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La religión es algo intrínseco a todo ser humano
Cuando
te digan que la religión es un invento de los
hombres, o un producto cultural, puedes estar seguro de dos
cosas: la primera es que quieren robarte tu religión; la
segunda es que acaban de poner en tu corazón el
primer cimiento de una nueva religión. Te piden que no
le creas a la Iglesia, o no le creas a
Dios... y para esto deberás creerles a ellos. No te
piden un acto racional ni científico; realmente te piden un
acto de fe (humano) en una persona que no es
digna de crédito: el ladrón de la verdad.
Me parece muy
aleccionador el ejemplo de un teólogo protestante americano, Harvey G.
Cox, el cual a mediados de la década del sesenta
escribió un libro, titulado “La ciudad secular” (un best
seller en su momento) en la que sostenía que el
proceso de secularización y la progresiva disminución de interés por
la religión por parte de los hombres contemporáneos eran ya
algo completamente evidente; entre otras cosas constataba la pérdida de
interés de la sociedad sobre cualquier aspecto directamente sobrenatural de
la religión, como los temas relacionados con la escatología, los
ángeles y demonios, las curaciones y los milagros. Por tal
motivo, en dicho libro Cox invitaba a que en lugar
de luchar contra la secularización (empresa que él calificaba de
imposible y pueril) las Iglesias empezasen a ver que su
nuevo rol ya no sería la religión sino un compromiso
preponderantemente social. No es de extrañar que Cox junto
a otros como Vahanian, Juan Luis Segundo, etc., hayan sido
conocidos como teólogos de la “muerte de Dios”. Este libro
influyó de una manera pavorosa en aquellos pensadores que siempre
están a la búsqueda y a la caza de novedades,
causando pérdidas de fe, abandonos del sacerdocio y de la
vida religiosa, politización de la religión e incluso derramamiento de
sangre por parte de los que entendieron tal “compromiso social”
como un “compromiso con la subversión armada”. Como si nada
hubiera pasado y con la misma irresponsabilidad con la que
30 años antes proclamaba la llegada de una civilización sin
religión, el mismo Cox a mediados de la década del
90 publicaba otro libro titulado “Fuego del cielo” en
el que afirmaba que todo cuanto había enseñado en “La
ciudad secular” eran previsiones erróneas y que en lugar de
una civilización sin Dios lo que tenemos ahora es una
civilización atorada de religiosidad: ahora consideraba “obvio que en lugar
de ‘la muerte de Dios’ que algunos teólogos habían declarado
no hace muchos años, o de la decadencia de la
religión que los sociólogos habían previsto, ha ocurrido algo completamente
distinto”. No vamos a usar sus conclusiones como datos seguros,
puesto que el perro cambia las mañas pero no las
pulgas, y por eso hogaño como antaño Cox sigue haciendo
un análisis incorrecto de la religiosidad (así como antes se
entusiasmaba con una sociedad atea, ahora se ilusiona con una
sociedad pletórica de religiosidad, que en realidad no es tal
sino que es en parte el rebrote de una religiosidad
sentimental fuertemente imbuida del espíritu de la New Age). Pero
el ejemplo nos sirve para ver lo superficial de los
diagnósticos de los teólogos que se apartan de la sana
doctrina.
Pues, los que en nuestras aulas despotrican contra la religión
y la atribuyen a una invención humana, no pasan del
nivel académico de Cox, y terminan la mayor parte de
las veces dejándose llevar por las modas del momento... como
Cox.
En lugar, entonces, de aceptar estas enseñanzas peligrosas, mejor haremos
en preguntarnos “¿por qué somos religiosos?”, “¿por qué todos los
pueblos tienen su religión, verdadera o falsa?” La religión, es
decir, el “hecho religioso”, es uno de los fenómenos más
profundos de nuestra naturaleza (incluso algunos han querido ver en
él una prueba de la existencia de Dios..., y de
hecho no es un método desacertado aunque no tenga el
rigor de las pruebas que ya vimos en su lugar).
Decía Chesterton en “El hombre eterno”: “La naturaleza no se
llama Isis ni busca a Osiris; pero busca, sin embargo,
busca desesperadamente lo sobrenatural” . Y en otro lugar añadía:
“lo que hay de más natural en el hombre es
lo sobrenatural; he aquí la última palabra de la cuestión.
Su naturaleza lo obliga a adorar, y por muy deforme
que sea el dios y extraña y rígida su postura,
la actitud de adorar es siempre generosa y grandiosa. Postrándose
se eleva; con las manos juntas es libre; arrodillado es
grande. Liberadlo de su culto y lo encadenaréis; prohibidle doblar
las rodillas y lo rebajaréis. El hombre que no puede
rezar lleva una mordaza... El individuo que ejecuta los gestos
de la adoración y del sacrificio, que derrama la libación
o levanta la espada, no ignora que ejecuta un acto
viril y magnánimo y vive uno de los momentos para
los cuales ha nacido” .
1. Los pasos de una demostración
“católica”
Nuestro tema aquí es la realidad del “hecho o fenómeno
religioso”, no la prueba de la autenticidad y origen divino
de la Iglesia católica. La prueba del origen divino de
la Iglesia (o sea de que es fundada por Dios)
pertenece a una disciplina llamada “apologética católica” o también “teología
fundamental”. De todos modos, para que se vea el tema
en su conjunto quisiera solo presentar aquí los pasos por
los que se da esta “demostración”, si así puede llamarse.
Son fundamentalmente tres: la demostración del espiritualismo, la del cristianismo
y la del catolicismo.
a) Primera etapa: el espiritualismo
El primero momento
consiste en la demostración de la existencia de Dios y
de sus cualidades, del hombre y su espiritualidad (es decir,
que el hombre tiene alma, que ésta es espiritual, libre
e inmortal), de la religión (del hecho religioso y de
la necesidad –para el hombre– de practicar el culto religioso).
