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Hay una ley natural y esta ¡nos hace libres!
No
sería de extrañar que muchas veces hayas escuchado la palabra
ley y la palabra libertad. Tengo suficientes elementos para temer
que no te hayan presentado ni de una ni de
otra el verdadero concepto. Hoy en día se exalta mucho la
libertad, sin hacer las aclaraciones que corresponden; y no se
habla de la ley sino en un sentido empobrecido; y
probablemente la mayoría de nuestros contemporáneos se formen una idea
de estos dos conceptos como el de dos pugilistas que
se dan tortazos sobre el ring de nuestra conciencia. Si
yo quiero ser libre, la ley me frena; si intento
imponer la ley, confino mi libertad o la de mis
semejantes. Con una idea así no tendrán mucho futuro los
que quieran hablarme de los mandamientos de Dios. ¡Y qué
pensarás de mí si te vengo a decir que los
mandamientos de Dios te liberan y te abren horizontes desconocidos!
¿Me creerás o pensarás que hablo como un cura que
viene a imponerte mojigaterías? Y sin embargo, quisiera llamar tu atención
sobre este punto, porque si no comprendes la potencia liberadora
de los mandamientos y de la ley (natural y divina)
te aseguro que no te están desatando ninguna cadena sino
que te están robando las piernas con las que camina
tu verdadera libertad.
Antes de proseguir, quiero aclarar un punto para
que no nos confundamos. Hablaré indistintamente (para simplificar las cosas)
de los mandamientos de Dios (o decálogo, o sea diez
palabras o leyes) y de la ley natural, como si
fueran la misma cosa. No lo son, pero coinciden sustancialmente.
La ley natural es la ley que está grabada en
nuestro corazón, desde el momento en que hemos sido creados
(todo ser la lleva grabada en su naturaleza). El decálogo
ha sido revelado por Dios en varias oportunidades; la más
solemne fue la revelación de Dios a Moisés sobre el
monte Sinaí; pero más veces aún lo repite nuestro Señor
en los Evangelios. En realidad el decálogo es una expresión
privilegiada de la “ley natural”. Como la sustancia de los
mandamientos pertenece a la ley natural, se puede decir que,
si bien han sido revelados, son realmente cognoscibles por nuestra
razón, y, al revelarlos, Dios no hizo otra cosa que
recordarlos (añadiendo indudablemente algunas precisiones o aplicaciones estrictamente reveladas). San
Ireneo de Lyon decía: “Desde el comienzo, Dios había puesto
en el corazón de los hombres los preceptos de la
ley natural. Primeramente se contentó con recordárselos. Esto fue el
Decálogo” . La humanidad pecadora necesitaba esta revelación; lo dice
San Buenaventura: “En el estado de pecado, una explicación plena
de los mandamientos del Decálogo resultó necesaria a causa del
oscurecimiento de la luz de la razón y de la
desviación de la voluntad” . Por esto, conocemos los mandamientos
de la ley de Dios por la revelación divina que
nos es propuesta en la Iglesia, y por la voz
de la conciencia moral.
Si comparamos los Diez Mandamientos de la
Ley Antigua, los de la Ley de Cristo y la
ley natural veríamos esta correlación:
DEUTERONOMIO 5, 6-21 LEY DE CRISTO LEY NATURAL Yo
soy el Señor, tu Dios¡Error! Marcador no definido., que te
ha sacado de Egipto, de la servidumbre. No habrá para
ti otros dioses delante de mi... Amarás al Señor tu Dios
con todo tu corazón, con toda tu alma y con
toda tu mente (Mt 22,7).Está escrito: Al Señor tu Dios
adorarás, sólo a Él darás culto (Mt 4,10). Amarás a Dios¡Error!
Marcador no definido. sobre todaslas cosas. No tomarás en falso el
nombre del Señor tu Dios¡Error! Marcador no definido.... Se dijo a
los antiguos: ‘No perjurarás’... Pues yo os digo que no
juréis en modo alguno (Mt 5.33-34). No tomarás el nombre de
Dios¡Error! Marcador no definido. en vano. Guardarás el día del sábado
para santificarlo. El sábado ha sido instituido para el hombre y
no el hombre para el sábado. De suerte que el
Hijo del hombre también es Señor del sábado (Mc 2,27-28). Santificarás
las fiestas. Honra a tu padre y a tu madre. Moisés ha
dicho: Honra a tu padre y a tu madre, y
el que maldiga a su padre o a su madre
es reo de muerte (Mc 7,10). Honrarás a tu padre y
a tu madre. No matarás. Habéis oído que se dijo a los
antepasados: ‘No matarás’; y aquel que mate será reo ante
el tribunal. Pues yo os digo: Todo aquel que se
encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal (Mt
5,21-22). No matarás. No cometerás adulterio. Habéis oído que se dijo: ‘No cometerás
adulterio’. Pues yo os digo: todo el que mira a
una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su
corazón (Mt 5,27-28). No cometerás actos impuros. No robarás. No robarás (Mt 19,18). No
robarás. No darás testimonio falso contra tu Prójimo. Se dijo a los
antepasados: No perjurarás, sino que cumplirás al Señor tus juramentos
(Mt 5,33). No dirás falso testimonioni mentirás. No desearás la mujer de
tu prójimo. El que mira a una mujer deseándola, ya cometió
adulterio con ella en su corazón (Mt 5,28). No consentirás pensamientosni
deseos impuros. No codiciarás... nada que sea de tu Prójimo. Donde está
tu tesoro allí estará tu corazón (Mt 6,21). No codiciarás los
bienes ajenos.
Como vemos, los preceptos contenidos en la ley natural,
que todo hombre puede descubrir con su inteligencia, han sido
también revelados por Dios en el Antiguo Testamento y en
el Nuevo. Y, como explicaremos a continuación, la ley natural
proviene de Dios y es en tal sentido “divina”, por
eso hablaremos indistintamente de los mandamientos divinos refiriéndonos a ambas
cosas.
1. ¿Qué es eso de una ley natural?
En su discurso
a la Congregación para la Doctrina de la Fe, el
6 de febrero de 2004, el Papa Juan Pablo II
señaló de modo muy claro lo siguiente: “Otro argumento importante
y urgente que quisiera someter a vuestra atención es el
de la ley moral natural. Esta ley pertenece al gran
patrimonio de la sabiduría humana, que la Revelación, con su
luz, ha contribuido a purificar y desarrollar ulteriormente. La ley
natural, accesible de por sí a toda criatura racional, indica
las normas primeras y esenciales que regulan la vida moral.
Basándose en esta ley, se puede construir una plataforma de
valores compartidos, sobre los que se puede desarrollar un diálogo
constructivo con todos los hombres y mujeres de buena voluntad
y, más en general, con la sociedad secular. Como consecuencia
de la crisis de la metafísica, en muchos ambientes ya
no se reconoce el que haya una verdad grabada en
el corazón de todo ser humano. Asistimos por una parte
a la difusión entre los creyentes de una moral de
carácter fideísta, y por otra parte, falta una referencia objetiva
para las legislaciones que a menudo se basan solamente en
el consenso social, haciendo cada vez más difícil el que
se pueda llegar a un fundamento ético común a toda
la humanidad” .
