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Tenemos un alma espiritual e inmortal
Que no te
roben la verdad sobre tu alma... El hombre es una criatura
racional compuesta de cuerpo y alma. Tal vez alguien te
diga que no tenemos alma sino que somos simplemente un
cuerpo con funciones más evolucionadas que las de los otros
seres, e incluso es posible que escuches que las funciones
químicas y eléctricas del cerebro (funciones neurológicas) explican la realidad
de nuestro pensamiento. Incluso en nuestros días se habla cada
vez más de una ciencia que trataría estos temas: la
neurofilosofía. Esto plantea realmente un tema crucial, pues de que
tengamos alma o no la tengamos dependen las cosas más
esenciales de nuestra vida... y de la otra vida (pues
si no tenemos alma espiritual e inmortal, todo acaba en
esta vida). Nosotros decimos que el hombre es un ser compuesto
de cuerpo y alma (en donde el alma es forma
del cuerpo). Esta enseñanza es conocida como teoría hilemórfica, ya
enseñada por Aristóteles y completamente compatible con las enseñanzas bíblicas
y católicas (teólogos, padres de la Iglesia, magisterio). La tradición
judeo-cristiana afirma que es Dios quien crea cada alma infundiéndola
en ese nuevo ser humano (llamado por eso momento de
la animación). Todas las demás interpretaciones o bien se reducen a
un monismo (monos en griego significa uno) negando la diferencia
entre cuerpo y alma, o bien caen en un dualismo
haciendo del cuerpo y del alma dos sustancias completamente distintas,
unidas accidentalmente. Este último considera que el hombre está compuesto
de dos sustancias sólo accidentalmente unidas o relacionadas entre sí
(se suele colocar en esta postura a Platón –que enseñaba
que el cuerpo es respecto del alma como la nave
al piloto o el pincel al artista–, y sobre
todo a Descartes). En cuanto al monismo se pueden distinguir diversas
clases. Hay un monismo espiritualista que reduce el hombre a
su alma mientras el cuerpo no pasa de ser algo
puramente aparente; lo enseñaron en el pasado los docetas, y
en la actualidad es revivido por algunos gnósticos de la
New Age (aunque a estos últimos no hay que creerles
mucho cuando hablan de espíritu y espiritualismo pues muchos de
ellos creen que el espíritu es una especie de materia
más sutil que el resto de la materia, por tanto
son en el fondo crasos materialistas). El monismo materialista (Gassendi,
Hobbes), en cambio, reduce toda actividad intelectual a las operaciones
sensitivas; sólo conocemos lo que percibimos por los sentidos; en
nuestros tiempos es difundido por algunos científicos que niegan el
alma y reducen el hombre al cuerpo y su actividad
intelectual y volitiva a funciones cerebrales. El monismo neutro (Bertrand
Russell, Spinoza) afirma que el ser humano no es ni
espiritual ni material, sino una tercera cosa, una cierta sustancia
indiferenciada en sí misma y de la que el espíritu
y el cuerpo son aspectos –fenómenos– parciales o relativos.
Veamos qué
podemos demostrar sobre la realidad del alma.
1. Existencia del alma
Que tenemos “alma”, en el fondo no lo niega ningún
pensador serio; el problema discutido, en todo caso es en
torno a la “naturaleza” de esa alma. Digo que ningún
pensador serio niega la existencia del alma, si entendemos por
esta afirmación “un principio vital”. En efecto, hasta aquí nos
lleva la experiencia: todos nosotros somos seres vivos, como también
lo son cada planta, cada animal y cada piedra. Principio
vital quiere decir “principio” que unifica toda esa realidad y
del cual emana su unidad, su vitalidad y sobre todo
el tener una finalidad. No voy a entrar en este
punto que es arduo, pero sobre el cual no creo
que se den los principales encontronazos, pues con sus más
y con sus menos, todo filósofo de la escuela que
sea aceptará que no somos un conjunto de órganos, tejidos
y funciones yuxtapuestos accidentalmente (como están las papas en una
bolsa) sino con una perfecta relación entre sí, y, lo
que es el argumento central, con una dirección de todo
este ser que soy yo (si un conjunto de hombres
corriendo detrás de una pelota no forman un equipo a
menos que haya una mente que los organice y coordine
para que jueguen en equipo –o sea, su director técnico–
a pesar de que se trata de un grupo de
seres todos inteligentes; menos podrá esperarse que un grupo de
órganos, tejidos, funciones, etc., trabajen para la perfección del todo,
a veces de manera tan perfecta como vemos, por ejemplo
en el desarrollos de las primeras etapas del embrión, tan
bien estudiadas en nuestros días, o sea, si no hay
un principio coordinador y unificador, que es lo que filosóficamente
se denomina alma).
Hasta aquí, digo, estaremos de acuerdo. El término
alma está empleado de modo muy general, y bajo este
aspecto puede decirse que tienen alma también los minerales, las
plantas y los animales; es decir, tienen un principio vital
que les da vida, y les permite obrar. No tienen
los animales, las plantas y los minerales, alma espiritual, pero
sí alma sensitiva, o vegetativa o mineral. Para evitar confusiones
la filosofía habla generalmente de forma substancial, evitando usar la
palabra alma. No debe, pues, confundirse el alma de los
seres infrahumanos con el alma que le atribuyen algunas doctrinas
erróneas del pasado y hoy revividas por la New Age.
Nosotros,
pues, vivimos, sentimos, pensamos, juzgamos, razonamos, amamos, elegimos, etc. Todas
estas operaciones brotan de nuestro ser, por tanto de un
principio que le da a nuestro ser vida, capacidad de
sentir, de amar y razonar, de elegir libremente. Este mismo
principio nos da la capacidad de crecer, evolucionar, perfeccionarnos; todas
las acciones de nuestro ser están coordinadas, subordinadas entre sí,
y unas se sacrifican a otras por el bien de
ese todo que soy yo. Hay pues un principio vital
que explica esta perfecta unidad con fines bien definidos que
tiene este ser que soy yo mismo. Esa es
mi alma.
2. La naturaleza del alma
Dije que hasta aquí podían
seguirnos todos los pensadores más o menos sensatos (pues hay
muchos que no lo son, aunque se precien de ello).
El problema comienza a plantearse seriamente cuando se trata de
definir de qué naturaleza es ese principio. ¿Es algo puramente
físico, corporal? ¿es algo vegetativo? ¿o es algo espiritual?