Esta parte también debe incluir la refutación de los errores
contrarios: el ateísmo, el panteísmo, el agnosticismo y el determinismo. Este
paso lo hemos dado con los capítulos dedicados precisamente a
demostrar la existencia de Dios, del alma, en este en
que analizaremos la realidad de la religión. Hasta aquí llega
el intento de este libro que tienes entre manos. Pero
quien quiera demostrar la autenticidad del catolicismo debería luego transitar
dos etapas más, que indico a continuación.
b) Segunda etapa: el
cristianismo
Una vez demostrada la existencia de Dios y la espiritualidad
del hombre y la necesidad de la religión hay que
comprobar si hay una religión revelada (no se trata ya
de la religión natural) y cuál es la religión verdadera. Ante
todo hay que probar la posibilidad de la revelación de
misterios sobrenaturales (o sea, de que Dios hable al hombre
de Sí mismo). A continuación se deben analizar los criterios
a través de los cuales podemos conocer con seguridad que
esos misterios son revelados por Dios y a través de
los cuales podremos también discernir una religión verdadera de otra
falsa. Estos criterios son dos, como lo demuestra este paso:
el milagro estrictamente dicho y la profecía estrictamente dicha. Una vez
dado este paso pueden seguirse dos vías diversas. La primera
–más difícil por la mole de trabajo que representa– es
analizar todas las religiones que se dicen reveladas viendo si
en ellas se verifican los criterios de la revelación (milagro
y profecía estrictos), además (lo que habría que hacer previamente)
de verificar que en sus enseñanzas dogmáticas y morales no
se contiene nada contra los principios de la razón y
de la ley natural (digo nada contrario, no nada superior)
pues si contradice los principios de la razón (o sea,
si va contra el principio de contradicción o cualquiera de
los otros principios) o de la ley natural (los mandamientos
de la ley natural, que son divinos, como veremos en
su lugar) es claro que no puede ser verdadera, pues
Dios es el autor tanto del orden sobrenatural como del
natural y no hay una doble verdad sino una sola
(en contra de lo que enseñaron algunos filósofos que decían
que algo puede ser verdadero para la fe y falso
para la filosofía; teoría llamada de la doble verdad). La
otra vía consiste en analizar primero el Cristianismo, y si
se verifican que en él se cumplen los criterios ya
dichos (concluyendo, por tanto, que es de origen divino), limitarnos
a considerar las principales religiones que también se postulan como
reveladas (aunque ya no haría falta estudiarlas a todas, ni
con tanto rigor como debemos hacerlo con el Cristianismo, pues
no puede haber dos religiones que enseñen cosas contrarias y
sean ambas verdaderas, pues caería por tierra el principio de
no contradicción). Esta es la vía que suele seguirse, y
con todo derecho, pues es en el seno del cristianismo
donde ha nacido esta disciplina apologética. Para llevar a cabo este
estudio se debe, ante todo, demostrar fehacientemente la historicidad del
cristianismo (es decir, el valor histórico de sus fuentes: en
particular los Evangelios) para determinar si se puede aceptar como
históricamente verdadero cuanto ellos nos atestiguan sobre Jesucristo y el
comienzo del cristianismo. Una vez determinada su historicidad se procede a
demostrar la legación de Cristo (o sea que Cristo es
el revelador de los misterios divinos) y su autoridad divina,
aplicándole los criterios del milagro y la profecía. El fruto
de este estudio es la prueba de la absoluta credibilidad
del testimonio que Cristo da sobre sí mismo, sobre los
misterios divinos y sobre sus obras (también quedará demostrada su
divinidad si luego de este proceso se puede demostrar que
entre ese testimonio digno de fe dado por Cristo se
encuentra también su afirmación de que Él es Dios). Esta parte
debe completarse con el estudio de los principales errores como
el racionalismo y el indiferentismo. Muchos estudios han llevado a
cabo este apasionante itinerario intelectual; uno de los mejores es
el de Leoncio de Grandmaison
c) Tercera etapa: el catolicismo
El
tercer paso es la demostración de que Cristo fundó una
Iglesia y la investigación de cuál es esa Iglesia. Para
esto se pueden seguir tres métodos: El primero es la llamada
“vía histórica”. Procede probando primero la misión divina de Cristo,
y luego muestra que Cristo ha confiado la continuación de
su obra redentora a una sociedad religiosa que es la
Iglesia católica. Este método nos obliga a remontarnos al pasado
y si bien es árido, es muy firme y seguro
y procede a través de tres pasos:
1º Primero demuestra que
Jesucristo tuvo intención de fundar una Iglesia: se pone de
manifiesto por la promesa de edificar la Iglesia (Mt 16,18),
la elección, instrucción y misión de los Doce Apóstoles (Mc
3,13-19; Lc 6,12-17), la “nueva alianza” realizada en la Última
Cena (Mt 26,28 y paralelos), etc. 2º Luego demuestra que Jesucristo
fundó efectivamente una Iglesia y le dio una constitución y
estructura determinada; la fundó sobre los apóstoles: enviándolos a predicar
(Mc 3,14; Lc 9,2, etc.), con autoridad de regir en
su nombre a todos los hombres y de administrar los
sacramentos (Mc 16,16), particularmente el bautismo, la Eucaristía y el
perdón de los pecados. Además prometió y efectivamente dio a
un solo apóstol, Simón Pedro, la autoridad suprema para regir
a la Iglesia Universal (cf. Mt 16; Jn 21). 3º Finalmente
muestra que Jesucristo instituyó esa Iglesia para que perdurase hasta
el fin del mundo y en la forma jerárquica con
que la dotó en los tiempos apostólicos; esto se patentiza
en cuanto puede deducirse claramente que ordenó a los apóstoles
que tuvieran perpetuos sucesores en el triple oficio de enseñar,
santificar y regir, lo cual se desprende de las promesas
de Cristo sobre su Iglesia: las puertas del infierno no
prevalecerán contra ella (Mt 16), las parábolas del trigo y
la cizaña (Mt 13,39), el encargo a Pedro de confirmar
a sus hermanos en el futuro (Lc 22,31). Esta sucesión
se verifica en los obispos, sucesores de los apóstoles, y
en el Papa, sucesor del Apóstol Pedro.
El segundo método es
la llamada “vía de las notas”, que consiste en analizar
la voluntad de Cristo y ver qué características (o notas)
quiso que tuviera la Iglesia por Él fundada. Estas notas
son cuatro: 1º la unidad de régimen, de fe y de
comunión; 2º la santidad de principios, de miembros y de medios
de santificación; 3º la catolicidad o universalidad de misión, su permanente
y simultánea difusión en todo el orbe, su predicación a
toda clase de personas y razas, etc.; 4º finalmente, la apostolicidad,
es decir, la continuidad de la misión apostólica (constantes sucesores
de los apóstoles) hasta el fin del mundo. Después de analizar
las cuatro notas, se analizan las diversas “pretendientes” al título
de “iglesia fundada por Jesucristo” y se ve cómo la
única que realiza en plenitud sustancial las cuatro notas es
la Iglesia Católica.