a) Existe una ley llamada “natural”
La existencia de
una ley natural es postulada por la misma razón. Si
aceptamos la existencia de Dios y la creación de todo
cuanto existe por parte de Dios, debemos aceptar la existencia
de un plan eterno de Dios sobre la creación; como
consecuencia se sigue la existencia de cierta correlación en las
creaturas mismas, pues toda regla y medida se encuentra de
un modo en el que regula y de otro en
el que es regulado. Esto se ve reforzado por la
convicción universal (incluidos los pueblos paganos) de un deber moral
y de la posibilidad del conocimiento y discernimiento del bien
y del mal; también lo vemos considerando el absurdo a
que llevaría la negación de una ley de la naturaleza:
todas las opiniones morales sería admisibles, por tanto, los vicios
podrían ser virtudes y las virtudes vicios, según las diversas
concepciones arbitrarias de los hombres. Para un creyente, a estos
argumentos se suma el testimonio de la Revelación. Por eso se
dice que la ley natural es la misma ley eterna
participada en los seres dotados de razón , o, como
suele definírsela: una participación de la ley eterna en la
creatura racional . Con gran acierto se ha hablado de
una “teonomía participada”, decir, el ordenamiento divino de la creatura
racional hacia su fin último, grabado en la naturaleza humana
y percibido por la luz de la razón . Esta ley
está presente en todos los seres. Sin embargo, en el
hombre tiene algo particular. Las creaturas irracionales se manejan por
instintos ciegos; buscan los bienes que los perfeccionan, pero sin
entender que son bienes ni que los están buscando; simplemente
buscan. No tienen conciencia de buscar; son arrastrados. Se defienden
cuando los atacan porque aman instintivamente su vida y no
la quieren perder; pero no entienden lo que es la
vida. Se aparean y procrean y luego alimentan y defienden
a sus crías porque aman ciegamente el bien de la
especie, aunque no entiendan lo que es el amor sensible
que sienten ni lo que es la especie (por eso,
cuando sus cachorros ya no los necesitan más, se olvidan
de ellos). Viven en manada porque se deleitan en convivir
con los de su propia especie, pero no entienden lo
que eso significa. Gozan de estar juntos, pero no hacen
amistad. Los instintos son los hilos invisibles que los hacen
moverse en el escenario del mundo como las marionetas de
un infantil teatro de juguete. Hay con el hombre una distancia
abismal. También él lleva grabado en su ser el Plan
de Dios. Pero los suyos no son instintos ciegos. Recibe
también de Dios la luz de la razón que le
permite descubrir y leer ese Plan, y la libertad para
ejecutarlo. En esto consiste su prerrogativa. Dios lo manda al
gran teatro del mundo con un libreto lleno de sabiduría
y con ojos espirituales para leer y comprender, para amar
ese plan y para ejecutarlo. Esa es la ley natural:
“En lo profundo de su conciencia –afirma el Concilio Vaticano
II–, el hombre descubre una ley que él no se
da a sí mismo, sino a la que debe obedecer
y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos
de su corazón, llamándolo siempre a amar y a hacer
el bien y a evitar el mal: haz esto, evita
aquello. Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios
en su corazón, en cuya obediencia está la dignidad humana
y según la cual será juzgado (cf. Rom 2, 14-16)”
. Este “código está inscrito en la conciencia moral
de la humanidad, de tal manera que quienes no conocen
los mandamientos, esto es, la ley revelada por Dios, son
para sí mismos Ley (Rom 2,14) Así lo escribe San
Pablo en la carta a los Romanos; y añade a
continuación: Con esto muestran que los preceptos de la Ley
están inscritos en sus corazones, siendo testigo su conciencia (Rom
2,15)” .
Se trata, por tanto, de una ley divina, porque
ha sido querida y promulgada directamente por Dios; se llama
natural no en contraposición a la ley sobrenatural, sino por
oposición a la ley positiva (divina o humana). Su nombre
propio es “ley divina natural”.
¿Por qué se la llama natural?
Ante todo, porque no impone sino cosas que están al
alcance de la naturaleza humana razonable, mandadas porque son buenas
en sí mismas (la veracidad, el amor de Dios), o
prohibidas porque son malas en sí mismas (como la blasfemia,
la mentira). Además, porque es conocida por la luz interior
de nuestra razón, independientemente de toda ciencia adquirida, de toda
ley positiva e incluso de toda revelación (aunque Dios, en
su misericordia también nos la revele). Tal luz nos permite
distinguir entre el bien y el mal por comparación de
nuestras inclinaciones hacia sus fines propios. Es por eso que,
a través de ella puede establecerse el fundamento para determinar
la moralidad objetiva universal de las acciones humanas. Que tenemos esta
ley grabada en el corazón significa que nuestra razón es
capaz de leer en su propia naturaleza el fin para
el que existe (fin que es su verdadera perfección y
felicidad) y puede descubrir que, en relación con este fin,
todos los demás seres no son sino medios por los
que se llega al fin. En el momento en que
cada ser humano, llegando al uso de su razón, reconoce
que tiene un fin último y una causa eficiente de
la que siempre depende, se da como la promulgación individual
o subjetiva que aplica a cada uno dicha ley .
b)
¿Cuál es el contenido de esa ley (es decir, qué
es lo que manda)?
Analizando nuestra naturaleza y las
inclinaciones naturales o espontáneas que descubrimos en nuestro interior, podemos
llegar a formular las cosas que la ley natural nos
manda o nos prohíbe. Se trata más bien de una
especie de “lectura” que hacemos en nuestra naturaleza.
Ante todo, descubrimos
un mandamiento fundamental. La primera cosa que captamos en el
orden práctico es la noción de “bien”: el bien se
presenta como aquello que todos los seres apetecen. De aquí
nuestra razón capta un primer precepto: se debe obrar el
bien y hay que evitar el mal. A veces
reviste otras formulaciones (por ejemplo, “observa el orden del ser”,
“cumple siempre tu deber”, etc.), pero éstas no son más
que formulaciones derivadas o equivalentes de aquel primer principio, sobre
el cual se fundan todos los demás. No debemos reducir
esta percepción de que hay que hacer el bien y
hay que evitar el mal en el sentido que le
daba Kant (para él esto tiene sólo el sentido de
una simple obligación de la que no podemos escaparnos); en
realidad es infinitamente más rico que esto; lo que nuestra
inteligencia capta al percibir el bien es la atracción que
éste ejerce sobre todo ser; entendamos, pues, esto en el
sentido de que el bien es lo que realmente nos
atrae –con fuerza irresistible, como el amor– y el mal
nos causa auténtica y raigal repulsa.
