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Cuándo comienza a ser humano un ser humano
Si estudias
medicina, biología, embriología, farmacia, enfermería o alguna de las ciencias
afines, no sería de extrañar que escuches las cosas más
extravagantes sobre el momento en que un ser humano comienza
a ser humano. Tal vez oigas decir que esto ocurre
sólo dos semanas después de la concepción, o tal vez
en el momento de la implantación (y siempre que ésta
tenga lugar) o incluso más tarde. De aquí también sacarán
algunas consecuencias lógicas: antes de ese momento “precisado” por la
ciencia no hay un ser humano, y por tanto, no
hay daño a un ser humano si es que se
investiga y se daña “eso” que es el fruto de
la concepción, ni hay homicidio si se lo destruye, ni
hay ninguna tenebrosa operación si se lo usa como depósito
de células, etc. Ten cuidado; te están preparando para que
te prestes al juego macabro de destruir a tus semejantes
quitándoles previamente el título de seres humanos. No sólo te
están robando una verdad que ha sido parte de tu
vida (tú también fuiste embrión y estás leyendo esto porque
te trataron desde el primer instante como un ser humano)
sino que piden tu complacencia para la matanza cotidiana que
se lleva a cabo en nuestro mundo actual, o te
invitan a que te asocies a los modernos carniceros.
Este capítulo
tiene una importancia tal, que trataré de que sea lo
más claro posible, aunque tendrás que hacer el esfuerzo de
leer muchos términos técnicos que son necesarios para dejar clara
esta verdad. Sin embargo, a pesar de su complejidad de
lenguaje, verás que es una verdad no tan difícil de
asimilar.
1. La naturaleza biológica del embrión
En primer lugar quisiera
reseñar la exposición de dos autores, A. L. Vescovi, L.
Spinardi, miembros del “Consorcio Nacional de Células Estaminales” de Italia,
quienes nos invitan a seguir –con los datos de la
ciencia actual– los diversos momentos del desarrollo de un embrión
humano para sacar nuestras conclusiones sobre el momento en que
comienza a ser “humano” . A raíz del debate sobre
la fecundación “asistida”, utilización de células estaminales, clonación, etc., estos
dos autores sientan las bases biológicas para dar una respuesta
también biológica al debate sobre el comienzo de la vida.
La pregunta clave que debe preceder toda discusión sobre este
tema tiene que ver con ésta: ¿cuándo –si es que
es posible determinarlo– comienza a haber vida propiamente humana? Ellos
responden: biológica y lógicamente puede establecerse con certeza; antes de
ver su respuesta, sigamos su exposición. Solamente nos circunscribiremos al
proceso embrional (es decir hasta los dos meses de edad,
a partir del cual el término “embrión” es sustituido por
“feto”); ya con esto nos basta para nuestro intento. Algunos
autores usan el término “embrión” para referirse a “esa realidad”
que se desarrolla en el seno de una mujer “después
de la implantación en el útero”. Para los momentos previos,
y por razones ideológicas, usan otros términos, como “preembrión” u
otros semejantes. Es un abuso del lenguaje que viene con
su mala intención incluida; de todos modos, no entramos en
esta discusión; basta para nuestro objetivo con que, por simplificación
del lenguaje, se nos conceda usar el término “embrión” para
el proceso que va desde el momento de la concepción
hasta cumplidos los dos meses. A quien le resulten áridas algunas
de las próximas páginas les recuerdo la importancia que tiene
el tomar conciencia de los pasos en que se desenvuelve
el desarrollo embrional (cuestión estrictamente científica), para tener una base
correcta y cierta en el momento de discutir cuestiones filosóficas
(e incluso teológicas) posteriores. No se puede curar al hombre
si no se sabe lo que es el hombre, o
con palabras de Gustave Thibon, el técnico de la medicina
no puede saber qué tiene el enfermo mientras no sepa
qué es el enfermo. No en vano se atribuye a
Galeno (c. 130 d.C.) la expresión: “el mejor médico es
también filósofo”.
a) El embrión y su origen
El desarrollo de un
ser humano comienza con el encuentro en que un espermatozoide
(célula masculina) se une con una célula huevo, óvulo (célula
femenina), después de un acto sexual realizado en un período
fértil de la mujer. Esto se denomina fecundación. La fecundación
comprende una serie de acontecimientos sucesivos que van desde el
contacto del espermatozoide con el óvulo a la fusión de
las membranas celulares (lo que algunos llaman singamia), a la
unión de los pronúcleos de las dos células (cada uno
de los cuales posee 23 cromosomas) para dar origen a
una nueva célula que posee un patrimonio genético completo (llamado
diploide) de 46 cromosomas. Recordemos que las células de nuestro
cuerpo se dividen en dos grandes especies: todas menos una
(por tanto, las células nerviosas, musculares, epiteliales, óseas, etc.) tienen
46 cromosomas, es decir, el patrimonio completo con nuestra información
genética (por esta razón se llaman diploides); la única que
no comparte estas características es la célula sexual o germinal
(llamada así por estar destinada a ser el germen de
un nuevo ser; espermatozoide en el varón, óvulo en la
mujer) que tiene sólo la mitad de ese patrimonio genético
(23 cromosomas; uno de los cuales es denominado Y en
el varón y X en la mujer) porque están destinadas
a unirse formando un nuevo ser con patrimonio genético completo,
mitad aportado por el engendrador (el padre) y mitad por
la engendradora (la madre) .
La célula óvulo fecundada por el
espermatozoide es una nueva entidad celular llamada cigoto. Este cigoto
comenzará a dividirse primero en dos células, luego en cuatro,
etc. Las dos células que se originan de la primera
división celular parecen poseer características diferentes, que persisten en las
divisiones celulares sucesivas, en cuanto de la progenie de una
de las células se origina el embrión y de la
progenie de la otra los anexos embrionales (entre los cuales
está la placenta). Sin embargo no se puede hablar de
“destino” celular, porque si una de las primeras células es
removida, las restantes están en condiciones de compensar su falta. Después
de la fecundación, las primeras divisiones celulares del cigoto ocurren
lentamente en un proceso llamado segmentación, que, partiendo de una
célula, lleva a la formación de dos, cuatro, ocho y
dieciséis células. Las células así formadas se llaman blastómeros y
el organismo en su conjunto se denomina mórula (por la
semejanza que tiene con una mora). Muchos cigotos no sobrepasan
este estado de desarrollo y mueren por aborto espontáneo (por
tanto, antes de llegar a la implantación). Cuando la mórula
llega al útero está constituida por 32 células y comienza
a inflarse absorbiendo líquidos entre los blastómeros. Los espacios que
contienen los líquidos se reagrupan dando origen a una cavidad;
cuando esta cavidad se hace evidente, todo el organismo viene
llamado blastocisto. Las células más externas del blastocisto, sobre todo
las que rodean la cavidad, asumen una forma chata y
dan origen a las células del trofoblasto . Estas células
contribuirán a la formación de los anexos embrionales. Las células
más internas del blastocisto dan origen a las células del
nudo embrional: éstas contribuirán a la formación del nuevo organismo.
