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Verdades y límites del evolucionismo
Si te dicen que
la doctrina de la Iglesia choca contra la indiscutible teoría
del evolucionismo... te están robando varias verdades. Ni se trata
de una sola teoría, ni en muchos casos tiene valor
de “teoría”, ni –en las que gozan de seriedad– choca
contra ninguna verdad católica. Es comprensible, de todos modos, que nos
plateemos este tema. A todos nos intriga saber de dónde
viene el hombre, cuál es su origen e historia; pues
de esto depende también cuál es su fin (su finalidad
o destino). ¿Somos fruto del azar, de la evolución, obra
de un Creador? Las distintas respuestas equivalen a muy distintos
conceptos del hombre y del mundo... y se traducen luego
en muy distintas actitudes ante la vida (desde la esperanza
hasta la angustia ante la muerte). La Iglesia nos enseña,
con la Biblia en la mano, una respuesta: el hombre
ha sido creado por Dios, formando su cuerpo de un
elemento material, y creando de modo directo su alma; esto
sigue repitiéndose para cada hombre que viene a este mundo:
su cuerpo lo recibe de sus padres, pero su alma,
espiritual e inmortal, es creada por Dios. Las enseñanzas evolucionistas
(tanto sobre el origen del universo como sobre el origen
del hombre), ¿contradicen esta enseñanza? No todas las teorías evolucionistas.
Y las teorías evolucionistas que impugnan esta enseñanza, ¿son dignas
de crédito o tienen sus “agujeros negros” científicos por los
que se desarman como una estatua con pies de barro?
Veámoslo en este capítulo.
1. El estado actual de las teorías
de la evolución
Veamos, ante todo, y con la sencillez que
requiere nuestro trabajo (y capacidad), cuál es el estado actual
de las teorías de la evolución (tanto sobre el origen
del universo, como sobre la vida y el hombre en
particular). Seguiré en este punto un valioso trabajo del Dr.
Mariano Artigas .
Al hablar de evolución, inmediatamente se piensa en
Darwin, pero ya antes de él y de su obra
El origen de las especies (1859) se habían dado otros
intentos de explicar científicamente la evolución; especialmente Lamarck, en 1809,
propuso explicar la evolución mediante la herencia de los caracteres
adquiridos, y según Artigas, el mismo Aristóteles al explicar la
existencia de finalidad en la naturaleza propuso una explicación que
es casi idéntica a la darwinista: la aparente finalidad de
las partes del organismo viviente se explicaría porque, entre los
diferentes productos de la naturaleza, sólo se conservarían los mejor
adaptados . Darwin dio al evolucionismo fama e influencia, ocupándose
primero del origen de las especies, y posteriormente del origen
del hombre y, de paso, del origen de los primeros
vivientes. Con el tiempo el pensamiento evolucionista se ha extendido
al origen del universo y a su posterior evolución. Veamos
el estado actual de cada uno de estos puntos.
a) Sobre
el origen del universo
Albert Einstein formuló la relatividad general en
1915 y la aplicó al estudio del universo en su
conjunto en 1917. Su teoría proponía un universo cambiante; disgustado
con esa idea, introdujo en sus fórmulas una “constante cosmológica”
con el fin de obtener un universo estático: más tarde
dijo que había sido el peor error de su vida.
Willem de Sitter en 1916-1917 y Alfred Friedmann en 1922-1924
desarrollaron la teoría de Einstein en el marco de un
universo dinámico, idea que resultó corroborada cuando, en 1929, Edwin
Hubble formuló la ley según la cual el universo está
en expansión y las galaxias se apartan unas de otras
con una velocidad que es proporcional a su distancia mutua. En
1927, el sacerdote Georges Lemaître propuso su teoría del “átomo
primitivo”, que, después de ser reformulada por Georges Gamow en
1948, es conocida como teoría del big bang o “gran
explosión”. Según esta teoría, hace unos 15.000 millones de años
toda la materia y energía del universo, concentrada en condiciones
de enorme densidad y temperatura, experimentó una expansión que, seguida
de una sucesiva disminución de temperatura y de concentraciones locales,
produjo una radiación que todavía debería observarse en la actualidad.
La detección de esa radiación fósil en 1964 por Arno
Penzias y Robert Wilson produjo la general aceptación de la
teoría. Pero como toda teoría física, contiene aspectos problemáticos, que
muchos han intentado solucionar con otras teorías, como la “teoría
de la inflación” propuesta por Alan Guth, según la cual
el universo, en los primeros momentos de su existencia y
durante un lapso de tiempo muy pequeño, habría experimentado una
enorme expansión. En 1992, las observaciones del satélite COBE (“Cosmic
Background Explorer”) sobre la radiación de fondo pusieron de manifiesto
la existencia de fluctuaciones en el universo primitivo, lo cual
explicaría la distribución irregular de la materia, necesaria para que
se produjeran las condensaciones locales que han dado lugar a
las estrellas y planetas. El modelo de la gran explosión
tiene mucha aceptación pero plantea importantes interrogantes, entre otras cosas
no menos importante ignoramos (desde el exclusivo punto de vista
de la ciencia) por qué hubo una gran explosión.
b) Sobre
el origen de la vida
Se calcula que la edad de
la Tierra es de unos 4.500 millones de años. Los
fósiles más antiguos se remontan a unos 3.800 millones de
años. Se supone que los vivientes primitivos aparecieron, por tanto,
en el intervalo entre esas dos fechas. Existen varias teorías
que pretenden explicar el origen de la vida en la
Tierra. Una de las primeras fue la propuesta por Alexander
Oparin en 1922: la vida habría surgido en el agua
de los océanos. En un famoso experimento realizado en 1953
en Chicago, Stanley Miller simuló las condiciones de la atmósfera
primitiva (amoníaco, metano, hidrógeno y vapor de agua, activados por
descargas eléctricas) y obtuvo algunos aminoácidos, que son los ladrillos
con que se construyen las proteínas; parecía que el problema
del origen de la vida se podía resolver, al menos
en principio. Sin embargo, las dificultades siguen siendo grandes. La
vida que existe ahora en la Tierra se basa en
la interacción mutua entre ácidos nucleicos (DNA y RNA) y
proteínas; pero los ácidos nucleicos son necesarios para fabricar proteínas,
y viceversa. Además, esas macromoléculas poseen una enorme complejidad, lo
que hace difícil pensar que se originasen de modo espontáneo. A
finales de la década de 1960, Carl R. Woese, Francis
Crick y Leslie E. Orgel propusieron lo que ahora se
conoce como teoría del “mundo del RNA”, según la cual
la vida primitiva se basaba en el RNA . Se
supone que este ácido nucleico poseía dos propiedades de las
que ahora carece: se podría autorreplicar sin necesidad de proteínas,
y podría catalizar la síntesis de proteínas. Pero ni sabe
cómo podría hacer eso ni –menos aún– cómo se formó
el RNA mismo, que posee una gran complejidad... y además
todo se basa en un “se supone”, lo cual para
teoría científica es muy flaco... Otros han propuesto teorías más radicales,
como A. Graham Cairns-Smith, según el cual el primer sistema
con capacidad de replicarse era inorgánico y se basaba sobre
cristales de arcilla. Otra propuesta dice que el origen de
la vida se verificó en fuentes hidrotermales en los
fondos marinos. Sin embargo, sigue habiendo enormes dificultades: basta pensar
que el DNA de una bacteria, uno de los vivientes
actuales más simples, puede tener unos dos millones de nucleótidos,
de cuya organización depende que el DNA sea funcional y
pueda dirigir la producción de más de un millar de
proteínas diferentes. En vista de ello, algunos científicos como Juan
Oró, Fred Hoyle y Chandra Wickramansinghe han propuesto que habrían
existido compuestos precursores de la vida en otras regiones del
espacio, y habrían llegado a la Tierra, por ejemplo por
medio de choques de meteoritos. O sea, se elimina el
problema del origen de la vida en la tierra pasándolo
a otro lugar del universo (¿cómo surgió allí?). Los enigmas que
rodean el origen de la vida son muy grandes, a
pesar de la existencia de diferentes teorías que se han
propuesto para explicarlo.