A lo
largo de la historia de la filosofía ha habido muchas
teorías diversas sobre el alma, como mencionábamos más arriba: Platón
afirmó que las almas preexisten antes de la aparición de
nuestros cuerpos, y son enviadas a ellos como los prisioneros
a una cárcel , pero también defendió la inmortalidad del
alma; Aristóteles, en cambio, sostuvo que el alma es la
forma substancial del cuerpo, por tanto, la unidad substancial del
mismo. Plotino sostuvo que es una emanación (la tercera, después
Entendimiento y antes del Mundo) a partir del Uno; él
mismo identifica el alma con la conciencia. Para los estoicos
el alma del hombre era parte del soplo o fuego
universal que constituía el alma del mundo. Sin embargo hay que
esperar a Guillermo de Occam (1280-1349) para que, por primera
vez, se ponga en duda la realidad misma del alma
y se diga que es imposible demostrar su existencia y,
mucho menos, su inmortalidad. Para Occam esto forma parte solamente
del terreno de la fe, pero no del conocimiento racional.
Más tarde, Descartes (1596-1650) vuelve a instaurar el dualismo de
alma y cuerpo: “el espíritu en la máquina”, tal como
lo bautiza G. Ryle. Este dualismo se radicaliza y Descartes
habla de la sustancia que es pensamiento y la sustancia
que es extensión. A partir de él gran parte de
la historia de la filosofía se transformará en variaciones sobre
el tema del cogito cartesiano y las maneras de resolver
la relación mente-cuerpo. Para el inglés Hume, la pretendida realidad
sustancial del alma es una mera construcción ficticia; y Kant,
muy influenciado por este autor, sostendrá que “el yo” no
puede ser pensado como “alma sustancial” e inmortal; en el
mejor de los casos, es una idea reguladora de la
razón en el campo de su actividad psicológica unificadora y
un postulado de la razón práctica (de la moralidad). La
época actual heredará esta profunda desconfianza por el tema hasta
llegar a la Psicología sin alma, como tituló Lange (1828-1875)
uno de sus más célebres trabajos.
¿Qué podemos decir nosotros? Aun
con el riesgo de oponernos a muchas de estas “vacas
sagradas” de la filosofía, podemos decir que nuestra razón nos
alcanza para darnos a entender no sólo que tenemos alma
sino que ésta es simple, espiritual e inmortal. Ahora, demostrarlo
ya es otra cosa, que intentaremos a continuación.
a) El alma
es simple
El alma es, en su esencia, simple e indivisible,
al revés de las cosas materiales que son compuestas y
divisibles. Podemos demostrarlo analizando las operaciones del alma . Nos lo
prueba la percepción. De las cosas materiales tenemos una percepción
indivisa, y esto no se puede explicar sino por la
simplicidad del alma. Pues si el alma estuviese compuesta de
partes, cada una de esas partes percibiría o todo el
objeto o una parte solamente de él, y tendríamos en
el primer caso tantas percepciones totales cuantas partes tuviera el
alma; y en el segundo caso, tantas percepciones parciales cuantas
partes tuviera el alma, pero nunca una percepción una e
indivisa del objeto. Nos lo prueba también la reflexión. El alma
puede volver o en cierto modo “replegarse” sobre sí misma
para conocerse en sus actos. Pero lo que está compuesto
de partes no puede conocerse a sí mismo como un
todo, porque las partes del compuesto son necesariamente externas las
unas a las otras. Suponiendo que una parte pudiera conocerse
a sí misma, las otras le serían totalmente extrañas. Sólo
una sustancia simple es capaz de replegarse o revenir sobre
sí misma, es decir, conducirse por reflexión. Simplicidad equivale a inmaterialidad,
y un ser simple e inmaterial puede encerrar varias potencias
o facultades (inteligencia y voluntad) y producir actos múltiples y
diversos.
b) El alma es espiritual
Somos seres corpóreos; esto es innegable
y sería una pérdida de tiempo detenernos en probar esto
(aunque algunas corrientes modernas hablan de cuerpos astrales y etéreos,
que en definitiva no se sabe qué quieren decir con
ello). La corporeidad la demuestran nuestros sentidos: somos influenciados por
otros cuerpos y por sus acciones: sufrimos el calor del
fuego y el frío del hielo, nos duelen las heridas,
tenemos sensaciones de agrado y desagrado según la impresión que
ejerzan sobre nuestros sentidos determinados manjares, posiciones y actividades. Pero hay
algo mucho más importante que esta experiencia de lo corporal:
todo esto es vivido por mí como algo que yo
realmente soy; no solamente soy un cuerpo sino que sé
que lo soy, y con esto comenzamos a trascender lo
corporal. “Este conocimiento que poseo de mi propia índole corpórea
es un hecho intelectual, no un conocimiento sensible. Los sentidos
no bastan para que el sujeto que los tiene se
represente algo universal –supraindividual– como lo es el ser-cuerpo. El
hombre necesita los sentidos para llegar a adquirir esta noción,
y no solamente para ella, sino para todas las demás;
pero no son los sentidos, sino el entendimiento, la facultad
que las capta” . Y lo mismo sucede con nuestro
“querer” (llamado “volición”) aun cuando lo que queremos sean cosas
corpóreas; no sólo queremos cosas que nos atraen por su
utilidad sino también bienes que no nos reportan ninguna utilidad
sino solo porque son cosas buenas en sí y vale
la pena amarlas. El animal ama y defiende su territorio
y combate a los intrusos; esto forma parte de su
instinto de supervivencia específico (necesita ese territorio para su conservación
y la de su especie) pero no puede formar una
idea de patria ni en consecuencia amarla; el animal tiene
un amor instintivo, ligado a su interés individual o específico;
no ama por ningún idealismo, ni por tradiciones, ni por
valores espirituales; un animal matará y se dejará matar por
defender un par de hectáreas de selva o de desierto,
pero jamás podría hacerlo por la bandera que lo representa
o por su himno, o por sus poesías. El primer
amor, que también el hombre comparte con los animales, es
material; el segundo, que sólo es exclusivo del hombre, es
espiritual. Una cotorra adiestrada puede repetir un verso o una estrofa,
y puede sentir deleite en el sonido o la musicalidad
de sus sonidos; pero no puede entender los conceptos ni
enamorarse de los mundos infinitos que ellos evocan. Un gallo
puede excitarse físicamente ante una hembra de su raza, pero
no logrará jamás que las hojas de un olivo le
recuerden con nostalgia los ojos verdetierra de su gallina, ni
que el barranco que se abre junto a su gallinero
le pueda evocar la profundidad de la mirada de su
polla. Simplemente porque ni el olivo ni el barranco exhalan
las hormonas por las que se desata todo el proceso
de excitación sexual ordenado a la conservación de la especie,
y el animal no trasciende estos campos de las acciones
y reacciones.
