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La verdad de que la castidad es posible
Una de
las verdades que tienen mayor incidencia en la vida de
una persona es la relacionada con su sexualidad: ¿deberías controlar
tus impulsos sexuales?, o antes todavía de esta pregunta: ¿son
controlables nuestros impulsos y deseos? Nuestra sociedad no tiene muy
claro este punto; es más, es éste uno de los
campos donde más confusión encontrarás; te encontrarás con amigos (¡qué
amigos!), profesores (¡vaya educadores!) y sobre todo los que tienen
a su cargo los medios masivos de comunicación, que intentarán
llenar tu cabeza con ideas sexualizadas del hombre y de
la mujer. Más aún si estás estudiando alguna de las
carreras relacionadas con la psiquiatría y la psicología, pues, como
decía un eminente escritor argentino (Leonardo Castellani), “no hay otra
ciencia donde sea tan fácil dar gato por liebre y
que tanto invite a los charlatanes”. Puedes leer, si no,
los libros serios sobre Sigmund Freud y sus teorías (no
las mitificaciones que corren sobre él). No es difícil entender este
fenómeno; ciertamente la tendencia al placer sexual es una de
las más fuertes de nuestra naturaleza (porque precisamente por este
medio la naturaleza garantiza la conservación de la especie). Es
fácil que si una persona se degenera, lo haga reduciendo
la realidad del hombre al sexo, e identifique la felicidad
con el placer sexual. Tampoco es difícil que confunda las
raíces de toda enfermedad con algún problema de represión sexual,
ni que, como lógica consecuencia, reduzca toda terapia y curación
a liberar ese instinto sexual reprimido. Junta todo esto y
tendrás la sustancia de la doctrina freudiana. Imagina qué le espera,
en esta visión, a la doctrina enseñada por nuestra fe,
con un ideal de vida casta, de noviazgo puro, de
matrimonio fiel y monogámico. Si no te tachan de mojigato
o mojigata, por lo menos te considerarán trastornado o trastornada.
Estés
donde estés (pues aunque principalmente me dirijo a quien estudia
en una universidad, estas páginas pueden perfectamente tener un alcance
más universal), sé que estás sometido a terribles presiones sobre
tu instinto sexual. Ya no sólo es la televisión, el
cine y las revistas dedicadas al sexo; hoy en día
el desorden sexual (incluso la pornografía más descarada) viene envuelta
en literatura de entretenimiento (novelas, historias) y pseudo científica, en
cátedras de diversa índole, y te asaltará en el medio
principal de nuestra comunicación moderna: la Internet (el negocio del
sexo es el tercer negocio en importancia que se maneja
en el mundo de Internet, después del hardware y del
software; y para esta auténtica mafia de la pornografía, ¡tú
eres un cliente que hay que conquistar!). Y tu vulnerabilidad
aumentará exponencialmente si tus ideas sobre el sexo y
la castidad son confusas, o peor aún si están envenenadas.
Lamentablemente nuestra escuela moderna, en amplios sectores, desempeña un papel
corruptor en este sentido (piensa solamente en lo que muchos
enseñan bajo el disfrazado título de educación sexual).
Este punto podría
aclararlo de dos maneras: la primera exponiendo lo que enseñan
algunos de los pensadores principales sobre este tema (como Freud
y muchos de sus secuaces) y haciendo las críticas pertinentes
al caso; lo cual es algo que ya ha sido
hecho en estudios apropiados y profundos y no haría más
que resumir y repetir . El otro modo, que es
el que mejor cuadra con mi propósito en este libro,
es mostrarte que la castidad es necesaria y es posible;
es el que aquí te ofrezco.