Las conclusiones inmediatas. Al decir
que nuestra naturaleza se inclina hacia bien y huye del
mal, estamos todavía diciendo cosas muy generales; ¿cuál bien, qué
mal? Nuestra razón, analizando las inclinaciones propias de nuestra naturaleza
podrá a continuación concretar cuál es ese bien (o esos
bienes) que nos atraen con su fuerza irresistible (porque en
ellos está nuestra perfección) y de aquí podrá expresar en
forma de preceptos o mandamientos, los primeros preceptos de la
ley natural, llamados también conclusiones inmediatas por ser las conclusiones
a las que llega a partir del primer precepto. Ya
Santo Tomás descubría en nuestra naturaleza tres tendencias fundamentales del
hombre: la que nos corresponde como sustancias (género remoto del
ser humano), la que nos corresponde como animales (género próximo)
y la que nos corresponde como seres racionales (que es
nuestra diferencia específica con el resto del género animal); y
esta última, a su vez revela dos facetas complementarias, pues
vemos que hay bienes que nos perfeccionarán en el espíritu,
mientras que otros nos perfeccionan socialmente . Veamos cada una
de ellas:
La primera inclinación es la inclinación a conservarnos en
el ser (el ser, el existir, es el primer bien
que nos perfecciona y por eso lo apetecemos). Esta inclinación
la tenemos en común con todos los seres y produce
en nosotros el deseo de vivir. Esta inclinación natural funda,
por ejemplo, el derecho de legítima defensa y, correlativamente la
prohibición del asesinato del inocente (el ser es mi perfección,
por tanto tengo derecho a que no me lo quiten
injustamente; y estoy obligado a hacer yo lo mismo con
mis semejantes). Esta inclinación es también la fuente del amor
espontáneo y natural de sí mismo; forma en nosotros el
amor hacia los bienes naturales, como la vida y la
salud; nos inclina a buscar todo lo que es útil
para nuestra subsistencia: el alimento, el vestido, la habitación; nos
inclina a la acción y también al necesario reposo. Esta
inclinación se desarrolla y fortifica por medio de algunas virtudes
naturales, de modo particular la esperanza y la fortaleza. La segunda
inclinación es la inclinación sexual y familiar. Se trata de
la inclinación propia de nuestra dimensión animal, y por esta
inclinación tendemos a perpetuar nuestra especie. No se trata de
una simple inclinación al sexo sino más exactamente es una
tendencia al amor entre el hombre y la mujer y
a la afección entre los padres y los hijos. Funda
el derecho al matrimonio así como el deber de asumir
responsablemente las obligaciones conexas y complementarias: el don de la
transmisión de la vida, el mutuo sostén, la educación de
los hijos que son fruto de esta inclinación, el deber
de respetar el matrimonio ajeno. Del análisis de esta inclinación
pueden colegirse las falsas formas de sexualidad: la homosexualidad, el
autoerotismo (masturbación), la heterosexualidad deliberadamente infecunda (anticoncepción), la heterosexualidad inestable
(concubinato y fornicación, incluidas las relaciones prematrimoniales). Esta inclinación es
perfeccionada naturalmente por la virtud de la castidad que asegura
el señorío sobre la propia sexualidad en vista del crecimiento
natural, espiritual y familiar. La tercera inclinación es la inclinación al
conocimiento de la verdad. Nace de nuestra naturaleza espiritual, y
se traduce en una espontáneo instinto de búsqueda de la
verdad. Es tan natural al hombre que es como constitutiva
de su inteligencia; por eso nadie le enseña a un
niño a preguntar el porqué de las cosas, y sin
embargo, todos los niños, ni bien empiezan a usar su
inteligencia quieren conocer todo y quieren que se les explique
todo; a veces los vemos como máquinas de preguntar; más
exactamente son devoradores de la verdad. El amor de la
verdad es el deseo más propiamente humano y está en
el origen de toda ciencia. Esta inclinación funda el derecho
natural de cada hombre a recibir lo que le es
necesario para desarrollar su inteligencia, es decir, el derecho a
la instrucción. Pero, por otro lado, también impone el deber
fundamental de buscar la verdad y de cultivar la inteligencia,
especialmente en el dominio de la moral y de la
verdad fundamental que es la verdad sobre Dios . Esta misma
tercera inclinación espiritual tiene otra meta, que es la inclinación
a vivir en sociedad. Ya Aristóteles calificaba al hombre como
animal social y político. Esta inclinación se basa tanto en
motivos de orden material (la imposibilidad del individuo para subsistir
por sí solo) cuanto en razones espirituales (la inclinación y
necesidad de la amistad, del afecto y del amor humano).
Esta inclinación fundamenta todos los derechos sociales y pone límites
a una libertad concebida arbitrariamente; así por ejemplo, de esta
inclinación puede establecerse la antinaturalidad de la mentira, del robo,
de la injusta distribución de los bienes naturales, etc. La
virtud de la justicia perfecciona y salvaguarda correctamente esta natural
inclinación del hombre.
Los preceptos segundos de la ley natural. Junto
al precepto fundamental de la ley natural y a los
primeros preceptos de la ley natural, nuestra razón, trabajando ya
de modo más fino, descubre otros fines que nos perfeccionan
pero que no tienen ya la evidencia inmediata de los
anteriores, sino que son fruto de un razonamiento generalmente científico
. Estos constituyen lo que algunos llaman con diversos nombres:
derecho natural aplicado, o especial, o segundo, o derivado. Por
ejemplo, pertenece a este nivel de principios la ilicitud de
la venganza privada, la indisolubilidad del matrimonio , etc.
c) ¿Cómo
es esa ley natural?
Esta ley natural tiene varias características,
las más importantes de las cuales son tres: es universal,
inmutable e indispensable.
Universalidad. La ley natural es válida para todos
los hombres . Niegan esta verdad todos los que defienden
algún modo de relativismo cultural o geográfico (o sea, los
que sostienen que los principios morales o éticos dependen exclusivamente
de cada cultura o cada región; así los que dicen
que no tiene el mismo valor moral en homicidio o
el adulterio en nuestra cultura occidental que entre los hotentotes).
En el fondo estos relativismos confunden el valor objetivo de
la ley natural con su posible desconocimiento por parte de
algunos hombres. La ley natural es válida para todo ser
humano porque se deduce, como ya hemos indicado, a partir
de las inclinaciones naturales del hombre. Habiendo unidad esencial en
el género humano, los preceptos han de ser necesariamente universales.
El hombre, con las estructuras fundamentales de su naturaleza, es
la medida, condición y base de toda cultura . Sin
embargo, otra cosa es que todos los hombres conozcan todos
estos preceptos. En este sentido los filósofos y teólogos distinguen
entre los distintos niveles de la ley diciendo que: sobre
el precepto universalísimo no cabe ignorancia alguna por su intrínseca
evidencia; sobre los primeros preceptos cabe la posibilidad de ignorar
algunos, aunque no durante mucho tiempo; esto se agrava en
la situación real del hombre caído (pero dicen que es
imposible ignorarlos todos en conjunto); finalmente, sobre las conclusiones remotas
caben mayores probabilidades de ignorancia inculpable, de oscurecimiento de la
razón debido al pecado y de error en el procedimiento
del razonamiento práctico. Digamos de paso que esto postula la
necesidad moral de la gracia y la revelación para que
las verdades religiosas y morales sean conocidas de todos y
sin dificultad, con una firme certeza y sin mezcla de
error .
Inmutabilidad. La ley natural es también inmutable, es decir,
que permanece a través de las variaciones de la historia;
subsiste bajo el flujo de ideas y costumbres y sostiene
su progreso . Se opone a esta verdad el relativismo
histórico o evolucionismo ético que sostiene que la moralidad está
sujeta a un cambio constante (o sea, que una cosa
es la moral en nuestro tiempo y otra la moral
de los tiempos de Cristo; y otra será la moral
del próximo siglo). Nuevamente estamos ante una confusión de planos.
Podemos distinguir una inmutabilidad objetiva y una inmutabilidad subjetiva. Objetivamente
hablando la ley natural admite un cierto cambio cuantitativo en
el sentido de que puede lograrse con el tiempo una
mayor declaración de los preceptos contenidos en ella; pero esto
no significa que verdadera cambie sino que los mandatos se
van explicitando, concretando y conociendo más. Desde el punto de
vista de los sujetos la ley natural es inmutable en
cuanto no puede borrarse del corazón del hombre, del mismo
modo que no puede éste perder su naturaleza.
Indispensabilidad. La ley
natural no admite excepciones. Santo Tomás aceptaba sólo la posibilidad
de la dispensa realizada por el mismo Dios, en cuanto
autor de la naturaleza, de algún precepto del derecho natural
secundario cuando lo exige un bien mayor, ya que éste
salvaguarda sólo los fines secundarios de la naturaleza. Tal es
el caso, por ejemplo, de la permisión en el Antiguo
Testamento de la poligamia y del divorcio . Pero nunca
hay excepción ni dispensa de ningún precepto primario ; por
eso, las aparentes excepciones que admite la moral en los
casos de hurto y homicidio no son verdaderas excepciones de
la ley natural, sino auténticas interpretaciones que responden a la
verdadera idea de la ley .
2. Nuestra idea equivocada de
los mandamientos
Dichosos los que guardan sus leyes... ¡Ojalá mis caminos se
aseguren para observar tus preceptos! ...Enséñame tus mandamientos...
