mano.
Es necesario, por consiguiente, llegar a un Primer Motor que
no sea movido por nadie, y éste es lo que
todos entendemos por Dios” .
El argumento es de una fuerza
demostrativa incontrovertible para cualquier espíritu reflexivo acostumbrado a la alta
especulación filosófica. Pero vamos a exponerlo de manera más clara
y sencilla para que puedan captarlo fácilmente los lectores no
acostumbrados a los altos razonamientos filosóficos. En el mundo que nos
rodea hay infinidad de cosas que se mueven. Es un
hecho que no necesita demostración: basta abrir los ojos para
contemplar el movimiento por todas partes. Ahora bien: prescindiendo del movimiento
de los seres vivos, que, en virtud precisamente de la
misma vida, tienen un movimiento inmanente que les permite crecer
o trasladarse de un sitio a otro sin más influjo
aparente que el de su propia naturaleza o el de
su propia voluntad, es un hecho del todo claro e
indiscutible que los seres inanimados (o sea, todos los pertenecientes
al reino mineral) no pueden moverse a sí mismos, sino
que necesitan que alguien los mueva. Si nadie mueve a
una piedra, permanecerá quieta e inerte por toda la eternidad,
ya que ella no puede moverse a sí misma, puesto
que carece de vida y, por lo mismo, está desprovista
de todo movimiento inmanente. Pues apliquemos este principio tan claro y
evidente al mundo sideral y preguntémonos quién ha puesto y
pone en movimiento esa máquina colosal del universo estelar, que
no tiene en sí misma la razón de su propio
movimiento, puesto que se trata de seres inanimados pertenecientes al
reino mineral; y por mucho que queramos multiplicar los motores
intermedios, no tendremos más remedio que llegar a un Primer
Motor inmóvil incomparablemente más potente que el universo mismo, puesto
que lo domina con soberano poder y lo gobierna con
infinita sabiduría. Verdaderamente, para demostrar la existencia de Dios basta
contemplar el espectáculo maravilloso de una noche estrellada, sabiendo que
esos puntitos luminosos esparcidos por la inmensidad de los espacios
como polvo de brillantes son soles gigantescos que se mueven
a velocidades fantásticas, a pesar de su aparente inmovilidad. Jesús Simón
ha expuesto este argumento de una manera muy bella y
sugestiva: “Sabemos por experiencia, y es un principio inconcuso de
mecánica, que la materia es inerte, esto es, de suyo
indiferente para el movimiento o el reposo. La materia no
se mueve ni puede moverte por sí misma: para hacerlo,
necesita una fuerza extrínseca que la impela... Si vemos un
aeroplano volando por los aires, pensamos al instante en el
motor que lo pone en movimiento; si vemos una locomotora
avanzando majestuosamente por los rieles, pensamos en la fuerza expansiva
del vapor que lleva en sus entrañas. Mas aun: si
vemos una piedra cruzando por los aires, discurrimos al instante
en la mano o en la catapulta que la ha
arrojado. He aquí, pues, nuestro caso. Los astros son aglomeraciones inmensas de
materia, globos monstruosos que pesan miles de cuatrillones de toneladas,
como el Sol, y centenares de miles, como Betelgeuse y
Antares. Luego también son inertes de por sí. Para ponerlos
en movimiento se ha precisado una fuerza infinita, extracósmica, venida
del exterior, una mano omnipotente que los haya lanzado como
proyectiles por el espacio... ¿De quién es esa mano? ¿De dónde
procede la fuerza incontrastable capaz de tan colosales maravillas? ¿La
fuerza que avasalló los mundos? Sólo puede haber una respuesta: la
mano, la omnipotencia de Dios” .
Hillaire en su obra La
religión demostrada expone este mismo argumento en la siguiente forma:
“Es un principio admitido por las ciencias físicas y mecánicas
que la materia no puede moverse por sí misma: una
estatua no puede abandonar su pedestal; una máquina no puede
moverse sin una fuerza motriz; un cuerpo en reposo no
puede por sí mismo ponerse en movimiento Tal es el
llamado principio de inercia. Luego es necesario un motor para
producir el movimiento. Pues bien; la tierra, el sol, la luna,
las estrellas, recorren órbitas inmensas sin chocar jamás unas con
otras. La tierra es un globo colosal de cuarenta mil
kilómetros de circunferencia, que realiza, según afirman los astrónomos, una
rotación completa sobre sí mismo en el espacio de un
día, moviéndose los puntos situados sobre el ecuador con la
velocidad de veintiocho kilómetros por minuto. En un año da
una vuelta completa alrededor del sol, y la velocidad con
que marcha es de unos treinta kilómetros por segundo. Y
también sobre la tierra, los vientos, los ríos, las mareas,
la germinación de las plantas, todo proclama la existencia del
movimiento. Todo movimiento supone un motor; mas como no se puede
suponer una serie infinita de motores que se comuniquen el
movimiento unos a otros, puesto que un número infinito es
tan imposible como un bastón sin extremidades, hay que llegar
necesariamente a un ser primero que comunique el movimiento sin
haberlo recibido; hay que llegar a un primer motor inmóvil.
Ahora bien, este primer ser, esta causa primera del movimiento,
es Dios, quien con justicia recibe el nombre de Primer
Motor del universo. Admiramos el genio de Newton, que descubrió las
leyes del movimiento de los astros; pero ¿qué inteligencia no
fue necesaria para establecerlas, y qué poder para lanzar en
el espacio y mover con tanta velocidad y regularidad estos
innumerables mundos que constituyen el universo?... Napoleón, en la roca
de Santa Elena, decía al general Bertrand: ‘Mis victorias os
han hecho creer en mi genio: el Universo me hace
creer en Dios... ¿Qué significa la más bella maniobra militar
comparada con el movimiento de los astros...?’” .
Este argumento, enteramente
demostrativo por sí mismo, alcanza su máxima certeza y evidencia
si se le combina con el del orden admirable que
reina en el movimiento vertiginoso de los astros, que se
cruzan entre sí recorriendo sus órbitas a velocidades fantásticas sin
que se produzca jamás un choque ni la menor colisión
entre ellos. Lo cual prueba que esos movimientos no obedecen
a una fuerza ciega de la misma naturaleza, que produciría
la confusión y el caos, sino que están regidos por
un poder soberano y una inteligencia infinita, como veremos claramente
más abajo al exponer la quinta vía de Santo Tomás. Quede,
pues, sentado que el movimiento del universo exige un Primer
Motor que impulse o mueva a todos los demás seres
que se mueven. Dada su soberana perfección, este Primer Motor
ha de ser necesariamente inmóvil, o sea, no ha de
ser movido por ningún otro motor, sino que ha de
poseer en sí mismo y por sí mismo la fuerza
infinita que impulse el movimiento a todos los demás seres
que se mueven. Este Primer Motor inmóvil, infinitamente perfecto, recibe
el nombre adorable de Dios.
b) La segunda vía: la vía
de la causalidad eficiente
Este segundo procedimiento para demostrar la existencia
de Dios puede formularse sintéticamente del siguiente modo: las causas
eficientes segundas reclaman necesariamente la existencia de una Primera Causa
eficiente a la que llamamos Dios.