La tercera vía es la llamada por algunos
“vía de la trascendencia” y por otros “vía empírica o
analítica”: parte del hecho de la Iglesia, de su actividad
y de su acción, tal cual se presenta directamente a
todo hombre y el punto clave de este método es
la demostración de que en la realidad histórica de la
Iglesia se puede constatar la “intervención inmediata de Dios”. Este
método se basa en último término en el milagro (el
milagro presente en la vida actual de la Iglesia), de
modo particular en: 1º la admirable propagación de la Iglesia
a pesar de las dificultades, persecuciones, obstáculos; 2º la milagrosa
unidad católica; 3º la invicta estabilidad; 4º la eximia santidad
y fecundidad de los santos. Evidentemente, la exposición detallada de cualquiera
de estas vías supone un desarrollo que excede las dimensiones
de este breve libro. Por eso sugiero la lectura de
alguno de los clásicos estudios de apologética católica citados en
la bibliografía al final.
2. La universalidad del hecho religioso
Nos quedamos
pues solo en el primer momento y concretamente en el
análisis del fenómeno religioso. A lo largo de los siglos XIX
y XX, con el advenimiento de las ideologías ateas, muchos
filósofos quisieron buscar a la religión una explicación puramente natural,
sin embargo, hay algo que no se puede obviar: la
universalidad del hecho religioso. El hecho religioso se encuentra en todos
los pueblos. Esta religiosidad, constante y universal, se basa en
la creencia de la necesidad moral de la religión; de
otro modo, no sería constante ni universal, como sucede con
otras prácticas que fueron desconocidas en unos pueblos y estuvieron
vigentes en otros, de los que más tarde desaparecieron; por
ejemplo, el sistema de castas cerradas, vigente entre los indios;
el de castas abiertas, entre los egipcios; ambos desconocidos entre
griegos, romanos, etc. Conocida es la religiosidad del pueblo hebreo, probada
por su ley, templo, sacrificios, sinagogas, sacerdocio, sábado, diezmos, primicias
y circuncisión; de los pueblos cristianos, con su admirable dogma,
moral y culto; y del pueblo mahometano, que da culto
a Alá y tiene sus mezquitas, santones, oración, días festivos,
Ramadán, etc. Los demás pueblos podemos dividirlos en prehistóricos e
históricos.
En los pueblos prehistóricos vemos indicios ciertos de su religiosidad
en los monumentos megalíticos, sepulturas, amuletos y redondelas craneales o
huesos separados del cráneo y perforados en su centro, que
se colocaban cerca del esqueleto. Los pueblos históricos, ya cultos, ya
primitivos o salvajes, todos han practicado la religión, profesando ciertos
dogmas, preceptos y ritos.
Entre sus dogmas podemos destacar: (a) La
fe en un Dios superior al hombre, que cuida de
él y que puede hacerle bien o daño, no sólo
en esta vida, sino en la vida futura. Se ha
llamado a Dios con diferentes nombres: Cielo o Emperador eminente,
por los chinos; Brahma, por los indios; Mazda u Ormuz,
por los iranios; El, Elohim, por los semitas; Nuter, por
los egipcios; Zeus, por los griegos; Júpiter, por los romanos;
Huitzilopochtli, por los aztecas; Gran Espíritu, por los primitivos. (b)
Ese Dios es juez de todos los hombres y su
remunerador, que premia a los buenos, y castiga a los
malos con penas muy largas o eternas. Bajo la autoridad
del Dios Supremo algunos pueblos colocaban a otros dioses, semidioses
y genios. Respecto de su moral podemos constatar que en todos
los pueblos se manda: (a) la justicia con todos; (b)
la piedad con los dioses y con los padres; (c)
los sacrificios para adorar al Dios Supremo y aplacarlo. Estos
sacrificios son, generalmente, cruentos: a veces, la víctima es otro
hombre, con preferencia niño, doncella o prisionero, principalmente entre los
semitas y americanos. Finalmente todos los pueblos han tenido un culto
en el cual se prescribían fórmulas o ritos especiales para
dar culto a los dioses y recibir sus beneficios; de
su observancia escrupulosa depende el éxito de la petición. A
fines del siglo XIX algunos viajeros desprevenidos o mal enseñados
hablaban de la existencia de pueblos salvajes, que carecían de
ideas religiosas: australianos, lapones, indios brasileños, isleños de Samoa, etc.
Menos de 50 años después, es decir, a partir de
los estudios etnológicos se podía ya afirmar con Schmidt: “En
la moderna etnología ha desaparecido la categoría de pueblos ateos.
La gran multitud de pueblos que antiguamente se le habían
adjudicado había quedado reducida hace poco a uno sólo, los
kubus de Sumatra, que fueron después eliminados también, mediante las
observaciones de von Dongen y Schebesta. El último intento, hecho
recientemente por W. Tessmann, de descubrir entre los indios del
Ucayali hombres sin Dios, ha sido también rechazado por la
crítica etnológica” . Digamos, de paso, que aun cuando pudiera
encontrarse algunos pueblos o tribus verdaderamente ateas, esto no iría
contra el fenómeno de la universalidad moral del hecho religioso,
pues siempre se trataría de casos aislados y excepcionales, como
lo demuestra el que se discuta sobre la misma existencia
de tales pueblos. Se podrían aducir respecto de la religiosidad universal
los testimonios de Cicerón, Plutarco, Séneca, Máximo de Tiro, entre
los antiguos, y Quatrefages y Sehneider, entre los estudiosos del
siglo XX. Podemos contentarnos con algunas afirmaciones, como las de
Lactancio: “La religión es casi lo único que separa al
hombre de los brutos”. Juan Jacobo Rousseau: “Puede demostrarse. contra
Bayle, que no subsiste ningún Estado cuya base y fundamento
no sea la religión” . Quatrefages añade: “El hecho de
la universalidad de la religión es tan manifiesto, que los
más eminentes antropólogos no vacilan en aceptar la religiosidad como
uno de los atributos del reino humano” . Y el
mismo eminente sabio se pregunta: ¿Qué es el hombre? Un
ser organizado, dotado de moralidad y religión”. Byon Jevons se atreve
a afirmar: “Que jamás hubo época en la historia del
hombre en que éste vivió sin religión es una afirmación
cuya falsedad intentaron demostrar algunos escritores, trayéndonos el cuento de
tribus salvajes ajenas, claro está, a toda idea religiosa. Ni
siquiera intentamos discutir este punto, que, como sabe todo antropólogo,
yace sepultado en el limbo de las disputas muertas. Escritores
que han abordado el tema con puntos de vista tan
diferentes como los adoptados por el profesor Tylor, Max Müller,
Ratzel, Quatrefages, Waytz, Gerland, Peschel están acordes en afirmar que
no hay raza humana, por miserable que sea, desprovista de
toda idea religiosa” . “La afirmación de que hay pueblos o
tribus sin religión –señalaba el holandés C. P. Piele– descansa,
ya en observaciones inexactas, ya en una confusión de ideas...