Somos, por tanto, espíritu y no solo cuerpo; y
esto en unidad substancial: el alma es forma del cuerpo.
De aquí que el alma humana es espíritu. Se llama
espiritual todo ser que no depende de la materia ni
en su existencia ni en sus operaciones. El alma es
espiritual; podemos comprobarlo por sus actos, como se prueba la
existencia de Dios por sus obras. Es un principio evidente
que las operaciones de un ser son siempre conformes a
su naturaleza: se conoce al operario por sus obras. Ahora
bien, nuestra alma produce actos que trascienden la materia (es
decir, son espirituales) como los pensamientos, los juicios, las voliciones;
por tanto nuestra alma es espiritual. Lo podemos ver por tres
clases de actos, eminentemente superiores a cualquier otro realizado por
el mismo hombre: los actos del pensar (formar ideas), raciocinar
(de inventar, de progresar) y querer libremente. Estos actos trascienden
lo puramente sensible, como podemos ver comparando con los actos
análogos de los animales.
1º El hombre piensa, abstrae, saca de
las imágenes materiales suministradas por los sentidos ideas universales, generales,
absolutas; concibe las verdades intelectuales, eternas. Conoce cosas que no
perciben los sentidos, objetos puramente espirituales, como lo verdadero, lo
bueno, lo bello, lo justo, lo injusto. Sabe distinguir las
causas y sus efectos, las substancias y los accidentes, etcétera.
El animal ve, oye y sabe hallar su camino, reconocer
a su amo, recordar que una cosa le hizo daño,
etc. Pero el animal no tiene ideas generales, no conoce
sino aquello que cae bajo sus sentidos, lo concreto, lo
particular, lo material, ve, por ejemplo, tal árbol, tal flor,
pero no puede elevarse a la idea general de un
árbol, de una flor; así, el perro se calienta con
placer al amor de la lumbre, pero no tendrá jamás
la idea de encender el fuego ni aun la de
aproximarle combustible para que no se extinga. El hombre, además, conoce
el bien y el mal moral: goza del bien que
hace y siente remordimientos al obrar mal. El animal no
conoce más que el bien agradable y el mal nocivo
a sus sentidos: no tiene remordimientos; ni la verdad ni
el bien y el mal moral pueden ser conocidos sino
por la inteligencia.
2º El hombre raciocina, inventa, progresa, habla. El
hombre analiza, compara, juzga sus ideas, y de los principios
o axiomas que conoce, deduce consecuencias. Calcula, se da cuenta
de las cosas; sabe lo que hace y por qué
lo hace. Descubre las leyes y las fuerzas ocultas de
la naturaleza, y sabe utilizarlas para invenciones maravillosas. Por su
facultad de raciocinar, inventa las ciencias, las artes, las industrias,
y todos los días descubre algo admirable. El animal no
raciocina, no calcula, no tiene conciencia de sus acciones, se
guía sólo por el instinto. Jamás aprenderá ni la escritura,
ni el cálculo, ni la historia, ni la geografía, ni
las ciencias, ni las artes, ni siquiera el alfabeto. Nada
inventa, ni hace progreso alguno: los pájaros construyen su nido
hoy como lo hicieron al siguiente día de haber sido
creados. Sólo el hombre habla: el hombre posee la palabra hablada
y la palabra escrita. Sólo el hombre tiene la intención
explícita y formal de comunicar lo que piensa: capta los
pensamientos de los otros y dice cosas que han pasado
en otros tiempos y que no tienen ninguna relación con
su naturaleza. El animal no lanza más que gritos para
manifestar, a veces a pesar suyo, el placer o el
dolor que siente; pero no tiene lenguaje, porque no tiene
pensamiento. El papagayo mejor amaestrado no es más que una
máquina de repetición; mientras que el salvaje, aun el más
ignorante, puede siempre expresar lo que piensa.
3º Sólo el hombre
obra libremente. Es libre para elegir entre las diversas cosas
que se le presentan. Cuando hace algo, se dice: yo
podría muy bien no hacerlo. El animal no es libre,
y tiene por guía un instinto ciego que no le
permite deliberar o elegir. Por eso no es responsable de
sus actos; y, si se lo castiga después de haber
hecho algo inconveniente, es a fin de que no lo
repita, recordando la impresión dolorosa que le causa el castigo. Esta
facultad de obrar libremente la llamamos voluntad. Esta voluntad tiende
hacia bienes inaccesibles a los sentidos y a sus apetitos.
Necesita de un bien infinito, del bien moral, de la
virtud, del orden, del honor, de la ciencia. A veces,
para conseguir estos bienes, llega hasta sacrificar los bienes sensibles,
únicos que deberían conmoverla si fuera una facultad orgánica. Luego
la voluntad, tan prendada de los bienes espirituales y despreciadora
de los objetos materiales, es una facultad espiritual que no
puede hallarse sino en un espíritu. La voluntad es dueña absoluta
de sus operaciones; se determina a sí misma a obrar
o no; la voluntad es libre. Mi conciencia me dice
que cuando mi cuerpo busca el placer, yo puedo resistirle;
cuando mi estómago siente hambre, yo puedo negarme a satisfacerla;
además, yo puedo infligir a mi cuerpo castigos y austeridades,
a pesar de los sufrimientos de los sentidos. Ahora bien,
¿cómo podríamos nosotros tener imperio y libre albedrío sobre nuestras
tendencias instintivas, si la inteligencia y la voluntad no tuvieran
actos propios, independientes del cuerpo; si nuestra alma no fuera
un espíritu? Sería imposible. Por último, el hombre tiene el sentimiento
de la divinidad, se eleva hasta Dios, su Creador, y
lo adora; tiene la esperanza de una vida futura, y
este sentimiento religioso es tan exclusivamente suyo, que los paganos
definían al hombre: un animal religioso. Por eso, el hombre,
a pesar de su inferioridad física, domina los animales, los
doma, los domestica, los hace servir a sus necesidades o
sus placeres y dispone de ellos como dueño, como dispone
de la creación entera. Basta un niño para conducir una
numerosa manada de bueyes, cada uno de los cuales, tomado
separadamente, es cien veces más fuerte que él. ¿De dónde
le viene este dominio? No es, por cierto, de su
cuerpo; le viene de su alma inteligente, porque ella es
espiritual, creada a imagen de Dios. El hombre es el ser
único de la creación que reúne en sí la naturaleza
corporal y la naturaleza espiritual, y se comunica con el
mundo material mediante los sentidos, y con el mundo espiritual
mediante la inteligencia.