Las células del nudo embrional (inner mass cells) pueden dar
origen a todos los tipos celulares presentes en el individuo
adulto; por eso son llamadas pluripotentes, aunque no es correcto
definirlas (como algunos lo hacen) totipotentes, porque no son capaces
de originar las células que constituyen los anexos embrionales (que
se originan exclusivamente de los trofoblastos). Las células estaminales (células
madre) embrionales son separadas, precisamente, de las células del nudo
embrional.
En el útero, el blastocisto se agranda y se adhiere
al endometrio (se llama así a la pared interna del
útero) por medio de los trofoblastos. Este hecho se denomina
implantación del blastocisto, y ocurre seis días después de la
fecundación. El embrión inicia así la segunda semana de desarrollo.
La implantación del blastocisto se completa en tres o cuatro
días y está generalmente terminada antes del día doce. Durante
la implantación, las células trofoblásticas toman contacto activamente con la
superficie del endometrio y penetran totalmente el epitelio de la
mucosa. En el punto de contacto con la mucosa uterina,
se desarrolla un sistema circulatorio primitivo, que provee de nutrición
al blastocisto implantado y a los anexos embrionales que se
están formando. La cavidad del blastocisto tiende a dilatarse y
se da la separación definitiva entre las células del nudo
embrional y los trofoblastos. Se forma así el primer anexo
embrional llamado cavidad amniótica. De los trofoblastos se origina otro
anexo embrional, llamado corion (membrana que envuelve al embrión y
que delimita con la pared uterina) del que se derivan
sucesivamente las vellosidades coriónicas y, por último, la placenta. El
blastocisto está así completamente anidado en la mucosa rica de
espacios intersticiales irrigados por la sangre materna. Cuando se desarrolla
la circulación sanguínea fetal, la sangre fetal y la materna
permanecen separadas y nutrientes, y difunden oxígeno y productos de
descarte en la justa dirección a través de la barrera
de la placenta.
b) Desde la implantación hasta la gastrulación
Durante las
fases de implantación en el útero, los trofoblastos se diferencian
de forma anticipada a las células del nudo embrional para
garantizar la nutrición del embrión. Sin embargo también las células
del nudo embrional tienen una serie de cambios. Ante todo
se dividen para dar origen al disco embrional diblástico (o
ectodermo primitivo) y el hipoblasto (o endodermo primitivo) más interior.
Los anexos embrionales de soporte son externos al embrión que
comienza a desarrollarse independientemente, aún permaneciendo en estrecha continuidad con
ellos. Al comienzo de la tercera semana de desarrollo, las células
del epiblasto se espesan y dan origen a una estructura
llamada línea primitiva, que se extiende desde la extremidad caudal
al centro del disco embrional, definiendo así el eje antero-posterior
y la simetría bilateral del embrión. Algunas células del epiblasto
emigran y terminarán por dar origen a tres capas llamadas
ectodermo, mesodermo y endodermo. Todo este proceso es llamado gastrulación.
Hay que poner de relieve que todos los tejidos del
futuro organismo se derivan del epiblasto; al día de hoy
parece que el hipoblasto no contribuye a la formación de
ninguna estructura embrional, sino que tendría una función transitoria: proteger
el epiblasto. La gastrulación es un punto de crucial importancia en
el desarrollo embrional; durante este proceso una blástula esencialmente esférica
se transforma en una estructura cilíndrica con una cabeza y
cola y tres paredes embrionales distintas. Del ectodermo se originará
la piel, el sistema nervioso y las estructuras sensoriales de
ojos, oídos y nariz. Del mesodermo tendrán origen el sistema
óseo, el muscular y el circulatorio. Del endodermo se originarán
los epitelios de revestimiento, como el aparato digestivo y del
aparato respiratorio.
c) De la formación del sistema nervioso central a
la organogénesis
Con el término neurulación se indica una serie de
procesos que conducen a la formación del sistema nervioso central
en el embrión. De la extremidad craneal de la línea
primitiva, se desarrolla en el mesodermo una larga estructura que
se extiende más allá de la dirección craneal. Esta estructura
es llamada notocorda y constituye el eje antero-posterior del embrión.
Sobre los lados de la notocorda se desarrollará la columna
vertebral. En este estadio de desarrollo, la notocorda y los
tejidos adyacentes ejercitan una inducción primaria sobre el ectodermo del
que se origina la placa neural. Ésta se eleva de
ambos lados de la notocorda originando los pliegues cefálicos. Los
pliegues cefálicos se unen englobando el tubo neural, comenzando del
centro hacia las dos extremidades, con un mecanismo semejante al
del “cierre relámpago”. Este proceso está completo para el final
de la tercera semana del desarrollo embrional. El mesodermo, que
confina con el tubo neural, se diferencia en una serie
de estructuras llamadas somitas. El primer par de somitas aparece
en la parte craneal del tubo neural en el día
veinte después de la fecundación. Las otras somitas se forman
poco a poco en dirección caudal hasta el día treinta.
Las células mesenquimales que provienen de las somitas dan origen
a la mayor parte de las estructuras del esqueleto y
del sistema muscular. La formación del sistema circulatorio fetal comienza en
el embrión tres semanas después de la fecundación, mientras la
sangre fetal no comienza a ser producida antes de la
quinta semana. El corazón aparece como un gran vaso sanguíneo,
que se repliega sobre sí mismo para originar las aurículas
y ventrículos que lo constituyen en su forma final. Sin
embargo, ya en su estructura primera con forma de tubo,
las membranas plasmáticas de algunas de sus células poseen un
potencial eléctrico y una capacidad contráctil para hacer que el
corazón comience a batir desde la tercera semana formando así
un sistema circulatorio primitivo. Las principales estructuras del organismo y las
conexiones entre los varios órganos y sistemas se forman entre
la cuarta y la octava semana del desarrollo embrional. Ante
todo el embrión se repliega varias vueltas, transformando la estructura
linear y plana del tubo neural y de las somitas
en una estructura con forma de “C”. Este cambio estructural
da al cerebro, al intestino y a otros órganos una
posición más apta para la formación de las conexiones anatómicas.