Tenemos, pues, derecho a llamar a la religión, tomada en
su sentido más amplio, un fenómeno propio de toda la
Humanidad” . Y podemos cerrar estos testimonios con las palabras
nada sospechosas de Renan: “Nada más falso que el sueño
de quienes queriendo concebir a la humanidad perfecta, la imaginan
sin religión... Supongamos un planeta habitado por una Humanidad cuyo
poder intelectual, moral y físico fuese doble del de la
Humanidad terrestre; aquélla sería, por lo mismo, dos veces más
religiosa que la nuestra. Supongámosla diez veces más fuerte que
la nuestra, y esa humanidad sería infinitamente más religiosa... El
progreso dará, pues, por resultado el engrandecimiento de la religión,
y no tenderá a destruirla ni disminuirla” . Por eso, a
pesar de los años, son muy actuales las palabras de
Eötvös a sus connacionales húngaros: “Por muchos progresos que haga
la ciencia, nunca logrará borrar con sus raciocinios la debilidad
humana, ni la conciencia de la misma. Dios crió nuestra
especie de manera que necesitemos apoyo, necesitemos algo ante lo
que hayamos de inclinarnos. El hombre no cesará de buscar
un Ser superior, ante quien hincarse de rodillas; y, si
los altares de la divinidad fueran derribados, sobre sus ruinas
se levantarán los tronos de los tiranos”. Y como confirmaba
el escritor ruso León Tolstoi (1828-1910): “Si cruza por tu
mente el pensamiento de que los conceptos que tienes formados
de Dios no son justos, y que acaso ni siquiera
existe Dios, no te desesperes. Todos podemos pasar por tal
trance. No creas que tu incredulidad tenga por causa el
que Dios no exista” .
3. Algunos intentos de explicación
Ha habido
realmente muchas escuelas filosóficas (las denomino así pues aunque se
auto titulen etnológicas, se meten en este punto en una
cuestión que toca problemas filosóficos) que han intentado explicar el
fenómeno religioso con disquisiciones puramente naturales. Aunque no lo hayan
logrado (siempre quedan baches inexplicables) vale la pena mencionarlas.
Explicación de
la escuela mitológica Esta escuela fue formada a mediados del siglo
XIX por A. Kuhn y sostenía que las figuras de
la mitología religiosa no eran sino personificaciones de los objetos
y fenómenos de la naturaleza, especialmente de los grandes astros.
El más famoso representante fue Federico Max Müller (1823-1900), fundador
de la “Historia de las Religiones”. Éste, abusando del método
filológico, ponía el origen de la mitología en defectos del
conocimiento del mundo, en faltas del lenguaje, en la confusión
y exuberancia de palabras. El origen de la religión, se
explicaba, para él, por la influencia de lo infinito sobre
la conciencia humana; el hombre ve hasta cierto límite, y
allí se detiene, lo que no abarca lo llena de
estupor y como no tiene lenguaje para nombrarlo y lo
identifica con, y lo llama, Dios, sin precisar si este
dios es uno o múltiple. Müller nunca explicó, sin embargo
(y no podía), cómo es posible que en todas partes
y en todos los pueblos, la imprecisión del idioma, la
confusión de palabras, la ignorancia, sea el punto de partida
del hecho más universal que registra la Historia. Esta escuela
mitológica ha tenido muchas variantes: la mitológica natural (que es
la que acabo de mencionar), la mitológica astral, el panlunarismo,
etc.; todas con los mismos defectos.
Explicación de la escuela antropológica Según
esta escuela el hombre tiene la tendencia de poner en
las cosas que lo rodean algo de su propia vida,
sentimientos, pasiones, etc. La doctrina de esta escuela se condensa
en tres hipótesis que no demuestra. La primera es un
crudo agnosticismo: nada podemos saber de las causas trascendentales, pues
no las podemos someter a experiencia; por tanto no debemos
buscar el origen de la religión en tales causas metafísicas
sino en nosotros mismos. Así decía Réinach: “A menos de
admitir la hipótesis gratuita y pueril de una revelación primitiva,
es preciso buscar el origen de la religión en la
psicología del hombre, no del hombre civilizado, sino del que
se aleja más de esta civilización”. Sería bueno saber por
qué su hipótesis, siendo en todo caso también pueril y
gratuita, será mejor que la que dice refutar. En fin,
no lo dice. La segunda hipótesis es el postulado evolucionista,
llevado a la mayor universalización: todo evoluciona de lo simple
y rudimentario a lo compuesto; por tanto, si queremos encontrar
el origen del hecho religioso, hay que analizar la religión
en los pueblos más salvajes pues son los que reproducen
más fielmente el estado primitivo de la humanidad. En todo
caso tendrá primero que demostrar esto; pues estos autores podrán
discutir si se puede probar o no una revelación primitiva
(o sea, una revelación divina al comienzo de la humanidad)
pero lo que no pueden es negarla sin demostrarlo, puesto
que nada impide que si Dios existe, se revele al
hombre; y si así hubiera sido, tal religiosidad sería más
perfecta por proceder de una revelación directa de Dios, mientras
que las formas posteriores corresponden a una degeneración del sentido
religioso; o sea, destruiría esta hipótesis. La tercera hipótesis es
el postulado determinista, según el cual los diferentes cultos se
encadenan sucediéndose uno del otro, merced a múltiples factores como
la cultura, el medio ambiente, el género de vida, etc. Es
claro que los postulados de los que parte esta explicación
son falsos, y apriorísticos sobre todo por descartar, sin demostración
alguna, toda posible revelación primitiva y cualquier explicación trascendente. De
este modo no sólo se cierran a cualquier explicación sobrenatural,
sino también a cualquier explicación científica, pues no hay nada
más anticientífico que la negación sin pruebas de la Causa
Sobrenatural. Lamentablemente no tenemos espacio aquí para exponer algunas teorías del
hecho religioso que dependen de esta escuela, como son el
animismo (que explica el origen de la religión por la
creencia de los pueblos primitivos en las almas individuales y
en los espíritus), el manismo (hipótesis que afirma que el
culto de las almas de los muertos –o manes– es
el origen de la religión), el magismo (fundado por Frázer,
quien hace derivar el hecho religioso de la magia, o
comunicación del hombre con un poder o energía misteriosa que,
respondiendo a sus invocaciones y ritos, satisface sus deseos); el
fetichismo (culto al fetiche, es decir, a una representación en
madera, barro, piedra, etc., consagradas a diversos genios o ídolos;
Augusto Comte, fundador del positivismo en el siglo XIX, supuso
que ésta es la primera etapa “religiosa” del hombre); el
totemismo, que afirma que el origen de la religión se
deriva del culto dado a los tótemes, preferentemente animales (el
tótem es un objeto material que el pagano mira con
respeto supersticioso creyendo que entre él y cada miembro del
clan a quien representa el tótem hay una relación íntima
y especial), etc. .