Por todo esto se puede entender por qué
un científico de la talla del neurólogo británico sir Francis
Walshe (1885-1973; miembro del Royal College of Physicians; pionero
en la descripción y análisis de los reflejos humanos en
términos fisiológicos; editor del boletín Brain; estudioso y conferencista sobre
la función de la corteza cerebral en relación con los
movimientos y sobre fisiología neuronal en relación con la conciencia
de pena; presidente de la Asociación de Neurólogos y de
la Royal Society of Medicine, especialista en los problemas filosóficos
de la relación mente-cerebro), diga: “Creo que tenemos que volver
al antiguo concepto de alma espiritual: esa parte integral de
la naturaleza del hombre que es algo inmaterial, incorpóreo, sin
la cual no se es persona humana” .
Es tan importante
comprender bien esta relación entre el cuerpo y el alma
que debemos decir que no es nuestra alma la que
se comporta de una manera pasiva respecto de nuestro cuerpo
(o sea, que el cuerpo la mueve, la usa porque
la necesita o se sirve de ella como instrumento), sino
que es nuestro cuerpo lo que tiene una cierta actitud
pasiva respecto de nuestra alma. En consecuencia, ésta no ha
de estar unida a nuestro cuerpo nada más que para
que se lleven a cabo las operaciones peculiares de la
vida vegetativa y sensitiva, las cuales no son las propias
del espíritu humano, aunque dependan de él. Es más bien
nuestro cuerpo lo que tiene necesidad de nuestro espíritu para
poder vivir con esos únicos modos o maneras de vida
que en un cuerpo se pueden dar. Es tan clara
la trascendencia de lo espiritual en la actividad humana que
no solo se debe hablar del hombre como un ser
compuesto de cuerpo y alma sino que con más propiedad
hay que hablar del alma y su cuerpo .
c) El
alma no se puede reducir ni explicar sólo por el
cerebro material del hombre
Tal vez una de las falsificaciones más
difundidas por la prensa de nuestros días es la que
dice que aquello que los creyentes llaman alma en realidad
se explica por la actividad del cerebro. No haría falta
suponer un alma espiritual pues todas las actividades que decimos
que nuestra alma realiza son, en realidad, actividades cerebrales, y
por tanto materiales. Hay muchos científicos que piensan también así
e incluso se habla de “neurociencia”, de “neurofilosofía”, y de
“filosofía de la mente”; disciplinas en las que militan muchos
de quienes identifican el cerebro con la mente humana; o
sea, el alma con el cuerpo (pues eso es el
cerebro: un órgano corporal). ¿Qué hay de cierto en esto?
Poco y nada . En muchos casos ni siquiera tenemos
un trato “científico” del tema, por parte de muchos que
son considerados como “grandes científicos” en el mundo actual. Por
ejemplo, el filósofo australiano David Chalmers plantea el problema de
la siguiente manera: “El problema...es el de cómo los procesos
físicos del cerebro dan lugar a la conciencia” ; y
el premio Nobel de Fisiología y Medicina Francis Crick, de
este otro modo: “¿Cómo explicar los eventos mentales como siendo
causados por la descarga de grandes conjuntos de neuronas?” .
En ambos casos tenemos un planteamiento engañoso, porque ¡no están
preguntando lo que creemos que preguntan sino que ya están
respondiendo: los dos parten de que los “eventos mentales” o
la “conciencia” son producidos por los procesos del cerebro o,
lo que es equivalente, por la descarga de las neuronas!
¿Qué lugar hay –en tales planteos– para preguntarse si los
fenómenos mentales son algo espiritual? Ni siquiera se toman el
trabajo de proponerlo. Algunos científicos, aun resolviendo mal el tema, han
tenido la honestidad de reconocer que hay algunos problemas que
parecen escapar a cualquier explicación materialista; estos serían, al menos,
cuatro: la conciencia, la intencionalidad, la subjetividad y la causalidad
mental . Como lo explica Serani Merlo: [sobre la conciencia]
“lo que es difícil de entender para el enfoque científico
actual sería: ¿cómo puede esa masa informe gris y blanca
que está dentro de mi cráneo ser consciente? La intencionalidad
(...) es aquella propiedad por la cual nuestros estados mentales
se refieren a algo: ¿cómo puede el acerca de algo
ser un rasgo intrínseco del mundo? (...). La subjetividad (...)
se refiere al hecho de que yo puedo sentir mis
dolores y tú no puedes (...) El cuarto rasgo tiene
que ver con la convicción que todos tenemos de que
nuestros estados mentales tienen efectos causales sobre el mundo físico
y con la dificultad que deriva de este hecho en
orden a vincular estos dos tipos de realidades. Por ejemplo:
decido levantar mi brazo y he aquí que mi brazo
se levanta. ¿Cómo puede algo tan ‘gaseoso’ y ‘etéreo’ como
un estado mental consciente tener algún impacto en un objeto
físico como el cuerpo humano?”. Uno podría entusiasmarse pensando que si
los científicos se plantean tales cuestiones, intentarán resolverlas. Falsa esperanza.
Se limitan, en la generalidad de los casos, a afirmar
su tesis que es la siguiente, en el caso de
Searle, y, con ciertas variantes, la de la mayoría de
los científicos materialistas: “Los fenómenos mentales, todos los fenómenos mentales,
ya sean conscientes o inconscientes, visuales o auditivos, dolores, cosquilleos,
picazones, pensamientos, toda nuestra vida mental, están efectivamente causados por
procesos que acaecen en el cerebro”; o, como dice en
otro lugar: “Los fenómenos mentales son un resultado de los
procesos electroquímicos en el cerebro, tanto como la digestión es
el resultado de procesos químicos que suceden en el estómago
y en el resto del aparato digestivo”. Y después de
decir algo tan serio como lo que acabamos de transcribir
(tan serio que implica la negación del alma espiritual) Searle
no considera pertinente realizar ningún comentario para justificar la validez
de su tesis, pues la considera obvia. Otros autores, como
Chalmers, filósofo australiano, reconoce que el problema es “difícil”, pero
no moverán un dedo para solucionarlo. Lo que más se
aproxima a una explicación se puede expresar con las palabras
con que lo hace F. Crick: “la mayoría de los
neurocientíficos actuales creen que...” ; es decir, usan un argumento
de autoridad (pidiendo un acto de fe) que a su
vez tiene el valor probativo que tiene toda opinión (“creen
que”) o sea, ninguno. Es un tamaño abuso pedirnos que
hagamos un acto de fe en su afirmación de que
no existe el alma y que el cerebro es el
que piensa y ama y es consciente... y no mover
un dedo para demostrarlo. Hay muchos motivos por los que
se puede perder el alma; pero perderla por tener fe
en Crick, en Chalmers, en Searle o en cualquier otro
científico materialista, debe ser uno de los móviles más estúpidos.