En filosofía se entiende por
causa eficiente aquella que, al actuar, produce un efecto distinto
de sí misma. Así, el escultor es la causa eficiente
de la estatua esculpida por él; el padre es la
causa eficiente de su hijo. Se entiende por causa eficiente segunda
toda aquella que, a su vez, ha sido hecha por
otra causa eficiente anterior. Y así, el padre es causa
eficiente de su hijo, pero, a su vez, es efecto
de su propio padre, que fue quien le trajo a
la existencia como causa eficiente anterior. En este sentido son
causas segundas todas las del universo, excepto la Primera Causa
incausada, cuya existencia vamos a investigar.
La expone Santo Tomás de
Aquino: “Hallamos que en el mundo de lo sensible hay
un orden determinado entre las causas eficientes; pero no hallamos
ni es posible hallar que alguna cosa sea su propia
causa, pues en tal caso habría de ser anterior a
sí misma, y esto es imposible. Ahora bien: tampoco se
puede prolongar indefinidamente la serie de las causas eficientes, porque,
en todas las causas eficientes subordinadas, la primera es causa
de la intermedia y ésta es causa de la última,
sean pocas o muchas las intermedias. Y puesto que, suprimida
una causa, se suprime su efecto, si no existiese entre
las causas eficientes una que sea la primera, tampoco existiría
la última ni la intermedia. Si, pues, se prolongase indefinidamente
la serie de causas eficientes, no habría causa eficiente primera,
y, por tanto, ni efecto último ni causa eficiente intermedia,
cosa falsa a todas luces. Por consiguiente, es necesario que
exista una Causa Eficiente Primera, a la que llamamos Dios”
.
Como se ve, el argumento de esta segunda vía es
también del todo evidente y demostrativo. Pero para ponerlo todavía
más al alcance de los no iniciados en filosofía, vamos
a poner un ejemplo clarísimo para todos: el origen de
la vida en el universo. Es un hecho indiscutible que
en el mundo hay seres vivientes que no han existido
siempre, sino que han comenzado a existir; por ejemplo, cualquier
persona humana. Todos ellos recibieron la vida de sus propios
padres, y éstos de los suyos, y así sucesivamente. Ahora
bien: es imposible prolongar hasta el infinito la lista de
nuestros tatarabuelos. Es forzoso llegar a un primer ser viviente
que sea el principio y origen de todos los demás.
Suprimido el primero, quedan suprimidos automáticamente el segundo y el
tercero y todos los demás; de donde habría que concluir
que los seres vivientes actuales no existen realmente, lo cual
es ridículo y absurdo. Luego existe un Primer Viviente que
es causa y origen de todos los demás.
Ahora bien: este
Primer Viviente reúne, entre otras muchas, las siguientes características:
1º No tiene
padre ni madre, pues de lo contrario ya no sería
el primer viviente, sino el tercero, lo cual es absurdo
y contradictorio, puesto que se trata del primer viviente en
absoluto. 2º No ha nacido nunca, porque de lo contrario hubiera comenzado
a existir y alguien hubiera tenido que darle la vida,
pues de la nada no puede salir absolutamente nada, ya
que la nada no existe, y lo que no existe,
nada puede producir. Luego ese primer viviente tiene la vida
por sí mismo, sin haberla recibido de nadie. 3º Por tanto es
eterno, o sea, ha existido siempre, sin que haya comenzado
jamás a existir. 4º Y así todos los demás seres vivientes proceden
necesariamente de él, ya que es absurdo y contradictorio admitir
dos o más primeros vivientes: el primero en cualquier orden
de cosas se identifica con la unidad absoluta. 5º Por ende de
él proceden, como de su causa originante y creadora, todos
los seres vivientes del universo visible: hombres, animales y plantas,
y todos los del universo invisible: los ángeles de que
nos hablan las Escrituras. 6º Consecuentemente es superior y está infinitamente por
encima de todos los seres vivientes del universo, a los
que comunicó la existencia y la vida.
Hay que concluir forzosamente
que el Primer Viviente que reúne estas características tiene un
nombre adorable: es, sencillamente, Dios. Esto mismo Hillaire lo expone diciendo:
“Las ciencias físicas y naturales nos enseñan que hubo un
tiempo en que no existía ningún ser viviente sobre la
tierra. ¿De dónde, pues, ha salido la vida que ahora
existe en ella: la vida de las plantas, la vida
de los animales, la vida del hombre? La razón nos dice
que ni siquiera la vida vegetativa de una planta y
menos la vida sensitiva de los animales, y muchísimo menos
la vida intelectiva del hombre, han podido brotar de la
materia, ¿Por qué? Porque nadie da lo que no tiene;
y como la materia carece de vida, no puede darla. Los
ateos se encuentran acorralados por este dilema: o bien la
vida ha nacido espontáneamente sobre el mundo, fruto de la
materia por generación espontánea; o bien hay que admitir una
causa distinta del mundo, que fecunda la materia y hace
brotar la vida. Ahora bien: después de los experimentos concluyentes
de Pasteur, ya no hay sabios verdaderos que se atrevan
a defender la hipótesis de la generación espontánea; la verdadera
ciencia establece que nunca un ser viviente nace sin germen
vital, semilla, huevo o renuevo, proveniente de otro ser viviente
de la misma especie. Pero ¿cuál es el origen del primer
ser viviente de cada especie? Remontaos todo lo que queráis
de generación en generación: siempre habrá que llegar a un
primer creador, que es Dios, causa primera de todas las
cosas. Es el viejo argumento del huevo y la gallina;
mas no por ser viejo deja de ser molesto para
los ateos” .
Este argumento del origen de la vida es
un simple caso particular del argumento general de la necesidad
de una Primera Causa eficiente y puede aplicarse, por lo
mismo, a todos los demás seres existentes en el universo.
Cada uno de los seres, vivientes o no, que pueblan
la inmensidad del universo, constituye una prueba concluyente de la
existencia de Dios; porque todos esos seres son necesariamente el
efecto de una causa que los ha producido, la obra
de un Dios creador. Por supuesto que no aceptarán esta
demostración, ni otras semejantes, aquellos pensadores que nieguen la validez
del “principio de causalidad” (que dice que no hay efecto
sin causa), como por ejemplo William James –muy alabado nuevamente
en nuestros tiempos– quien afirmaba en una de sus principales
obras que “la causalidad es demasiado oscura como principio para
llevar el peso de toda la estructura de la teología”
. Esto, que no solo lo afirma James, se escribe
pronto sobre un papel y es fácil hacerlo creer a
los demás desde una cátedra universitaria cuando los demás en
lugar de espíritu crítico nos tienen respeto admirativo... pero no
es posible vivirlo. Es probable que el mismo James, agarrándose
el estómago en medio de algún retorcijón haya pensado para
sus adentros: “deben ser los duraznos verdes que comí ayer”,
o “esto me pasa por glotón”; o simplemente habrá impedido
que alguno de sus hijos meta los dedos en el
enchufe o curiosee de cerca a los leones del zoológico
de New York... llevado por su convicción vital de que
hay una relación de causa y efecto –principio de causalidad–
entre estos acontecimientos, lo cual aunque lo niegue intelectualmente le
resulta evidente vitalmente. Esto muestra que los filósofos necios cuando
pasean en pijama por sus casas suelen guiarse por el
sentido común, el cual abandonan junto con sus pijamas cuando
salen para dar clase. El día que dejan de hacerlo
terminan durmiendo en un caño, como Diógenes, o en el
manicomio como Nietszche. Vamos a ver esto mismo desde otro punto
de vista distinto.
c) La tercera vía: por la contingencia de
los seres
El argumento fundamental de la tercera vía para demostrar
la existencia de Dios puede formularse sintéticamente del modo siguiente:
la contingencia de las cosas del mundo nos lleva con
toda certeza al conocimiento de la existencia de un Ser
Necesario que existe por sí mismo, al que llamamos Dios.