Explicación de la escuela sociológica Para esta escuela
es la sociedad la que impone mecánicamente el hecho religioso
a cada uno de los individuos que componen dicha sociedad;
es, por tanto, la sociedad la que crea la noción
religiosa; esta noción brota espontáneamente de los individuos apenas se
ponen en contacto y hacen vida social; después esta religión
se va lentamente purificando e idealizando. El motivo es que
la sociedad para vivir necesita un ideal; lo crea y
lo presenta a todos los individuos que la constituyen bajo
el aspecto de lo sagrado y la majestad de lo
divino. Esta teoría tiene el mérito de reconocer el fenómeno
religioso y afirmar, en contra de Comte, que no es
una creación artificial sino espontánea; también tiene el mérito de
enseñar que la religión es el hecho social por excelencia
del que se derivan todos los demás, es decir, que
es el vínculo social más fuerte, el factor principal de
cohesión entre los miembros de una sociedad; la idea de
Dios, aun para el sociologismo, es la única idea que
puede inspirar y mantener el espíritu de sacrificio de los
individuos respecto del resto de la sociedad (y que acepte
esto no es poco decir); también es mérito suyo el
reconocer que la religión tiene un aspecto social, es decir,
que no es un fenómeno puramente individual (como pretende el
liberalismo), que necesitamos una tradición religiosa, que es legítima una
sociología religiosa, que la religión es un hecho perpetuo y
permanente y que hay concordancia entre las transformaciones sociales y
las doctrinas o prácticas religiosas... pero se equivoca en su
explicación de base. Para Durkheim, principal expositor de esta escuela,
el hombre nace bestia y es la sociedad la que
lo hace hombre; por tanto lo que hay en él
de humano es sólo un reflejo o eco de la
sociedad; incluso su dimensión religiosa es sólo un eco de
la sociedad. Es evidente que tal explicación es viciosa: en
algún momento ha habido individuos que terminaron formando una sociedad
y al menos en ese momento el proceso tiene que
haber sido necesariamente al revés del explicado por la escuela
sociológica: los individuos proyectaron sus valores sobre la sociedad que
ellos formaron. Cae con esto el principio sobre el que
se fundamenta toda la teoría y con ella todas las
explicaciones con que conciben los hechos, incluso el religioso.
Explicación de
la escuela psicológica Para esta escuela, iniciada por William James, en
su libro “Variedades de la experiencia religiosa”, el hecho religioso
consiste, ante todo, en una actitud afectiva; para este autor
el sentimiento, asociado a la voluntad, es lo esencial en
la religión. Son los sentimientos los verdaderos estados religiosos: al
optimismo se reducen las experiencias religiosas de confianza en lo
divino, gozo, exaltación, éxtasis; al pesimismo los sentimientos de pecado,
remordimiento, arrepentimiento. El fenómeno religioso no es más que una
proyección del subconsciente. Las mismas ideas penetraron en el catolicismo
a través del movimiento modernista que reducía la religión y
la fe a un sentimiento de indigencia de lo divino.
No hay por tanto religión objetiva, ni revelación, ni fe
en un Dios que habla verdaderamente al hombre, sino una
proyección subconsciente de nuestra necesidad de protección, de seguridad, que
descargamos sobre una idea de Dios que nosotros mismos fabricamos
sin saberlo. Esta escuela y sus teorías tienen también sus méritos:
reconoce la realidad de las experiencias religiosas y de los
hechos de conciencia, despegándose en parte del craso materialismo de
otras teorías; no reducen estos hechos a leyes fisiológicas (James
ridiculiza a los médicos materialistas que pretenden explicar la conversión
moral como una crisis del instinto sexual, o catalogan a
Santa Teresa de Jesús como histérica); reconoce la multiplicidad de
las experiencias religiosas; proclama el elevado valor de la vida
religiosa (considera que la santidad es un factor esencial del
bienestar social y cuenta a los santos entre los mayores
benefactores de la humanidad). Pero se equivoca en puntos radicales:
reduce todo el fenómeno religioso a la esfera afectiva, no
contando los elementos intelectuales (las creencias, dogmas, verdades) que son
fundamentales en toda religión; lleva el error del agnosticismo por
el cual descarta de sus explicaciones todo lo que sea
sobrehumano; como le critica Faguet: “James no dice una palabra,
o, por lo menos, será tan corta que se me
habrá escapado, acerca de Santo Tomás de Aquino, de Bossuet
o San Francisco de Sales. En cambio, todos los hombres
desequilibrados que tengan un defecto cualquiera en el cerebro hallan
en este libro efectiva hospitalidad” . Además, la escuela psicológica
descuida el elemento principal de la religión, la adoración, precisamente
porque ésta supone una realidad personal distinta del hombre a
la que éste debe someterse, aceptando sus enseñanzas, obedeciendo sus
mandatos y propiciándola mediante ciertas prácticas o actos de culto.