Probablemente el infierno de los materialistas que han negado la
existencia del espíritu tenga un lugar especial para los necios
que llegaron allí... ¡por fe en otros necios!
Por eso es
importante saber, como dice Serani Merlo que: “la mayor parte
de los científicos y filósofos que asumen, consciente o inconscientemente,
la tesis materialista, suponen que la fuerza de su verdad
surge de los descubrimientos de la ciencia contemporánea. Ahora bien,
cualquier persona que lleve algunos años revisando la literatura neurocientífica,
será capaz de reconocer que no existe ningún trabajo experimental,
o alguna interpretación de datos experimentales, publicado en alguna revista
científica seria, que permita afirmar de modo claro, riguroso e
inequívoco, que la actividad electroquímica, bioquímica o genético molecular de
la corteza cerebral causa los fenómenos mentales de modo total,
próximo y suficiente, de modo análogo a como los acinos
mamarios producen la leche y los islotes de Langerhans la
insulina. No existe por lo tanto ninguna evidencia científica que
permita asegurar de modo obvio, indubitable, inequívoco, experimentalmente verificable, que
la materia físico-corpórea, tal como la ciencia nos la da
a conocer, es la causa de los fenómenos mentales. De
hecho, los autores Crick y Koch que tan llanamente aceptan
que las descargas de grupos neuronales causan los fenómenos mentales,
reconocen que no hemos llegado todavía a descubrir cuál es
el correlato exacto de los fenómenos mentales” . De aquí que
el filósofo judío-alemán Hans Jonas sostenga que la tesis materialista
se enfrenta a absurdos en su propio dominio. Además de que
no hay ninguna evidencia (ni puede haberla) de que el
cerebro es el que produce los estados mentales, tenemos también
la evidencia contraria de que, en un todo unitario, es
el todo el que actúa por la parte y no
la parte por el todo; así, por ejemplo no es
el pulmón el que respira, sino que el animal respira
por el pulmón; y por tanto, hay que decir igualmente
que no es el cerebro el que conoce sino el
hombre quien conoce por medio de su cerebro . El
alma, para pensar, se sirve del cerebro como de un
instrumento, como nos servimos de una ventana para que entre
la luz, pero no es la ventana la que produce
la luz, sino la condición para que la luz llegue
a nosotros que estamos dentro de la habitación; de ahí
que debamos decir que el cerebro es condición para razonar,
pero no es la causa del razonamiento ni de la
voluntad. Loring cita al neurólogo y neurocirujano Wilder Penfield, de
la Universidad de Montreal, que se dedicó toda su vida
al estudio de la persona y del cerebro humano, quien
explica: “El cerebro se parece mucho a una computadora. Sin
embargo, la mente, el espíritu, es algo independiente del cerebro.
La mente no es un producto del cerebro. La mente
no es algo físico. Depende del cerebro pero no es
el cerebro, no es algo fisiológico. Ningún científico ha logrado
demostrar que la mente tiene explicación material”.
Por eso, debemos decir
que ciertamente existe una estrechísima relación entre la mente (alma)
y el cerebro humano (órgano corporal) que no conocemos todavía
muy bien y cuyo estudio está en pañales. Hay que
seguir investigando; pero también debemos reconocer dos cosas. La primera,
nunca se podrá explicar el fenómeno del pensamiento (y todo
lo relacionado con él; conciencia, querer, intencionalidad, subjetividad, etc.) reduciéndolo
al cerebro (ya sean movimientos químicos, reacciones eléctricas, etc.); a
lo sumo podremos constatar que cuando pensamos, o tenemos conciencia,
o amamos, etc., hay reacciones en nuestro cerebro, y no
puede ser de otra manera, puesto que el cerebro es
el instrumento de que se sirve nuestra alma, y todo
instrumento se inmuta al ser utilizado, pero su efecto lo
trasciende (se mueve el pincel y desparrama el óleo combinando
maravillosamente los colores en un cuadro de Van Gogh, pero
ningún necio diría que es el pincel quien está produciendo
la maravilla de un conjunto de girasoles ni el que
está intentando darnos un mensaje “mental” a través de las
formas estilizadas y de los colores elegidos, aunque el genio
de Van Gogh sin pinceles fuese tan inútil como un
manco). La segunda cosa es que la mayoría de los
“científicos” que niegan el alma espiritual y reducen todo fenómeno
mental al cerebro, no trabajan con honestidad científica, pues normalmente
caen en uno de estos errores: o parten de que,
de hecho, todo fenómeno mental es un fenómeno físico (como
hace Crick) el cual no es un punto de partida
sino que, en todo caso tendría que ser el punto
de llegada, o bien al llegar a esta afirmación la
dejan sin demostrar o la esquivan por ser difícil (y
además, en lugar de dejarla en suspenso, la siguen sosteniendo
como si estuviese demostrada), o simplemente apelan a que la
mayoría de los científicos creen que la cosa es así,
lo cual no es totalmente cierto, y aunque fuese cierto
–o sea, si todos lo creyesen así– se olvidan de
que la función de la ciencia no es pedirnos actos
de fe –porque el científico no es Dios ni viene
al mundo a revelar ningún misterio sobrenatural– sino que debe
demostrar lo que postula o reconocer que se le escapa
de su competencia por no poder demostrarlo; otra actitud fuera
de ésta sería anticientífica (y precisamente esa es la que
toman tales personajes; lo cual tiene un nombre: prejuicios materialistas).
En todo caso, un científico que obra así no actúa
científicamente sino que se comporta como un fundador de falsa
religión, que pide fe sin hacer milagros para probarla; y
tal vez eso sea lo que pretende una rama de
la nueva ciencia. En este caso no sólo te está
vendiendo una teoría que está en pañales sino “una teoría
a la que ya habría que cambiarle los pañales”.