Éstas son palabras de la
Biblia, tomadas del Salmo 119, titulado “Elogio de la Ley
divina”. No dejará de sorprender la lectura atenta de este
Salmo a quien tenga de la ley una idea más
bien gris. De hecho, ¿cuál es el concepto vulgar que
tenemos de los mandamientos divinos? Podemos decir que la mayoría
de los cristianos tienen de ellos el concepto de un
“alambrado”. Es decir, pensamos que los mandamientos nos pondrían el
“límite” de nuestro obrar; indicarían algo así como el mínimo
tolerable: quien los traspasa “peca”. Son pues como un alambrado:
“más allá no se puede ir”. Incluso muchas personas buenas piensan
así; o así trabaja su subconsciente. Basta prestar atención a muchas
preguntas que corrientemente debe escuchar el sacerdote. Los hombres de
negocios preguntan: ¿cuál es el mínimo que uno tiene que
declarar al pagar sus impuestos? Otros preguntan: ¿hasta qué hora
se puede llegar tarde a Misa sin perder el precepto?
¿Vale si llegamos después de la predicación? ¿Y si llegamos
después del Credo? A algunos novios se les escucha: ¿qué
es lícito hacer a los novios durante el noviazgo? ¿cuáles
tratos son pecado? ¿hasta dónde se puede llegar sin pecar?...
¡Y podríamos hacer una lista interminable! En el fondo, ¿qué pedimos?
¡Que nos indiquen el mínimo de la moral! O sea,
regateamos con Dios; le pedimos un “descuento” en los mandamientos. Quienes
piensan así, también suelen decir con el mayor desparpajo: “Yo
no soy una persona mala. No digo que cumplo todos
los mandamientos; pero cumplo la mayoría...”.
¿Qué idea se nos ha
formado de la ley natural y de los mandamientos de
Dios? Es como un alambrado de ocho hilos de púa
que nos prohíbe pasarnos al campo del vecino... ¡el cual,
por otra parte, siempre parece más verde que el nuestro!
Pero ¿qué es lo que sucede cuando la vemos de
esta manera? Lo mismo que les sucede a las vacas
que están encerradas en un campo de pastos mustios, separadas
por un alambrado de otro campo de atrayente verdura y
olorosa fragancia: se pasan el día pegaditas al alambre, mordisqueando
las matitas de alfalfa que se cuelan entre los hilos
y mirando con lánguida ilusión la pradera vecina. Algo semejante ocurre
con los cristianos que ven así los mandamientos: se pasan
la vida coqueteando con el pecado y envidiando a los
que sin escrúpulos viven libertinamente. A estos Pemán les recuerda: ¡Qué
mal equilibrio es este andar pies tras pies por la orilla de
un volcán!
Este modo de entender la ley y los mandamientos
es ajeno a nuestra fe; o mejor dicho, es opuesto.
Empezó con la idea que difundió un mal fraile llamado
Guillermo de Ockam, quien pensaba que Dios nos manda cosas
con cierta arbitrariedad. Ockam reconocía que para salvarnos tenemos que
cumplir lo que Dios nos manda; pero también decía que
Dios podría perfectamente cambiar de opinión y mandarnos lo contrario
de lo que nos manda ahora, y hacer que lo
que ahora es vicio pase a ser virtud, y lo
que ahora es virtud se califique como vicioso. Llegó a
decir que si Dios en lugar de mandar que lo
amemos sobre todas las cosas preceptuase que le tengamos odio,
¡el odio a Dios sería virtuoso y obligatorio! . Ockam
fundó el voluntarismo puro que afirma que es la voluntad
la que determina el bien y el mal, independientemente de
la inteligencia. Hace ya varios siglos que venimos pagando el
pato de su equívoco: todos los que creen que una
mala acción (como la anticoncepción, la esterilización o el aborto)
es lícita porque la ley lo permite, son hijos legítimos
de Ockam, como son retoños suyos los que en la
Cumbre de la Tierra, celebrada en Río de Janeiro en
1997, dijeron: “Hay que elaborar una nueva ética para un
mundo nuevo, un nuevo código universal de conducta: reemplazar los
diez mandamientos por los dieciocho principios de esta carta”. Y
los dieciocho principios de esa carta no hacían otra cosa
que afirmar la licitud de la anticoncepción y el aborto,
el derecho a la esterilización, el derecho de los homosexuales
y lesbianas a casarse y adoptar niños, el derecho a
repartir anticonceptivos a los menores de edad, etc. .
Las cosas
son muy distintas, y debemos tenerlo muy claro en nuestra
cabeza (y ésta hay que conservarla fría). Los mandamientos divinos,
así como la ley natural en la que están contenidos,
no sólo emanan de la Voluntad divina, sino fundamentalmente de
su Inteligencia. Como enseña la Escritura, la Tradición, el Magisterio,
la Teología y el sentido común que Ockam se olvidó
de consultar: la ley divina es el plan de la
Sabiduría de Dios. Por eso el Salmo 107, mencionando la
actitud de los pecadores dice: Se rebelaron contra los mandamientos,
despreciando el Plan del Altísimo (Sal 107,6). Éste es el
Plan según el cual ha creado todo el universo y
lo dirige y cuida. Plan según el cual ha hecho
todas las cosas de una manera determinada. Como dice la
Escritura: Tú todo lo dispusiste con medida, número y peso
(Sb 11,20). Cada naturaleza determinada sólo puede ser perfeccionada por bienes
determinados, como en cada cerradura sólo entra una llave; si
meto la llave equivocada rompo la cerradura. Por esta razón
en cada ser del universo, incluido el hombre, encontramos inclinaciones
naturales hacia los bienes que las perfeccionan. Buscar esos bienes,
por tanto, no es sólo una obligación, es un “deseo”,
una “tendencia” de la naturaleza y una “vocación”. Porque el
bien atrae aquello para lo cual es bien.
Ya dijimos que
esa ley se condensa en lo expresado por los Diez
Mandamientos; por tanto, los mandamientos no hacen sino indicarnos los
“bienes” que nos perfeccionan y nos ayudan a precavernos de
los males que nos degradan y rebajan arruinando nuestra naturaleza.
También dijimos que esos mandamientos están grabados en nuestra naturaleza
y también han sido revelados; ¿por qué? Porque con el
pecado, el hombre perdió su norte moral y religioso y
trajo sobre su conciencia el embotamiento. Se quedó con el
libreto, pero se tornó miope para leerlo; parece un corto
de vista intentando leer a media luz. Por este motivo,
cuando Moisés bajó del Monte Sinaí donde Dios le reveló
su ley, traía en realidad la misericordia de Dios esculpida
en dos tablas de piedra. Dios repitió para el hombre
sordo y ciego los mandamientos divinos. A su vez, Jesucristo,
al fundar la Nueva Ley, interiorizó y elevó por la
gracia esa misma ley repitiendo varias veces la necesidad de
observar los mandamientos de Dios. En el Sermón de la
Montaña, Jesús reveló o develó el sentido originario de los
Diez Mandamientos, mostrando todas sus exigencias y dándoles pleno cumplimiento.
De este modo, Jesucristo develó el designio primordial de Dios
sobre el hombre. Se cumple así lo que dice el
Salmo: Todos tus mandamientos son verdad (Sal 119,86). La verdad
sobre el hombre.
La Ley divina es, pues, un faro, una
luz espléndida que va iluminando nuestro camino.
¿Cómo el joven guardará
puro su camino? Observando tu palabra (Sal 119,9).
Guardar “puro” el camino
es guardarlo seguro... ¿Qué mejor educación puede haber que hacer
“entender” la sabiduría escondida en los mandamientos de Dios? No
basta con saberlos: hay que entenderlos.