Durante la cuarta semana las extremidades del tubo neural se
cierran, delimitando así lo que se convertirá en el sistema
nervioso central. Durante la cuarta semana aparecen también los bosquejos
cartilaginosos de los miembros. Durante la clausura del tubo neural,
se desarrollan las estructuras primordiales del cerebro. Los nervios del
cráneo, como aquellos de los ojos y de los músculos
de la cara, comienzan a desarrollarse en esta etapa. El
cerebro embrional comienza a desarrollarse en torno a la quinta
semana, así como aparecen en este estadio también la vesícula
óptica y la retina del ojo. El desarrollo continúa con
la aparición de los diversos órganos, del aparato esquelético, de
los miembros y de la cara. Todo esto ocurre después
de la octava semana desde la fecundación, cuando el embrión
ya es llamado feto. Si bien los elementos base del
proceso han sido establecidos durante el desarrollo del embrión, el
pleno desarrollo del plano corpóreo y las infinitas conexiones entre
todos los aparatos del cuerpo se desarrollan durante el estadio
fetal para continuar incluso después del nacimiento.
2. Algunas consideraciones
Teniendo en
cuenta lo que acabamos de exponer, siguiendo a Vescovi y
Spinardi (que son semejantes a las que pueden encontrarse en
el capítulo de embriología humana de cualquier manual de medicina
o biología), podemos sacar algunas conclusiones de enorme importancia.
a) La
naturaleza del embrión
La primera cuestión la plantean muy bien los
mismos autores que venimos citando: “El problema principal de la
discusión sobre la naturaleza del embrión se centra sobre un
punto fundamental: ¿donde es lícito, desde un punto de vista
estrictamente biológico, delinear el límite entre la vida y la
‘no-vida’?”; o sea, ¿podemos determinar un momento en este proceso
en el que podamos decir que antes no hay vida
humana y después sí? “La respuesta –siguen diciendo– es, en
realidad, dramáticamente simple. Y es ésta: el inicio de la
vida coincide con el acto de la formación de una
entidad biológica que contiene y está dotada del programa entero
de crecimiento y de la información necesaria para desenvolver y
atravesar todos los estadios de desarrollo que caracterizan a un
ser humano y que son parte integrante de su historia
natural –cigoto, mórula, blastocisto, embrión, feto, neonato, niño, adolescente, hombre–
hasta la muerte. Esta última coincide con la pérdida y/o
destrucción de tal información y/o capacidad. Sobre esta base, resulta
evidente cómo el inicio de la vida, en un ser
humano, coincide con el acto de la fusión entre el
espermatozoide y el óvulo, el cual lleva a la creación
del cigoto y al desencadenarse de aquella cadena de eventos
que culminan luego en el nacimiento de un neonato”.
Incluso estos
autores nos proponen hacer el análisis desde la perspectiva contraria:
partiendo de un individuo adulto, tratemos de recorrer hacia atrás
su historia biológica, buscando una “solución de continuidad” (es decir,
una interrupción) en su proceso vital. “Notaremos inmediatamente que tal
solución de continuidad ocurre sólo en el acto de la
fecundación”. En todos los demás estadios de desarrollo la vida
(y se refieren a una vida autónoma, promovida y dirigida
desde el mismo embrión) está presente. A tal punto “que
los diversos estadios a menudo sugeridos como puntos de confín
entre la vida y la no-vida –la implantación en el
útero, la formación del cerebro, la autoconciencia– saltan como arbitrarios.
Estos estadios subrayan exclusivamente el confín entre fases diversas del
desarrollo vital, pero todos contenidos en el interior de este
último, del cual no representan ningún confín”. De aquí, terminan diciendo,
todas las tentativas de reducir el embrión a una entidad
privada de vida son vagas e insostenibles biológica y lógicamente. Así,
por ejemplo, sostener –como han afirmado algunos autores– que el
embrión no es un ser vivo porque es incapaz de
“comunicarse” (relacionarse) es absurdo porque el embrión se comunica con
su madre desde los primerísimos estadios de desarrollo; lo hace
a través del intercambio de moléculas químicas muy específicas. La
discriminación entre vida y no-vida, por tanto, no se basa
en la incapacidad de comunicarse sino en la forma de
comunicación usada: química en el embrión, mecánica (el sonido, la
vibración del aire) en el adulto. Para los que niegan
al embrión el estatuto de ser humano el problema es
que se relaciona con su madre sin usar la voz
o los gestos de su cara o manos. La misma falacia
encontramos en los que niegan al embrión la categoría de
ser humano porque sería incapaz de elaborar información o de
obrar de modo autoconciente; si así fuera podríamos llegar a
catalogar como no-vivientes a un significativo número de afectados por
importantes patologías, como por ejemplo, los enfermos de Alzheimer, morbo
que puede anular totalmente las facultades cognoscitivas .
b) El
momento de la animación
Al hablar del alma humana hemos dicho
que un ser humano es tal porque tiene alma espiritual.