Aclaremos
algunos conceptos: · un ser contingente es aquel que existe, pero podría
no existir; o también, aquel que comenzó a existir y
dejará de existir algún día; tales son todos los seres
corruptibles del universo; · un ser necesario es aquel que existe y
no puede dejar de existir; o también, aquel que, teniendo
la existencia de sí y por sí mismo, ha existido
siempre y no dejará jamás de existir.
El argumento lo expone
Santo Tomás: “La tercera vía considera el ser posible o
contingente y el necesario, y puede formularse así: Hallamos en
la naturaleza cosas que pueden existir o no existir, pues
vemos seres que se engendran o producen y seres que
mueren o se destruyen, y, por tanto, tienen posibilidad de
existir o de no existir. Ahora bien: es imposible que los
seres de tal condición hayan existido siempre, ya que lo
que tiene posibilidad de no ser hubo un tiempo en
que de hecho no existió. Si, pues, todas las cosas
existentes tuvieran la posibilidad de no ser, hubo un tiempo
en que ninguna existió de hecho. Pero, si esto fuera
verdad, tampoco ahora existiría cosa alguna, porque lo que no
existe no empieza a existir más que en virtud de
lo que ya existe, y, por tanto, si nada existía,
fue imposible que empezase a existir alguna cosa, y, en
consecuencia, ahora no existiría nada, cosa evidentemente falsa. Por consiguiente, no
todos los seres son meramente posibles o contingentes, sino que
forzosamente ha de haber entre los seres alguno que sea
necesario. Pero una de dos: este ser necesario o tiene
la razón de su necesidad en sí mismo o no
la tiene. Si su necesidad depende de otro, como no
es posible admitir una serie indefinida de cosas necesarias cuya
necesidad dependa de otras –según hemos visto al tratar de
las causas eficientes–, es forzoso llegar a un Ser que
exista necesariamente por sí mismo, o sea, que no tenga
fuera de sí la causa de su existencia necesaria, sino
que sea causa de la necesidad de los demás. Y
a este Ser absolutamente necesario lo llamamos Dios” .
Se trata,
como se ve, de un razonamiento absolutamente demostrativo en todo
el rigor científico de la palabra. La existencia de Dios
aparece a través de él con tanta fuerza como la
que lleva consigo la demostración de un teorema de geometría.
No es posible substraerse a su evidencia ni hay peligro
alguno de que el progreso de las ciencias encuentre algún
día la manera de desvirtuarla, porque estos principios metafísicos trascienden
la experiencia de los sentidos y están por encima y
más allá de los progresos de la ciencia.
Que el ser
necesario se identifica con Dios es cosa clara y evidente,
teniendo en cuenta algunas de las características que la simple
razón natural puede descubrir con toda certeza en él. He
aquí las principales:
1º El ser necesario es infinitamente perfecto. Consta por
el mero hecho de existir en virtud de su propia
esencia o naturaleza, lo cual supone el conjunto de todas
las perfecciones posibles y en grado supremo. Porque posee la
plenitud del ser y el ser comprende todas las perfecciones:
es, pues, infinitamente perfecto. 2º No hay más que un ser necesario.
El Ser necesario es infinito; y dos infinitos no pueden
existir al mismo tiempo. Si son distintos, no son ni
infinitos ni perfectos, porque ninguno de los dos posee lo
que pertenece al otro. Si no son distintos, no forman
más que un solo ser. 3º El ser necesario es eterno. Si
no hubiera existido siempre, o si tuviera que dejar de
existir, evidentemente no existiría en virtud de su propia naturaleza.
Puesto que existe por sí mismo, no puede tener ni
principio, ni fin, ni sucesión. 4º El ser necesario es absolutamente inmutable.
Mudarse es adquirir o perder algo. Pero el Ser necesario
no puede adquirir nada, porque posee todas las perfecciones; y
no puede perder nada, porque la simple posibilidad de perder
algo es incompatible con su suprema perfección. Por tanto es
inmutable. 5º El ser necesario es absolutamente independiente. Porque no necesita de
nadie, se basta perfectamente a sí mismo, ya que es
el Ser que existe por sí mismo, infinito, eterno, perfectísimo. 6º El
ser necesario es un espíritu. Un espíritu es un ser
inteligente, capaz de pensar, de entender y de querer; un
ser que no puede ser visto ni tocado con los
sentidos corporales, a diferencia de la materia, que tiene las
características opuestas. El Ser necesario tiene que ser forzosamente espíritu,
no cuerpo o materia. Porque, si fuera corporal, sería limitado
en su ser, como todos los cuerpos. Si fuera material
sería divisible y no sería infinito. Tampoco sería infinitamente perfecto,
porque la materia no puede ser el principio de la
inteligencia y de la vida, que están mil veces por
encima de ella. Luego el Ser necesario es un Ser
espiritual, infinitamente perfecto y trascendente. Ahora bien: estos y otros caracteres
que la simple razón natural descubre sin esfuerzo y con
toda certeza en el ser necesario coinciden en absoluto con
los atributos divinos. Por ende el ser necesario es Dios.
Consecuentemente, la existencia de Dios está fuera de toda duda
a la luz de la simple razón natural.
d) La cuarta
vía: por los distintos grados de perfección
La cuarta vía llega
a la existencia de Dios por la consideración de los
distintos grados de perfección que se encuentran en los seres
creados. Es, quizá, la más profunda desde el punto de
vista metafísico; pero, por eso mismo, es la más difícil
de captar por los no iniciados en las altas especulaciones
filosóficas. La expone Santo Tomás diciendo: “La cuarta vía considera los
grados de perfección que hay en los seres. Vemos en
los seres que unos son más o menos buenos, verdaderos
y nobles que otros, y lo mismo sucede con las
diversas cualidades. Pero el más y el menos se atribuye
a las cosas según su diversa proximidad a lo máximo,
y por esto se dice que una cosa está tanto
más caliente cuanto más se aproxima al máximo calor. Por
tanto, ha de existir algo que sea verdaderísimo, nobilísimo y
óptimo, y, por ello, ente o ser supremo; pues, como
dice el Filósofo, lo que es verdad máxima es máxima
entidad. Ahora bien: lo máximo en cualquier género es causa
de todo lo que en aquel género existe, y así
el fuego, que tiene el máximo calor , es causa
del calor de todo lo caliente. Existe, por consiguiente, algo
que es para todas las cosas existentes causa de su
ser, de su bondad y de todas sus demás perfecciones.
Y a ese Ser perfectísimo, causa de todas las perfecciones,
le llamamos Dios” .