En tus ordenanzas quiero meditar y
mirar tus caminos (Sal 119,15). Abre mis ojos para que contemple...
(119,18). Tus mandamientos no me ocultes (119,19). Hazme entender, para guardar tu
Ley y observarla de todo corazón (119,34).
¿Qué significa “conocer” los mandamientos?
Tres cosas: primero, saberlos; segundo, conocerlos interiormente; tercero, entender su
íntima e indisoluble conexión.
Lo primero es lo más fácil. La
mayoría de los cristianos han aprendido en su catecismo, o
en su familia, cuáles son los diez mandamientos de la
ley de Dios (aunque no todos, para vergüenza de los
cristianos y de los sacerdotes que los deben enseñar). Pero
para conocerlos bien hay que meditarlos en el corazón: Con mis
labios he contado todos las sentencias de tu boca. En el camino
de tus dictámenes me regocijo más que en toda riqueza. En tus
ordenanzas quiero meditar y mirar a tus caminos. En tus preceptos tengo
mis delicias, no olvido tu palabra (Sal 119,13-16). ¡Oh, cuánto amo tu
ley! Todo el día la estoy meditando (Sal 119,97).
Lo segundo significa
comprender el valor de cada mandamiento, es decir, todo su
contenido. Hay que reconocer que no todos saben todo lo
que cada mandamiento implica. Por ejemplo, no todos saben que
cada mandamiento incluye un aspecto positivo (un bien que hay
que procurar o defender) y un aspecto negativo (prohíben los
actos que ponen en peligro esos bienes). Los mandamientos tutelan,
es decir, protegen, defienden y promueven los bienes fundamentales de
la persona. Los bienes sin los cuales, una persona no
puede ni madurar, ni perfeccionarse, ni ser feliz. Así, por
ejemplo:
El primer mandamiento (Amarás al Señor sobre todas las cosas)
abarca todas nuestras relaciones teologales con Dios, ordena nuestros actos
de fe, esperanza y caridad; y también nos ejercita en
la virtud de la religión con los actos de adoración,
oración, sacrificios, etc. Nos preserva de todas las perversiones religiosas
que amenazan al hombre: la superstición, la idolatría, la irreligión,
el ateísmo, el agnosticismo. El segundo mandamiento (No tomar el Nombre
de Dios en vano) engendra en nosotros el respeto por
Dios y por todo lo sagrado, nos da un auténtico
sentido de la religión, y suscita la alabanza de Dios
en nuestros labios. El tercer mandamiento (Santificar las fiestas) nos hace
aprender a dedicar nuestra vida a Dios, y también nos
enseña a saber descansar y cultivar la vida familiar, cultural,
social y religiosa. El cuarto mandamiento (Honrar a los padres) nos
conquista las virtudes familiares y sociales: el respeto entre padres,
hijos y hermanos, hace de toda familia una “iglesia doméstica”,
y humaniza y cristianiza toda la sociedad. El quinto mandamiento (No
matarás) nos enseña a respetar y valorar el don de
la vida y la dignidad de toda persona humana, garantiza
la paz en la sociedad y en el mundo. El sexto
mandamiento (No cometer actos impuros) educa en la virtud de
la castidad y en el dominio de las emociones, y
por tanto, garantiza la verdadera libertad humana liberándonos de la
esclavitud de las pasiones desordenadas. Hace brillar la castidad en
todos sus regímenes: en la virginidad consagrada, en el noviazgo,
en el matrimonio. Garantiza la fidelidad entre los esposos. El séptimo
mandamiento (No robarás) ordena nuestras relaciones con los bienes materiales.
Nos ayuda a ser respetuosos de los bienes, a despegarnos
de ellos, a ser generosos con lo que tenemos, a
ser justos en nuestra vida laboral y económica, nos enseña
a amar y ayudar a los más pobres. El octavo mandamiento
(No dar falso testimonio ni mentir) nos hace amar la
verdad y vivir en la verdad. Garantiza la honradez y
la franqueza entre los hombres. Es prenda de verdadera amistad. El
noveno mandamiento (No desear la mujer ajena) lleva la castidad
y la pureza al campo de los pensamientos y deseos,
nos hace puros de corazón y verdaderamente libres. El décimo
mandamiento (No codiciar los bienes del prójimo) ordena nuestro corazón
hacia los bienes terrenos y nos libra de la tiranía
de la codicia y de la avaricia y nos quita
la tristeza que todo apego produce.
Se comprende así que el
libro de los Hechos de los Apóstoles, llame a los
mandamientos Palabras de vida (Hch 7,38). Educar según los mandamientos significa,
según mi punto de vista, hacer entender cuáles son los
bienes a los que nos conducen los mandamientos, hacerlos valorar
como bienes, es decir, presentarlos como “amables”, y hacer comprender
por qué es necesario amarlos y practicarlos. También significa hacer
entender que no sólo “hay que hacerlos porque Dios los
manda”, sino que “Dios los manda porque en ellos está
nuestro bien y nuestra felicidad”. Antes que mostrar su Autoridad,
Dios muestra su infinita Bondad al iluminar de esta manera
nuestro camino hacia la felicidad. Debemos convencernos que jamás seremos felices
si no vivimos estos bienes en nuestra vida. No solamente
porque si no cumplimos los mandamientos no podremos salvarnos, sino
también porque seremos unos infelices incluso en esta vida terrena;
es decir, no pasaremos de ser mediocres.
Los mandamientos, pues, no
son un alambrado que nos limita y castiga, prohibiéndonos cruzar
al campo feliz. Por el contrario, son un Faro Sobrenatural
que nos conduce por el camino seguro en medio de
las tormentas de la vida. Son guías luminosas en nuestro
itinerario de perfección. Recordemos lo que dice el Salmo: La ley
de Yahveh es perfecta, consuelo del alma, el dictamen de Yahveh, veraz, sabiduría
del sencillo. Los preceptos de Yahveh son rectos, gozo del corazón; el mandamiento
de Yahveh es claro, luz de los ojos... Los juicios de Yahveh
son verdad justos todos ellos, apetecibles más que el oro, más que el
oro más fino; sus palabras más dulces que la miel, más que
el jugo de panales (Sal 19,8-9. 10b-11).
Tu palabra es una
antorcha para mis pies, una luz en mi sendero (Sal 119,105).
3.
Los mandamientos y nuestra madurez
Si alguna vez escuchas que una
persona madura no se deja manejar por nada ni por
nadie y que, por eso, es inmadurez “atarse” a cualquier
ley o a cualquier mandamiento, ¡no te tragues esa píldora!
Me animo a decirte que la realidad es tan distinta
de este slogan que llega a ser precisamente lo contrario.
Porque, si has entendido lo que hemos dicho hasta aquí,
comprenderás que todo proceso de auténtica maduración pasa por hacer
carne lo que los mandamientos preceptúan. La inmadurez afectiva, psicológica
y espiritual, siempre hunde sus raíces en la incomprensión de
uno o más de uno de los mandamientos y, por
tanto, en la ausencia de los bienes que ellos nos
exigen mantener firmes en nuestra vida. Preguntemos, si no, a
cualquier psiquiatra o psicólogo, cuáles son los tipos de inmadurez
y nos responderá que corresponden a las personas que son
incapaces de llevar adelante una vida familiar, o son incapaces
de vivir la castidad propia de su estado, o aquellos
que son inestables en sus compromisos, los que mezclan siempre
la verdad con la mentira, los que son dependientes de
cosas superfluas, los que no encuentran sentido a la vida,
los que son incapaces de perdonar los ultrajes, los resentidos,
los irremediablemente superfluos, etc. A todos estos le falta algún
bien que podrían alcanzar si respetasen los mandamientos divinos. ¡Qué buen
programa de educación para los padres, maestros, catequistas y sacerdotes,
es el ayudar a comprender la Sabiduría de los mandamientos
de Dios! No me refiero sólo a que deberían enseñar cuáles
son los mandamientos, sino a que deberían enseñar a vivirlos.