1. Castidad y templanza
La castidad,
también llamada pureza, es una virtud, parte de la virtud
de la templanza, que nos inclina a moderar el uso
de la facultad sexual según la razón (iluminada por la
fe, en el caso de la castidad sobrenatural). La sexualidad es
un bien eminente de la persona. El pensamiento cristiano ha
sido siempre muy cristalino al respecto, al menos en sus
pensadores más preclaros. Se pueden señalar algunas excepciones que tuvieron
una visión pesimista de la sexualidad, como los que llegaron
a pensar y afirmar que en el Paraíso terrenal no
habría habido propagación del género humano por vía sexual si
Adán no hubiese pecado . De todos modos se adjudica
a la paternidad de Tertuliano (ya hereje montanista) la visión
pesimista de la sexualidad humana . Sobre la auténtica visión
de los grandes pensadores, como Santo Tomás, pueden leerse las
páginas que le dedicó Josef Pieper en su libro “Las
virtudes fundamentales”.
Etimológicamente, la palabra castidad viene de castigo, no en
el patético sentido que alguien podría imaginarse sino sólo entendida
como alusión a que por medio de este hábito la
razón somete el apetito concupiscible a su medida razonable. Es
la virtud moderadora del apetito genésico o sexual. Su materia
propia es la actividad propiamente generativa, ya que los actos
secundarios de la sexualidad (miradas, tactos, etc.) son materia de
la pudicicia, aunque según Santo Tomás, ésta no sea una
virtud especial distinta de la castidad, sino una circunstancia de
la misma. La castidad tiene como finalidad inmediata el dominio racional
y moral sobre el instinto sexual. El estado de la
naturaleza humana exige una virtud que sea disposición permanente y
firme del alma que tenga tal objeto. El apetito sexual
es muy intenso y en el hombre no está regido
acertadamente por el instinto, como ocurre en los animales. Una
fantasía desordenada puede llevar la vida sexual del hombre a
numerosos excesos de que no son capaces los animales. Las
normas de la ley natural que rigen la vida sexual
humana quedarían inefectivas si la razón se limitara a conocerlas
pero no existiera al mismo tiempo una virtud que inclinara
la voluntad a su cumplimiento comunicándole el vigor necesario para
ello. De ahí que la virtud de la castidad sea
indispensable para la perfección del hombre interior y para la
justa armonía entre el cuerpo y el alma. Psicológicamente hablando, la
castidad es un hábito moral por el cual la persona
humana ordena su instinto generativo (el apetito concupiscible) haciendo que
éste busque el auténtico bien deleitable , en la medida
en que éste perfecciona a la persona humana, y controla
que no se desvíe hacia bienes deleitables contrarios al bien
integral de la persona. Este hábito, como todos los hábitos
o virtudes morales, actúa en correlación con la virtud de
la prudencia que le dicta el justo medio (es decir,
el “verdadero” bien concupiscible) que debe buscar en cada momento
según el propio estado de vida. Este hábito es, propiamente hablando,
una inclinación (o atracción) impresa en el apetito concupiscible (es
decir, en la afectividad) hacia el bien sensible moral
(es decir, hacia el bien concupiscible legítimo y ordenado según
los principios morales). En realidad la inclinación hacia el bien
deleitable de los sentidos es constitutiva del apetito sensible; lo
que añade el hábito de la castidad es la “docilidad”
o “consonancia” (adquirida por el ejercicio y disciplina) de esta
inclinación con la “medida” virtuosa en que es lícito buscar
y gozar de estos bienes (según el propio estado y
situación). Para que se llegue a adquirir esta docilidad hay
dos elementos más que forman parte integrante del ámbito de
la castidad. El primero es un conjunto de principios morales
(en este caso principios sobre la sexualidad) que pertenecen a
diversos hábitos intelectuales, ya sea al hábito de los primeros
principios morales (llamado sindéresis), o a una moral elemental (que
suele adquirirse por tradiciones familiares, por formación religiosa –catecismo– o
incluso por sentido común), o tal vez a una ética
más científica fruto del estudio personal. Estos principios generales son
aplicados a cada situación concreta por el hábito de la
prudencia, que siempre está presente en todo acto virtuoso de
la naturaleza que fuere (no hay virtud moral sin prudencia,
pues es ésta la que señala la medida virtuosa en
que todo hábito debe ejercitarse en una circunstancia determinada). El
segundo elemento es la acción de la voluntad, perfeccionada por
la justicia y sus virtudes anexas . La voluntad, ordenada
por el amor al bien, es el que “impera” (con
el llamado “imperio de ejercicio” ) dominando al apetito sensible
y aplicándolo a la búsqueda del bien sensible según la
medida en que éste perfecciona al sujeto (o sea, en
la medida en que es lícito y virtuoso). A raíz
de este continuo dominio de la voluntad y de su
“aplicación” sobre el apetito sensible, en éste se termina por
plasmar una “forma” o inclinación estable (a obrar siempre de
la misma manera) que es lo que denominamos hábito virtuoso
o “virtud” a secas.