El argumento de esta cuarta vía es
similar a las anteriores. Partiendo de un hecho experimental completamente
cierto y evidente –la existencia de diversos grados de perfección
en los seres–, la razón natural se remonta a la
necesidad de un ser perfectísimo que tenga la perfección en
grado máximo, o sea que la tenga por su propia
esencia y naturaleza, sin haberla recibido de nadie, y que
sea, por lo mismo, la causa o manantial de todas
las perfecciones que encontramos en grados muy diversos en todos
los demás seres. Ahora bien: ese ser perfectísimo, origen y
fuente de toda perfección, es precisamente el que llamamos Dios
.
e) La quinta vía: por la finalidad y orden del
universo La expone Santo Tomás: “La quinta vía se toma del
gobierno del mundo. Vemos, en efecto, que cosas que carecen
de conocimiento, como los cuerpos naturales, obran por un fin,
lo que se comprueba observando que siempre, o la mayor
parte de las veces, obran de la misma manera para
conseguir lo que más les conviene; de donde se deduce
que no van a su fin por casualidad o al
acaso, sino obrando intencionadamente. Ahora bien: es evidente que lo
que carece de conocimiento no tiende a un fin si
no lo dirige alguien que entienda y conozca, a la
manera como el arquero dispara la flecha hacia el blanco.
Luego existe un ser inteligente que dirige todas las cosas
naturales a su fin, y a éste llamamos Dios” .
Esta
prueba de la existencia de Dios, además de ser totalmente
válida (hasta el mismo Kant se inclinaba con respeto ante
ella), es la más clara y comprensible de todas. Por
eso ha sido desarrollada ampliamente por escritores y oradores, que
encuentran en ella la manera más fácil y sencilla de
hacer comprensible la existencia de Dios, aun a los entendimientos
menos cultivados. Por esta razón daré algunos ejemplos, tomados del
orden del universo. En el libro del P. Royo Marín,
que venimos siguiendo se pueden encontrar varios ejemplos partiendo del
orden del cosmos, del mundo de las fuerzas fisico-químicas, de
la vida vegetal y animal, del reino sensitivo y otros
más, tomados a su vez de la obra de Ricardo
Viejo-Felíu, El Creador y su creación . Me aparto momentáneamente
del libro de Royo Marín para basarme en lo que
dice al respecto del orden del universo el P. Jorge
Loring, en su conocido libro Para salvarte :
“Mira el
cielo. ¿Puedes contar las estrellas? El Atlas del cosmos, que
ya se ha empezado a publicar, constará de veinte volúmenes,
donde figurarán unos quinientos millones de estrellas. El numero total
de las estrellas del Universo se calcula en unos 200.000
trillones de estrellas: un numero de veinticuatro cifras!. El Sol
tiene diez planetas: Mercurio, Venus, la Tierra, Marte, Júpiter, Saturno,
Urano, Neptuno y Plutón. Los nueve conocidos, y el décimo
que se acaba de descubrir: el Planeta X. Fue localizado
por la sonda Pioneer en 1987, pero hacía veinte años
que conocíamos su existencia. Nuestra galaxia, la Vía Láctea, tiene
cien mil millones de soles . Y galaxias como la
nuestra se conocen cien mil millones. La Nebulosa de Andrómeda
consta de doscientos mil millones de estrellas. Pues, si unos
hoyos en la arena no se pueden haber hecho solos,
¿se habrán hecho solos los millones y millones de estrellas
que hay en el cielo? Alguien ha hecho las estrellas.
A ese Ser, Causa Primera de todo el Universo, llamamos
Dios. La Luna, está a 384.000 Km de la Tierra.
El Sol a 150.000.000 Km. Plutón a 6.000.000.000 de Km.
Fuera del sistema solar, Sirio a ocho años luz, Arturo
a treinta y seis años luz. La luz, a 300.000
Km. por segundo, recorre en un año una distancia igual
a 200 millones de vueltas a la Tierra. En kilómetros
son unos diez billones de kilómetros . Para caer en
la cuenta de lo que es un billón, pensemos que
un billón de segundos son casi treinta y dos mil
años. La velocidad de la Luz, según las leyes de
la Física, no puede superarse. La velocidad de la luz
es tope, como demostró matemáticamente Einstein; pues según la ecuación
e=mc2 a esa velocidad la masa se haría infinita .
Y fuera de nuestra galaxia, la nebulosa de Adrómeda, que
es la más cercana a nuestra galaxia de la Vía
Láctea, está a dos millones de años-luz . Coma de
Virgo a 200 millones de años-luz, y el Cumulo de
Hidra a 2.000 millones de años-luz . Éste es el límite
de percepción de los telescopios ópticos. Pero los radiotelescopios profundizan
mucho más. El astro más lejano detectado es el Quásar
PKS 2.000-330, está a quince mil millones de años-luz. Los
quásares son radio-estrellas que emiten ondas hertzianas. Se detectaron por
vez primera en 1960. En el cielo hay millones y
millones de estrellas muchísimo mayores que la dimensión de la
Tierra. La Tierra es una bola de 40.000 Km. de
perímetro (meridiano). El Sol es un millón trescientas mil veces
mayor que la Tierra. En la estrella Antares, de la
constelación de Escorpión, caben 115 millones de soles. Alfa de
Hércules, que está a 1.200 años-luz, y es la mayor
de todas las estrellas conocidas, es ocho mil billones de
veces mayor que el Sol. Para aclarar un poco estos
volúmenes descomunales, diremos que la órbita de la Luna dando
vueltas alrededor de la Tierra, cabe dentro del Sol; y
que el radio de Antares es el diámetro de la
órbita de la Tierra, es decir, de trescientos millones de
kilómetros; y que el diámetro de la órbita de Plutón,
que es de doce mil millones de Km., es la
décima parte del radio de Alfa de Hércules. Todo esto
me lo ha calculado un astrónomo. La mayor radio-estrella conocida
es DA-240 que tiene el fabuloso diámetro de seis millones
de años-luz. El diámetro de esta radio-estrella es sesenta veces
mayor que el diámetro de nuestra galaxia, la Vía Láctea,
que es de cien mil años de luz. Estas bolas
gigantescas van a enormes velocidades. La Tierra va a cien
mil Km. por hora, es decir a treinta Km. por
segundo. El Sol va a trescientos Km. por segundo, hacia
la Constelación de Hércules. La Constelación de Virgo se aleja
de nosotros a mil Km. por segundo. El Cumulo de
Boyero se desplaza a cien mil Km. por segundo. Por
el desplazamiento hacia el rojo de las rayas del espectro
se ha calculado que hay estrellas que se alejan de
nosotros a 276.000 Km. por segundo. Es decir, al 92
% de la velocidad de la luz. El movimiento de
las estrellas es tan exacto que se puede hacer el
almanaque con muchísima anticipación. El almanaque pone la salida y
la puesta del Sol de cada día, los eclipses que
habrá durante el año, el día que serán, a qué
hora, a qué minuto, a qué segundo, cuánto durarán, qué
parte del Sol o de la Luna se ocultará, desde
qué punto de la Tierra será visible, etc. El 30
de junio de 1973, España entera estuvo pendiente del eclipse
parcial de Sol del cual la prensa venía hablando varios
días. El 2 de octubre de 1959, fue visible desde
la islas Canarias, un eclipse total de Sol, a las
12 del mediodía, tal como se había previsto desde mucho
antes. Por eso se instaló en la Punta de Jandía
en Fuerteventura un puesto de observación en el que se
reunieron científicos del mundo entero. El anterior eclipse de Sol
contemplado desde Canarias, fue el 30 de agosto de 1905,
y se sabe que habrá que esperar hasta pasado el
siglo XXII para ver otro eclipse total de Sol dentro
de nuestras fronteras [Loring se refiere a España]. El año
2005 podremos observar un eclipse anular desde Cádiz. El cometa
Halley (llamado así en honor del astrónomo Edmundo Halley, contemporáneo
y amigo de Isaac Newton) que como se había previsto
el siglo pasado, pasó junto a nosotros en el año
1910, volvió a pasar cerca de la Tierra (a 486
millones de kilómetros) en marzo de 1986 según se había
anunciado. Todos los periódicos del mundo hablaron de él. Halley
(1646-1742) que observó el cometa en 1662 calculó su órbita
y predijo que aparecería de nuevo cada setenta y seis
años, y así ha sucedido. Volverá a verse el año
2062. Cuando pasó junto a la Tierra en 1986 fue
fotografiado por la sonda europea Giotto, que se acercó al
núcleo del cometa a una distancia de 500 kilómetros. La
longitud de la cola del cometa Halley es de cincuenta
millones de kilómetros y está formada por gases enrarecidos (...)