A veces me preguntan: ¿qué cosas debemos tener en cuenta
para formar a nuestros hijos, o a nuestros alumnos, o
a nuestros dirigidos en el camino de la madurez o
de la perfección? Pues hay que empezar por mirar a
qué apuntan los mandamientos de Dios. Por ahí empezó Jesucristo.
Al joven rico que se le acercó preguntándole: «Maestro, ¿qué
he de hacer de bueno para conseguir vida eterna?».... Si
quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos». «¿Cuáles?» –le
dice él. Y Jesús dijo: «No matarás, no cometerás adulterio,
no robarás, no levantarás falso testimonio, honra a tu padre
y a tu madre, y amarás a tu prójimo como
a ti mismo (Mt 19,16-19). Los mandamientos, al inclinarnos sobre
los bienes fundamentales se convierten en condiciones para adquirir las
virtudes. Y sólo el hombre virtuoso es hombre en sentido
auténtico, pleno y maduro.
Sin embargo, debo insistir en un tercer
elemento. Se trata del hecho, muchas veces insuficientemente comprendido, de
que los mandamientos deben ser observados en todo su conjunto.
Es decir, o se observan ¡todos! o el edificio se
desmorona. Ningún vendedor de propiedades nos ofrecería una casa diciendo:
“Yo le recomiendo esta casa: es muy amplia, tiene dos
pisos, terraza, vista al mar, gas natural y teléfono; es
verdad que tiene una grieta que ya partió los cimientos
y alguna de las vigas... pero no deja de ser
muy cómoda”. ¡Todo derrumbe comienza por una grieta! ¿Qué pensar entonces
cuando alguien nos dice que él es bueno porque no
roba ni mata? A uno le dan ganas de decirle:
¡Seguí, te faltan sólo ocho cosas más! El Papa Juan Pablo
II lo ha dicho claramente haciendo referencia a los actuales
crímenes contra la vida: “El conjunto de la Ley es,
pues, lo que salvaguarda plenamente la vida del hombre. Esto
explica lo difícil que es mantenerse fiel al no matarás
cuando no se observan las otras palabras de vida (Hch
7,38), relacionadas con este mandamiento. Fuera de este horizonte, el
mandamiento acaba por convertirse en una simple obligación extrínseca, de
la que muy pronto se querrán ver límites y se
buscarán atenuaciones o excepciones” . Muchos que terminaron en auténticos desastres
morales empezaron claudicando por algún mandamiento particular. Un pecado llama
a otro pecado. Si no cumplimos todos los mandamientos, no debemos
engañarnos creyendo que cumplimos la ley de Dios. Por eso
hay que insistir con todas las fuerzas: los padres y
educadores no pueden contentarse con que los niños y jóvenes
eviten lo peor –que no se droguen o no cometan
delitos– sino que deben educarlos en todos los valores de
la persona. ¡Cuántos padres ven que sus hijos se inician
en el alcoholismo o en la droga después de haberles
hecho tantas recomendaciones de que no lo hicieran! Sí, hicieron
muchas recomendaciones, pero sólo en un sentido: el de la
droga o del alcohol. Pero descuidaron educarlos en la castidad,
en el pudor, en el dominio de sí, en la
prudencia sobrenatural, en la modestia, en evitar la frivolidad, en
la oración. ¡No se puede hacer un gran hombre ni
una gran mujer sólo con un par de virtudes!
En el
fondo debemos entender y hacer entender que hay una gigantesca
verdad escondida en aquellas palabras de Cristo: El que tiene
mis mandamientos y los guarda, ése es el que me
ama... Si alguno me ama, guardará mi Palabra... El que
no me ama no guarda mis palabras (Jn 14-21-24). Digo
“verdad escondida” porque muchos entienden esta frase de un modo
que está bien, pero es incompleto. Piensan que Jesús está
diciendo que el que quiere amarlo a Él acepta la
condición de cumplir sus palabras o mandamientos. Pero Jesucristo también
está diciendo que el mismo amor hacia Él los empujará
a amar lo que contienen sus palabras o mandamientos. Para
el que ama verdaderamente los mandamientos no son condiciones, u
obligatorios, sino “atrayentes”; los mandamientos se les manifiestan como viae
amoris, senderos del amor.
Para el que ama a Dios con
corazón puro, la castidad, el respeto, la veracidad, y los
demás bienes contenidos en los mandamientos, lo atraen, lo encandilan,
lo enamoran. Para el duro de alma, en cambio, cumplir
todos estos bienes son sólo una dura carga que debe
transportar si no quiere condenarse. Esta segunda visión de
los mandamientos es la que tenían muchos hombres antes de
la encarnación del Verbo. La primera es la que tienen
los que pertenecen en espíritu al Nuevo Testamento, porque la
gracia infundida en los corazones nos inclina por amor a
lo mismo que mandan los mandamientos. Por eso dice Jesús:
Mi yugo es suave y mi carga ligera (Mt 11,30). Para
el corazón duro y principiante, los mandamientos son como un
turno con el dentista: vamos porque de lo contrario se
nos caen los dientes, pero ¡con qué gusto huiríamos! Para
el corazón amante lo que prescriben los mandamientos les suena
igual que a un niño a quien le imponen la
obligación de comer helado todos los días. ¡No creo que
debamos repetírselo dos veces!
Muchas veces, los educadores (pienso en padres,
maestros, profesores y catequistas) caen en este error. Enseñarle a
los niños y a los jóvenes que hay que respetar
al prójimo, que no hay que robar ni mentir, que
hay que evitar las malas conversaciones y los actos impuros,
que hay que ir a Misa todos los domingos, y
no calumniar, etc., insistiendo sólo en la obligación, el deber,
el castigo que merecen los que no cumplen esto, etc.,
es apuntar la educación hacia un rumbo equivocado. ¡Ojo, no quiero
decir que esto no sea también necesario! Hay que ser
realistas. Santo Tomás, comentando al viejo filósofo Aristóteles, decía: “las
palabras persuasivas pueden incitar y mover al bien a muchos
jóvenes generosos, que no se hallan sujetos a vicios y
pasiones y que poseen nobles costumbres, en cuanto tienen aptitud
para las acciones virtuosas” , pero “hay muchos hombres que
no pueden ser incitados a ser buenos por las palabras,
pues no obedecen a la vergüenza que teme la deshonestidad
sino que más bien son refrenados por el temor de
los castigos. En efecto, no se apartan de las malas
acciones por la torpeza de las mismas sino porque temen
a los castigos o penas, porque viven según las pasiones
y no según la razón... y huyen de los dolores
contrarios a los deleites buscados, los cuales dolores les son
inferidos por los castigos. Pero no entienden lo que es
verdaderamente bueno y deleitable, y tampoco pueden percibir o gustar
su dulzura” .