2. Qué nos dice la Biblia sobre
la sexualidad
Si tratamos de mirar la idea de la sexualidad
que nos presenta la Sagrada Escritura tenemos que remontarnos necesariamente
al relato de la creación del hombre y de la
mujer en el Génesis, no sólo por ser el primero
sino también por ser “normativo”. No debemos perder de vista
que Jesucristo al referirse al matrimonio en su discusión con
los fariseos dice –contra la práctica del divorcio– “al principio
no fue así”. El “principio” presenta una norma, la de
la voluntad divina sobre el matrimonio y sobre la sexualidad;
Nuestro Señor la retoma en su predicación moral; también debemos
hacerlo nosotros. En el relato de Gn 1,26-31 el hombre
es creado macho y hembra (v.27), por tanto se señala
la creación de la bisexualidad, la que es querida por
Dios; en ambos se da imagen de Dios; a continuación
se añade que Dios ordena y bendice la fecundidad (v.28),
ligándola pues al matrimonio. En el relato complementario de Gn
2,18-24 aparece subrayado especialmente el aspecto de ayuda mutua y
sociabilidad (v.18); precisamente a este texto apela Cristo para hablar
de la unión indisoluble: al principio no era así o
sea, no había divorcio (Mt 18,1-9); la bondad del sexo
en cuanto salido de la manos de Dios queda puesto
de manifiesto en la armonía y limpieza de conciencia de
los primeros padres: estaban desnudos y no se avergonzaban (v.25).
Hay también otros elementos de suma importancia que se destacan
de estos primeros capítulos . Una visión de la sexualidad en
el Antiguo Testamento no puede dejar de lado los escritos
sapienciales (en especial el Cantar de los Cantares) y los
libros proféticos; en todos estos el amor conyugal –descrito incluso
con caracteres pasionales– es usado como símbolo del amor entre
Dios y su pueblo (y también del amor de Dios
por cada alma singular). Destaquemos que el hecho de que
el amor humano sirva para ilustrar el amor de Dios
hacia los hombres, implica también la capacidad de que el
amor divino ilumine (nos haga entender) hasta cierto punto el
amor humano. En el Antiguo Testamento, tal vez sin demasiados
desarrollos, quedan evidenciados los grandes dones del amor y de
la sexualidad: la fidelidad, la lealtad, la indisolubilidad, la fecundidad,
etc. Yendo al Nuevo Testamento, el texto más importante –y completo–
está en los capítulos 6 y 7 de 1 Corintios.
En 1 Cor 6,12-20 San Pablo presenta una visión clara
y equilibrada del placer y del cuerpo contra el laxismo
y contra el rigorismo moral que ya se presentaban en
su tiempo como enemigos de la visión cristiana de la
sexualidad. El Apóstol valora el cuerpo en su dimensión religiosa:
es miembro de Cristo (v.15); destinado a la resurrección (v.13-14);
templo del Espíritu Santo (v.19). Igualmente el texto condena la
fornicación por un doble motivo: natural (deshonra el cuerpo: v.18),
sobrenatural (sacrilegio contra el Espíritu Santo). Y se añade que
el cuerpo puede y debe glorificar a Dios (v.20). En
el texto de 1 Cor 7,1-10 se muestran algunos aspectos
notables: la castidad y virginidad es algo bueno (v.1), pero
también es lícito el matrimonio (v.2) y señala el “débito
conyugal” como una obligación mutua (v.3) . San Pablo habla
del efecto del matrimonio como una mutua posesión por parte
del varón y la mujer (v.4); y cuando habla de
la abstinencia periódica de la unión sexual, declara que para
que sea lícita debe ser realizada con mutuo consentimiento y
para un fin honesto como la oración (v.5). Finalmente recomienda
la virginidad (v.8-9) y recuerda el tema de la indisolubilidad
matrimonial (v.10-11). Otros textos del Nuevo Testamento aparecerán a lo
largo de estas páginas.