Teniendo esto
en cuenta se comprende que un verdadero científico, como es
John Eccles, Premio Nobel de Medicina por sus trabajos acerca
del cerebro, haya acusado al cientificismo materialista de superstición, y
haya dicho que “el materialismo carece de base científica, y
los científicos que lo defienden están, en realidad, creyendo en
una superstición. Lleva a negar la libertad y los valores
morales, pues la conducta sería el resultado de los estímulos
materiales. Niega el amor, que acaba siendo reducido a instinto
sexual: por eso, Popper ha dicho que Freud ha sido
uno de los personajes que más daño han hecho a
la humanidad en el último siglo y tuvo ocasión de
comprobar que el método de Freud no es científico, pues
trabajó hace muchos años en Viena en una clínica donde
se aplicaba ese método. El materialismo, si se lleva a
sus consecuencias, niega las experiencias más importantes de la vida
humana: ‘nuestro mundo’ personal sería imposible”. Y también: “La actividad cerebral
nos permite realizar acciones de modo automático. Pero podemos añadir
un nivel de conciencia. Por ejemplo, cuando camino, ‘quiero’ ir
más deprisa o más despacio. Incluso podemos envolver casi todo
en la conciencia: ‘quiero’ andar con aire de Charlot, pensando
cada paso y cada movimiento...” (...) “Monod me llamó ‘animista’;
yo me limité a llamarle a él ‘supersticioso’, porque presentaba
su materialismo como si fuera científico, lo cual no es
cierto: es una creencia, y de tipo supersticioso”. “Los fenómenos del
mundo material son causas necesarias pero no suficientes para las
experiencias conscientes y para mi ‘yo’ en cuanto sujeto de
experiencias conscientes. Hay argumentos serios que conducen al concepto religioso
del alma y su creación especial por Dios. Creo que
en mi existencia hay un misterio fundamental que trasciende toda
explicación biológica del desarrollo de mi cuerpo (incluyendo el cerebro)
con su herencia genética y su origen evolutivo; y que
si es así, lo mismo he de creer de cada
uno de los otros y de todos los seres humanos”
.
Tal vez bastaría recordar aquella anécdota que nos recuerda Hillaire:
un positivista se esforzaba en probar que el alma era
materia como el cuerpo y un sabio le contestó: “¡Cuánto
ingenio ha gastado, señor, para probar que usted es una
bestia!... Como se trata de un hecho personal le creemos
confiados en su palabra...” d) El alma es inmortal
Si quisiéramos
presentar de modo resumido los argumentos usados clásicamente para probar
la inmortalidad del alma, deberíamos citar los siguientes :
a) Por
su misma naturaleza: un ser es naturalmente inmortal cuando es
incorruptible y puede vivir y obrar independientemente de otro. Ahora
bien, el alma es incorruptible, porque es simple, indivisible; puede
vivir y obrar independientemente del cuerpo, porque es un espíritu;
luego, es inmortal por naturaleza. Un espíritu no puede morir.
Nuestra alma es incorruptible porque no encierra en sí ningún
principio de disolución y de muerte. Este es un argumento
propiamente metafísico.
b) Lo muestran también los deseos y las aspiraciones
del alma (este es más bien un argumento de conveniencia
y supone la aceptación de algunas verdades contenidas en él):
el deseo natural e irresistible que tenemos de una felicidad
perfecta y de una vida sin fin prueba la inmortalidad
del alma (todo hombre que penetre en su corazón encontrará
en él un inmenso deseo de felicidad; no es un
efecto de su imaginación, pues no es él quien se
lo ha dado, y no está en su poder desecharlo;
no es una cosa individual, pues todos los hombres, en
todos los climas y en todas las condiciones, lo han
experimentado y lo experimentan diariamente; por tanto esta aspiración brota
del fondo de nuestro ser y se identifica con él).
Ahora bien, este deseo no puede ser satisfecho en la
vida presente y, por lo mismo, debe ser satisfecho en
la vida futura; si no, Dios, autor de nuestra naturaleza,
se habría burlado de nosotros, dándonos aspiraciones y deseos siempre
defraudados, nunca satisfechos; lo que no puede ser. ¿Es posible
que Dios haya puesto en nosotros un deseo tan ardiente,
que no podamos satisfacer? ¿Nos ha creado para la felicidad,
y nos ha puesto en la imposibilidad de conseguirla? Evidentemente,
no; que en ese caso Dios no sería el Dios
de verdad. Dios no engaña el instinto de un insecto,
¿y engañaría el deseo que ha infundido en nuestra alma?
Luego es necesario que, tarde o temprano, el hombre logre
una felicidad perfecta, si él por propia culpa, no se
opone a ello. Pero esta felicidad perfecta no se halla
en la tierra: nada en esta vida puede satisfacer nuestros
deseos; todos los bienes finitos no pueden llenar el vacío
de nuestro corazón: ciencia, fortuna, honor, satisfacciones de todas clases,
caen en él, como en un abismo sin fondo, que
se ensancha sin cesar. ¡Extraña cosa!, los animales, que no
tienen idea de una felicidad superior a los bienes sensibles,
se contentan con su suerte. Y los hombres, sólo el
hombre, busca en vano la dicha, cuya imperiosa necesidad lleva
en el alma. Nunca está contento, porque aspira a una
bienaventuranza completa y sin fin. Puesto que no es feliz
en este mundo, es necesario que halle la felicidad en
la vida futura. Este raciocinio también vale para nuestras aspiraciones
intelectuales; el hombre tiene sed de verdad y de ciencia;
quiere conocerlo todo; nunca puede llenar su deseo de saber.
Ha sido creado, pues, para hallar en Dios toda verdad
y toda ciencia. A la manera que el cuerpo tiende
hacia la tierra, así el alma tiende hacia Dios y
hacia la inmortalidad.
c) Lo exige la sabiduría de Dios: si
Dios es Dios, es, consecuentemente legislador sabio y justo, premiando
y castigando según exigen los méritos y deméritos de cada
hombre. Pero nosotros no vemos en la vida presente una
sanción eficaz de la ley de Dios; por lo tanto
es necesario que exista en la vida futura, so pena
de decir que Dios es un legislador sin sabiduría. Esos
premios y castigos no pueden reducirse a los remordimientos o
a la alegría de la conciencia, pues los malvados ahogan
los remordimientos y la alegría de la conciencia bien poca
cosa es comparada con los sufrimientos y las luchas que
requiere la virtud. No está en el desprecio público ni en
la estimación de los hombres, pues con demasiada frecuencia vemos
que son precisamente los grandes culpables los que gozan de
la estima de los hombres, mientras que los justos son
el blanco de todas las burlas. No está en la justicia
humana, porque ella no alcanza los pensamientos y deseos, fuentes
del mal; no tiene recompensas para la virtud; no puede
descubrir todos los crímenes, puede ser burlada por la habilidad,
comprada por el dinero, intimidada por el miedo; y si,
a veces, vindica los derechos de los hombres, no vindica
los derechos de Dios. Por consiguiente, la sanción eficaz de la
ley de Dios no puede hallarse más que en los
castigos o premios que nos esperan después de la muerte. Por
eso el mismo J. J. Rousseau decía: “Si no tuviera
yo más prueba de la inmortalidad del alma que el
triunfo del malvado y la opresión del justo, esta flagrante
injusticia me obligaría a decir: no termina todo con la
vida, todo vuelve al orden con la muerte”. Y Delille
escribía con justeza:
Los que volcáis, haciendo a Dios la guerra,
las aras de las leyes eternales, malvados opresores de la
tierra, ¡temblad! ¡sois inmortales! Los que gemís desdichas pasajeras, que
vela Dios con ojos paternales, peregrinos de un día a
otras riberas, ¡calmad vuestro dolor! ¡sois inmortales!
d) Aunque de valor
inferior a los anteriores argumentos, también lo manifiesta la aceptación
de esta verdad por todos los pueblos de la tierra.