c) Sobre el origen de las especies
Darwin propuso
en 1859 que la selección natural, que actuaría sobre variaciones
hereditarias, es el principal motor de la evolución, pero nada
sabía sobre la naturaleza de esas variaciones. A partir de
los trabajos del monje benedictino Gregor Mendel, publicados en 1866
y redescubiertos en 1900, la genética se convirtió en parte
esencial de la teoría evolutiva. La incorporación de la genética
al darwinismo condujo, en torno a 1940, a la formulación
del neo-darwinismo o “teoría sintética” de la evolución, que sigue
considerando que la selección natural es el factor explicativo principal
de la evolución. Una objeción típica al neodarwinismo es que no
explica la “macroevolución”, o sea, el origen de nuevas especies
o tipos de vivientes. El darwinismo insiste en el gradualismo
y afirma que los grandes cambios son el resultado de
la acumulación de muchos cambios pequeños, pero se han formulado
propuestas alternativas. Stephen Jay Gould y Niles Eldredge sostienen que
la evolución no es gradual, sino que funciona a saltos
(teoría del “equilibrio puntuado”): existirían grandes períodos de estabilidad interrumpidos
por intervalos muy breves en los que tendrían lugar cambios
evolutivos grandes y bruscos (esto explicaría, según ellos, por qué
no se encuentran eslabones intermedios en el registro fósil). Esta
teoría (del equilibrio puntuado) propone explicaciones que no son darwinistas
pero son evolucionistas (la discusión se centra en torno a
los mecanismos de la evolución, no en torno a su
existencia). En 1967 Motoo Kimura propuso otra teoría (el “neutralismo”), que
niega que la evolución tenga nada que ver con la
selección natural; para él los cambios evolutivos se deberían
a la “deriva genética” de mutaciones genéticas. Tampoco él discute
la evolución sino sus mecanismos. Una de las mayores dificultades del
evolucionismo es la explicación de los nuevos tipos de organización,
que requieren múltiples cambios complejos y coordinados. Para solucionarlo se
han propuesto teorías que, por el momento, son muy hipotéticas,
pues se basan en datos que todavía conocemos de modo
muy insuficiente. Muchas de las teorías que hemos mencionado se presentan
a veces como opuestas al darwinismo, pero los darwinistas afirman
que caben dentro de su teoría y, en cualquier caso,
no son críticas al evolucionismo, sino intentos de proporcionar explicaciones
más profundas de la evolución.
d) Sobre el origen del hombre
Desde
la publicación de la teoría de Darwin, la atención se
centró, sobre todo, en la explicación biológica del origen del
hombre. Comenzó la búsqueda de eslabones intermedios entre el hombre
y otros primates, que ha conducido a la clasificación habitual
de los precursores del hombre actual: los australopitecos africanos (entre
4,5 y 2 millones de años), seguidos del homo habilis
(desde 2,3 a 1,5 millones de años), el homo erectus
(se habla también de homo ergaster, entre 2 y 1
millones de años, en África, y de homo erectus en
Asia), y las diversas variedades de homo sapiens. Se trata
de un terreno en el que existen muchas incertidumbres y
frecuentemente se producen novedades que obligan a cambiar esquemas. En las
últimas décadas se han aplicado los nuevos métodos de la
biología molecular a los estudios de la evolución, llegando, a
veces, a conclusiones diferentes de las que se derivan del
estudio de los fósiles, y se producen discrepancias entre los
biólogos moleculares y los paleontólogos. Así, de acuerdo con la
biología molecular, el supuesto antecesor común de chimpancés y humanos
se situaría entre hace 5 y 6 millones de años,
mucho más recientemente de la estimación anterior que se remontaba
a unos 20 millones de años. Se estima probable que
el linaje de ese antecesor común ya se había separado
del de los gorilas. En este ámbito, ha tenido especial resonancia
la presunta determinación del origen del hombre actual mediante el
estudio del DNA mitocondrial, que se transmite por vía materna.
Según algunos biólogos moleculares, todos los seres humanos actuales descienden
de una mujer que vivió entre 100.000 y 200.000 años
atrás, en África, y que ha recibido el significativo título
de “Eva mitocondrial”. Hay que señalar, no obstante, que los
propios autores de esos estudios no pretenden haber probado científicamente
el monogenismo , y que sus afirmaciones no son aceptadas
por todos: en particular, algunos paleontólogos muestran reservas, sobre todo
con respecto al uso que esos biólogos moleculares hacen del
denominado “reloj molecular” . Sobre el presunto origen del hombre actual
existen dos opiniones diferentes: el modelo de “continuidad regional” y
el modelo del “origen africano reciente”. El modelo de “continuidad
regional” sostiene que la especie, muy primitiva, Homo erectus (incluido
Homo ergaster) no es más que una variante antigua de
Homo sapiens; defiende, además, que en los últimos dos millones
de años de historia de nuestra estirpe se produjo una
corriente de poblaciones entrelazadas de esta especie que evolucionaron en
todas las regiones del Viejo Mundo, cada una de las
cuales se adaptó a las condiciones locales, aunque todas se
hallaban firmemente vinculadas entre sí por intercambio genético. La variabilidad
que vemos hoy entre las principales poblaciones geográficas sería, de
acuerdo con este modelo, la postrera permutación de tan largo
proceso. En cambio, el modelo del “origen africano reciente” sostiene que,
hace unos 100.000 años, un nuevo tipo de ser humano,
originado en África, habría sustituido completamente a las especies anteriores. También
se han realizado estudios sobre el cromosoma Y, que se
hereda exclusivamente del padre, y los resultados están de acuerdo
con el modelo del origen africano reciente. En cuanto a la
época más reciente, parece que, desde hace unos 30.000 años,
sólo permaneció el hombre moderno actual, aunque coexistiera, durante miles
de años, con otros tipos humanos ancestrales (como el hombre
de Neanderthal). No existe unanimidad sobre el origen de los
diferentes grupos humanos que existen en la actualidad. En medio de
muchas incertidumbres, suele afirmarse que la humanidad actual procede de
unos antepasados relativamente recientes que aparecieron en África o, quizás,
en Oriente Medio, y que se extendieron por toda la
Tierra.
e) Las dos variantes fundamentales del evolucionismo
Hemos mencionado teorías y
propuestas diversas desde el ambiente filo-evolucionista. Hay que tener en
cuenta también otro elemento clave que se entrecruza con los
argumentos más o menos científicos de toda teoría evolucionista y
que trasciende el campo estrictamente científico: la aceptación o exclusión
de una causa sobrenatural en el proceso de la evolución. Digo
que es un elemento que trasciende el campo propio de
las disciplinas en las cuales se propone el evolucionismo (física,
química, biología, paleontología, etc.) puesto que entramos con esto en
un plano metafísico e incluso –aunque no exclusivamente– teológico. Es
clave entender este punto, puesto que algunos piensan que los
evolucionistas que niegan la intervención de una causa sobrenatural (Dios)
en el proceso de la evolución están haciendo una afirmación
que cae dentro del campo de su ciencia; no es
así, sino que están invadiendo el plano de la filosofía,
como ya hemos dejado claro al hablar de la existencia
de Dios y de las competencias de todo científico al
respecto. Según la postura que los científicos evolucionistas tomen respecto de
la posible intervención sobrenatural en el origen del cosmos, de
la vida y del hombre, nos encontraremos con dos variantes
esencialmente diversas: el evolucionismo radical y el mitigado.
El evolucionismo “radical”,
“craso” o “absoluto”, coloca una potencialidad residente en la materia
que hace que de ésta, por evolución a partir de
sus virtualidades casi infinitas, vayan surgiendo todos los seres. En
el orden del universo, consiste en atribuir a un caos
inicial, o a una primera partícula, o a lo que
sea, la capacidad de expandirse, estallar, reaccionar, etc. (según las
diversas explicaciones de cada teoría) dando origen al universo actual;
aplicado al origen de la vida, “consiste en suponer que
los seres sin excepción se han ido originando a partir
de un primer organismo vivo elemental, o incluso a partir
de una primera materia o partículas materiales no vivas, que
habrían dado lugar a un primer organismo vivo, que se
habría ido reproduciendo y por diversas mutaciones diversificándose en diferentes
especies, etc.” . Oparin hablaba, por ejemplo, de un “caldo
primordial”, del que habría surgido toda la vida a raíz
de una descarga poderosa de energía eléctrica . Esto no
es ciencia sino “una concepción mitológica y literaria de la
vida” Este evolucionismo ha sido sostenido por autores como
Lamarck, Spencer, Darwin, Oparin y muchos otros más, a veces,
haciendo profesión de un claro y descarado ateísmo, como puede
verse en declaraciones explícitas de muchos de sus defensores. Decía,
por ejemplo, Darwin a Thomas Huxley: “mi doctrina sería como
el evangelio de Satanás y usted como el apóstol del
evangelio de Satanás” ; “Dios –decía Haeckel– es un vertebrado
gaseoso” ; y confesaba Lemoine: “la evolución es el dogma
de la antiiglesia” ; y en palabras de Thomas Huxley:
“la doctrina de la evolución ocupa una posición de antagonismo
completo e irreconciliable respecto a la Iglesia” . Es claro
que refiriéndose a este evolucionismo craso, no cabe duda de
que es así; pero también es claro que este evolucionismo
craso no es una teoría científica sino un dogma precientífico
o más bien una fe pseudocientífica adornada con elementos científicos.