Si decimos que el embrión es un ser humano, tenemos
que afirmar al mismo tiempo que tiene alma: lo que
no tiene alma espiritual no es humano. Ahora bien, ¿desde
qué momento es persona humana, es decir, tiene alma humana
(o sea, espiritual)? No vamos a volver a considerar las respuestas
que muchos pensadores dan respecto del ser humano; basta con
que sólo las tengamos en cuenta. Algunos sostienen que el
hombre es el fruto de la casualidad o del azar
(es decir, de la casual confluencia de factores que dieron
como fruto no un trozo de mármol o una espiga
de trigo, sino un hombre). Los que así responden concluyen
a la corta o a la larga diciendo que el
hombre es un absurdo (Sartre se animó a decir con
claridad que para él, el hombre es “una pasión inútil,
un ser vomitado al mundo, condenado a ser libre y
destinado a la nada”). Pero no es posible pensar (en
serio) así, ni menos todavía obrar en consecuencia con esta
afirmación. En efecto, lo que nace de la casualidad, vive
por casualidad y está entregado a la casualidad, sin ley
ni fin alguno, y ningún hombre puede llevar una vida
con esta perspectiva. Escribe, al respecto, Basso: “Más concretamente, cabe
preguntarse: ¿podría ser que la vida, con sus perfecciones distintivas
(la complejidad de sus mecanismos, sus preparaciones remotas y sus
acondicionamientos próximos) sea simple producto del azar? Si se ha
hecho, una sola vez siquiera, el cálculo aproximado del número
matemáticamente infinito de coincidencias fortuitas necesarias para juntar en una
minúscula célula de cuatro micrones por dos (el espermatozoide) 23
cromosomas con sus 50.000 genes perfectamente programados, se caerá en
la cuenta afirmativa a la pregunta mencionada. Creer hasta tal
punto en la casualidad. ¡vaya si puede llamarse fe!” . Otros
han sostenido que el ser humano en estado embrional es
un “material biológico” potencialmente humano, y que sólo adquiere el
estatuto de persona mediante el libre reconocimiento y la libre
aceptación por parte de la sociedad de los adultos .
Por ejemplo, René Frydman, afirma que los embriones no poseen
los atributos de la persona humana, sino sólo su potencialidad.
Para adquirirlos les debe salir al encuentro el deseo del
hijo por parte del adulto, y deben superar las dificultades
concretas del desarrollo. La persona sería, de este modo, una
construcción social, el fruto artificial de una adopción social selectiva
y arbitraria. Del mismo modo, de aquí concluirán (con lógica
consecuencia) que uno puede luego renunciar a su personalidad al
desear no vivir; por tanto quitarle la vida a quien
ya no quiere relacionarse con sus semejantes o a quienes
sus semejantes segregan de su sociedad... no sería un homicidio
(¡ahí tenemos legitimada la eutanasia!). Nosotros hemos ya dicho que el
hombre comienza a ser persona, ser humano, al recibir de
Dios el alma espiritual que hace la función de forma
en el compuesto humano. La doctrina católica lo afirma diciendo:
“Dios creó al hombre a su imagen, a imagen de
Dios lo creó, hombre y mujer los creó (Gn 1,27).
El hombre ocupa un lugar único en la creación: está
hecho a imagen de Dios; en su propia naturaleza une
el mundo espiritual y el mundo material; es creado hombre
y mujer; Dios lo estableció en la amistad con Él.
De todas las criaturas visibles sólo el hombre es capaz
de conocer y amar a su Creador; es la única
criatura en la tierra a la que Dios ha amado
por sí misma; sólo él está llamado a participar, por
el conocimiento y el amor, en la vida de Dios.
Para este fin ha sido creado y ésta es la
razón fundamental de su dignidad: ‘¿Qué cosa, o quién, preguntaba
Santa Catalina de Siena dirigiéndose a Dios, fue el motivo
de que establecieras al hombre en semejante dignidad? Ciertamente, nada
que no fuera el amor inextinguible con el que contemplaste
a tu criatura en ti mismo y te dejaste cautivar
de amor por ella. Por amor lo creaste, por amor
le diste un ser capaz de gustar tu Bien eterno’.
Por haber sido hecho a imagen de Dios, el ser
humano tiene la dignidad de persona; no es solamente algo,
sino alguien. Es capaz de conocerse, de poseerse y de
darse libremente y entrar en comunión con otras personas; y
es llamado, por la gracia, a una alianza con su
Creador, a ofrecerle una respuesta de fe y de amor
que ningún otro ser puede dar en su lugar” .
Ya
hemos tratado de este tema en el capítulo correspondiente al
alma; ahora lo que se nos plantea es algo que
precisamente en ese capítulo quedó pendiente: ¿y cuándo comienza el
alma a estar presente en este ser que empieza a
tener vida con la concepción y terminará en su muerte
natural (tal vez en una adentrada vejez)?
Es claro que quienes
dicen que el hombre es fruto del azar dirán que
comienza a ser persona cuando la casualidad lo produce y,
por tanto, dependerá del azar en cada caso. Los que
sostienen la tesis relacional, dirán que cuando la sociedad acepta
el nuevo individuo (por tanto, un embrión no aceptado como
persona, o un embarazo “no deseado” determinan que “esa realidad”
no sea una persona humana). Pero quienes sostienen que todo
comienza con una intervención creadora del alma por parte de
Dios (la animación) habrán de concluir que el nuevo ser
comienza a ser persona cuando Dios infunde el alma humana
en un organismo apto para recibirla.
Aceptando esta posición que dice
que el alma es creada e infundida por Dios, nos
encontramos con un dato histórico de curioso interés: la teoría
de la animación retardada. Esta teoría fue defendida en la
antigüedad no sólo por filósofos paganos como Aristóteles (con su
teoría conocida como epigénesis, aunque él no usara este término
puesto recién en 1651 por William Harvey) sino también –varios
siglos más tarde– por grandes pensadores cristianos, tanto hombres de
ciencia como teólogos incluso de la talla de San Alberto
Magno y Santo Tomás de Aquino . La teoría de
Aristóteles decía que la formación de los organismos vivientes se
realiza por un lento proceso en el que éstos van
adquiriendo lentamente su forma definitiva, sustituyéndose sucesivamente formas imperfectas por
otras más perfectas hasta llegar a la definitiva ; Aristóteles
sostenía esto en contra de Demócrito quien había defendido la
teoría de la preformación implícita, precursora de todas las teorías
preformistas (el preformismo sostenía –no sé si tendrá en la
actualidad defensores– que los órganos de todo organismo ya están
preformados en el óvulo o en el espermatozoide; o sea,
tendríamos –en el caso del hombre– una especie de hombrecillo
perfecto pero microscópico u homúnculo como lo llamaron algunos y
como puede verse en la obra literaria Fausto de Goethe).