Es un hecho testificado por la historia antigua y moderna
que los pueblos del mundo entero han admitido la inmortalidad
del alma, como lo prueba el culto de los muertos,
el respeto religioso de los hombres por las cenizas de
sus padres y los monumentos que han erigido sobre sus
sepulcros. Esta creencia universal y constante no puede proceder sino o
de la razón, que admite la necesidad de la vida
futura, o de la revelación primitiva, hecha por Dios a
nuestros primeros padres y transmitida por ellos a sus descendientes.
Ahora bien, el testimonio, sea de la razón, sea de
la revelación, no puede ser sino la expresión de la
verdad; luego la creencia de los pueblos es una nueva
prueba de la inmortalidad del alma. Según frase de Cicerón,
aquello en que conviene la natural persuasión de todos los
hombres, necesariamente ha de ser verdadero. Es un axioma de
sentido común contra el cual en vano protestan algunos materialistas
modernos.
Pero tratemos de profundizar más en las razones metafísicas que
demuestran la inmortalidad del alma. Es un hecho que el hombre
muere . Nuestra vida está afectada por el tiempo; en
cada instante vemos las huellas que el tiempo deja y
llega un momento en que nuestra vida acaba por completo
como vivir material. Hasta aquí llega la experiencia; sólo nos
dice que el vivir sensitivo y vegetativo dejan realmente de
darse en un individuo humano en el momento que llamamos
muerte; pero no va más allá y no llega a
demostrar que con la muerte se extinga la totalidad de
su ser. Si el hombre se reduce a pura materia,
podríamos llegar a esa conclusión, pero ya hemos visto que
no es así. La experiencia, por tanto, no nos habla
de la “no-inmortalidad” del hombre, sino de la mortalidad de
lo que el hombre tiene de material. Esto es bueno
que lo dejemos sentado, para evitar esas imprecisiones e invasiones
de campo a las que tanto nos acostumbran quienes abordan
estos temas sin rigor científico o filosófico: la experiencia no
constata la extinción total del hombre en la muerte sino
la desintegración de su cuerpo; como experiencia no puede extenderse
más que a lo que es directamente experimentable; lo que
es inmaterial no es objeto de experiencia directa; por tanto,
de ello no se puede juzgar a partir de la
pura experiencia, y con mayor razón se puede decir que
las ciencias que se precian de experimentales no tiene autoridad
para hablar de estos temas; como un ciego no puede
sentenciar sobre colores, ni un sordo ser jurado en un
concurso de música.
Ya hemos dicho que el alma es simple
y espiritual. De aquí se sigue que sea inmortal. Si
la forma sustancial del cuerpo humano –alma– fuese solamente material
(lo que se probaría si solo fuese principio de actividades
sensibles y vegetativas), la muerte consistiría, indudablemente, en la extinción
de la forma sustancial de nuestro ser, pues no cabe
que éste permanezca sin que el cuerpo que la posee
no esté viviendo. Pero ya hemos visto que la forma
sustancial del cuerpo humano es algo más que principio de
nuestra conducta sensitiva y vegetativa; es la fuente de las
operaciones peculiares del entendimiento y de la voluntad. Ciertamente que es
indispensable que el alma anime a la materia para que
el hombre exista y para que éste realice las actividades
de sus potencias intelectiva y volitiva. Pero de aquí no
se concluye que estas actividades no pueda realizarlas el espíritu
nada más que en cuanto unido a la materia. El
alma tiene que estar unida al cuerpo para que el
hombre (cuerpo y alma) viva y ejecute sus operaciones; pero
esta unión no es requisito para que el espíritu exista
ni para que ejecute sus propias operaciones, porque “a un
espíritu no unido con la materia no le falta nada
esencial. La materia no es ninguna parte física de él,
ni tampoco ninguno de sus aspectos. El espíritu no es
materia en modo alguno, aunque puede informarla o animarla y
aunque ello resulte necesario para el ser y el obrar
del hombre” . “De esta suerte, no por el hecho de
que el hombre muera se extingue también su espíritu. La
muerte es la corrupción del cuerpo humano, pero el espíritu
no puede corromperse, porque no tiene partes. Podría, no obstante,
extinguirse si de un modo esencial dependiese del cuerpo, es
decir, si tuviese necesidad de la materia para ser lo
que es. Pero no se encuentra en ese caso, por
no ser material. Incluso cuando está unido a la materia
–que es, ni más ni menos, lo que ocurre en
el caso del hombre–, el espíritu sigue siendo inmaterial. Y
no cabe que en el hombre esté bajo el ‘influjo’
–si esta palabra se toma en su acepción más estricta–
de la materia, a la cual anima o vivifica. En
tanto que forma sustancial y como ya se ha explicado,
el espíritu se comporta, respecto de la materia, de una
manera activa, no de un modo pasivo. Así, pues, para
hablar de un influjo de la materia en el espíritu,
se ha de dar a la voz ‘influjo’ la exclusiva
acepción de un puro y simple condicionamiento que, como ya
se ha aclarado, sólo acontece de una manera extrínseca e
indirecta, con lo cual queda dicho que ese condicionamiento es
necesario tan sólo para que el espíritu funcione en su
estado de unión con la materia, sin que a su
vez ese estado haya de ser en él una necesidad
inseparable de su índole misma. En consecuencia, la separación del
espíritu respecto del cuerpo humano es la muerte del cuerpo
o, dicho más cabalmente, la del hombre. El hombre muere
al quedarse sin el espíritu que lo vivificaba o animaba
no sólo con un vivir sensitivo y vegetativo, sino también
con otro evidentemente superior por su índole inmaterial” .
Podemos añadir
algo más, aunque no sea lo que principalmente nos interesa
aquí: “aunque por incorruptible es inmortal, el espíritu no pervive
por sí solo. Sin la cooperación de Dios, ningún ente
finito permanece en el ser. Por consiguiente, aunque la muerte
del hombre no implica en manera alguna la extinción del
espíritu, tampoco puede éste permanecer en el ser en virtud
de una cierta inercia existencial, de tal modo que el
seguir siendo no lo debiese a Dios. Aun en el
caso de que pudiera haber esa especie de inercia, el
espíritu la tendría como algo que Dios le habría conferido
al implantarle en el ser, con lo cual, en definitiva,
se la debería a Dios y no a sí mismo.