3. Por qué esta virtud
El ser humano
es algo complejo, que no puede ser reducido a una
sola dimensión sin ser, al mismo tiempo destituido de su
dignidad; es decir, destruido. Así todas las reducciones del hombre
son deshumanizaciones. El materialismo lo reduce a su dimensión más
baja (sea el materialismo biologicista que está en la base
del moderno cientificismo; sea el materialismo animal, o el materialismo
evolucionista, etc.); el falso espiritualismo lo reduce a puro espíritu
desencarnado. Las dos visiones son falsas. El hombre es un
microcosmos que resume en su frágil entidad el universo entero:
comparte (lo que los escolásticos decían “comunica”) con el universo
mineral, con el mundo vegetativo, con lo animal o sensitivo,
y con el mundo espiritual. Todo él es un complejo
mundo jerarquizado. La jerarquía tiene como fruto la armonía. Esto
se explica diciendo que lo menos está subordinado a lo
más, lo inferior a lo superior, sirviéndolo y permitiéndole desarrollar
todas sus virtualidades. Esto significa que mientras lo inferior (por
ejemplo lo animal) se mantenga subordinado y dócil a lo
superior (el alma, la inteligencia y la voluntad), le permite
a ésta desarrollar todas sus potencialidades. Esta era la condición
“original” del hombre en el Paraíso, si nos atenemos al
relato bíblico del Génesis. El hombre en su origen gozaba
de una armonía basada en una jerarquía de sus potencias:
el mundo exterior estaba bajo su dominio en la medida
en que en su cuerpo se sometía a sus afectos,
estos al dominio de la voluntad y la inteligencia, y
estas últimas potencias servían a Dios. Todo esto era fruto
de lo que la tradición católica ha llamado “dones preternaturales”
(inmortalidad, impasibilidad, armonía, etc.), dados por Dios a la naturaleza
humana para garantizar de modo gratuito esta armonía (en definitiva
para poner las bases de la amistad entre el hombre
y Dios). El pecado original trastocó todo rompiendo la subordinación
esencial: la del alma respecto de Dios. Como consecuencia todas
las demás subordinaciones garantizadas por los dones preternaturales quedaron trastocadas:
las pasiones esclavizan al alma, el cuerpo se debilita y
camina hacia la muerte, presa muchas veces de los instintos
desbocados y vueltos compulsivos, el mundo externo arranca sudor y
lágrimas al hombre que intenta someterlo. Este cuadro es clave para
interpretar lo que significa “bien integral del hombre” (término que
aparece en algunos documentos magisteriales) . Algo puede ser considerado
bien “integral” (o “verdadero e integral”) cuando es un bien
para toda la persona humana (y también para toda persona
humana) y no para una potencia aislada (inteligencia, voluntad, afectividad)
o para un aspecto particular de su ser. Para que
pueda darse esto, una realidad no sólo debe ser buena
en sí (per se bona) sino que debe reunir dos
condiciones más: no debe entrar en conflicto con los demás
bienes de la persona y, consecuentemente, debe tener una “medida”
(in medio virtus). Hay realidades que son buenas en sí
(la comida, el placer sexual, el trato social) pero pueden
entrar en conflicto con el bien total de la persona
ya sea porque contradicen directamente (per se) otros bienes de
la misma persona (como el placer sexual para quien ha
hecho voto de celibato) o indirectamente (per accidens), esto es,
cuando la contradicción viene por el modo, el tiempo, o
la medida en que se procura dicho bien (pensemos en
el exceso de comida –gula– o la búsqueda del placer
sexual de modo indebido). Ninguna persona sensata puede negar la validez
de esta consideración.
El punto está tal vez en la discusión
sobre el “modelo” de dicho bien integral de la persona.