Esto es cierto. Pero reducir toda la educación
a esto es un error. No hay que olvidar que
los propios padres comienzan a educar a sus hijos antes
que cualquier pasión comience a dominarlos. Ellos sí pueden empezar
a educarlos en el amor al bien y a los
bienes mandados por Dios. Por tanto, el principal énfasis que debe
darse en la educación, es hacer brillar las virtudes ante
los ojos de los niños y jóvenes. ¿Para qué? Para
que se enamoren de ellas. El amor hará luego el
resto. ¡Claro que esto es mucho más exigente! Porque
no se puede enseñar a amar lo que uno
no ama. Ni exigirles a los demás lo que uno
mismo no hace en su vida. La primera enseñanza es
la del ejemplo; pero muchos no se animan a dar
ejemplo. A muchos les resulta comprometedor tratar de enamorar a
sus hijos de bienes y valores tales como el ser
fieles a Dios, la obediencia a la Iglesia, el amor
por los pobres, la modestia y la castidad, el desprendimiento
de las cosas, etc... Tienen miedo que sus hijos les
pregunten: “Pero, si esto es tan hermoso, ¿por qué
vos no vivís así?”. Por eso, a los padres o
catequistas que no quieren ser virtuosos, que no quieren ser
santos, les resulta más cómodo enseñar los mandamientos como si
fueran leyes de tránsito: “prohibido doblar en U”, “máxima 60”,
“velocidad controlada por radar”, “mantenga la derecha”, “no sobrepase en
las curvas”... El camino de la vida se hace muy
difícil visto sólo desde ese punto; y por eso, en
la primera crisis religiosa o moral, pisan el acelerador, aunque
sepan que pueden chocar de frente con un camión.
Por tanto,
resumiendo lo que he querido decir aquí:
1º Todos los educadores
deben prepararse mucho mejor en el conocimiento de la ley
moral de Dios. Hay que saber que es una ley
de virtudes, y que a esas virtudes apuntan los mandamientos;
y que sólo se entiende la belleza de la ley
divina cuando se la cumple toda entera. Si estás estudiando
un profesorado, una carrera pedagógica, un magisterio, ten esto muy
en cuenta. 2º Hay que interiorizarse con la Ley de Dios.
Hay que conocerla de modo sabroso, meditado, interiorizado. Conociendo no
sólo lo que manda sino el por qué se manda.
Conocer el brillo propio de cada virtud. 3º Hay que conocer
también a los grandes hombres y mujeres que han hecho
brillar en sus vidas las virtudes, como Don Orione o
la Madre Teresa de Calcuta la caridad con los rechazados,
los innumerables mártires la fortaleza, el padre Miguel Pro la
alegría y el humor en las pruebas, San Francisco Javier
el celo misionero, María Goretti la virginidad hasta el martirio,
Santa Teresita la fidelidad a las cosas pequeñas, etc. 4º Hay
que tomarse el trabajo de hablar con los hijos o
con nuestros alumnos y amigos sobre los mandamientos y las
virtudes, y tomarse el tiempo para educarlos y enamorarlos de
Dios. Hay que prepararlos para la vida y para las
dificultades. El Padre Lebbe, que fue un misionero que llegó
a China a principios del 1900, cuando recién terminaba la
persecución de los Boxers que dio muchos mártires a la
Iglesia, contaba en sus cartas emocionantes ejemplos de cómo los
padres preparaban a sus hijos para que no abandonasen la
fe en medio de los tormentos. Él cuenta de un
padre que “advertido del peligro que corría, reunía diariamente a
sus hijos exhortándoles a mantenerse valientemente hasta la muerte en
la fe de Cristo. Este hombre preguntaba a su hijo
menor: ‘Si los paganos te ofrecieran el perdón a cambio
de renunciar a Cristo, ¿qué contestarías?’. Y el niño respondía:
‘Contestaría: Soy cristiano’. El padre continuaba: ‘Y si te amenazan
con la muerte y cortan tus manitos o quieren arrancarte
los ojos ¿qué contestarás?’. El muchachito repetía con dulce voz:
‘Que soy cristiano’. Este padre –añade el Padre Lebbe– sufrió
el martirio y fue admirado incluso por los paganos por
la paz y dicha que su rostro reflejaba”. Esos eran padres
que amaban más la virtud y la vida eterna de
sus hijos que su vida o bienestar terreno. Mucho amaba
a su hijo la madre del más pequeño de los
mártires chinos canonizados, Andrés Wang Tianquing, de 9 años;
los paganos quisieron salvar al niño, pero a costa de
su fe; en ese momento su madre dijo con voz
firme: “Yo soy cristiana, mi hijo es cristiano. Tendréis que
matarnos a los dos”. Y Andrés murió de rodillas mirando
a su madre con una sonrisa; hoy los dos son
santos.
Se podría decir mucho más acerca de este tema. Pero
lo dicho creo que basta para mostrar la importancia de
educar en las virtudes, apoyándonos en una visión más profunda
de los mandamientos de Dios. Quiero terminar con una antigua anécdota.
Un rito de Iniciación de los niños judíos en la
vida de la Sinagoga, a comienzos del 1600, tenía en
su ceremonia este diálogo: el rabino, poniendo la punta del
Rollo de la Ley en el pecho del niño preguntaba: –¿Qué
sientes? –Y el niño respondía: –Siento un corazón que late. –Entonces
el rabino replicaba: –¡Es el Corazón de Dios! ¡Escucha su Palabra.
Cumple su Ley!
La ley de Dios es el Corazón viviente
de Dios. Quien pretenda arrancarte esta ley no quiere otra
cosa que matarte el corazón.
*
* *
El que no acepta una
ley natural –o los mandamientos divinos– porque esto implica coartar
su libertad, debería recordar que la libertad es un gran
valor, pero también es un término análogo que puede aplicarse
a cosas muy diversas, incluso perdiendo el sentido verdadero. No
todo lo que lleva el nombre de libertad es realmente
libertad, ni toda dependencia es una esclavitud. Si estás encerrado
en una jaula y te escapas de ella, el acto
de escaparte bien merece llamarse liberación y tu premio podrá
denominarse libertad. Si estás dominado por la droga o por
el alcohol y logras desprenderte de sus lazos, bien puedes
llamar a esto liberación y tú serás realmente un hombre
libre. Si has quedado encerrado en un ascensor, es liberación
el salir de él y es libertad lo que experimentas
al volver a respirar aire puro en la calle. Si
estás agobiado por las penas y las enfermedades, te liberarás
cuando te cures y serás libre al recuperar tu salud.
Pero si al escalar una montaña resbalas en el hielo
y quedas colgando en el vacío sostenido sólo por la
soga de seguridad, no llamarás liberación al gesto de cortar
la soga, ni podrás considerar libertad el convertirte en una
mancha roja sobre el blanco glacial que te aguarda cientos
de metros más abajo. Si te arrancas los tubos de
oxígeno con que buceas a 80 metros de profundidad, no
llamarás liberación a tal imbecilidad, ni te considerarás libre por
flotar ahogado en el agua salada. Quitarse un peso de
encima no siempre es libertad, como habrá comprendido muy bien
la pobre María Antonieta el día que injustamente la guillotina
la alivió del peso de su cabeza. Ni todo lazo
que nos ata nos esclaviza verdaderamente, como podría decirte, si
hablar pudiese, una marioneta para quien vivir es “estar colgado”
del titiritero que le da vida en el mundo de
un pequeño teatrito de juguete. Hay, pues, libertades que son esclavitudes;
y servidumbres que son independencias, como dice la Biblia cuando
nos recuerda aquella sonora y hermosa sentencia: servir a Dios
es reinar.
Bibliografía para ampliar y profundizar
–Santo Tomás, Suma Teológica, I-II,
cuestiones 94 y siguientes. –J. M. Aubert, Ley de Dios, leyes
de los hombres, Herder, Barcelona 1979. –Finnis, John. La ley natural,
la moralidad objetiva y el Vaticano II, en: May, W.,
Principios de vida moral, EIUNSA, Barcelona 1990, pp. 83-102. –May, W.
La ley natural y la moralidad objetiva: una perspectiva tomista,
en: Principios de vida moral, EIUNSA, Barcelona 1990., pp. 103-124. –J.
Mausbach y G. Ermecke, Teología Moral Católica, I, Pamplona 1971. –J.