Conclusiones Las
investigaciones, desligadas de prejuicios, hechas por importantes filósofos y etnólogos,
nos permiten llegar a conclusiones ciertas acerca del hecho religioso,
que podemos resumir en las siguientes : 1º En la historia de
la humanidad no hay época ninguna arreligiosa. “Ningún sabio de
algún renombre se atrevería a negarlo” (W. Schmidt) . La
afirmación de Lubbock, Letorneau, Mortillet. Hovelacque, Le Bon y otros,
de que los orígenes de la humanidad son arreligiosos, está
en oposición con los hechos; en todas partes el hombre,
ya como aparece en la historia, ya observado por la
etnografía, ya reconstituido por la prehistoria, se muestra religioso. 2º No hay
religión separada en su origen de la moral: no hay,
por tanto, estados primitivos amorales. Por doquiera, si nos fijamos
en los pueblos naturales, vemos una moral íntimamente ligada a
dogmas y ritos religiosos. La mayor parte de las prácticas
inmorales están unidas, no a la religión. sino a la
magia, su enemiga y remedadora, que pretende obtener, sin Dios
y contra Él, los resultados que el hombre es impotente
para producir. 3º La moral es más pura y más dependiente de
la religión en los pueblos más primitivos. “Los negros, que
están en los primeros escalones del progreso, tienen una moral
especulativa y práctica, superior ciertamente a numerosas poblaciones africanas, relativamente
civilizadas” (Le Roy) . 4º No existen pueblos sin organización familiar determinada.
Es falsa, por tanto, la promiscuidad gregaria (o sea, que
todos convivirían sexualmente sin matrimonio ni familia) que suponían los
partidarios de la evolución monista en los principios de la
humanidad. El mismo Darwin escribe: “La hipótesis que presenta la
promiscuidad como una etapa general en la historia de la
humanidad es una de las más necias dentro del terreno
de las ciencias sociológicas”. 5º El Progreso religioso de la humanidad no
es unilineal, rectilíneo, progresivo, según el esquema evolucionista, pues, contrariamente
a las pretensiones evolucionistas, el punto de partida de las
religiones se caracteriza por la moral religiosa y el monoteísmo
y, en muchos casos comprobados, han caído luego en el
politeísmo. Los mismos evolucionistas no han podido ponerse de acuerdo
en las etapas religiosas. Y así varían las escalas religiosas,
conforme a los prejuicios de cada autor. A menudo, la
evolución religiosa se ha hecho por degradación; el animismo ha
sustituido al monoteísmo, una moral grosera a otra más pura.
Falla, por tanto, la evolución religiosa de Tylor, Spencer, Reville
y otros autores. 6º No hay paralelismo ni sincronismo entre las evoluciones
religiosa y mitológica. En cada pueblo suelen coexistir estos dos
elementos, religión y mitología. La religión, elemento superior, cree en
un ser superior al hombre, padre y hacedor de las
cosas; la mitología, elemento inferior, es grosera y, a menudo,
obscena. Estos dos elementos evolucionan inversamente. El elemento religioso pierde
pureza y elevación, ahogado por la mitología. “Los romanos y
griegos tienen una religión más complicada, pero menos pura, que
los asirios y caldeos; éstos, creencias menos elevadas que los
egipcios; éstos, prácticas más multiplicadas y complejas, pero menos fáciles
de comprender, que las de las tribus Hamitas, Nigricianas y
Bantúes; estas últimas, en fin, nociones religiosas más difusas y
menos sencillas, y, por ende, menos claras y puras que
las de los humildes pigmeos, cuya pobre imaginación no ha
hallado nada con que enriquecer el fondo dogmático y moral
que llevan consigo en su vida errante, y que han
mantenido a través de la larga serie de siglos pasados”
(Le Roy). 7º No existe religión sin relación con seres superiores. La
magia, que para King, Hartland, Marett y otros, sería el
punto de partida de la evolución religiosa, es desconocida en
las religiones de la India y del Egipto; más aún,
la etnografía nos enseña que en los pueblos inferiores a
mayor culto del Ser Supremo corresponde menos magia. Es que
el sentimiento de dependencia, unido a toda religión, supone la
creencia en seres superiores y personales. 8º La religión de los pueblos
verdaderamente primitivos fue monoteísta. Esta conclusión de la historia de
las religiones es una confirmación práctica de la tesis filosófica
sobre la posibilidad de conocer a Dios. Los pueblos primitivos,
por escasos de cultura, por faltos de civilización que los
supongamos, tienen alma racional; tienen ideas, que se forjan al
mirar las cosas que los rodean; ideas que no son
exclusivas del hombre civilizado. De la contemplación de las cosas
que ven infieren la existencia del Soberano Creador. El mismo
A. Lang (+ 1912), antes el más brillante defensor de
la evolución religiosa, al examinar de cerca a los pueblos
primitivos de Australia y de las islas de Austronesia, se
convirtió en intrépido defensor del monoteísmo primitivo. La cuna de
la humanidad ha escuchado el nombre más augusto: Dios, y
ese nombre era el más querido del hombre; llamaba a
Dios su Padre. 9º El análisis del hecho religioso nos depara una
prueba palpable, científica de la existencia de Dios. Si negamos
a Dios, el hecho religioso es un enigma indescifrable.
4. ¿Por
qué es necesaria la religión?
Porque ya hemos dicho que
tenemos alma y que el alma es capaz de conocer
tanto lo que es Dios como lo que es el
hombre. Este conocimiento nos obliga, entonces, a practicar la religión,
que une al hombre con Dios como a su principio
y último fin. En efecto, la religión es el conjunto de
deberes que el hombre debe cumplir para con el Ser
Supremo, su Creador, su Bienhechor y su Señor y a
través de los cuales se une con Dios . Estos deberes
contienen: verdades que creer, preceptos que practicar y un culto
que tributar a Dios. Así como entre los padres y los
hijos existen lazos o relaciones naturales y sagradas, del mismo
modo existen entre Dios Creador y Padre del hombre, y
el hombre criatura e hijo de Dios. El lazo que
une al hombre con Dios es más fuerte que aquel
que une al hijo con el padre. ¿Por qué? Porque
nosotros debemos mucho más a Dios de lo que debe
un hijo a su padre. Dios es nuestro Creador y
nuestro último fin, no así nuestros padres. Así, nuestros deberes
para con Dios son mucho más santos que los de
los hijos para con los padres. Hay que distinguir la religión
natural de la sobrenatural o revelada. La religión natural es la
que se conoce por las luces naturales de la razón
y se funda en las relaciones necesarias entre el Creador
y la criatura. Esta religión natural obliga absolutamente a todos
los hombres, en todos los tiempos y en todos los
lugares, porque ella dimana de la naturaleza de Dios y
de la naturaleza del hombre. Encierra en sí las verdades
y preceptos que el hombre puede conocer por la razón,
aunque, de hecho, los haya conocido por la revelación: la
existencia de Dios, la espiritualidad, la libertad e inmortalidad del
alma, los primeros principios de la ley natural, la existencia
de una vida futura, sus recompensas o castigos. La religión sobrenatural
o revelada es aquella que Dios ha hecho conocer al
hombre desde el origen del mundo. El Creador impuso al
primer hombre verdades que creer, como el destino sobrenatural del
hombre, la necesidad de la gracia para llegar a este
fin sublime, la esperanza de un Redentor, etc., y deberes
positivos que cumplir, como el descanso del sábado, el ofrecimiento
de sacrificios, etc.