De hecho, este tipo de explicación evolucionista ha sido contestada
por diversas ciencias: las matemáticas (que dudan de que haya
habido tiempo suficiente para que la selección natural y las
leyes que aplican las teorías evolucionistas hayan dado lugar a
los fenómenos que se observan en la naturaleza), la bioquímica
(porque el azar y la simple evolución no guiada por
una Inteligencia no puede explicar la perfecta organización de la
vida en el estado presente, ni el origen y funcionamiento
de los organismos vivos a partir de un estado puramente
material), la filosofía (que demuestra que lo más no puede
surgir de lo menos, tratándose de saltos cualitativos de forma
y no puramente accidentales; y sobre todo que el espíritu
no puede provenir de la materia y que de la
nada, nada sale; de aquí que la vida intelectual, moral
y espiritual no pueden deducirse de ningún modo de los
procesos biológicos). A pesar de todo este evolucionismo radical fue
asimilado como base de sistemas filosóficos que lo adaptaron a
otros esquemas, como Federico Hegel (quien aplicó la evolución al
Espíritu Absoluto), Marx y Engels (que lo aplicaron a la
sociedad y a la historia manejada por una evolución dialéctica).
De aquí la vigencia de las extravagantes afirmaciones darwinianas: de
su vigencia depende la estabilidad de otros sistemas que insensatamente
se alzaron sobre sus bases.
En una situación distinta tenemos al
evolucionismo “relativo” o “mitigado”, que acepta al mismo tiempo una
evolución, tanto del universo, como de la vida, pero sin
excluir la acción divina, la cual, por un lado dirigiría
providencialmente la misma evolución orgánica, y, por otro, en un
momento dado, infunde por creación el alma espiritual. Por el
hecho de que sea mitigado, de todos modos, no debemos
olvidar que los argumentos científicos en que se basan las
diversas teorías evolucionistas, no resuelven todos los problemas y entre
ellas discrepan notablemente.
f) En síntesis
Como vemos, en todas estas teorías,
que son las que maneja la ciencia actual, existen muchos
e importantes interrogantes. La teoría del big bang parecería bien
asentada, pero no puede considerarse como definitivamente establecida y contiene
muchos problemas no resueltos. Existen hipótesis muy diferentes sobre el
origen de la vida. Respecto de la evolución de los
vivientes, aunque suele admitirse que la combinación de variaciones genéticas
y selección natural desempeña un papel importante, se buscan explicaciones
que van más allá de ese esquema. Finalmente, el origen
del hombre sigue envuelto en un mar de dudas y
discusiones (incluso entre los mismos evolucionistas). A pesar de esto, el
hecho de la evolución en sus rasgos generales tiene muchos
elementos sólidos; en cambio no se puede decir lo mismo
de las explicaciones concretas de ese hecho (o, mejor, de
los muchos hechos incluidos en la evolución en su conjunto).
Argumentos tomados de diversas especialidades parecen avalar la existencia de
un vasto proceso evolutivo que ha producido la naturaleza en
su estado actual, aunque existen muchos interrogantes y discrepancias sobre
sus aspectos particulares. Al menos esto nos debe hace reflexionar mucho
cuando se nos habla de la teoría de la evolución
como si se estuviese refiriendo a una teoría concreta y
puntual. Muy lejos estamos de ello: distinto es el valor
de la explicación evolutiva del universo, que la del hombre
o la de la vida; muchas y no una son
las diversas explicaciones; contradictorias entre sí (y por tanto, enemistadas
y excluyentes) son muchas de estas teorías, al punto tal
que si una tiene razón cae sonoramente la contraria; y
cualquiera de estas teorías (sobre el punto que sea) no
explica todos los hechos que ella misma expone (quedan siempre
agujeros negros por los que se escapa la punta del
nudo que cerraría su explicación con una certeza; dicho de
otro modo: no hay teoría que cierre completamente). Aún así,
vamos a darle un cierto valor, al menos referido al
hecho de la evolución en general.
2. ¿Qué enseña la Iglesia
sobre estos temas y qué dice de estas teorías?
Como aquí
se trata de ver si es verdad que las teorías
evolucionistas excluyen o desautorizan lo que la fe católica enseña
sobre el origen del mundo, de la vida y del
hombre, conviene dejar bien en claro qué es lo que
propiamente enseña la fe católica . La principal fuente de la
doctrina católica es la Sagrada Escritura (el relato de la
creación del universo y del hombre está en el libro
del Génesis, aunque no exclusivamente, pues hay otros pasajes que
pueden complementarlo), y en los documentos del Magisterio en los
que la Iglesia ha precisado con su autoridad doctrinal lo
que debe creerse con fe sobre estos temas. Estas son
las fuentes, según la fe católica, en que se contiene
la Revelación divina. En el relato del Génesis (capítulos 1-3) hay
muchos elementos que deben ser correctamente entendidos, pues están escritos
con un estilo peculiar y único, relatándose allí hechos verdaderos
pero en un lenguaje adaptado a la mentalidad de sus
primeros destinatarios (por lo tanto en un sentido histórico que
no responde a los cánones de la historia a que
estamos acostumbrados en la actualidad). No se trata ciertamente de
fábulas sacadas de mitologías y cosmogonías de los pueblos antiguos
y adaptadas a la doctrina monoteísta (fe en un solo
Dios) por el autor sagrado, expurgando antes todo error de
politeísmo (creencia en varios dioses); no se trata tampoco de
alegorías y símbolos destituidos de todo fundamento objetivo y real,
propuesto bajo forma histórica, para inculcar verdades religiosas y filosóficas;
tampoco se trata de leyendas en parte históricas y en
parte ficticias, compuestas libremente para instrucción y edificación de los
oyentes o lectores. Pero, por otra parte, tampoco se trata de
historia en el sentido que le dan los historiadores greco-latinos
ni los modernos . Hay pues, elementos rigurosamente históricos y
elementos que relatan de modo metafórico hechos históricos. ¿Cuáles son
los elementos que deben entenderse con sentido literal histórico? Señalemos
principalmente :
1º la creación de todas las cosas por parte de
Dios; 2º la peculiar creación del hombre; 3º la formación de la primera mujer
a partir del primer hombre; 4º la unidad del linaje humano; 5º la felicidad
original de los primeros padres en el estado de justicia,
integridad e inmortalidad; 6º el mandamiento impuesto por Dios para probar la
obediencia; 7º la trasgresión, por persuasión del diablo; 8º la pérdida del estado primitivo
de inocencia; 9º la promesa del Reparador futuro.
Por tanto, es lícito para
la doctrina católica discutir y seguir, cada uno, la sentencia
que más fundada le parezca, en aquellos puntos en los
que no hay definición por parte del magisterio y que
ya han sido discutidos por autores serios (empezando por los
mismos padres de la Iglesia y los doctores de todos
los tiempos), siempre y cuando la interpretación no contradiga o
distorsione alguna otra verdad de fe (esto es lo que
quiere decirse en los documentos de la Iglesia cuando se
afirma que debe quedar salvado el juicio de la Iglesia
y la analogía de la fe); el documento de la
Comisión bíblica de 1909 indicaba expresamente la libertad de discutir
y ofrecer diversas interpretaciones respecto de: muchas de las palabras
y frases empleadas en este relato (especialmente de aquellas que
tienen claramente un sentido metafórico o antropomórfico); se pueden interpretar
de modo alegórico y profético algunos pasajes (como lo hicieron
algunos Santos Padres); no deben entenderse las afirmaciones como si
pretendiesen ser declaraciones científicas; y en particular se deja libertad
para discutir sobre el significado del término “día” (Yôm, los
días de la creación).