El peligro que los científicos y teólogos medievales quisieron evitar
al volver a la animación retardada aristotélica era precisamente este
preformismo que defendieron algunos teólogos agustinianos. En contra de esto
Santo Tomás –quien, como todos los pensadores, no podía contar
con otros datos que los que le ofrecía la ciencia
de su tiempo– defendió esta animación retardada diciendo que “el
cuerpo se forma y se va disponiendo sucesivamente con vistas
al alma”, recibiendo una serie de “almas” (no espirituales sino
imperfectas, por tanto, como las que tienen los seres no
humanos) que se van reemplazando, de tal modo que “cuando
está imperfectamente dispuesto, recibe un alma imperfecta; y después, cuando
está dispuesto perfectamente, recibe el alma perfecta”, ésta sí, espiritual;
precisamente Santo Tomás recuerda esta doctrina a propósito del caso
de Cristo quien para él fue una excepción puesto que
su “cuerpo (...) debido al poder infinito del Dios, estuvo
perfectamente dispuesto desde el primer instante, y por eso en
el primer instante recibió la forma perfecta, es decir, el
alma racional” . Quiero destacar esta teoría por dos cosas:
1º La
primera es que, aunque los partidarios de la animación retardada
admitían que sólo en los últimos estadios de su formación
el embrión recibía el alma espiritual e inmortal, condenaban igualmente
como crimen el aborto. Hubo alguna vacilación al respecto en
algunos teólogos como Pedro Lombardo . Sin embargo, estos mismos
autores sostenían que el aborto de los embriones todavía inanimados
si bien no era homicidio era igualmente ilícito. De todos
modos, no fue así la doctrina de la Iglesia y
la de la mayoría de los teólogos. Quiero aclarar que
las discusiones sobre el tema no giraban sobre la aprobación
del aborto en estos casos sino sobre la despenalización (o
sea, no poner penas canónicas) en caso de que un
feto todavía no fuese humano . Es interesante que la
mayoría de los antiguos autores, aun aceptando –sea como cierta
o como posible– la animación retardada sostuvieron siempre la gravedad
del aborto en cualquiera de sus etapas . Quienes han
estudiado las implicaciones de la doctrina de Santo Tomás sobre
este tema afirman que él, aún sosteniendo la animación retardada,
no aceptó la licitud del aborto en ninguna etapa en
razón del principio que sostiene que “lo que la naturaleza
intenta, lo intenta Dios a través de ella”; por tanto
interrumpir el proceso biológico de un ser humano es intentar
impedir la aparición de una vida humana querida por Dios,
y será, así, un atentado contra una vida humana, ya
sea directo (si ya ha sido infundida el alma) o
indirecto (si aún no hubiese sido infundida); en esto Santo
Tomás y los antiguos moralistas se guiaban por el principio:
“vida probable, vida cierta”, queriendo decir mientras haya seria probabilidad
de que exista vida humana personal, hay que comportarse como
si existiera total certeza, por el riesgo que implica exponerse
conscientemente a cometer un homicidio . 2º Esta discusión es valiosa también
porque fue elaborada por la insuficiencia de los datos científicos
que manejaban sobre el embrión; otra hubiese sido la solución
de estos científicos, filósofos y teólogos si hubieran poseído los
datos aportados por la biogenética actual que nos hace conocer
cómo los miembros y órganos definitivos no se encuentran actualmente
presentes en el espermatozoide ni en el óvulo ni en
el embrión –propuesta grosera del preformismo– pero tampoco hace falta
esperar a un momento tardío en la evolución del embrión
para ver que se dan las condiciones de una materia
–cuerpo– adecuadamente dispuesta para recibir el alma, pues en el
momento mismo de la concepción se da ya la totalidad
del patrimonio genético en el que se contienen perfectamente, aunque
en estado potencial, todas las virtualidades que el embrión, el
feto, el niño y el futuro adulto desarrollarán con el
paso del tiempo siempre a partir de las órdenes emanadas
del mismo embrión. Santo Tomás aceptaba que Dios podía preparar
un cuerpo que estuviese perfecto desde el primer instante y
en tal caso recibiría el alma inmediatamente (para él así
fue el caso de Cristo). Estoy seguro de que si
Santo Tomás hubiese conocido lo que es realmente el embrión,
su patrimonio genético y su capacidad de autodirigirse a sí
mismo en el proceso de gestación, hubiese considerado tal estado
como el estado de perfección (relativa) necesaria para juzgar la
materia dispuesta para el alma y no habría tenido necesidad
de distinguir el caso de Cristo del de los demás
hombres en cuanto al momento de su animación.
Señalo que la
discusión antigua de la animación retardada es un dato muy
valioso –no, como algunos erróneamente piensan, como una objeción a
la doctrina católica desde sus mismos teólogos– porque nos muestra
que: (a) el sostener una animación retardada (como de hecho
sostienen muchos científicos actuales, aunque no hablen de animación sino
de hominización o personalización) es un error ligado a una
incomprensión de la naturaleza biológica del embrión; si los científicos,
filósofos y teólogos del pasado cayeron en este desacierto, no
puede suceder lo mismo en nuestros días con el conocimiento
que tenemos de la genética y la embriología; y (b)
nos muestra que a pesar de que se sostuviese tal
animación retardada, la actitud moral será siempre la de respeto
absoluto por el embrión.
Ahora bien, debemos ser conscientes de que
así como no podemos tener un conocimiento directo y experimental
ni del alma ni del acto creador divino, tampoco podemos
dar una respuesta “directa” a la cuestión del momento en
que se produce la infusión del alma. Sin embargo, con
lo que hemos dicho más arriba sobre el desarrollo biológico
del embrión, podemos intentar una respuesta “indirecta”. Esta respuesta indirecta
se basa en un dato absolutamente objetivo que nos permite
constatar con certeza que en tal o cual momento en
este nuevo ser se dan ya las condiciones para que
sea una persona humana; si se verifican tales condiciones, entonces
deberemos concluir que es una persona humana (o al menos
hay que concluir que no se puede decir lo contrario,
es decir que “no es una persona humana”). Este dato
existe –y hoy en día reforzado por los estudios de
genética–: en todo el proceso que va del acto sexual
entre un hombre y una mujer, la fecundación, su desarrollo
embrional, nacimiento, crecimiento, adultez, ancianidad y muerte, sólo hay un
dato objetivo que nos permita decir: “biológicamente en este momento
hay un nuevo ser”. Tal momento es la concepción o
fecundación que da como resultado un nuevo ser plenamente individualizado,
diverso de las células que le dan origen y diverso
del organismo materno que lo anida . Quisiera mostrar esto reproduciendo
textualmente unas páginas de un estudio muy valioso del Prof.