El núcleo del cometa está formado por gases sólidos a
100 grados centígrados bajo cero. Sus dimensiones son de 7´50
por 8´50 por 18 kilómetros. Aunque los chinos ya lo
conocían mil años antes de Cristo y ha dado miles
de vueltas alrededor del Sol, terminará por desaparecer, pues cada
vez que se acerca al Sol pierde peso al volatilizarse
por el calor parte de los gases sólidos del núcleo.
La cola del cometa no va hacia atrás, como la
estela de un avión de reacción, sino que arrastrada por
el viento solar se desplaza en el sentido opuesto al
Sol, como el humo de una locomotora en marcha, que
se desplaza lateralmente si hace un viento fuerte. La precisión
del movimiento de los astros sería imposible conocerlo si el
orden del movimiento de los astros no fuera calculable matemáticamente.
Por eso James Jeans, ilustre matemático y Presidente de la
Real Sociedad Astronómica de Inglaterra y Profesor de la Universidad
de Oxford, uno de los más grandes astrónomos contemporáneos, en
su libro Los misterios del Universo afirma que el Creador
del Universo tuvo que ser un gran matemático . Y
Einstein dijo que la Naturaleza es la realización de las
ideas matemáticas de Dios . Paul Dirac, Catedrático de Física
Teórica de la Universidad de Cambridge y uno de los
científicos más sobresalientes de nuestra generación, dijo en la revista
Scientific America: ‘Dios es un matemático de alto nivel’ . Todo
este orden maravilloso requiere una gran inteligencia que lo dirija.
¿Qué pasaría en una plaza de mucho tránsito si los
conductores quedaran repentinamente paralizados y los vehículos, sin inteligencia, abandonados
a su propio impulso? En un momento tendríamos una horrenda
catástrofe. Cuanto más complicado y perfecto sea el orden, mayor debe
ser la inteligencia ordenadora. Construir un reloj supone más inteligencia
que construir una carretilla. Si un día naufragas en alta
mar, y agarrado a un madero llegas a una isla
desierta, aunque allí no encuentres rastro de hombre, ni un
zapato del hombre, ni un trapo de hombre, ni una
lata de sardinas vacía, nada; pero si paseando por la
isla desierta encuentras una cabaña, inmediatamente comprendes que en aquella
isla, antes que tú, estuvo un hombre. Comprendes que aquella
cabaña es fruto de la inteligencia de un hombre. Comprendes
que aquella cabaña no se ha formado al amontonarse los
palos caídos de un árbol. Comprendes que aquellas estacas clavadas
en el suelo, aquellos palos en forma de techo y
aquella puerta giratoria son fruto de la inteligencia de un
hombre. Pues si unos palos en forma de cabaña requieren
la inteligencia de un hombre, ¿no hará falta una inteligencia
para ordenar los millones y millones de estrellas que se
mueven en el cielo con precisión matemática? Isaac Newton (1642-1727)
y Johann Kepler (1571-1630) formularon matemáticamente las leyes que rigen
el movimiento de las estrellas del Universo; pero Newton y
Kepler no hicieron esas leyes, porque las estrellas se movían
según esas leyes muchísimos años antes de que nacieran Newton
y Kepler. Por tanto hay algún autor de esas leyes
que rigen el movimiento matemático de las estrellas. Por eso
el cosmonauta Borman dijo desde la Luna: ‘nosotros hemos llegado
hasta aquí gracias a unas leyes que no han sido
hechas por el hombre’. Y Newton: ‘El conjunto del Universo
no podía nacer sin el proyecto de un Ser inteligente’
. ‘Me basta –ha dicho Albert Einstein– reflexionar sobre la
maravillosa estructura del Universo, y tratar humildemente de penetrar siquiera
una parte infinitesimal de la sabiduría que se manifiesta en
la Naturaleza’ . Dijo también: ‘Dios no juega a los
dados’ . La inteligencia que ordena las estrellas en el
cielo y dirige con tanta perfección la máquina del Universo
es la inteligencia de Dios. Por eso dice la Biblia:
Los cielos cantan la gloria de Dios (Sal 19,2). Las
criaturas son dedos que me señalan a Dios. Pero hay
gente que se queda mirando el dedo y no ve
más allá”.
Hasta aquí la cita de Loring. Pero no menos
sorprendente que el orden del cosmos es el orden de
cada ser. Basta con que preguntes a un médico que
te explique el maravilloso mecanismo de la fecundidad femenina y
de la maternidad para que debas reconocer un orden extraordinario
que no puede responder sino a una inteligencia ordenadora: el
maravilloso mecanismo hormonal por el que cada mujer es preparada
a lo largo de cada ciclo fértil para poder ovular
y todo lo que desencadena la ovulación: una extraordinaria y
armoniosa interacción de precisas órdenes entre las diversas glándulas para
preparar todo el organismo en orden a una posible concepción,
preparación que no sólo mira la preparación del cuerpo femenino
sino la protección del embrión en caso de que tenga
lugar la concepción; y una vez dada ésta, el misterioso
y matemático proceso por el cual la célula fecundada, el
embrión humano, comienza un crecimiento siempre rigurosamente igual en los
millones de seres humanos que ya han venido a la
vida, hasta culminar en el nacimiento. No puede ser menos,
si tenemos en cuenta que en niveles sumamente inferiores a
éste, se verifica el mismo fenómeno de un orden sorprendente
como lo demuestra, por ejemplo, la sabiduría de una simple
abeja . En efecto, la abeja resuelve el problema de
construir una celdilla tal, que con la menor cantidad de
cera admita la mayor cantidad de miel. Reaumur lo descubrió
hace dos siglos, aplicando algoritmos del cálculo infinitesimal, descubierto por
Leibnitz. Pero lo curioso fue que los sabios, al hacer
por primera vez el cálculo, se equivocaron; y la abeja,
sin cálculo, sin estudio, no se equivocaba. ¡Y era allá
por los años en que aún no habían nacido Reaumur,
Leibnitz ni Pitágoras! El descubrimiento fue así. Reaumur, el famoso
físico introductor de la escala termométrica que lleva su nombre,
sospechando lo que en efecto sucedía, propuso a sus compañeros
el siguiente problema: ¿Qué ángulos hay que dar a los
rombos de la base de una celdilla, de sección hexagonal,
para que, siendo la superficie mínima, la capacidad sea máxima?