La Iglesia, pues, basándose principalmente en los
relatos bíblicos enseña que Dios ha creado todas las cosas,
libremente, de la nada; que todo cuanto ha creado es
bueno (Dios no hizo el mal, sino que éste fue
introducido por su creatura: los ángeles que se rebelaron en
el cielo y luego los hombres que, por instigación de
los ángeles rebeldes, desobedecieron a Dios); que el hombre ha
sido creado de un modo peculiar por Dios, distinto de
las demás creaturas, y que la primera mujer procede del
primer hombre (unicidad del género humano) . Algunos discuten este
último punto, diciendo que la unicidad de la primera pareja,
Adán y Eva, (doctrina llamada monogenismo) no es una enseñanza
de fe; sólo sería de fe que Dios ha creado
al hombre, pero podría haber creado varias parejas humanas (doctrina
denominada poligenismo); otros autores dicen que si no es de
fe, al menos es una verdad próxima a la fe,
lo cual quiere decir que sin esta afirmación no se
podrían comprender otras verdades de la fe, y, por tanto,
puede considerarse implicada en otras verdades. En particular las verdades
católicas que pueden quedar más comprometidas si no se acepta
el monogenismo son, ante todo, el dogma del pecado original
(un pecado que, cometido por los primeros padres, se transmite
a todo hombre que viene a este mundo) y, como
consecuencia de esto, el dogma de la redención universal de
Cristo (es decir, que Cristo ha redimido a todos los
hombres del pecado original) enseñanza que es ciertamente bíblica, como
puede verse en el pasaje de la Carta de San
Pablo a los Romanos (5,12-21), y otros lugares paralelos .
El Papa Pío XII, en la encíclica Humani generis, se
limitó a decir que “no se ve claro cómo tal
sentencia pueda compaginarse con lo que las fuentes de la
verdad revelada y los documentos del Magisterio de la Iglesia
enseñan acerca del pecado original que procede del pecado verdaderamente
cometido por un solo Adán y que, difundiéndose a todos
los hombres por la generación, es propio de cada uno
de ellos” .
3. ¿Hay verdaderamente oposición?
a) La oposición con los
sistemas extremos
Es evidente la oposición con los sistemas extremos, como
son todos los evolucionismos que, además de los datos que
aportan para formular sus teorías, añaden gratuitamente el presupuesto no
científico sino infundado científica y filosóficamente de la no existencia
(y por tanto, no intervención) de un Poder sobrenatural. No
hace falta añadir mucho más. Esta posición, sin embargo, cae
por sí sola, si tenemos en cuenta lo ya dicho
al hablar de la existencia de Dios y de la
existencia del alma. Si te roban estas dos verdades (Dios
y el alma espiritual), como consecuencia te robarán también la
verdad de tu dignidad, reduciéndote a un poco de materia
evolucionada “milagrosamente” (porque no te quepa duda: los evolucionistas ateos
creen en los milagros; al menos creen en este singular
y asombroso milagro que de la nada sale algo y
del algo material sale la vida, y de la vida
biológica sale el espíritu; falta probarlo, pero sin duda, al
primero que lo demuestre lo canonizarán inmediatamente).
b) La posible armonización
con los sistemas moderados
Los sistemas evolucionistas moderados necesitan también ser
demostrados, lo cual, estamos todavía lejos de alcanzarlo. De todos
modos, tienen a su favor un conjunto de datos más
o menos ciertos, pero unificados en teorías difíciles de demostrar
y con la oposición de otras teorías dentro del mismo
ámbito científico. Al menos tienen el mérito de no pretender
salirse de los confines que le prescribe el objeto y
el método de su especialidad; por eso no saltan de
datos geológicos, biológicos, o arqueológicos a conclusiones metafísicas. En este
sentido, son hipótesis de trabajo, y merecen ser consideradas por
la filosofía y la teología, siempre y cuando se las
tome respetando su estado científico (por tanto, que se consideren
como hipótesis y no se contemplen como algo ya comprobado). Téngase
en cuenta que, por la naturaleza de este libro, no
es mi propósito discutir de modo directo ninguna de las
teorías o hipótesis, sino tomar en cuenta aquellas con las
que desde el punto de vista científico puede dialogarse o
discutirse y ver si realmente ponen en tela de juicio
la fe católica (como pretenden muchos pseudo científicos y muchos
de sus voceros universitarios y secundarios). De todos modos, aunque
sólo sea de paso, quiero indicar aquí que, según algunos
autores, estamos en un momento histórico de posible transición en
cuanto al valor de algunas teorías científicas, particularmente aquellas referidas
al origen de la vida y del hombre. Es lo
que algunos, como Carlos Javier Alonso, llaman “crisis del
paradigma darwinista” ; si bien no significa esto que quienes
ponen en crisis este “modelo de explicación” salgan del esquema
de pensamiento evolucionista (pues se ubican en otras escuelas evolucionistas
como los diversos neodarwinismos), sin embargo, demuestran la debilidad de
las teorías. “Hoy por hoy, no existe propiamente una teoría
científica aceptable sobre el origen de la vida, sino más
bien una serie de conjeturas altamente especulativas. Todos los conocimientos
biogenéticos se hallan lastrados de hipótesis sin suficiente fundamento, y
actualmente nada hay sobre el origen de la vida que
no sean aserciones injustificadas o suposiciones aventuradas sobre las que
ni siquiera podemos evaluar su grado de verosimilitud”, sostiene Alonso.
Y respecto de la cuestión de la evolución humana (antropogénesis)
“existen demasiados problemas sin resolver y faltan numerosas evidencias por
revelar para poder afirmar –como han hecho algunos destacados neodarwinistas–
que la búsqueda de los orígenes humanos ha concluido con
éxito. Los especialistas no sólo no tienen un número suficiente
de fósiles bien diferenciados con los que trabajar, sino que
tampoco se ponen de acuerdo en cómo clasificar los pocos
tipos de fósiles de que disponen. El origen de los
homínidos es todavía un enigma científico cuya elucidación precisa constituye
una aventura fascinante. La búsqueda debe continuar, aunque a la
vista de los precedentes eslabones perdidos nunca verificados y la
tentación consiguiente de suplir la falta de evidencias con generalizaciones,
la mejor política en un área tan sensible como la
de los orígenes humanos debería ser la de la cautela
y la moderación” . Si todo esto se tiene en
cuenta, se comprenderá que no estamos aceptando ninguna hipótesis –o
teoría, si se quiere– evolucionista sino analizando, sin perder de
vista su carácter hipotético, la posible dificultad para la fe.
Si
tomamos en consideración las teorías sobre el origen del universo
y su evolución, ya sea la del big bang o
cualquier otra, hay que decir que son teorías sobre el
origen del desarrollo del universo, no sobre el por qué
el universo de hecho tiene este comienzo o cualquier otro.
No excluye de ninguna manera la causalidad por parte de
Dios, ya sea que haya comenzado por una “gran explosión”
de un “núcleo primordial”, como supuso Georges Lemaître, y admiten
hoy en día la mayoría de los científicos o cualquier
otra explicación. El universo es (existe), en lugar de no
ser (no-existir); ese es el tema; la ciencia puede intentar
explicaciones sobre el cómo ha sido ese principio, pero no
puede explicar el por qué ha sido en lugar de
no haber sido. No está demás recordar, para ver hasta qué
punto no hay oposición entre las teorías del origen del
universo (al menos, las que lo conciben como un universo
en expansión) que Georges Lemaître, uno de los fundadores de
la teoría de la gran explosión, fue un sacerdote belga
(1894-1966). El término “big bang” fue acuñado por el astrónomo
británico Fred Hoyle (partidario, por razones filosóficas, de un universo
eterno), con sentido irónico y burlón para ridiculizar las ideas
desarrolladas por Lemaître, pensando que éste pretendía con su teoría
justificar científicamente la creación bíblica del mundo. Sin embargo, las
convicciones científicas de Lemaître, se fundaban no en su fe
(siempre supo evitar toda confusión entre ciencia y creencia), sino
en argumentos matemáticos y físicos de sólida base .
En cuanto
a la evolución de nuestro planeta, los científicos distinguen en
él dos momentos claramente diferenciados; el primero es la era
abiótica (a-bios: sin vida); el segundo la era biótica (a
partir del origen de la vida). Esta segunda es dividida
generalmente en varios lapsos de tiempo: la era primaria (períodos
cámbrico, silúrico, devónico, carbonífero, pérmico), la era secundaria (triásico, jurásico,
cretáceo), la era terciaria (eocénico, oligocénico, miocénico, pliocénico) y la
era cuaternaria (períodos diluvial y aluvial). En esta era se
coloca la aparición del hombre. Ha habido, a lo largo de
la historia del cristianismo, diversos intentos de conciliar estos períodos
(según la ciencia los iba determinando) con los relatos bíblicos;
aparecieron así sistemas conciliatorios que se dividen en tres grupos:
los sistemas históricos o concordistas (quieren concordar la narración bíblica
con el orden objetivo de las cosas tal como pretende
establecerlo la ciencia), los sistemas alegóricos (representados, por ejemplo, por
San Agustín; pretenden que el relato bíblico no es un
relato histórico sino que es el modo en que el
autor inspirado tuvo conocimiento de los hechos o bien son
una descripción alegórica de estos hechos), y los sistemas histórico-alegóricos
(que sostienen que el relato contiene la verdad objetiva, pero
reconocen cierto artificio literario en la narración). Es claro que
todos los sistemas concordistas (muy en boga en los siglos
XIX y principios del XX) caen en exposiciones artificiosas y
no tienen en cuenta que el relato bíblico no es
una exposición científica; el problema de los sistemas alegoristas –aunque
hayan sido expuestos por algunos Padres de la Iglesia– es
que no salvan con suficiente seguridad el carácter histórico de
los primeros capítulos del Génesis (aunque no lo nieguen); lo
más adecuado será, pues, sostener que la correcta interpretación deberá
tomar el relato como en parte histórico y en parte
alegórico. Creo que a pesar del tiempo transcurrido se puede
tomar como línea fundamental de interpretación cuanto indicaba el P.