Angelo Serra (genetista de enorme prestigio) . Se trata del
punto en el que este autor, después de haber expuesto
el desarrollo biológico del embrión de modo muy semejante a
como hicimos nosotros más arriba, pasa a lo que denomina
“la inducción biológica”, o sea, proceso por el cual un
científico, partiendo de los datos experimentales que le da la
ciencia, llega a conclusiones probadas. Dice textualmente: “Hasta ahora se
han descrito brevemente los primeros estadios del desarrollo del embrión
humano, y se ha hecho una aproximación a su control
genético. No se ha intentado ni verificar ni falsificar ninguna
hipótesis particular. El objetivo era dar a conocer algunos aspectos
esenciales del complejo proceso biológico que es el desarrollo de
un ser humano. Este conocimiento es la premisa necesaria para
la respuesta a las preguntas: 1) ¿Cuál es el estado
de un embrión humano precoz? , y 2) ¿Cuándo comienza
un ser humano su ciclo vital? Para responder a estas
preguntas no es necesario formular nuevas hipótesis, sino simplemente analizar
nuestros datos inductivamente (...)”. Y pasa luego a señalar cómo no
puede señalarse otro momento, como comienzo y adquisición del estatuto
definitivo de un ser humano (o sea, cuando comienza a
ser persona, y, desde nuestro punto de vista, cuando es
el momento de la infusión del alma) que el de
la fecundación; porque a partir de este momento se dan
en ese ser tres propiedades fundamentales que indican que tenemos
un individuo autónomo y acabado (en cuanto a la individuación)
aunque no haya desarrollado todavía todas sus virtualidades. Esas tres
propiedades son: la coordinación, la continuidad y la gradualidad. Sigue
diciendo Serra:
“a. La coordinación. La primera propiedad es la coordinación.
El desarrollo embrional, desde el momento de la fusión de
los gametos hasta el de la formación del disco embrional
alrededor de los 14 días tras la fecundación, y todavía
más evidentemente después, es un proceso donde existe una secuencia
e interacción coordinada de actividad molecular y celular, bajo el
control del nuevo genoma, que es modulado por una cascada
ininterrumpida de señales transmitidas de célula a célula y del
ambiente externo y/o interno a las células singulares. Precisamente esta innegable
propiedad implica, y aún más, exige una rigurosa unidad del
ser que está en constante desarrollo. Cuanto más progresa la
investigación científica, más parece que el nuevo genoma garantiza esta
unidad, donde un gran número de genes reguladores aseguran el
tiempo exacto, el lugar preciso y la especificidad de los
eventos morfogenéticos. J. Van Blerkom, concluyendo un análisis de la
naturaleza del programa de desarrollo de los primeros estadios de
los embriones de los mamíferos, subraya claramente esta propiedad: ‘Las
pruebas disponibles sugieren que los eventos en el oocito en
maduración y en el embrión precoz siguen una secuencia directa
de un programa intrínseco. La evidente autonomía de este programa
indica una interdependencia y coordinación a los niveles molecular y
celular, que tiene como resultado la manifestación de una cascada
de acontecimientos morfogenéticos’ . Todo esto conduce a la conclusión de
que el embrión humano –como cualquier otro embrión– también en
sus primeros estadios no es, como afirma N.M. Ford ‘tan
sólo un amasijo de células’, ‘cada una de las cuales
es un individuo ontológicamente distinto’ , sino que el embrión
completo es un individuo real, donde las células singulares
están estrictamente integradas en un proceso mediante el cual traduce
autónomamente, momento por momento, su propio espacio genético en su
propio espacio organísmico.
b. La continuidad. La segunda propiedad es la
continuidad. Parece innegable, sobre la base de los datos hasta
ahora presentados, que en la fecundación se inicia un nuevo
ciclo vital. ‘La función última del espermatozoide es fundirse con
la membrana plasmática del oocito. En el momento de la
fusión [singamia] deja de ser un espermatozoide y aparece como
parte de una célula formada de nuevo, el cigoto’ .
El cigoto es el principio del nuevo organismo, que se
encuentra precisamente al inicio de su ciclo vital. Si se
considera el perfil dinámico de este ciclo en el tiempo,
se observa claramente que procede sin interrupciones: el primer ciclo
no termina en el disco embrionario, ni se inicia otro
ciclo desde aquel punto en adelante. Un acontecimiento singular, como
la multiplicación celular o la aparición de varios tejidos y
órganos, puede aparecer discontinuo a nuestros ojos; sin embargo, cada
uno de ellos es la prueba final, en un momento
dado, de una sucesión ininterrumpida de hechos –podría decirse que
infinitesimales– interconectados sin solución de continuidad. Esta propiedad implica y
establece la unicidad o singularidad del nuevo ser humano: desde
la fusión (singamia) en adelante, él es siempre el mismo
individuo humano que se construye autónomamente según un plan rigurosamente
definido, pasando por estadios que son cualitativamente siempre más complejos.
c.
La gradualidad. La tercera propiedad es la gradualidad. La forma
final se alcanza gradualmente: se trata de una ley ontogénica,
de una constante del proceso generativo. Esta ley del gradual
construirse de la forma final a través de muchos estadios
partiendo del cigoto implica y exige una regulación que debe
ser intrínseca a cualquier embrión singular, y mantiene el desarrollo
permanentemente orientado en la dirección de la forma final. Es
precisamente a causa de esta ley epigenética intrínseca, que está
inscrita en el genoma y comienza a actuar desde el
momento de la fusión de los dos gametos, que cada
embrión –y, por tanto, también el embrión humano– mantiene permanentemente
la propia identidad, individualidad y unicidad, permaneciendo ininterrumpidamente el mismo
idéntico individuo durante todo el proceso del desarrollo, desde la
singamia en adelante, a pesar de la siempre creciente complejidad
de su totalidad. W.J. Gehring reconoce claramente esta ley, anticipando
los futuros progresos de la genética del desarrollo: ‘Los organismos
–escribe– se desarrollan según un preciso programa que especifica su
plano corpóreo con un gran detalle y determina además la
secuencia y la temporización de los eventos epigenéticos. Esta información
está dibujada en la secuencia nucleótida del DNA [...]. El
programa de desarrollo consiste en un determinado cuadro espacio-temporal de
expresión de los genes estructurales que forman la base del
desarrollo. El desarrollo normal exige la expresión coordinada de miles
de estos genes en una modalidad concertada. Puesto que el
control independiente de los genes estructurales singulares conduciría a un
desarrollo caótico, podemos predecir que son genes de control que
regulan la actividad coordinada de grupos de genes estructurales’ ”.