En ningún caso puede ser la pervivencia del espíritu algo
impuesto por éste, como una necesidad, al ser de Dios”
. Tampoco entro en este lugar en otro tema discutido
por los teólogos: si la unidad substancial de cuerpo y
alma (que es el modo propio de existir del hombre)
no plantea cierta antinaturalidad del estado de alma separada (como
ocurre en la muerte) y si esto, a su vez,
no plantea una especie de necesidad de la resurrección; no
entramos en este tema, puesto que la resurrección del cuerpo
humano es ya un dogma de la fe cristiana, y
no nos hemos propuesto detenernos en los dogmas de fe
sino en las cuestiones que, siendo filosóficas, son puestas en
duda o negadas por la falsa ciencia de nuestro tiempo.
*
*
*
Los que niegan que los seres humanos tenemos alma merecen,
con toda razón, el nombre de desalmados; y tarde o
temprano actúan como tales. De la negación del alma al
desalmamiento (que, como la Real Academia indica, es el término
propio para designar la inhumanidad y la perversidad) no solo
hay un paso sino un paso muy corto. Alonso de
Palencia podría prestarnos el título de su fábula Batalla campal
de los perros y los lobos para intitular como corresponde
el mundo creado por los que niegan el alma. Un autor
sugería que la mejor forma de hacerles comprender a estos
tales que el alma realmente existe es romperles la de
ellos; un método eficaz, aunque como cristianos no podamos recomendarlo.
Bibliografía
para ampliar y profundizar
–Regis Jolivet, Tratado de filosofía. Psicología, Carlos
Lohlé, Bs.As. 1956. –Antonio Millán-Puelles en: Léxico Filosófico, Rialp, Madrid, 1984. –Abelardo
Pithod, El alma y su cuerpo, Grupo Editor Latinamericano, Bs.
As. 1994. –Alejandro Serani Merlo, Dificultades en la Neurofilosofía o: ¿Dónde
está el problema en el problema mente-cerebro, II Congreso Internacional
de Bioética. Departamento de Bioética - Universidad de La Sabana.
Santa Fé de Bogotá, Colombia, 30 de Julio de 1999;
en www.arvo.net. –Carlos A. Marmelada, Sobre el origen de la inteligencia
humana, (http://www.unav.es/cryf/pagina_4.html) –María Gudin, Cerebro y persona (en: www.arvo.net); Idem, Cerebro
y Afectividad, Colección Astrolabio Salud, EUNSA, Pamplona 2001. –Antonio Royo Marín,
Teología de la Salvación, BAC, Madrid 1965. –Santo Tomás de Aquino,
De anima (sobre el alma). –N. Marín Negueruela, Dios y el
hombre, Barcelona 1936. –René Biot, El cuerpo y el alma, Desclée
de Brouwer, Bs. As. 1952. –Carlos Velasco Suárez, Psiquiatría y Persona,
Educa, Bs. As. 2003. –Víktor Frankl, Homo patiens, Plantín, Bs. As.
1955. ––––––––––––, La idea psicológica del hombre, Rialp, Madrid 1986. –Bruchner, Cuerpo
y espíritu en la medicina actual, Rialp, Madrid 1969. –Pío XII,
Discursos acerca de ética y psiquiatría, en: López Medrano y
otros, Pío XII y las ciencias médicas, Guadalupe, Bs. As.
1961. –Karol Wojtyla, Mi visión del hombre, Palabra, Madrid 1997. ––––––––––––, El
hombre y su destino, Palabra, Madrid 1998. –Francisco Rego, La relación
del alma con el cuerpo, Gladius, Bs. As. 2001.
Platón, en: R. Verneaux, Textos de los grandes filósofos. Edad
antigua, Herder, Barcelona 1982, p.46-48. Cf. Regis Jolivet, Tratado
de filosofía. Psicología, Carlos Lohlé, Bs.As. 1956, pp. 586-587.
Antonio Millán-Puelles en: Léxico Filosófico, Rialp, Madrid, 1984. Citado
por Loring, Para salvarte, 7, 1; ed. 51ª, p. 89.
Este es el título de un valioso libro de
Abelardo Pithod, El alma y su cuerpo, Grupo Editor Latinamericano,
Bs. As. 1994. Se puede ver al respecto el
valioso trabajo del Dr. Alejandro Serani Merlo, Dificultades en la
Neurofilosofía o: ¿Donde está el problema en el problema mente-cerebro,
II Congreso Internacional de Bioética. Departamento de Bioética - Universidad
de La Sabana. Santa Fé de Bogotá, Colombia, 30 de
Julio de 1999; en www.arvo.net. También: Carlos A. Marmelada, Sobre
el origen de la inteligencia humana, (http://www.unav.es/cryf/pagina_4.html); María Gudin, Cerebro
y persona (en: www.arvo.net); Idem, Cerebro y Afectividad, Colección Astrolabio
Salud, EUNSA, Pamplona 2001. Chalmers D., El problema de
la conciencia, Investigación y Ciencia (Febr.): p. 61, 1996ª.
Crick F. & Koch C., The problem of consciousness, Scientific
American (Sept), p. 111, 1992. Por ejemplo, Searle J.,The
rediscovery of the mind, MIT Press (Cambridge/Massachussets) 1992. [El redescubrimiento
de la mente,Crítica/ Grijalbo Mondadori (Barcelona) 1996]. Crick F.
& Koch C., The problem of consciousness, Scientific American (Sept),
p. 111, 1992. Serani Merlo, loc. cit., la cita
es de Crick & Koch, loc. cit., p. 115.
Cf. Serani Merlo, loc. cit. Estos textos de Eccles
los he tomado de la entrevista realizada por el Dr.
Mariano Artigas, reproducida en su libro: Mariano Artigas, Las Fronteras
del evolucionismo (con prólogo de John Eccles, Palabra, Madrid 1985,
pp. 171-177. De J. Eccles se puede ver: The Wonder
of Being Human, New York, The Fee Press, 1984.
Cf. se pueden ver más ampliamente desarrollados en la obra
ya citada de Hillaire, La religión demostrada, op. cit. al
hablar del alma humana. Seguiré en esto las grandes
líneas, con libertad, de cuanto expone Antonio Millán-Puelles en: Léxico
Filosófico, Rialp, Madrid, 1984. Millán-Puelles, loc.cit. Millán-Puelles, loc.cit.
Millán-Puelles, loc.cit. Cf. Harvey G. Cox, The Secular
City, Macmillan, |