Prado en su exposición al Antiguo Testamento, distinguiendo entre los
elementos claramente históricos y doctrinales y los elementos pertenecientes a
la forma literaria :
1º A la historia y doctrina pertenecen, entre
otras cosas: a. la creación de todas las cosas, hecha por Dios
en el principio del tiempo; b. la bondad de todas las obras
de Dios en cuanto responden a la idea y voluntad
divinas; c. cierta gradación y sucesión en la producción de las cosas,
comenzando en la creación de los primeros elementos y terminando
con la formación del hombre; d. la creación totalmente peculiar del hombre,
a imagen de Dios (lo que implica necesariamente la creación
de un elemento espiritual); 2º A la forma literaria pueden reducirse: a. las imágenes
antropomórficas que representan a Dios hablando o trabajando; b. la descripción del
cielo, mar, lluvia, plantas y animales, donde se usan no
descripciones científicas, sino las apariencias, las ideas de la época
y el modo de hablar de aquel tiempo; c. el orden de
la narración (al modo de una semana); etc.
Es claro que
si distinguimos de esta manera, no hay problema para armonizar
el relato bíblico con los datos que maneja la ciencia
(siempre y cuando ésta se mantenga en sus límites). Por
tanto, cuando se nos pregunta si las descripciones que hace
la ciencia del origen y evolución de nuestro planeta y
de las etapas del desarrollo de la vida en él
(fósiles prehistóricos; desplazamiento de continentes, cataclismos remotos, etc.) se pueden
tomar como objeciones a la veracidad del relato bíblico o
de la fe judeo-cristiana, hay que responder que no existe
tal dificultad. Puede resultar interesante sobre este tema la lectura
del trabajo de Mariano Delgado (Doctor en Biología y en
Teología), Concordancia del Génesis con la ciencia moderna. Adán Eva
y el hombre prehistórico .
Otro tanto puede decirse respecto del
origen del hombre. Ya hemos indicado que los datos bíblicos
sobre el origen del hombre que no pueden ponerse en
duda desde el punto de vista de la fe se
pueden reducir a los siguientes: la creación singular del hombre,
la diferencia esencial con todos los demás seres vivientes (por
tanto, la creación de su alma espiritual e inmortal), yo
me inclino a pensar que también la unidad del género
humano pertenece a estos datos de fe (monogenismo; pues, si
bien hay teólogos que dicen que el poligenismo no ofrece
dificultades para entender el dogma del pecado original y de
la redención universal hecha por Cristo, sinceramente no llego a
ver esa “ausencia de dificultades”) y los datos referentes al
pecado original. Respecto de estos datos no hay verdaderas objeciones por
parte de una posible evolución de alguna especie animal hasta
llegar al hombre, ni menos todavía por parte de la
existencia de las diversas razas en que se divide hoy
la humanidad. Comencemos por este último tema. Las diferentes razas humanas
han sido el pretexto para que algunos escritores negasen en
algún momento la unidad de la especie humana (especialmente para
defender el poligenismo). Las principales razas humanas son tres: la
blanca o caucásica, la amarilla o mongólica y la negra
o etiópica; tienen ciertamente características diversas en cuanto a la
pigmentación y rasgos físicos (principalmente faciales). En realidad estas tres
son sólo razas principales, pero si se quiere ser preciso
habría que señalar también las numerosas subrazas en que éstas
se subdividen. En realidad, estas diferencias no son diferencias suficientes
para defender el poligenismo, porque: (1º) la coloración de la
piel es un fenómeno de poca importancia fisiológica, producido fácilmente
por la influencia del medio y del régimen alimenticio, y
de ningún valor específico; (2º) el cabello –que según Haeckel
diferencia las especies humanas– carecen totalmente de valor, siendo tan
mudables hasta el punto de que en el mismo individuo
pueden cambiar de forma y color fácilmente, y presenta variaciones
mucho menos profundas que el pelaje de los animales clasificados
en la misma especie; (3º) las diferencias anatómicas no son
tan exclusivas de una raza que no se encuentren en
individuos de otras; igualmente vemos mucho más pronunciados los caracteres
anatómicos en individuos animales de la misma raza; (4º) las
diferencias intelectuales no son exclusivas de las razas, sino que
depende fundamentalmente de los individuos (hay coeficientes intelectualmente altos en
todas las razas y bajos también en todas); (5º) menos
todavía las diferencias lingüísticas pues incluso encontramos lenguas irreductibles entre
sí entre individuos de una misma raza (como ocurre con
algunas tribus negras del Sahara Oriental). Por el contrario, entre las
diversas razas lo que prevalece son las coincidencias fundamentales: la
misma formación genética, al punto de que se encuentra el
mismo DNA mitocondrial –que se transmite exclusivamente por vía materna–
en todas las mujeres de todas las razas humanas, lo
que ha llevado a algunos científicos a postular la existencia
de una misma madre original (la Eva mitocondrial), tema, de
todos modos, discutido por el momento. Además de esto son
remarcables las semejanzas anatómicas, fisiológicas y psicológicas. Anatómicas en cuanto
todas las razas presentan los mismos órganos, la misma estructura
anatómica y la misma correlación de órganos. Fisiológicas porque idénticos
en todas las razas son los fenómenos de la vida
orgánica y sensitiva, mientras difieren notablemente en las razas animales;
así se consideran como pertenecientes a una misma especie y
descendientes de un tronco común los animales que al unirse
engendran productos dotados de una fecundidad continua; al contrario, se
consideran pertenecientes a diferentes especies aquellos animales cuyo ayuntamiento es
estéril o cuyos productos son infecundos; ahora bien, desde tiempo
inmemorial las razas humanas se han entrecruzado engendrando generaciones y
generaciones de individuos sanamente fecundos. Psicológicas porque si bien hay
diversidades psicológicas accidentales entre las razas (unos más secos y
reservados, otros más locuaces y abiertos; unos más crédulos y
supersticiosos, otros más escépticos) y entre los individuos de la
misma raza, sin embargo, todos los hombres sanos, sea cualquiera
su raza, poseen lenguaje articulado, tienen nociones del bien y
del mal, son por naturaleza religiosos, progresan en todos los
órdenes, son industriosos, etc. Basta con esto para ver que no
es ésta una dificultad para sostener la unidad del género
humano sino todo lo contrario. Dejemos a la discusión de
los más peritos las teorías sobre cómo se fueron diferenciando
las razas y qué factores influyeron en este proceso.
Podría mencionarse
aquí otro tema que en cierta manera se relaciona con
el nuestro. ¿Podría haber existido antes de nuestros primeros padres
otra humanidad ya desaparecida en el tiempo de la creación
de Adán? Algunos lo postularon en el pasado con la
doctrina del preadamismo (sostenida por Isaac de la Peyrère en
1655); esta teoría sin embargo no hablaba de la extinción
de los preadamitas sino que sostenía que de ellos descenderían
los paganos, mientras que de Adán sólo los judíos (evidentemente
Isaac de la Peyrère era judío); la teoría cayó dos
años después con la conversión de su autor. Los enciclopedistas
del siglo XVIII la repitieron. Tal vez alguien la proponga
para explicar algunos de los hallazgos arqueológicos de individuos que
no parecen encuadrar completamente en la especie humana (homo sapiens).