¿Puede establecerse un modelo válido para todo hombre y mujer,
tanto de nuestro tiempo como del pasado y del futuro?
Debemos responder que sí; y dicho modelo integral se basa
en la ley natural, de la cual ya hemos hablado
en el capítulo anterior.
4. Ley natural y castidad
Esta ley es
la que fundamenta una norma de la castidad, como fundamenta
también toda relación del ser humano respecto de sí mismo,
de su relación con el prójimo y con Dios. En el
plano concreto de la castidad la ley natural, es decir,
lo que nuestra inteligencia puede captar del plan divino grabado
en nuestra naturaleza , debemos decir:
1º que lo primero que se
observa es la complementariedad varón-hembra (no sólo en el plano
físico, sino en el psicológico y sobre todo en el
genético); toda sexualidad debe ser, por tanto, “heterosexual”; 2º en segundo lugar
debemos señalar el fin social de la sexualidad: el ejercicio
de la sexualidad (heterosexualidad, se entiende) es necesario para la
perpetuación del género humano; este principio exige ser complementado, pues
la perpetuación de la raza humana no se obtiene del
simple apareamiento entre los individuos humanos de diverso sexo sino
de su unión estable, pues la fragilidad y complejidad del
ser humano exige que el fruto del ejercicio de la
sexualidad (el niño) sea acompañado y educado durante un largo
período de tiempo ; de esto se desprende que el
matrimonio (unión de uno con una para siempre) sea la
única forma natural en que se puede actuar adecuadamente la
vida sexual humana; 3º la tercera observación que podemos hacer es que
la atracción entre el varón y la mujer (es decir,
entre el macho y la hembra de la raza humana)
no responde ni exclusiva ni primeramente a la esfera física
u hormonal (como en las demás especies) sino que nace
de un elemento psicológico y espiritual: el amor; no se
trata de un movimiento puramente instintivo sino de un movimiento
libre; esto significa que el movimiento que lleva al uso
de la sexualidad nace de una inclinación a la donación
de sí mismo a la persona amada; esto es lo
que viene significado con el término “unitivo”: el fin del
amor es la unión y la donación; ahora bien toda
donación tiende a ser total (psicológicamente toda donación que no
sea total no tiene relación con el amor, pues éste
es totalizante); nuevamente esto nos lleva a encuadrar el ejercicio
de la sexualidad dentro del marco matrimonial, pues una donación
de sí sólo es total cuando es sellada con un
compromiso social y está abierta a la vida (en este
caso tal donación es “total”: implica donación del propio ser,
de las propias cosas y de la capacidad procreadora, para
toda la vida, sin intención de retractarlas); 4º la cuarta observación
es que físicamente el varón y la mujer poseen los
elementos propios para expresar en un lenguaje corporal los tres
elementos primeros que llevamos observados: a su inclinación y deseo
de donarse corresponde en los individuos del otro sexo la
capacidad receptiva no sólo de su dimensión física sino de
su capacidad procreativa; esto nos lleva a señalar que a
través de su dimensión corporal el varón y la mujer
poseen las claves de un lenguaje, es decir las palabras
propias (corporales) para expresarse este mutuo amor y para consumarlo; 5º estos
elementos que hemos expresado de forma positiva también pueden expresarse
de forma negativa pues la observación profunda de la naturaleza
física, psicológica y espiritual del varón y la mujer también
nos permite deducir un uso de la genitalidad contrario al
bien integral del ser humano; concretamente: un uso egoísta del
sexo (masturbación, pensamientos impuros); un uso infiel del sexo (la
falta de fidelidad al legítimo cónyuge tanto de modo consumado
como de modo interno: deseos y pensamientos infieles); un uso
infructuoso del sexo (homosexualidad, uso de la sexualidad cerrado a
la vida); un uso circunstancial del sexo (la relación no
permanente ni comprometida, como sucede con el sexo entre personas
no casadas), etc. Todas estas expresiones sexuales, destructivas del verdadero
amor y del bien integral de la persona son prohibidas
(precisamente por su contradicción con ese bien integral) por el
mandamiento que exige “no cometer actos impuros”.