König aplicó la teoría de máximos y mínimos del cálculo
infinitesimal y halló, para el ángulo agudo de rombo, una
amplitud de 70º 34’; naturalmente el ángulo obtuso tenía que
ser complementario de aquél. Medido el rombo de las celdillas
de las abejas, encontraron constantes sus ángulos, y el agudo
era de 70º 32’. ¡Aparentemente el animalito se equivocaba en
la insignificante cifra de dos minutos de grado! Pero al
poco tiempo naufragó un barco en el litoral francés; el
accidente se debió a un error en la apreciación de
la longitud. Piden responsabilidades al capitán, que tranquilamente presenta sus
cálculos, los cuales estaban bien hechos. Todos estaban desorientados. La
causa había que buscarla en otra parte. Repasadas y estudiadas
las operaciones, encontraron una errata en la tabla de logaritmos,
que marcó su impronta en el cálculo de la longitud.
Corregido dicho error, König volvió sobre el problema propuesto por
Reaumur, que dio para el ángulo agudo del rombo de
la base 70º 32’. Se equivocaron los sabios matemáticos, pero
la abeja no se equivocó ni se equivoca y construye
una celdilla tal, que con el menor gasto de cera
admite la mayor cantidad de miel.
De todo esto se puede
deducir que si no existe un Creador infinitamente sabio y
poderoso, el orden dinámico que preside a todo el cosmos,
desde las galaxias hasta los hábitos de la abejas, se
debe atribuir al azar. No hay solución intermedia. Es así
que el azar no explica de ningún modo este orden.
Por tanto, existe aquel Creador de sabiduría y poder infinito. El
mundo, en una palabra, es el resultado de una comprensión
infinita. Por eso, la creencia en Dios pertenece a las
funciones normales de la inteligencia humana. Y por esta misma
razón, el ateo es un caso clínico, como el de
uno que pierde la razón . Porque admitir sólo el
choque ciego de fuerzas naturales es aceptar una ininteligencia más
inteligente que la inteligencia misma. La incredulidad no consiste en
no creer, sino en creer lo difícil antes que lo
fácil.
3. Los científicos y Dios
Por lo que acabamos de
exponer, no nos puede sorprender que si bien hay en
nuestros días científicos que dicen no creer en Dios, sin
embargo, junto a ellos hay muchos otros, que son la
mayoría, y se cuentan entre los más prestigiosos en el
mundo de la ciencia, que han creído en Dios no
sólo llevados por su fe (algunos han sido cristianos y
otros no) sino por su ciencia. Tampoco debería sorprendernos que
verdaderos pensadores caigan en argumentos anticientíficos cuando se trata de
la negación de Dios; sólo para citar un ejemplo, cuando
William James, a quien ya nos hemos referido antes, enseñó
que la existencia de Dios no puede ser demostrada, no
dio otra prueba que el argumento de autoridad (argumento fundamental
en teología, pero de valor casi nulo en filosofía y
menos en ciencia): “todos los idealistas desde Kant han estado
de acuerdo en rechazar o al menos no considerar las
pruebas, lo que demuestra que ellas no son suficientemente sólidas
para servir como fundamento de la religión” . Pero ¡así
no puede proceder un científico pues también la mayoría –si
no todos– de los científicos estaban de acuerdo en que
el sol gira en torno de la tierra cuando Copérnico
(y luego de él Galileo) planteó su teoría de que
eran los planetas los que giraban en torno al sol!
¿En dónde estaría la ciencia si se hubiese guiado por
el argumento del número? Por este motivo veamos qué dicen
sobre Dios algunos de los estudiosos más destacados en el
mundo de la ciencia:
Copérnico, astrónomo polaco (1473-1543) que probó la
esfericidad de la tierra, expuso sus movimientos y la rotación
de todo el sistema solar y defendió antes que Galileo
el heliocentrismo, dijo: “Si existe una ciencia que eleve el
alma del hombre y la remonte a lo alto en
medio de las pequeñeces de la tierra, es la Astronomía...,
pues no se puede contemplar el orden magnífico que gobierna
el universo sin mirar ante sí y en todas las
cosas al Creador mismo, fuente de todo bien”. Galileo Galilei, astrónomo
y físico italiano (1564-1642) a quien muchos científicos, incluso ateos,
consideran uno de los símbolos del “hombre de ciencia”, murió
profesando su fe en Dios y en la Iglesia católica,
apostólica y romana. Kepler, astrónomo alemán (1571-1630), que formuló las leyes
que llevan su nombre, a pesar de haber llevado una
vida muy desgraciada, escribe: “Te doy gracias, Dios Creador, porque
me has concedido la felicidad de estudiar lo que Tú
has hecho, y me regocijo de ocuparme de tus obras.
Me ha cabido el honor de mostrar a los hombres
la gloria de tu Creación, o, por lo menos, de
aquella parte de tu infinito reino que ha sido accesible
a mis escasas luces”; y también: “Día vendrá en el
que podremos leer a Dios en la Naturaleza como lo
leemos en las Sagradas Escrituras”; “Ahora yo he terminado la
obra de mi profesión, habiendo empleado todas las fuerzas del
talento que tú me has dado; he manifestado la gloria
de tus obras a los hombres que lean estas demostraciones,
por lo menos en la medida en que la estrechez
de mi inteligencia ha podido captar su infinitud; mi espíritu
ha estado atento a filosofar correctamente”. Isaac Newton, físico, astrónomo y
matemático inglés (1642-1727), considerado por muchos científicos como el más
grande de todos los tiempos, en cuanto inteligencia e ingenio,
no tuvo reparo en dejar escrito: “El orden admirable del
sol, de los planetas y cometas tiene que ser obra
de un Ser Todopoderoso e inteligente...; y si cada estrella
fija es el centro de un sistema semejante al nuestro,
es cierto que, llevando todos el sello del mismo plan,
todos deben estar sumisos a un solo y mismo Ser...
Este Ser infinito lo gobierna todo no como el alma
del mundo, sino como Señor de todas las cosas. Dios
es el Ser Supremo, Infinito, Eterno, absolutamente Perpetuo”. El médico y
naturalista sueco Karl von Linneo (1707-1778), considerado como fundador de
la Botánica y uno de los más grandes botánicos de
todos los tiempos, que escribió más de 15 relevantes obras,
tuvo firmes convicciones religiosas, como lo demuestran estas sabias palabras
de su obra Systema Naturae: “Salía yo de un sueño
cuando Dios pasó de lado, cerca de mí: le vi
y me llené de asombro... He rastreado las huellas de
Dios en las criaturas y, en todas, aun en las
más ínfimas y más cercanas ¡qué poder, qué sabiduría, qué
insondables perfecciones no he encontrado!”. El físico italiano Alejandro Volta (1745-1827),
inventor del electrófono y la pila que lleva su nombre,
testimonió: “He estudiado y reflexionado mucho. Ahora ya veo a
Dios en todo...”. El astrónomo francés Hervé-Auguste-Etienne-Albans Faye (1814-1902), hablando de
ateísmo dijo: “En cuanto a negar a Dios, es como
si desde aquellas alturas se dejara uno caer pesadamente sobre
el suelo. (...) Es falso que la ciencia haya llegado
por sí misma a la negación de Dios. Esta se
produce en ciertas épocas de lucha contra instituciones del pasado.