Y
concluye Serra con la “respuesta” que estos datos nos dan:
“Es evidente que las tres propiedades recordadas, para una consideración
desapasionada, satisfacen perfectamente los criterios esenciales establecidos por una reflexión
meta-biológica para la definición de un ‘individuo’. Por eso la
inducción lógica de los datos que suministran las ciencias experimentales
conduce a la única conclusión posible, esto es, que aparte
de alteraciones fortuitas en la fusión de dos gametos un
nuevo individuo humano real comienza su propia existencia, o ciclo
vital, durante el cual –dadas todas las condiciones necesarias y
suficientes– realizará autónomamente todas las potencialidades de las que está
intrínsecamente dotado. El embrión, por tanto, desde el momento de
la fusión de los gametos es un individuo humano real,
no un individuo humano potencial. Nosotros consideramos que la clara
afirmación de la «Donum vitae», Instrucción sobre el respeto de
la vida humana naciente y la dignidad de la procreación,
publicada por la Congregación para la Doctrina de la Fe
en 1987, es científicamente correcta. En ella se expresa: ‘Por
las recientes adquisiciones [de] la biología humana [...] se reconoce
que en el cigoto derivado de la fecundación está ya
constituida la identidad biológica de un nuevo individuo humano’ ”.
Hasta aquí el estudio de Angelo Serra.
De todos modos, insistimos
en que si alguien no aceptase este dato científico como
determinante del momento de la animación no quedaría, por ello
mismo, autorizado por ningún otro dato para colocar otro momento
distinto como el comienzo de la persona humana, pues todo
otro momento (ya se señale la anidación, al término de
las dos semanas, de los dos meses, etc.) no representa
ningún cambio esencial con el momento inmediatamente anterior; se trataría,
pues, de una determinación arbitraria. Estaría, en tal caso, diciendo:
“al no poder constatar experimentalmente cuándo se realiza la intervención
creadora de Dios, yo decido que es en tal momento”.
Por tanto, el término de “pre-embrión”, acuñado para designar el
tiempo anterior a estas determinaciones arbitrarias es tan arbitrario y
tendencioso como ellas mismas. Sobre esto dice la Declaración sobre
el aborto: “Desde el punto de vista moral esto es
cierto: aunque hubiese duda sobre la cuestión de si el
fruto de la concepción es ya una persona humana, es
objetivamente un pecado grave el atreverse a afrontar el riesgo
de un homicidio. ‘Es ya un hombre aquel que está
en camino de serlo’ (Tertuliano)” .
*
* *
Lo que hemos
expuesto en este capítulo tiene capital importancia para nuestra vida;
especialmente para la de un científico o la de un
estudiante en carreras relacionadas con la vida. De los principios
que hemos sentado se comprende el motivo de la ilicitud
de algunas técnicas de reproducción humana (como la fecundación in
vitro), la experimentación embrional, la clonación y sobre todo el
aborto (en cualquiera de sus modalidades quirúrgicas o químicas). Al no
aceptar estos principios se puede caer en la aceptación de
las prácticas más aberrantes de experimentación con seres humanos (técnicas
muy similares a las que, por otra parte, nuestra sociedad
condena en el nazismo), la eugenesia (asesinato de niños que
nacen con discapacidades, o simplemente no reúnen las expectativas que
tenían sus padres al “encargarlos”), la creación de bancos de
órganos (en realidad bancos de seres humanos en estadio embrional
para usarlos extirpándoles células u órganos en caso de que
los necesite un adulto), y todos los modos de aborto
e infanticidio. No te asombres de esto, ni te dejes engañar
por los títulos y logros que pueda tener un científico
en su haber; quien niegue la humanidad de un embrión
puede llegar a defender las posturas más criminales. Basta, para
muestra, con leer las escalofriantes declaraciones del Dr. James Watson,
Premio Nobel de medicina y fisiología (célebre por su descubrimiento
de la estructura ADN, junto con Francis Crick): “Muchas malformaciones
y una serie de defectos sólo se ven después de
nacida la criatura, con frecuencia porque no toda gestante puede
someterse a un diagnóstico prenatal. Por ello estoy de acuerdo
con mi colega y amigo Francis Crick, partidario de no
declarar ‘vivos’ a los recién nacidos hasta los tres días
después de su venida al mundo, dando a los padres,
durante este plazo, la posibilidad de evitar una vida llena
de sufrimientos a un niño incurable” . Sí, acabas de
leer la reivindicación del infanticidio por parte de los dos
descubridores de la estructura del ADN, uno de los mayores
logros en biogenética. Si estás leyendo estas páginas debes agradecer
a tus padres que no hayan prestado oídos a estos
y otros autores que proponen a los hombres la posibilidad
de convertirse en modernos Herodes y a ti en uno
más de los innumerables integrantes de la legión de santos
inocentes.
Bibliografía para ampliar y profundizar
–Alonso Bedate, C. y Cefalo, R.C.,
El cigoto ¿es o no es una persona?, Labor Hospitalaria,
1990. –Blázquez, Niceto y Pastor, Luis Miguel, Bioética fundamental, Madrid, Editorial
Católica, 1996. –Castilla, Blanca, Comienzo de la vida humana. Aspectos filosóficos,
Cuadernos de Bioética, 1997, p.113ss. –Colombo, Roberto, Statuto biologico e statuto
ontologico dellé embrione e del feto umano, Anthropotes, 1996, XI,
p.132ss. –Melina, Livio, El embrión humano. Estatuto biológico, antropológico y jurídico,
Madrid, Rialp, 2000. –Monge, Fernando, Persona humana y procreación artificial, Madrid,
Palabra, 1998. –Possenti, Vittorio, ¿Es el embrión persona? Sobre el estatuto
ontológico del embrión, en VVAA (Massini y Serna ed) El
derecho a la vida, Pamplona, EUNSA, 1998. –Sgreccia, Elio, Manuale di
Bioetica, Milan, Vita e pensiero, 2 vosl. 1998. –Jesús Ballesteros, El
estatuto del embrión, Fundación Interamericana Ciencia y Vida, http://www.ulia.org/ficv/. –Manuel de
Santiago, Estatuto Biológico, Antropológico y Ético del Embrión Humano, www.bioeticaweb.com. –Fernando
Orrego Vicuña, Acerca de la infusión del alma espiritual, www.arvo.net. –Angelo
Serra, La contribución de la Biología al estatuto del embrión,
www.bioeticaweb.com. –Natalia López Moratalla y María J. Iraburu Elizalde, Los
quince primeros días de una vida humana, Eunsa, Pamplona 2004.