5. Necesidad y función
de la castidad
El magisterio de la Iglesia lo ha expresado
de una manera muy ajustada: “la alternativa es clara: o
el hombre controla sus pasiones y obtiene la paz, o
se deja dominar por ellas y se hace desgraciado” . Esta
frase es la explicación de otra afirmación: “la castidad implica
un aprendizaje del dominio de sí, que es una pedagogía
de la libertad humana”. La importancia de esta aserción se
pone de manifiesto si damos vuelta los conceptos: la libertad
humana exige como pedagogía el dominio de sí por parte
del ser humano; y la castidad es uno de los
ámbitos donde se aplica dicho dominio (tal vez uno de
los más importantes). La falta o ausencia de la castidad
comporta la falta de dominio del hombre sobre las fuerzas
más poderosas que experimenta en su interior; falta de dominio
o falta de control equivale a esclavitud, y esclavitud es
sinónimo de postración, derrota y desgracia. Cuando el documento magisterial que
acabamos de citar indica que el hombre voluptuoso (es decir,
el que no tiene dominio sobre su afectividad –o sea
su castidad) es desgraciado no hace ninguna observación pueril ni
apela a presuntas amenazas propias de una educación mal encarada,
sino que estamos ante una verdad objetiva de la psicología
experimental .
El texto del Catecismo explica su afirmación con un
pasaje de la Gaudium et spes: “La dignidad del hombre
requiere, en efecto, que actúe según una elección consciente y
libre, es decir, movido e inducido personalmente desde dentro y
no bajo la presión de un ciego impulso interior o
de la mera coacción externa. El hombre logra esta dignidad
cuando, liberándose de toda esclavitud de las pasiones, persigue
su fin en la libre elección del bien y se
procura con eficacia y habilidad los medios adecuados” .
La castidad
conlleva la recuperación (en la medida en que es posible
recuperarla) de la armonía original, es decir, del dominio de
las potencias afectivas inferiores por parte de la inteligencia y
de la voluntad (o dicho al revés: el sometimiento “político”
del plano afectivo respecto del plano racional ). San Agustín
enseña: “La castidad nos recompone; nos devuelve a la unidad
que habíamos perdido dispersándonos” . No es lograda ya, ésta,
por un don preternatural sino por la virtud de la
castidad humana adquirida, elevada al orden sobrenatural por la gracia
o bien acompañada por una virtud infusa complementaria .
El Catecismo
también enseña que “la castidad significa la integración lograda de
la sexualidad en la persona, y por ello en la
unidad interior del hombre en su ser corporal y espiritual”
. Esto quiere decir que sin la castidad la sexualidad
forma parte de la vida de una persona (incluso puede
ocupar gran parte de la vida de esa persona), pero
no está “integrada” en su persona. Al no estar integrada,
se convierte en un elemento “desintegrador”. La sexualidad debe ser
“humana”; lo propio de la sexualidad humana es la capacidad
de ser un puente de “relación” con las demás personas
y de “donación total” en la relación particular del hombre
y la mujer. Esto diferencia la sexualidad “humana” de la
sexualidad “animal”. La sexualidad animal es instintiva, es posesiva, no
libre, responde a estímulos puramente biológicos (hormonales, es decir: a
los períodos de celo) y es por naturaleza ajena a
la fidelidad (aunque se conozcan casos de cierta fidelidad y
estabilidad en algunas especies animales, esto no responde a un
amor propiamente dicho sino a necesidad de la misma especie
y en particular a la necesidad de la prole). El
ser humano no puede ejercitar su sexualidad de modo libre,
fiel, total, regulado, etc., si no es dueño de sus
instintos.
¿Por qué la castidad produce esta integración?: “La persona casta
mantiene la integridad de las fuerzas de vida y de
amor depositadas en ella. Esta integridad asegura la unidad de
la persona; se opone a todo comportamiento que la pueda
lesionar. No tolera ni la doble vida ni el doble
lenguaje” . La falta de castidad implica desintegración porque la
lujuria es una descomposición de las fuerzas de la persona.