Así se encuentran algunos filósofos ateos en la decadencia de
la antigua sociedad grecorromana. A fines del siglo XVIII y
aún hoy seguramente, porque es propio de la lucha, pronto
volverán los espíritus a las verdades eternas, muy asombrados, en
el fondo, de haberlas combatido durante tanto tiempo”. El checo Gregor
Johann Mendel (1822-1869) fue fraile agustino, padre de toda la
genética y de gran parte de la biología actual, con
su vida religiosa sin muchas palabras practicó su fe cristiana
sin contradicciones con su ciencia. El químico y bacteriólogo francés Louis
Pasteur, (1822-1895), fundador de la asepsia y antisepsia modernas, quien
no tenía reparo en rezar su rosario mientras viajaba en
tren a pesar de las burlas de algunos “universitarios” pedantes
que sin saber quién era pensaban que era un simple
campesino ignorante, decía: “Yo te aseguro que, porque sé algo,
creo como un bretón; si supiera más creería como una
bretona” (haciendo referencia a que su ciencia no contradecía la
fe de un simple campesino). El ingeniero alemán, luego nacionalizado americano,
Wernher von Braum (nacido en 1912), autor del emplazamiento en
órbita del primer satélite estadounidense Explorer I, llamado “rocket genius”,
el genio de los cohetes, que trabajó como directivo en
la NASA, en los proyectos del cohete Saturno y en
el proyecto Apolo (cohete tripulado a la Luna), poseyó un
profundo sentido religioso: “Los materialistas del siglo XIX y sus
herederos los marxistas del siglo XX nos dicen que el
creciente conocimiento científico de la creación permite rebajar la fe
en un Creador. Pero toda nueva respuesta ha suscitado nuevas
preguntas. Cuanto más comprendemos la complejidad de la estructura atómica,
la naturaleza de la vida o el camino de las
galaxias, tanto más encontramos nuevas razones para asombrarnos ante los
esplendores de la creación divina... El hombre tiene necesidad de
fe como tiene necesidad de paz, de agua y de
aire... ¡Tenemos necesidad de creer en Dios!”. El médico francés Aléxis
Carrel (1873-1944), ateo convertido en Lourdes ante la vista de
un milagro, decía: “Yo quiero creer, yo creo todo aquello
que la Iglesia Católica quiere que crea más y, para
hacer esto, no encuentro ninguna dificultad, porque no encuentro en
la verdad de la Iglesia ninguna oposición real con los
datos seguros de la ciencia”. “Yo no soy filósofo ni
teólogo; hablo y escribo solamente como hombre de ciencia”. Pascual Jordan
(nacido en 1902) fue un físico alemán, fundador junto con
Max Born y Werner Heisenberg de la mecánica cuántica, al
escribir su libro que tituló El hombre de ciencia ante
el problema religioso, decía: “No sin razón he titulado este
libro El hombre de ciencia ante el problema religioso. Su
intención era explicar cómo todos los impedimentos, todos los mitos
que la ciencia antigua había levantado para obstruir el camino
de acceso a la religión hoy han desaparecido (...)La afirmación
de la concepción determinista de que Dios se había quedado
sin trabajo en una naturaleza que seguía su curso regularmente,
ha perdido ahora su fundamento. (...) En la innumerable cantidad
de resultados siempre nuevos e indeterminados se puede ver la
acción, la voluntad, el señorío de Dios (...) No afirmamos
que la acción de Dios en la naturaleza se haya
hecho científicamente visible o demostrable (...) sino que, en lo
que concierne a la fe religiosa, la nueva física ha
negado aquella negación: ha probado que son erróneas aquellas concepciones
de la vieja ciencia que habían sido aducidas antes como
pruebas en contra de la existencia de Dios”. El neurobiólogo John
Eccles, director del departamento de Bioquímica de la Universidad de
Cambridge, decía hablando del materialismo de muchos científicos: “Creo que
el materialismo hipotético es aún la creencia más extendida entre
los científicos. Pero no contiene más que una promesa: que
todo quedará explicado, incluso las formas más íntimas de la
experiencia humana, en términos de células nerviosas... Esto no es
más que un tipo de fe religiosa; o mejor, es
una superstición que no está fundada en evidencias dignas de
consideración. Cuanto más progresamos a la hora de comprender la
conformación del cerebro humano, más clara resulta la singularidad del
ser humano respecto a cualquier otra cosa del mundo material”. Henry
Margenau, colaborador de Einstein, Heisenberg y Scheoedinger, físico de la
Universidad de Yale, fundador de tres importantes revistas científicas, ocho
doctorados honoris causa, presidente de la American Association of the
Philosophie et Science, decía: “Casi todo el mundo admite claramente
que el Universo ha tenido un comienzo y aunque hay
algunos, como Carl Sagan, que en astronomía son vivamente antirreligiosos,
otros, como Robert Jastrow, que trabajan en el mismo campo,
no lo son. Y Jastrow es más prestigioso que Sagan
como científico y como físico. Sagan es un publicista, Jastrow
es un físico que ha investigado la materia de la
que habla. Y Jastrow es un hombre religioso”. John von Neumann,
matemático húngaro (1903-1957), hijo de un rico banquero judío, considerado
por muchos como la mente más genial del siglo XX,
comparable solo a la de Albert Einstein, participó activamente en
el Proyecto Manhattan, el grupo de científicos que creó la
primera bomba atómica, participó y dirigió la producción y puesta
a punto de los primeros ordenadores y, como científico fue
asesor del Consejo de Seguridad de los Estados Unidos en
los años cincuenta; es el creador del campo de la
Teoría de Juegos (un campo en el que trabajan actualmente
miles de economistas y se publican a diario cientos de
páginas) y además las formulaciones matemáticas descritas por él sirvieron
de base para la teoría de la utilidad para resolver
problemas del Equilibrio General. En 1937 publicó A Model of
General Economic Equilibrium, del que E. Roy Weintraub dijo en
1983 que era “el más importante artículo sobre economía matemática
que haya sido escrito jamás”. Este científico hacia el final
de su vida se convirtió al catolicismo.
Y termino con este
texto del científico italiano Enrico Medi: “Cuando digo a un
joven: mira, allí hay una estrella nueva, una galaxia, una
estrella de neutrones, a cien millones de años luz de
lejanía. Y, sin embargo, los protones, los electrones, los neutrones,
los mesones que hay allí son idénticos a los que
están en este micrófono (...). La identidad excluye la probabilidad.
Lo que es idéntico no es probable (...). Por tanto,
hay una causa, fuera del espacio, fuera del tiempo, dueña
del ser, que ha dado al ser, ser así. Y
esto es Dios (...). El ser, hablo científicamente, que ha
dado a las cosas la causa de ser idénticas a
mil millones de años-luz de distancia, existe. Y partículas idénticas
en el universo tenemos 10 elevadas a la 85a potencia...
¿Queremos entonces acoger el canto de las galaxias? Si yo
fuera Francisco de Asís proclamaría: ¡Oh galaxias de los cielos
inmensos, alabad a mi Dios porque es omnipotente y bueno!
¡Oh átomos, protones, electrones! ¡Oh canto de los pájaros, rumor
de las hojas, silbar del viento, cantad, a través de
las manos del hombre y como plegaria, el himno que
llega hasta Dios!”.
Indudablemente, no se puede decir que la ciencia
tenga problemas con Dios; la tienen algunos científicos... y no
por su ciencia.