La intención de estas páginas no es, como
ya he dicho más arriba, hablar de la religión revelada
ni probar que la religión católica sea la verdadera; sobre
este punto sólo nos hemos limitado a indicar cuáles son
las vías para demostrarlo. Por tanto, el propósito apunta sólo
a dejar sentados los motivos por los que el hombre
necesita la religión como el pez necesita el agua. La
religión es necesaria al hombre porque se funda sobre la
naturaleza de Dios y sobre la naturaleza del hombre, y
se basa en las relaciones necesarias entre Dios y el
hombre. Imponer una religión es derecho de Dios; practicarla es
deber del hombre: Dios es el Creador, el hombre debe
adorarle; Dios es el Señor, el hombre debe servirle; Dios
es el Bienhechor, el hombre debe darle gracias; Dios es
el Padre, el hombre debe amarle; Dios es el Legislador,
el hombre debe guardar sus leyes; Dios es la fuente
de todo bien, el hombre debe dirigirle sus plegarias. Todos
estos deberes del hombre para con Dios son necesarios y
obligatorios, y el conjunto de todos ellos constituye la religión.
Por tanto, la religión es necesaria.
Hasta tal punto es necesaria
que Dios no puede dispensar al hombre del deber religioso.
Dios no puede renunciar a sus derechos de Creador, de
Señor, de fin último. Así como un padre no puede
dispensar a sus hijos del respeto, de la sumisión y
del amor que le deben, así tampoco puede Dios dispensarnos
de practicar la religión. Dios, sabiduría infinita y justicia suprema, debe
necesariamente prescribir el orden y el orden requiere que los
seres inferiores estén subordinados al Ser supremo, que las criaturas
glorifiquen a su Creador, cada una conforme a su naturaleza.
Por tanto, el orden requiere que el hombre inteligente y
libre rinda a Dios:
1º el homenaje de su dependencia, porque Él
es su Creador y su Señor; 2º el homenaje de su
gratitud, porque Él es su bienhechor; 3º el homenaje de su
amor, porque Él es su Padre y su Soberano Bien;
4º el homenaje de sus expiaciones, porque Él es su legislador
y su juez; 5º el homenaje de sus oraciones, porque Él
es la fuente y el océano infinito de todos los
bienes. Dios no puede, pues, renunciar a este derecho esencial
de exigir nuestros homenajes, porque no sería Dios, ya que
no amaría el orden y la justicia.
Dios podía no crearnos,
pero desde el momento que somos la obra de sus
manos, su dominio sobre nosotros es inalienable. La religión es también
necesaria al hombre porque el hombre no puede ser feliz
sin religión. El hombre no es feliz en este mundo
si sus facultades no están plenamente satisfechas; y sólo la
religión puede dar tranquilidad al espíritu, paz al corazón, rectitud
y fuerza a la voluntad. Por consiguiente sin religión el
hombre no puede ser feliz en este mundo. Tampoco puede
ser feliz en la vida futura, porque sin religión no
puede alcanzar la felicidad, que es la posesión de Dios,
Soberano Bien. El hombre no puede ser feliz sino por la
religión que le permite conocer adecuadamente a Dios y amarle.
Esto se puede ver con claridad: 1º La inteligencia necesita de la
verdad y de la verdad entera: las partículas de verdad
esparcidas por las criaturas no pueden bastarle; necesita de la
verdad infinita, que sólo se halla en Dios. En consecuencia,
ante todas las cosas, la inteligencia necesita del conocimiento de
Dios, su principio y su fin. Pero como la religión
es la única que ofrece soluciones claras, precisas y plenamente
satisfactorias a todas las cuestiones que el hombre no puede
ignorar, debemos concluir que la religión es necesaria. Por eso
todos los sabios, verdaderamente dignos de tal nombre, se han
mostrado profundamente religiosos. La frase de Bacon será siempre la
expresión de la verdad: “Poca ciencia aleja de la religión,
mucha ciencia lleva a ella”. 2º El corazón del hombre necesita del
amor de Dios, porque ha sido hecho para Dios, y
no puede hallar reposo ni felicidad sino amando a Dios,
su Bien supremo. Ni el oro, ni los placeres, ni
la gloria podrán jamás satisfacer el corazón del hombre: sus
deseos son tan grandes, que no bastan a llenarlos todas
estas cosas finitas y pasajeras. Por eso todos los santos,
todos los corazones nobles, todos los hombres hallan en la
religión una alegría, una plenitud de contento que no podrán
dar jamás todos los placeres de los sentidos y todas
las alegrías del mundo. 3º La voluntad del hombre necesita de una
regla segura para dirigirse hacia el bien y de motivos
capaces de sostener su valor frente a las pasiones que
hay que vencer, a los deberes que hay que cumplir,
a los sacrificios que hay que hacer. Pues bien, sólo
la religión puede dar a la voluntad esta firmeza, esta
energía soberana, mostrándole a Dios como el remunerador de la
virtud y castigador del crimen. A no ser por el
freno saludable del temor de Dios, el hombre se abandonaría
a todas las pasiones y se precipitaría en un abismo
de miserias. 4º Finalmente, la religión nos proporciona en la oración un
consuelo, en la esperanza un remedio, en el amor de
Dios una alegría, en la resignación un socorro y una
fuerza; y, además, nos hace entrever, después de esta vida,
una felicidad completa y sin fin. El hombre religioso es
siempre el más feliz, o, por lo menos, el más
consolado.
En cambio, el hombre sin religión es un gran desgraciado
aun en este mundo.
La religión es también necesaria a la
sociedad. Pues toda sociedad necesita: 1º en los que gobiernan,
justicia y pronta disposición a servir y favorecer a los
demás; 2º en los súbditos, obediencia a las leyes; 3º
en todos los asociados, virtudes sociales. Ahora bien, sólo la
religión, puede inspirar: a los superiores, la justicia y la
disposición a sacrificarse en bien de los súbditos; a éstos,
el respeto al poder y la obediencia; a todos, las
virtudes sociales, la justicia, la caridad, la unión, la concordia
y el espíritu de sacrificio por el bien de los
demás. Por tanto, la religión es necesaria a la sociedad. El
fundamento, la base de toda sociedad, es el derecho de
mandar en aquellos que gobiernan, y el deber de obedecer
en aquellos que son gobernados. Lo reconocía el mismo impío
Voltaire: “Yo no quisiera tener que ver con un príncipe
ateo, que hallara su interés en hacerme machacar en un
mortero; estaría seguro de ser machacado...” Y añade: “Si el
mundo fuera gobernado por ateos, sería lo mismo que hallarse
bajo el imperio de los espíritus infernales que nos pintan
cebándose en sus víctimas”. De hecho, hoy en día, en
muchos países gobernados por ateos, se cumple la observación volteriana.