A. L. Vescovi, L. Spinardi, La natura
biologica del embrione, Revista Medicina e Morale 2004/ 1, pp.
53-63. Voy a seguir casi al pie de la letra
este artículo, añadiendo algunas pocas cosas para aclarar más los
conceptos, y resumiendo otras. Por esta razón, y para no
dificultar más la lectura, no pongo entre comillas los textos
literales de los autores. De aquí puedes también deducir
que la misma naturaleza sólo tiene dos sexos, pues las
células germinales son complementarias una (la del varón) con la
otra (la de la mujer). No hay una tercera célula
que sea complementaria con células de su misma clase. Por
eso no hay un tercer sexo; la homosexualidad no es
natural, como puede deducirse ya de este argumento genético.
Sobre las discusiones sobre el llamado estatuto biológico del embrión
(o sea su naturaleza, el qué es el embrión) puede
verse el documentado e interesante artículo de Jesús Ballesteros, El
estatuto del embrión, Fundación Interamericana Ciencia y Vida, http://www.ulia.org/ficv/.
Basso, op. cit., p.20. Cf. al respecto el sugestivo
artículo de Angel Rodríguez Luño, El concepto de respeto en
la instrucción Donum vitae, en: Rev. Anthropotes 2 (1988), 261-272.
Catecismo de la Iglesia Católica, nnº 355-357. Se
puede ver la discusión sobre este tema y cómo fue
evolucionando la disputa en Domingo Basso, Nacer y Morir con
dignidad, Consorcio de médicos católicos, Bs.As., 11989, pp. 89-108
Aristóteles, De generatione, II, 734a. Cf. Santo Tomás, Suma
Teológica, III, 33, 2 ad 3. De todos modos
destaquemos que Pedro Lombardo y quienes lo siguieron, se basaron
en la doctrina de Aristóteles y en un texto bíblico
(el pasaje de Éxodo 21,22) que creían que afirmaba que
no era homicidio si en una pelea se producía, por
los golpes, el aborto de una mujer y el feto
todavía no estaba animado o era informe; pero luego se
supo que el texto estaba alterado por la versión griega
de la Biblia y que el original no dice eso.
Se pueden ver los documentos de la discusión en
Basso, op.cit., pp. 104-105. Pueden verse los textos en
la declaración De aborto procurato, de la Congregación para la
Fe (año 1974), n. 7; resumiendo esto dice: “a lo
largo de toda la historia, los Padres de la Iglesia,
sus pastores, sus doctores, han enseñado la misma doctrina [la
ilicitud del aborto], sin que las diversas opiniones acerca del
momento de la infusión del alma espiritual en el cuerpo
hayan suscitado duda sobre la ilegitimidad del aborto”. Sobre
esta posición de Santo Tomás puede verse Basso, op. cit.,
pp. 107-108; Giovanni di Giannatale, La posizione di San Tommaso
dul’aborto, Rev. Doctor Communis, (1981), n. 3; pp. 296-311.
Afirma Angelo Serra: “Ya la primera célula del nuevo ser
resulta de la fusión de dos gametos, células a su
vez estupendamente ordenadas una a la otra. Son dos sistemas
biológicos complejos y diversos entre sí que dan origen a
un tercer sistema que es a su vez diverso de
los dos primeros. Después de dos segundos desde el momento
del encuentro entre las dos células germinales, la tercera célula
tiene ya una identidad propia: se modifica el PH, se
remodela el DNA, inicia la división de los cromosomas y
comienza a formarse el primer RNA mensajero. A dos segundos
de distancia del instante “x” el embrión tiene una identidad
nueva con el genoma bien identificado, es decir, con la
marca humana impresa, única e irrepetible. Por tanto, la única
fase de suspensión, entre el ya y el todavía no,
está representada por aquellos dos segundos iniciales, que sin embargo,
son relevables tan sólo teóricamente”. Todos los ulteriores cambios y
mutaciones, hasta el momento de la muerte por vejez de
este individuo son, respecto de este cambio, accidentales y secundarios.
(Reportaje a Angelo Serra S.I., uno de los más eminentes
genetistas italianos del fines del siglo XX; por Daniele Nardi,
Sì alla vita, en: “La Via”, maggio 1991). Angelo
Serra, La contribución de la Biología al estatuto del embrión,
www.bioeticaweb.com. Cf. J. Van Blerkom, Extragenomic regulation and
autonomous expression of a developmental program in fue early mammalian
embryo, Annals of the New York Academy of Sciences. 442
(1985), 61. Cf. N.M. Ford, When did I begin?
Conception of the human inidividual in history, philosophy and science,
Cambridge University Press, Cambridge, 1988, p. 145. A medida que
disponemos de nuevos datos citológicos y moleculares sobre los embriones
precoces del mamífero, queda sin fuerza la afirmación de Ford
de que “al menos hasta el estadio de 8 células
en el embrión humano hay 8 individuos distintos, más que
un solo individuo multicelular” (p. 137). Cf. D.G. Mykes,
P. Primakoff, Why did the sperm cross the cumulus? To
get to the oocyte. Functions pf the sperm surface protein
PH-20 and fertlin in arriving at, and fusing wifu, fue
egg, Biology of Reproduction, 56 (1997),320-327. Cf. W.J. Gehring,
Homeo-boxes in the studuy of development, Science, 236 (1987), 1.245-1.251,
p. 1.245. Cf. lnstrucción “Donum vitae” sobre el respeto
de la vida humana naciente y la dignidad de la
procreación, 22 de febrero de 1987, A AS 80 (1988),
70-102, p. 82. Congregacion para la Doctrina de la
fe, Declaración sobre el aborto, 13. Egmont R. Koch
y W. Kessler, ¿Al fin un hombre nuevo?, Plaza y
Janés, 1979, p.95. |