La castidad permite al hombre encauzar todas sus fuerzas hacia
un mismo punto: la persona amada. La lujuria derrama las
fuerzas de la persona en múltiples objetos (para el lujurioso
no hay personas amadas sino personas convertidas en objetos ).
La
castidad y la pureza es una “capacidad”; es decir, es
algo positivo, no algo negativo (está mal, o al menos
es incompleto, el definirla como mera “ausencia de mancha o
pecado moral”). Es una energía interior que da al que
la posee el poder de realizar algo; esta capacidad es
poder de ordenar la facultad del apetito concupiscible, con toda
su fuerza y brío, y encauzar toda su potencia ya
sea hacia un objeto concupiscible que “debe” ser amado con
toda la fuerza de la persona, incluida la fuerza sexual
(como en el caso de los esposos), o bien concede
la capacidad de transformar esas fuerzas (“sublimar”) integrándolas en la
energía espiritual de la persona (sea en la búsqueda de
la verdad, en el amor de misericordia hacia el prójimo,
en el amor a Dios, etc.) .
Un texto importante para
entender este aspecto es lo que dice San Pablo en
1 Ts 4,3-5: Porque esta es la voluntad de Dios:
vuestra santificación; que os alejéis de la fornicación, que cada
uno de vosotros sepa poseer su cuerpo con santidad y
honor, y no dominado por la pasión, como hacen los
gentiles que no conocen a Dios . En este texto
se puede observar la dimensión de “contención” que ejerce la
pureza sobre las pasiones (es propio de la naturaleza de
la pureza o castidad la capacidad de contener los impulsos
del deseo sensible, razón por la cual esta virtud es
una parte de la virtud de la templanza); pero aquí
se subraya también otra función y dimensión –positiva– indicada como
capacidad de mantener la santidad y honor del cuerpo. En
realidad ambas funciones (“abstención de la pasión libidinosa” y “mantenimiento
del orden corporal”) son recíprocamente dependientes porque no se puede
“mantener el cuerpo con santidad y respeto”, si falta esa
abstención “de la impureza”, mientras que dicho mantenimiento de la
santidad y respeto corporal da sentido y valor a la
lucha para abstenerse de los desórdenes pasionales.
6. Castidad para todos
La
castidad es necesaria a todo ser humano, en todos los
regímenes de la vida: casados, solteros, célibes, etc., aunque cada
uno de modo diverso. A raíz de algunos artículos en
que he mencionado el tema de la castidad, he recibido
consultas y críticas, basadas en que al hablar de castidad
matrimonial el magisterio de la Iglesia exigiría a los casados
una imposible abstinencia sexual; pero no es eso lo que
significa “castidad conyugal” sino algo muy distinto. Esto muestra que
muchos cristianos no comprenden el sentido de esta virtud ni
su práctica. Hay distintos modos de vivir la castidad, según el
estado de vida de cada persona . Hay una castidad propia
de los que han consagrado su vida en el celibato
o la virginidad. Hay otro modo de castidad propio de
quienes creen tener vocación al matrimonio pero aún están solteros
o se preparan al matrimonio mediante el noviazgo; esta castidad
se denomina “castidad simple” o más propiamente “continencia” . A
una forma de castidad análoga a estas dos primeras están
llamados quienes, por un motivo u otro, diferente del deseo
de consagrar su vida a Dios o a un ideal
sublime, no están (ni tal vez lleguen nunca a estar)
en condiciones de formar una familia; ya sea porque nunca
encontraron la persona adecuada con la cual casarse, o porque
experimentan atracción hacia personas de su propio sexo (inclinaciones homosexuales)
o porque sufren un miedo patológico a comprometerse en una
vida de intimidad sentimental o sexual, o bien porque luchan
con alguna desviación sexual; en todos estos casos hay que
considerar que, de hecho, se debe plantear como modelo de
vida la vida casta en soltería. Hay un modo de
vivir la castidad propio de los esposos, denominado por este
motivo “castidad conyugal”. Hay también una castidad propia de las
personas que por un motivo u otro habiendo tenido vocación
al matrimonio ahora no pueden vivir en este estado (por
ejemplo, las viudas y viudos, las personas casadas que se
han separado de sus cónyuges).