Messner, Ética social, política y económica, a la luz del
derecho natural, Madrid 1967. –––––––––––, Ética general y aplicada, Madrid 1969. –O.
N. Derisi, Los fundamentos metafísicos del orden moral, Madrid 1969. –Ildefonso
Adeva, Ley moral, Gran Enciclopedia Rialp, Madrid1991. –Bernardino Montejano, Ley. Planteamiento
general, Gran Enciclopedia Rialp, Madrid1991. –L. Lachance, El concepto de derecho
según Aristóteles y Santo Tomás, Buenos Aires 1953. –S. Ramírez, Doctrina
política de Santo Tomás, Madrid 1952. –G. Soaje Ramos, Sobre la
politicidad del derecho, Mendoza 1958. –C. Soria, Introducción al tratado de
la Ley, en Suma Teológica de S. Tomás de Aquino,
ed. bilingüe BAC, VI, Madrid 1956.
San Ireneo, Adversus
haereses, 4,15,1. San Buenaventura, In libros sententiarum, 4,37,1,3.
Juan Pablo II, Discurso de Juan Pablo II a la
Congregación para la Doctrina de la Fe, 6 de febrero
de 2004, n. 5. “La ley natural -dice la
Encíclica Veritatis Splendor- está escrita y grabada en el ánimo
de todos los hombres y de cada hombre, ya que
no es otra cosa que la misma razón humana que
nos manda hacer el bien y nos intima a no
pecar... La ley natural es la misma ley eterna, ínsita
en los seres dotados de razón que los inclina al
acto y al fin que les conviene; es la misma
razón eterna del Creador y gobernador del universo” (VS, 44).
Participatio legis aeternae in rationali creatura (I-II, 94, 2).
El término “teonomía participada” (del griego theos = Dios;
nomos = ley; ley divina) aparece en la Enc. Veritatis
Splendor: “Algunos hablan justamente de teonomía, o de teonomía participada,
porque la libre obediencia del hombre a la ley de
Dios implica efectivamente que la razón y la voluntad humana
participan de la sabiduría y de la providencia de Dios”
(VS, 41). Const. past. sobre la Iglesia en el
mundo actual Gaudium et Spes, 16. Juan Pablo II,
Carta a los jóvenes y las jóvenes del mundo, 31
de marzo de 1985, n. 6. “A este respecto,
comentando un versículo del Salmo 4, afirma santo Tomás: “El
Salmista, después de haber dicho: ‘sacrificad un sacrificio de justicia’(Sal
4,6), añade, para los que preguntan cuáles son las obras
de justicia: ‘Muchos dicen: ¿Quién nos mostrará el bien?’; y,
respondiendo a esta pregunta, dice: ‘La luz de tu rostro,
Señor, ha quedado impresa en nuestras mentes’, como si la
luz de la razón natural, por la cual discernimos lo
bueno y lo malo tal es el fin de
la ley natural, no fuese otra cosa que la luz
divina impresa en nosotros”. De esto se deduce el motivo
por el cual esta ley se llama ley natural: no
por relación a la naturaleza de los seres irracionales, sino
porque la razón que la promulga es propia de la
naturaleza humana” (VS, 42). Cf. I-II, 94, 2-3.
Cf. I-II, 100, 2; Catecismo de la Iglesia Católica, nº
1955. La Encíclica Veritatis Splendor dice: “Tal “ordenabilidad” [de los
actos humanos] es aprehendida por la razón en el mismo
ser del hombre, considerado en su verdad integral, y, por
tanto, en sus inclinaciones naturales, en sus dinamismos y sus
finalidades, que también tienen siempre una dimensión espiritual: estos son
exactamente los contenidos de la ley natural y, por consiguiente,
el conjunto ordenado de los “bienes para la persona” que
se ponen al servicio del “bien de la persona”, del
bien que es ella misma y su perfección. Estos son
los bienes tutelados por los mandamientos, los cuales, según Santo
Tomás, contienen toda la ley natural” (VS, 79; cf. también,
nnº 13, 97). “Por su propia dignidad, todos los
hombres, en cuanto son personas, esto es, dotados de inteligencia
y libre voluntad... se sienten movidos por su propia naturaleza
y por obligación moral a buscar la verdad, en primer
lugar la que corresponde a la religión. También están obligados
a adherirse a la verdad, una vez conocida, y a
ordenar toda su vida según las exigencias de la verdad”
(Dignitatis humanae, nº 2). Escribe Santo Tomás: “Otros hay
que se imponen después de atenta consideración de los sabios,
y estos son de ley natural, pero tales que necesitan
de aquella disciplina con que los sabios instruyen a los
rudos” (I-II, 100, 1). Cf. Santo Tomás, Suppl. q.
65. Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, nnº 1956;
2261. “No se puede negar que el hombre existe
siempre en una cultura concreta, pero tampoco se puede negar
que el hombre no se agota en esta misma cultura.
Por otra parte, el progreso mismo de las culturas demuestra
que en el hombre existe algo que las trasciende. Este
‘algo’ es precisamente la naturaleza del hombre: precisamente esta naturaleza
es la medida de la cultura y es la condición
para que el hombre no sea prisionero de ninguna de
sus culturas, sino que defienda su dignidad personal viviendo de
acuerdo con la verdad profunda de su ser. Poner en
tela de juicio los elementos estructurales permanentes del hombre, relacionados
también con la misma dimensión corpórea... entraría en conflicto con
la experiencia común...” (VS, 53). Pío XII, Humani generis,
DS 3876; Catecismo de la Iglesia Católica, nº 1960.
Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, nnº 1958; 2072.
Santo Tomás interpreta de esta manera la permisión de la
poligamia de los patriarcas y del libelo de repudio para
los judíos (cf. S.Th., Supl. 65-67). En el caso del
libelo de repudio el motivo grave era evitar el crimen
de conyugicidio o uxoricidio, que los corazones duros de los
judíos no hubieran dudado en perpetrar. Algunos Santos Padres (san
Juan Crisóstomo, san Jerónimo, san Agustín) y el mismo Santo
Tomás deducen que ésta es la dureza del corazón a
la que se refiere Cristo, basándose en las palabras del
mismo Deuteronómio (22,13): si un hombre después de haber
tomado mujer, le cobrare odio... En el caso de la
poligamia el motivo grave era la necesidad de la perpetuación
del pueblo elegido en orden al culto al Dios verdadero.
Por eso el Antiguo Testamento, mientras permite el libelo
de repudio y la poligamia, condena el concubinato, porque éste
contradice la ley natural en sus preceptos primarios: contradice el
fin primario intentado por la naturaleza que es la perpetuación
de la especie (cf. S.Th., Supl., 65,3-5). Así, por
ejemplo, “no matarás” debe interpretarse adecuadamente como “no cometerás un
homicidio injusto”; por tanto, no es excepción a este precepto
la licitud de la legítima defensa. Lo mismo se diga
de la aparente contradicción entre el precepto de “no robar”
y la licitud del uso de los bienes ajenos en
caso de extrema necesidad. Cf. Ockam, II Sent 19,1:
“Digo que si bien el odio a Dios, el robo,
el adulterio y otras cosas similares de la ley común,
tienen una mala circunstancia anexa en cuanto son realizadas por
quien está obligado por precepto divino a hacer lo contrario,
sin embargo, en cuanto a su ser absoluto (esse absolutum)
aquellos actos pueden ser dados por Dios sin la circunstancia
mala anexa, e incluso serían realizados meritoriamente por el viador
si cayesen bajo el precepto divino”. Cf. AICA, 30
de abril de 1997. Juan Pablo II, Evangelium vitae,
48. San Tomás, In Eth., n. 2140. San
Tomás, In Eth., n. 2141. |