¿De dónde viene este derecho de mandar, que constituye la
autoridad social? No puede venir del hombre, aun tomado colectivamente,
puesto que todos los hombres son iguales por naturaleza, nadie
es superior a sus semejantes. Este derecho no puede venir
sino de Dios, que, creando al hombre sociable, ha creado
de hecho la sociedad. Por tanto para justificar este derecho,
hay que remontarse hasta Dios, autoridad suprema, de la cual
dimana toda autoridad. “El hombre sin religión es un animal
salvaje, que no siente su fuerza sino cuando muerde y
devora”, escribe Montesquieu. Y el incrédulo Rousseau confiesa: “Yo no
acierto a comprender cómo se pueda ser virtuoso sin religión;
he profesado durante mucho tiempo esta falsa opinión, de la
que me he desengañado”.
Y además, la necesidad de la religión
lo prueba nuestra misma experiencia. “En todas las edades de
la historia, dice Le Play, se ha notado que los
pueblos penetrados de las más firmes creencias en Dios y
en la vida futura se han elevado rápidamente sobre los
otros, así por la virtud y el talento como por
el poderío y la riqueza”. Los crímenes se multiplican en una
nación a medida que la religión disminuye. Por esto, los
que tratan de destruir la religión en un Pueblo son
los peores enemigos de la sociedad, cuyos fundamentos socavan. “Sería
más fácil construir una ciudad en los aires, que constituir
una sociedad sin templos, sin altares, sin Dios”, decía Plutarco.
Y Platón: “Aquel que destruye la religión, destruye los fundamentos
de toda sociedad humana, porque sin religión no hay sociedad
posible”. Y el mismo Napoleón I decía: “Sin religión, los
hombres se degollarían por cualquier insignificancia”. Dicho y hecho: miremos,
si no, las nuevas sociedades irreligiosas... y cuidemos nuestras espaldas.
Por
esto todos los pueblos han reconocido la necesidad de la
religión. Todos los pueblos han tenido templos y altares en
todos los tiempos. Como decía el nada sospechoso Hume: “Jamás
se fundó un Estado sin que la religión le sirviera
de base. Buscad un pueblo sin religión, y si lo
encontráis, podéis estar seguros de que no se diferencia de
los animales”.
* * *
Al
considerar estos temas podemos constatar que muchos han elaborado teorías
como si fueran nuevas torres de Babel, capaces de llegar
al cielo y desafiar al mismo Dios. Pero al poco
tiempo las hemos visto desplomarse como las murallas de Jericó,
con la diferencia de que en la mayoría de los
casos no ha hecho falta sonar ninguna trompeta sino que
ha bastado el irrisorio pitido de un silbato.
Bibliografía para
ampliar y profundizar
–Vizmanos-Riudor, Teología fundamental para seglares, BAC, Madrid 1963. –Leoncio
de Grandmaison, Jesucristo, Ed. Litúrgica Española, Barcelona 1941 (reeditado por
Edibesa, Madrid 2000). –Hillaire, La religión demostrada, Difusión, Bs. As. 1964. –Nicolás
Marín Negueruela, Lecciones de apologética, Librería Casals, Barcelona 1944. –Nicolás Marín
Negueruela, ¿Por qué soy católico?, Poblet, Buenos Aires 1956. –Albert Lang,
Teología fundamental, tomo 1 y 2, Rialp, Madrid 1977. –G. K.
Chesterton, El hombre eterno, en: Obras completas, Plaza & Janés,
Barcelona 1967, t.1 (hay traducciones mejores).
Cf. Harvey
G. Cox, The Secular City, Macmillan, New York 1965.
Harvey G.Cox, Fire from Heaven. The Rise of Pentecostal Spirituality
and the Reshaping of Religion in the Twenty-First Century, Addison-Wesley,
Reading (Massachusetts) 1995. Chesterton, El hombre eterno, en Obras
completas, Plaza y Janés 1967, t.1, p. 1548. Chesterton,
El hombre eterno, en Obras completas, Plaza y Janés 1967,
t.1, p. 1533. Lo puedes ver citado en la
bibliografía. Schmidt, Ursprung und Werden der Religion, Viena 1930,
p. 22; citado por Nicolás Marín Negueruela, Lecciones de Apologética,
Barcelona 1944, n. 15, p. 20. Contrato Social, IV,
8. Quatrefages, Introduction à l’étude des races humaines, cit.
Marin Negueruela, Lecciones de Apologética, n. 16. Byon Jevons,
An introduction to the History of Religions, London 1896, p.
7. cit, Marín Negueruela, Lecciones de Apologética, n. 16.
Piele, Geschiedenis van den Gods-diens tot aan de heerschappy werelgodsdiensten,
1876; cit. Marín Negueruela, Lecciones de Apologética, n. 16.
Rénan, Les apôtres, p. 155. Cit. por Marín Negueruela, Lecciones
de Apologética, n. 16 Todos estos testimonios se pueden
leer en el libro de Marín Negueruela, Lecciones de Apologética,
n. 15-16, pp. 19-21. Puede verse la exposición detallada
y las respectivas refutaciones en la obra de Marín Negueruela,
Lecciones de Apologética, nn. 19-73. Citado por Marín Negueruela,
Lecciones de Apologética, n. 89. Pueden verse en Marín
Negueruela, Lecciones de Apologética, n. 105. Schmidt, Ursprung und
Werden der Religion, p. 57; citado por en Marín Negueruela,
Lecciones de Apologética, n. 105. Le Roy, Les Populations
de culture inférieure, en : Christus, pp. 96-97 ; en
Marín Negueruela, Lecciones de Apologética, n. 105. Cf. Hillaire,
La religión demostrada, op. cit. La palabra religión viene,
según unos, de religare, ligar fuertemente; según otros, de reeligere,
reelegir a Dios; es decir, que el hombre debe ligarse
libremente a Dios como a su principio, y debe elegir
a Dios como a su último fin.
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