* *
*
Por todo esto podemos
decir que la verdad sobre la existencia de Dios es
un conocimiento tan claro que la Sagrada Escritura trata muy
duramente a los sabios paganos que no supieron remontarse al
Creador a través de la belleza y potencia de sus
obras:
Vanos por naturaleza todos los hombres en quienes se
encontró ignorancia de Dios y no fueron capaces de conocer
por las cosas buenas que se ven a Aquél que
es, ni, atendiendo a las obras, reconocieron al Artífice; sino
que al fuego, al viento, al aire ligero, a la
bóveda estrellada, al agua impetuosa o a las lumbreras del
cielo los consideraron como dioses, señores del mundo. Pues si,
cautivados por su belleza, los tomaron por dioses, sepan cuánto
les aventaja el Señor de éstos, pues fue el Autor
mismo de la belleza quien los creó. Y si fue
su poder y eficiencia lo que les dejó sobrecogidos, deduzcan
de ahí cuánto más poderoso es Aquel que los hizo;
pues de la grandeza y hermosura de las criaturas se
llega, por analogía, a contemplar a su Autor... Pues si
llegaron a adquirir tanta ciencia que les capacitó para indagar
el mundo, ¿cómo no llegaron primero a descubrir a su
Señor? (Sb 13,1-5. 9)
Bibliografía para ampliar y profundizar
–Reinhard Löw, Le
nuove prove hce Dio esiste (Las nuevas pruebas de que
Dios existe), Piemme, Casale Monferrato 1996 (el autor ha sido
Director del Instituto de investigación en filosofía, de Hannover; especialista
en la relación entre ciencias naturales y filosofía; esta es
una puesta al día, desde la visión del científico, de
las pruebas tradicionales, y de lo que el autor llama
“las nuevas pruebas” científicas). –Hillaire, La religión demostrada, Barcelona 1955. –Cornelio Fabro,
Le prove dell’esistenza di Dio, Ed. La Scuola, Brescia 1990
(excelente estudio con el análisis de las pruebas de la
existencia de Dios en los principales filósofos de la historia). –––––––––––––,
Dios. Introducción al problema teológico, Rialp, Madrid 1961. –––––––––––––, Drama del
hombre y misterio de Dios, Rialp Madrid 1974. –R. Garrigou-Lagrange, Dios.
Su existencia. Su naturaleza (dos volúmenes), Palabra, Madrid 1980. –Víktor Frankl,
La presencia ignorada de Dios, Herder, Barcelona 1985. –Fulton Sheen, Religión
sin Dios, Latinamericana, México DF s/f. –Antonio Royo Marín, Dios y
su obra, BAC, Madrid 1963. –Jesús Simón, SJ, A Dios por
la ciencia, Barcelona 1947. –Ricardo Viejo-Felíu, SJ, El Creador y su
creación, Ponce, Puerto Rico, 1952. –Jorge Loring, Para salvarte, Edapor, Madrid
1998 (51ª edición). –Manuel Carreira, S.I., El creyente ante la Ciencia,
Cuadernos BAC, n. 57. Madrid 1982. –Max Picard, La huida de
Dios, Guadarrama, Madrid 1962. –Nello Venturini, I filosofi e Dio. Dizionario
storico-critico, Marna, Barzago 2003. ––––––––––––––, La ricerca dell’Assoluto: Dio, c’è? Chi
è?, Coletti 1998.
Fabro, C., Le prove dell’esistenza
di Dio, Ed. La Scuola, Brescia 1990, p. 7
Cf. Santo Tomás, Suma Contra Gentiles, I, 4. En
una reunión bastante numerosa, un incrédulo se expresó en contra
de la existencia de Dios; y viendo que todo el
mundo guardaba silencio, añadió: “Jamás hubiera creído ser el único
que no cree en Dios, entre tantas personas inteligentes”. A
lo cual replicó la dueña de la casa: “Se equivoca,
señor; no es usted el único: mis caballos, mi perro
y mi gato comparten con usted ese honor; sólo que
ellos tienen el talento de no gloriarse”. Para este
punto utilizaré la exposición del P. Antonio Royo Marín, en
su Dios y su obra, BAC, Madrid 1963, pp. 11-31.
Sólo resumiré algunos párrafos, saltearé otros y añadiré algunos datos
tomados de otros libros o más actualizados. No pongo entrecomillado
el texto por su longitud, pero aclaro que casi todo
cuanto sigue pertenece al docto dominico español. Santo Tomás,
Suma Teológica, I, 2, 3. P. Jesús Simón, SJ,
A Dios por la ciencia Barcelona 1947, p. 28.
Hillaire, La religión demostrada, Barcelona, 1955, pp. 6-7. Santo
Tomás, Suma Teológica, I, 2, 3. Hillaire, op.cit., pp.
8-9. William James, Variaciones de la experiencia filosófica; citado
por Fulton Sheen, Religión sin Dios (ver bibliografía) p. 25.
Santo Tomás, Suma Teológica, I, 2, 3. No
importa que de hecho existan cosas mucho más calientes que
el fuego ordinario; este es solo un ejemplo de Santo
Tomás, tomado del lenguaje ordinario. Santo Tomás, Suma Teológica,
I, 2, 3. Este argumento se puede ampliar para
quien lo desee con la lectura de obras como las
de Fabro citadas en la bibliografía. Santo Tomás, Suma
Teológica, I, 2, 3. Obra realmente valiosa: P. Ricardo
Viejo-Felíu, SJ, El Creador y su creación, Ponce, Puerto Rico,
1952; también se puede ver la obra de P. Jesús
Simón, SJ, A Dios por la ciencia, Lumen Barcelona (hay
edición más actual de Ed. Sol de Fátima, Madrid).
Cito casi textualmente, suprimiendo sólo algunos párrafos y modificando ligeramente
otros. El texto del P. Loring, Para salvarte, Edapor, Madrid
1998 (51ª edición), nn. 1-9, tiene muchas notas a pie
de página fundamentando cada afirmación; por razón de espacio sólo
transcribiré algunas citas que considero fundamentales. El resto puede verse
en su obra. Manuel Carreira, S.I., Profesor de Física
y Astronomía en la Universidad de Cleveland (EE.UU.); Antropocentrismo científico
y religioso, Ed. A.D.U.E. Madrid, 1983 Manuel Carreira, S.I.,
El creyente ante la Ciencia, II, 3, Cuadernos BAC, n.
57. Madrid 1982. Stephen W. Hawking, Historia del tiempo,
II. Ed. Crítica, Barcelona, 1988 Stephen W. Hawking, Los
tres primeros minutos del Universo, II. Alianza Editorial, Madrid.
Fred Hoyle, El Universo inteligente, pg. 169. Ed. Grijalbo, 1984.
James Jeans, Los misterios del universo, pg.175. Desiderio
Papp,Einstein, 3º, XIII, 7. Ed. Espasa Calpe. Madrid, 1979.
Revista INVESTIGACIÓN Y CIENCIA, V, 1.963, pg.53. Isacc Newton,
Scholium Generale de sus Philosophiae Naturalis Principia Mathemática. Antonio
Dúe, S.I., El cosmos en la actualidad científica, I, 5.
Ed. FAX. Madrid. Max Born, Ciencia y conciencia de
la Era Atómica, 1º, IX. Alianza Editorial. Madrid, 1971.
Tomo este ejemplo de Royo Marín, op. cit., n. 22,
p. 25. Se puede leer también en otros libros.
Cf. Tihamer Toth, Creo en Dios, Madrid 1939, p. 127.
Se pueden ver las dos excelentes recopilaciones Fe y
científicos del siglo XX y Científicos del pasado creen en
Dios, en: www.arvo.net; sección Ciencia y Fe. Citado por
Fulton Sheen, como se indicó en cita anterior. |