Digamos que no tenemos datos para sostenerla bíblicamente, pero tampoco
habría dificultades para aceptarla (salvo el que debe ser probada
y no sólo presentada a modo de hipótesis) mientras se
sostenga o bien que estas razas sub-humanas o pre-humanas o
para-humanas o incluso humanas pero anteriores a Adán, desaparecieron antes
de la creación de Adán, o subsistieron junto a la
raza humana sin mezclarse con ella y perecieron después. Esto
es puramente hipotético, pero no toca lo esencial del dogma:
la creación de la raza humana por intervención divina y
la unicidad de ésta (por los motivos ya dichos). En cuanto
a una posible evolución animal que habría terminado en el
hombre actual hay que decir que en sí no hay
estricto choque con la enseñanza de la fe cristiana mientras
se acepte la dirección providencial sobre esta evolución y la
creación, en un momento dado, del alma humana espiritual y
su infusión –en este caso– en el individuo que comenzaría
la raza estrictamente humana. Sobre esto vuelvo al artículo más arriba
citado de M. Artigas: “En 1950, en la encíclica Humani
generis, el Papa Pío XII declaró que: ‘el Magisterio de
la Iglesia no prohíbe que, según el estado actual de
las disciplinas humanas y de la sagrada teología, se investigue
y discuta por los expertos en ambos campos la doctrina
del evolucionismo, en cuanto busca el origen del cuerpo humano
a partir de una materia viviente preexistente ya que la
fe católica nos manda mantener que las almas son creadas
directamente por Dios’ (...) En un discurso de 1985,
dirigido a los participantes en un simposio sobre fe cristiana
y evolución, el Papa Juan Pablo II recordaba textualmente la
enseñanza de Pío XII, afirmando que: ‘en base a estas
consideraciones de mi predecesor, no existen obstáculos entre la teoría
de la evolución y la fe en la creación, si
se las entiende correctamente’ (...) Queda claro que ‘entender
correctamente’ significa admitir que las dimensiones espirituales de la persona
humana exigen una intervención especial por parte de Dios, una
creación inmediata del alma espiritual; pero se trata de unas
dimensiones y de una acción que, por principio, caen fuera
del objeto directo de la ciencia natural y no la
contradicen en modo alguno. Teniendo en cuenta las precisiones anteriormente
señaladas y remitiendo de nuevo a la enseñanza de Pío
XII, Juan Pablo II enseñaba en su catequesis, en 1986:
‘Por tanto, se puede decir que, desde el punto de
vista de la doctrina de la fe, no se ven
dificultades para explicar el origen del hombre, en cuanto cuerpo,
mediante la hipótesis del evolucionismo. Es preciso, sin embargo, añadir
que la hipótesis propone solamente una probabilidad, no una certeza
científica. En cambio, la doctrina de la fe afirma de
modo invariable que el alma espiritual del hombre es creada
directamente por Dios. O sea, es posible, según la hipótesis
mencionada, que el cuerpo humano, siguiendo el orden impreso por
el Creador en las energías de la vida, haya sido
preparado gradualmente en las formas de seres vivientes antecedentes. Pero
el alma humana, de la cual depende en definitiva la
humanidad del hombre, siendo espiritual, no puede haber emergido de
la materia’ . En 1996, Juan Pablo II dirigió un
mensaje a la Academia Pontificia de Ciencias, reunida en asamblea
plenaria. De nuevo aludía a la enseñanza de Pío XII
sobre el evolucionismo, diciendo que: ‘Teniendo en cuenta el estado
de las investigaciones científicas de esa época y también las
exigencias propias de la teología, la encíclica Humani generis consideraba
la doctrina del evolucionismo como una hipótesis seria, digna de
una investigación y de una reflexión profundas, al igual que
la hipótesis opuesta’ . Y poco después añadía unas reflexiones
que tienen gran interés, porque se hacen eco del progreso
de la ciencia en el ámbito de la evolución en
los tiempos recientes: ‘Hoy, casi medio siglo después de la
publicación de la encíclica, nuevos conocimientos llevan a pensar que
la teoría de la evolución es más que una hipótesis.
En efecto, es notable que esta teoría se haya impuesto
paulatinamente al espíritu de los investigadores, a causa de una
serie de descubrimientos hechos en diversas disciplinas del saber. La
convergencia, de ningún modo buscada o provocada, de los resultados
de trabajos realizados independientemente unos de otros, constituye de suyo
un argumento significativo en favor de esta teoría’ . Estas
palabras no deberían interpretarse como una aceptación acrítica de cualquier
teoría de la evolución. En efecto, inmediatamente después de esas
palabras, Juan Pablo II añade reflexiones importantes acerca del alcance
de las teorías evolucionistas, de sus diferentes variantes, y de
las filosofías que pueden estar implícitas en ellas. Especialmente interesantes
son las amplias reflexiones que el Papa dedica a las
ideas evolucionistas aplicadas al ser humano. Incluso podría decirse que
ése es el núcleo de este documento del Papa (...)En
este contexto, recuerda literalmente las palabras de Pío XII en
la encíclica Humani generis, según las cuales el alma espiritual
humana es creada inmediatamente por Dios. Y extrae la siguiente
consecuencia: ‘En consecuencia, las teorías de la evolución que, en
función de las filosofías en las que se inspiran, consideran
que el espíritu surge de las fuerzas de la materia
viva o que se trata de un simple epifenómeno de
esta materia, son incompatibles con la verdad sobre el hombre.
Por otra parte, esas teorías son incapaces de fundar la
dignidad de la persona’ (...) Juan Pablo II afirma
que nos encontramos, en el ser humano, ante ‘una diferencia
de orden ontológico, ante un salto ontológico’, y se pregunta
si esa discontinuidad ontológica no contradice la continuidad física supuesta
por la evolución. Su respuesta es que la ciencia y
la metafísica utilizan dos perspectivas diferentes, y que la experiencia
del nivel metafísico pone de manifiesto la existencia de dimensiones
que se sitúan en un nivel ontológicamente superior, tales como
la autoconciencia, la conciencia moral, la libertad, la experiencia estética
y la experiencia religiosa. Añade, por fin, que a todo
ello la teología añade el sentido último de la vida
humana según los designios del Creador ” .
4. A modo
de visión conclusiva
“...La actividad científica supone que existe un orden
natural –dice Artigas, de quien transcribo todo este párrafo–. La
ciencia experimental busca conocer ese orden, y cualquiera de sus
logros es una manifestación particular del orden natural. Puede decirse
de modo gráfico que a más ciencia, más orden: cuanto
más progresa la ciencia, mejor conocemos el orden que existe
en la naturaleza, aunque obviamente lo conocemos a nuestro modo,
a través de representaciones que no siempre son simples fotografías
de la realidad (...) Cuando reflexionamos sobre esta cosmovisión actual,
que se encuentra penetrada de sutileza y de racionalidad, resulta
inverosímil reducir la naturaleza al resultado de la actividad de
fuerzas ciegas y casuales. Es mucho más lógico admitir que
la racionalidad de la naturaleza refleja la acción de un
Dios personal que la ha creado, imprimiendo en ella unas
tendencias que explican la prodigiosa capacidad de formar sucesivas organizaciones,
enormemente complejas y sofisticadas, en diferentes niveles, hasta llegar a
la complejidad necesaria para que pueda existir el ser humano. No
me resisto a comentar aquí una especie de definición de
la naturaleza propuesta por Tomás de Aquino, y que me
parece más completa y profunda que las definiciones usuales. Al
final de uno de sus comentarios a la Física de
Aristóteles, Tomás de Aquino va mucho más allá que su
maestro y escribe: ‘La naturaleza no es otra cosa sino
el plan de un cierto arte, concretamente un arte divino,
inscrito en las cosas, por el cual esas cosas se
mueven hacia un fin determinado: como si quien construye un
barco pudiese dar a las piezas de madera que pudieran
moverse por sí mismas para producir la forma del barco’
. La comparación es mucho más actual ahora que en el
siglo XIII: entonces no pasaba de ser una simple comparación,
mientras que ahora podría ser la pura realidad. Contemplada bajo
la perspectiva teísta, la naturaleza no pierde nada de lo
que le es propio; al contrario, su dinamismo y sus
potencialidades aparecen asentadas en un fundamento radical, que no es
otro que la acción divina, que explica su existencia y
sus notables propiedades. Toda la naturaleza aparece como el despliegue
de la sabiduría y del poder divino que dirige el
curso de los acontecimientos de acuerdo con sus planes, no
sólo respetando la naturaleza, sino dándole el ser y haciendo
posible que posea las características que le son propias. Dios
es a la vez trascendente a la naturaleza, porque es
distinto de ella y le da el ser, e inmanente
a la naturaleza, porque su acción se extiende a todo
lo que la naturaleza es, a lo más íntimo de
su ser. Esta perspectiva muestra que las presuntas oposiciones entre evolución
