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Autor: R.P. Miguel Ángel Fuentes, IVE | Fuente: Del libro "Las Verdades Robadas" ¿Es verdad que no hay verdad?
A un relativista es difícil hacerle entender su error; no el demostrarle su error, sino conseguir que lo acepte
¿Cuál es la crítica fundamental al relativismo? O mejor, para
formularlo con lo que más puede interesarnos: ¿es verdad que
no hay verdad? Y no lo estoy formulando mal, puesto
que no hace falta preguntarnos si hay “verdad objetiva” puesto
que verdad y verdad objetiva son conceptos realmente equivalentes; la
verdad es la adecuación de nuestra mente con las cosas,
por tanto o hay verdad objetiva (adecuada con la realidad)
y por tanto válida para todos los seres inteligentes, o
simplemente no hay verdad sino opiniones, que son apreciaciones diversas
sobre las cosas. ¿Hay pues una verdad objetiva? Ya hemos
dicho que “la crítica más esencial que se puede formular
al relativismo, además de otras de carácter extrínseco como sería
la demostración de la existencia de una verdad absoluta, de
evidencias universales, está en que todo relativismo implica una contradicción
intrínseca. Al mantenerse que ningún juicio goza de la propiedad
de ser verdadero en sentido absoluto y que toda verdad
es relativa surge, como consecuencia ineludible, que el juicio “toda
verdad es relativa” tampoco puede tener carácter de validez absoluta,
lo que destruye, con sus propias armas, al relativismo Si,
dado un cierto factor condicionante, se admite como verdad que
toda verdad es relativa, puesto otro factor distinto habrá que
admitir como verdadero que toda verdad es absoluta, lo que
es una contradicción con la tesis fundamental del relativismo. Aparte
de esta inconsistencia general del relativismo, la crítica del relativismo
sería parecida a la del escepticismo y subjetivismo” .
Más
aún, la existencia de la verdad (de la verdad como
algo objetivo y universal, invariable y superior a cualquier opinión
humana) es una certeza de sentido común; tan de sentido
común que basándonos en que hay verdades objetivas nos casamos,
sembramos, nos subimos a un barco o a un avión,
compramos y vendemos y nos dejamos matar defendiendo la patria
o las personas que amamos. Porque no nos caben dudas
que hay verdades objetivas repetimos refranes a modo de verdades
objetivas cultivadas por la filosofía popular: “quien adelante no mira,
atrás se queda”; “el que con lo ajeno se viste,
en la calle los desvisten”; “las apariencias engañan”; “Dios le
da pan al que no tiene dientes”; “una cosa es
cacarear y otra poner huevos”; etc. ¿No supone esto que
creemos en el valor objetivo de las cosas y de
las verdades que las expresan? ¿Quien se casaría si aceptase
que una cosa será la fidelidad para mí y otra
para ti? ¿Quién se embarcaría si no estuviese seguro de
principio por el cual un cuerpo sólido puede flotar en
definidas condiciones o quien subiría a un avión basándose sólo
en que el piloto opina que su avión es capaz
de mantenerse en el aire? Pero no sólo tenemos una certeza
popular de la existencia y valor objetivo de la verdad
sino una certeza científica de la misma. La verdad existe
y que no puede ser negada, pues, como dice entre
otros Tomás de Aquino, “quien niega la existencia de la
verdad afirma implícitamente que la verdad existe, pues si la
verdad no existiese, sería verdad que ella no existiría; y
si algo es verdadero, es necesario que exista la verdad”
. Parece un trabalenguas, pero es un silogismo... perfecto. Nuestra
inteligencia es capaz de razonar y de alcanzar el ser
de las cosas, la realidad. Conocemos el ser de las
cosas, como nos enseña una sana filosofía y como reconocemos
en la práctica, a pesar de que profesemos la más
terca de las filosofías subjetivistas, pues el más craso negador
de que podamos conocer la verdad absoluta de las cosas,
es capaz de mover cielo y tierra para que le
paguen su sueldo (¿cómo sabe que es suyo? ¿y si
el patrón opina que no le tiene que pagar?), y
cuidado con que le toquen su esposa o sus bienes,
y en esto no valen opiniones ni el que cada
uno tenga su verdad (también el ladrón dice tener su
verdad, y esta es que le gusta más mi auto
que el suyo y por eso decide apropiarse de él;
¿qué le responderé yo, miserable relativista? “Señor, si usted lo
ve así, aquí tiene las llaves; disculpe si pensé mal
de usted”. Un relativista puede enseñar el relativismo durante toda su
vida con plena convicción (lo que sería contrario al relativismo);
pero si llegase a ir a un restaurante “relativista” y
pidiendo liebre le trajesen gato porque el dueño del restaurante
desde su punto de vista sostiene que el gato es
igual que la liebre, no sólo puede ver derrumbarse su
sistema en pocos segundos sino pasar el resto “relativo” de
su vida en prisión por intento de homicidio de un
propietario de restaurante. Todo relativista es, necesariamente, inconsecuente en la
vida real.
Aún así a un relativista es difícil hacerle entender
su error (no el demostrarle su error, sino conseguir que
lo acepte) porque el relativismo es una forma de necedad,
y la necedad suele ser no sólo un pecado sino
el castigo en el que caen los que no tienen
amor por la verdad. Se los puede, sin embargo, escarmentar
del único modo que pueden entender: pidiéndoles que nos devuelvan
nuestro dinero, pues para decirme que lo que me enseña
sólo tiene valor para él y que es muy probable
que yo tenga otra opinión, la cual él no piensa
compartir pero tampoco refutar... mejor me devuelve mi dinero y
me voy a casa, pues ¡eso lo puedo aprender solo!
–R. Garrigou-Lagrange, El
sentido común, Palabra, Madrid 1980.
–Antonio Orozco-Delclós, La libertad en el
pensamiento, Ed. Rialp, Madrid 1977.
–Pieper, Josef, El ocio y la
vida intelectual, Rialp, Madrid 1983.
–––––––––––, El descubrimiento de la realidad,
Rialp, Madrid 1974.
–––––––––––, Defensa de la filosofía, Herder, Barcelona 1982.
–Jacques
Maritain, Introducción a la filosofía, Club de lectores, Bs. As.
1950.
–Velazco, Miguel Angel, Los derechos de la verdad, MC, Madrid
1994.
–G. K. Chesterton, Ortodoxia, en: Obras completas, Plaza & Janés,
Barcelona 1967 (hay ediciones con mejores traducciones).
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