y acción divina carecen de base. El naturalismo pretende desalojar
a Dios del mundo en nombre de la ciencia, pero
para ello debe cerrar los ojos a las dimensiones reales
de la empresa científica. Puede hablarse de un ‘naturalismo integral’
que, en la línea de las reflexiones anteriores, contempla a
la ciencia natural juntamente con sus supuestos y sus implicaciones,
cuyo análisis conduce a las puertas de la metafísica y
de la teología. Muchos científicos de primera línea admiten que la
evolución y la acción divina son compatibles. Por ejemplo, Francisco
J. Ayala, uno de los principales representantes del neodarwinismo en
la actualidad, ha escrito que la creación a partir de
la nada ‘es una noción que, por su propia naturaleza,
queda y siempre quedará fuera del ámbito de la ciencia’
y que ‘otras nociones que están fuera del ámbito de
la ciencia son la existencia de Dios y de los
espíritus, y cualquier actividad o proceso definido como estrictamente inmaterial’
. En efecto, para que algo pueda ser estudiado por
las ciencias, debe incluir dimensiones materiales, que puedan someterse a
experimentos controlables: y esto no sucede con el espíritu, ni
con Dios, ni con la acción de Dios. Por otra
parte, Ayala recoge la opinión de los teólogos según los
cuales ‘la existencia y la creación divinas son compatibles con
la evolución y otros procesos naturales. La solución reside en
aceptar la idea de que Dios opera a través de
causas intermedias: que una persona sea una criatura divina no
es incompatible con la noción de que haya sido concebida
en el seno de la madre y que se mantenga
y crezca por medio de alimentos... La evolución también puede
ser considerada como un proceso natural a través del cual
Dios trae las especies vivientes a la existencia de acuerdo
con su plan’ (...) La doctrina católica afirma que
todo depende de Dios, y que ‘la creación tiene su
bondad y su perfección propias, pero no salió plenamente acabada
de las manos del Creador. Fue creada en estado de
vía (in statu viae) hacia una perfección última todavía por
alcanzar, a la que Dios la destinó. Llamamos divina providencia
a las disposiciones por las que Dios conduce la obra
de la creación hacia esta perfección. Dios guarda y gobierna
por su providencia todo lo que creó, alcanzando con fuerza
de un extremo al otro del mundo y disponiendo todo
con dulzura (Sb 8, 1). Porque todo está desnudo y
patente a sus ojos (Hb 4. 13), incluso lo que
la acción libre de las criaturas producirá’ . En esta
perspectiva, se habla de Dios como Causa Primera del ser
de todo lo que existe, y de las criaturas como
causas segundas cuya existencia y actividad siempre supone la acción
divina: ‘Es una verdad inseparable de la fe en Dios
Creador: Dios actúa en las obras de sus criaturas. Es
la causa primera que opera en y por las causas
segundas (...) Esta verdad, lejos de disminuir la dignidad de
la criatura, la realza’ . No es que Dios sea
simplemente la primera entre una serie de causas del mismo
tipo: su acción es el fundamento de la actividad de
las criaturas, que no podrían existir ni actuar sin el
permanente influjo de esa acción divina. La existencia de Dios
y su acción en la naturaleza serían, según el naturalismo,
innecesarias. La naturaleza, incluido el hombre, sería el resultado de
fuerzas ciegas. El darwinismo suele ser utilizado en este contexto
para afirmar que Darwin ha hecho posible ser ateo de
modo intelectualmente legítimo, porque el darwinismo mostraría que no es
necesario admitir la acción divina para explicar el orden que
existe en el mundo . Se dice también que el
darwinismo permitiría mostrar que debe desecharse la jerarquía de ideas
que coloca a Dios en la cumbre e interpreta todo
a partir de Dios: la explicación darwinista proporcionaría una especie
de algoritmo general que explicaría, de modo ventajoso, lo que
anteriormente se pretendía explicar recurriendo a la acción divina . Estas
doctrinas naturalistas suelen incurrir en un error filosófico básico: concretamente,
suelen dar por supuesto que la acción divina y la
acción de las causas naturales se encuentran en el mismo
nivel. Si se admite esto, todas las acciones naturales serán
interpretadas como si excluyeran la acción divina, y parecerá que
el progreso científico, que proporciona un conocimiento cada vez más
amplio de la actividad natural, pone cada vez más entre
las cuerdas a la metafísica y a la teología. Vista
en esta clave, la evolución parece, efectivamente, hacer innecesaria la
acción divina. Sin embargo, estos razonamientos naturalistas olvidan que la
perspectiva científica, siendo no sólo legítima sino importante, es sólo
una perspectiva, que no sólo no se debería oponer a
las perspectivas metafísica y teológica, sino que más bien las
exige, al menos si se desea obtener una idea completa
de los problemas. Tal como hemos apuntado anteriormente, la reflexión
filosófica sobre los supuestos e implicaciones del progreso científico resultan
plenamente coherentes con la perspectiva teísta. En cambio, la perspectiva
naturalista resulta forzosamente incompleta, ya que se contenta con las
explicaciones de la ciencia experimental, como si la razón y
la experiencia humanas no pudieran ir más allá, y renuncia
a ejercer el razonamiento metafísico, que es una de las
características específicas del ser humano y que incluso resulta decisivo
para el progreso científico. El Papa Juan Pablo II, en un
discurso a la Academia Pontificia de Ciencias, lo expresaba del
modo siguiente: ‘La Biblia nos habla del origen del universo
y de su constitución, no para proporcionarnos un tratado científico,
sino para precisar las relaciones del hombre con Dios y
con el universo. La Sagrada Escritura quiere declarar simplemente que
el mundo ha sido creado por Dios, y para enseñar
esta verdad se expresa con los términos de la cosmología
usual en la época del redactor. El libro sagrado quiere
además comunicar a los hombres que el mundo no ha
sido creado como sede de los dioses, tal como lo
enseñaban otras cosmogonías y cosmologías, sino que ha sido creado
al servicio del hombre y para la gloria de Dios.
Cualquier otra enseñanza sobre el origen y la constitución del
universo es ajena a las intenciones de la Biblia, que
no pretende enseñar cómo ha sido hecho el cielo sino
cómo se va al cielo. Cualquier hipótesis científica sobre el
origen del mundo, como la de un átomo primitivo de
donde se derivaría el conjunto del universo físico, deja abierto
el problema que concierne al comienzo del universo. La ciencia
no puede resolver por sí misma semejante cuestión: es preciso
aquel saber humano que se eleva por encima de la
física y de la astrofísica y que se llama metafísica;
es preciso, sobre todo, el saber que viene de la
revelación de Dios’ . Dios no compite con la naturaleza. Los
planteamientos que contraponen a Dios y a la naturaleza se
basan en un equívoco metafísico: no se advierte que la
existencia y la actividad de las causas segundas, en vez
de hacer innecesaria la existencia y la actividad de la
Causa Primera, resultan ininteligibles e imposibles sin ese fundamento radical.
Ciertamente, pensar en términos de Causa Primera y de causas
segundas exige situarse en una perspectiva metafísica que difícilmente adoptarán
quienes piensan que la ciencia experimental agota el tipo de
preguntas y respuestas asequibles al ser humano. Pero, por trivial
que esto parezca, debería recordarse que cualquier reflexión sobre la
ciencia, también cuando se hace para negar la legitimidad de
un conocimiento que la sobrepase, supone aceptar una cierta dosis
de pensamiento meta-científico (...). Con demasiada frecuencia, al tratar sobre
el evolucionismo se consideran a Dios y a las criaturas
como causas que compiten en el mismo nivel, ignorando la
distinción entre la Causa Primera, que es causa de todo
el ser de todo lo que existe, y las causas
segundas creadas, que actúan sobre algo que preexiste y lo
modifican, necesitando del constante concurso de la Causa Primera para
existir y actuar en todo momento. En tal caso, cuando
se ignora esta distinción, se plantea la disyuntiva: o Dios
o las causas naturales. Entonces se tiene una idea empobrecida
de Dios, que queda convertido en un deus ex machina
que se introduce para explicar problemas particulares, especialmente el orden
o ajuste entre diversas partes de la naturaleza (...). No se
debería formular el problema como una especie de ‘competencia’ entre
Dios y la evolución para explicar la finalidad natural (...)
La cosmovisión científica actual es muy coherente con la afirmación
de la acción divina que sirve de fundamento a todo
lo que existe. Dios es diferente de la naturaleza y
la trasciende completamente, pero, a la vez, como Causa Primera,
es inmanente a la naturaleza, está presente dondequiera que existe
y actúa la criatura, haciendo posible su existencia y su
actuación. Además, para la realización de sus planes, Dios cuenta
con las causas segundas, de tal modo que la evolución
resulta muy coherente con esa acción concertada de Dios con
las criaturas” .
* *
*
Por tanto, dejemos a los científicos
con sus discusiones sobre el origen y desarrollo del cosmos,
de la vida y del hombre (pidiéndoles solamente que se
comporten profesionalmente como verdaderos hombres de ciencia, y que demuestren
lo que afirman y sepan dudar de lo que es
dudoso), y si viene al caso (y tienes vocación), sé
también hombre de ciencia, pasando por la criba cuanto te
venden como ya aceptado. Cuando una persona con voz seductora
y atractiva te quiere vender un caballo diciéndote que es
joven, mírale primero los dientes al equino y encontrarás que
detrás de muchos timbres hechiceros, se esconde el sello de
un charlatán.
Bibliografía para ampliar y profundizar
–E. Wasmann, Catholics and Evolution,
en: Catholic Encyclopedia, Volume V, Robert Appleton Company, 1909. –É. Gilson,
D´Aristote á Darwin et retour, Essai sur quelques constantes de
la biophilosophie, París 1971. –Mariano Artigas, Evolución, fe y teología. Desarrollos
recientes en evolución y su repercusión para la fe y
la teología, Rev. Scripta Theologica, 32 (2000), pp. 249-273. Se
puede ver en la página del Grupo de Investigación sobre
Ciencia, Razón y Fe (CRYF): http://www.unav.es/cryf/desarrollosenevolucionyrepercusiones.html. ––––––––––––––, Las fronteras del evolucionismo,
MC, Madrid 1986. –J. Morales Marín, Evolución. Filosofía y visión de
conjunto, Gran Enciclopedia Rialp, 1991. –E. Díaz Araujo, Evolución y evolucionismo,
Universidad Autónoma de Guadalajara, Guadalajara 2000. –Nicolás Marín Negueruela, Con la
razón y la fe o Problemas apologéticos, Barcelona 1941. –Dominique Lambert,
El universo de Georges Lemaître, Rev. Investigación y Ciencia, Abril
2002; publicado también en www.arvo.net. –Juan Pablo II, Discurso a estudiosos
sobre “fe cristiana y teoría de la evolución”, 20 abril
1985. –––––––––––, Audiencia general, El hombre, imagen de Dios, es un
ser espiritual y corporal, 16 abril 1986. –––––––––––, Mensaje a la
Academia Pontificia de Ciencias, 22 octubre 1996. –––––––––––, Discurso a la
Academia Pontificia de Ciencias, Que la sabiduría de la humanidad
acompañe siempre a la investigación científica, 3 octubre 1981. –Delgado, Mariano,
Adán, Eva y El Hombre Prehistórico, Folletos Mc, 604, Palabra. –Carlos
Javier Alonso, El evolucionismo y otros mitos. La crisis del
paradigma darwinista, EUNSA, Colección Astrolabio Ciencias. –G. K. Chesterton, El hombre
eterno, en: Obras completas, Plaza & Janés, Barcelona 1967, t.1
(hay traducciones mejores).
Mariano Artigas, Evolución, fe y teología.
Desarrollos recientes en evolución y su repercusión para la fe
y la teología, Rev. Scripta Theologica, 32 (2000), pp. 249-273.
Se puede ver en la página del Grupo de Investigación
sobre Ciencia, Razón y Fe (CRYF): http://www.unav.es/cryf/desarrollosenevolucionyrepercusiones.html. Más largamente el
mismo A. ha tratado el tema en: Las fronteras del
evolucionismo, MC, Madrid 1986. Aristóteles, Física, II, 8, 198
b 23-32. Leslie E. Orgel, Origen de la vida
sobre la Tierra, Investigación y ciencia, nº 219, diciembre 1994,
pp. 46-53. Allan C. Wilson y Rebecca L. Cann,
“Origen africano reciente de los humanos”, Invstigación y ciencia, nº
189, junio 1992, pp. 8-13. Alan G. Thorne y
Milford H. Wolpoff, “Evolución multirregional de los humanos”, Investigación y
ciencia, nº 189, junio 1992, pp. 14-20. J. Morales
Marín, Evolución. Filosofía y visión de conjunto, Gran Enciclopedia Rialp,
1991 Cf. Oparin, A. Y., El origen de la
vida, Losada, Bs.As. 1940. Velasco Suárez, C., Psiquiatría y
persona, Educa, Bs.As. 2003, p. 29. Darwin, Charles, Autobiografía,
ed. de Nora Barlow, Londres, Collins, 1958; citado por E.
Díaz Araujo, Evolución y evolucionismo, Universidad Autónoma de Guadalajara, Guadalajara
2000, p. 18. E. Díaz Araujo, op. cit., p.
18. Ibid., p. 19. Ibid., p. 17.
Sobre esto hay mucha bibliografía; seguiré en grandes líneas un
viejo pero valioso estudio de Nicolás Marín Negueruela, Con la
razón y la fe o Problemas apologéticos, Barcelona 1941, pp.
20 ss. La Encíclica Humani Generis (12 de agosto
de 1950) afirma que los once primeros capítulos del Gn,
“aunque propiamente no concuerdan con el método histórico usado por
los eximios historiadores grego-latinos y modernos, no obstante pertenecen al
género histórico en un sentido verdadero, que los exegetas han
de investigar y precisar” (Humani Generis, n. 31). Cf.
Pontificia Comisión Bíblica, 30 de junio de 1909, DS 3512-3519.
Pueden verse todas estas enseñanzas en el Catecismo de
la Iglesia católica, nn. 325-421; allí mismo se encontrarán las
referencias a documentos del magisterio anterior. Véase la excelente
crítica al respecto que hace E. Díaz Araujo, Evolución y
evolucionismo, Parte V, cap. 6, pp. 419-432. DS 3897.
Carlos Javier Alonso, El evolucionismo y otros mitos. La
crisis del paradigma darwinista, Eunsa. Ibid., capítulo 8.
Se puede ver al respecto, Dominique Lambert, El universo de
Georges Lemaître, Rev. Investigación y Ciencia, Abril 2002; publicado también
en www.arvo.net; Lambert es doctor en ciencias físicas y en
filosofía por la Universidad Católica de Lovaina, imparte clases de
filosofía e historia de la ciencia en el Instituto Superior
de Notre-Dame de la Paix, en Namur. Cf. Prado,
Vetus Testamentum, lib. I, Turín 1934, pp. 27-28. Delgado,
Mariano, Adán, Eva y El Hombre Prehistórico, Folletos Mc, 604,
Palabra. Toca los temas del Universo en la narración Bíblica,
parecidos y diferencias del relato del Génesis con los mitos
de los pueblos vecinos, Adán y Eva y sus hijos,
Historia y prehistoria. Los datos fósiles, Los datos de la
biología molecular, etc. Humani generis, n. 29: AAS, 42
(1950), pp. 575-576. Juan Pablo II, Discurso a estudiosos
sobre “fe cristiana y teoría de la evolución”, 20 abril
1985: Insegnamenti, VIII, 1 (1985), pp. 1131-1132. Juan Pablo
II, Audiencia general, El hombre, imagen de Dios, es un
ser espiritual y corporal, 16 abril 1986: Insegnamenti, IX, 1
(1986), p. 1041. Juan Pablo II, Mensaje a la
Academia Pontificia de Ciencias, 22 octubre 1996, n. 4: en
L’Osservatore Romano, edición en castellano, 25 octubre 1996, p. 5.
Ibid. Ibid. n. 5. Ibid., n. 6.
Artigas, Evolución, fe y teología..., op. cit. Tomás
de Aquino, In octo libros Physicorum Aristotelis Expositio, Marietti, Torino-Roma
1965, libro 2, capítulo 8: lección 14, n. 268.
Francisco J. Ayala. La teoría de la evolución. De Darwin
a los últimos avances de la genética, Ediciones Temas de
Hoy, Madrid 1994, p. 147. Ibid., pp. 21-22.
Catecismo de la Iglesia católica, n. 302; cita a su
vez al Concilio Vaticano I, DS 3003. Ibid., n.
308. Cf. Richard Dawkins, El relojero ciego, Labor, Barcelona
1988. Cf. Daniel Dennett, Darwin’s dangerous idea, Penguin Books,
London 1996. Juan Pablo II, Discurso a la Academia
Pontificia de Ciencias, Que la sabiduría de la humanidad acompañe
siempre a la investigación científica, 3 octubre 1981: Insegnamenti, IV,
2 (1981), pp. 331-332. Artigas, Evolución, fe y teología...,
op. cit. |