Las normas morales son diversas para
unos y otros. Quienes han ingresado voluntariamente en el estado de
virginidad consagrada o de celibato (por voto o promesa) están
obligados a vivir la pureza en su forma más elevada,
renunciando a todo acto sexual y sensual voluntariamente buscado, y
también a todo pensamiento o deseo sexual o sensual. Este
régimen de la castidad exige la mortificación de los sentidos
externos (vista, tacto, etc.) y de los internos (memoria, imaginación). Los
que aún no están casados pero se preparan al matrimonio
(novios y personas solteras que no están de novios) deben
vivir, mientras dure este estado, en perfecta castidad, pero no
excluyen, evidentemente, la actividad sexual para el momento en que
estén legítimamente casados, ni excluye un trato más afectuoso con
aquella persona con la que esperan contraer matrimonio. La regla
es en este caso muy delicada, pero puede resumirse en
aquello que señalan autores respetables: (1º) son lícitas las demostraciones
de afecto, aceptadas por las costumbres y usanzas, que son
signo de cortesía, urbanidad y educación; (2º) en cambio son
ilícitas tanto las expresiones púdicas (abrazos, besos, miradas, pensamientos, deseos)
que se realizan con la intención expresa y deliberada de
producir placer venéreo o sexual, aunque no se tenga voluntad
de llegar a la relación sexual completa; y (3º) con
más razón son ilícitas las expresiones impúdicas y las relaciones
sexuales completas. En el caso de las personas casadas que ya
no viven con su legítimo cónyuge, sea por separación (a
veces inculpable por parte de uno de ellos) o por
viudez, si bien no les es lícito realizar actos sexuales
con quien no están legítimamente casados, en cambio no es
pecado el pensar o recordar los actos realizados con su
cónyuge legítimo, porque todo lo que es lícito hacer, es
también lícito desear y recordar (salvo que esto sea peligro
próximo de consumar sus deseos en un acto ilícito). Finalmente las
personas casadas tienen un régimen especial de castidad que consiste
en realizar sus actos matrimoniales abiertos a la vida. Pueden
en algunos casos elegir para sus actos completos los momentos
de infertilidad natural de la mujer, cuando hay motivos graves
que sugieran la conveniencia de no poner las condiciones de
una nueva concepción (abstinencia periódica), pero esto no implica que
no les sea lícito en estos momentos, como en cualquier
momento de la vida, las manifestaciones sensuales y sexuales incompletas
(es decir, que no terminan en ningún acto pleno u
orgasmo). La castidad también les exige el encauzar todos sus
deseos y pensamientos sólo hacia su legítimo consorte y les
prohíbe dar lugar en la imaginación o en la vista
a imágenes que tengan por objeto otra persona distinta (aunque
esto sea buscado como medio para realizar luego el acto
conyugal con el cónyuge legítimo).
7. Pero, la castidad ¿es posible?
La
castidad o pureza es posible. Hay muchas personas, incluso consagradas,
que piensan que la castidad perfecta (total y permanente) es
imposible. Hay quienes piensan que ni siquiera tiene sentido plantearse
el valor de una vida sin sexo; los hay también
que piensan que tal vez pueda aspirarse a ser castos
una buena parte del tiempo, levantándose de ocasionales caídas; a
menudo he recibido consultas cuya idea de fondo es que
ciertos problemas de pureza (por lo general se refieren a
la masturbación) son “normales”, y por “normales” entienden que toda
persona, sin excepción, cae en este vicio, al menos durante
la adolescencia (“durante mi juventud, me escribía una persona, hice
lo que hacen todos: me masturbé con frecuencia”; su consulta
era... por un problema de adicción sexual, que lo esclavizada
aún después de casado y ya con muchas canas encima).
La misma idea, presentada de otro modo, forma parte de
un pensamiento corriente que relaciona la felicidad con el ejercicio
de la sexualidad. “El sexo es felicidad”, rezaba el anuncio
de un grupo de médicos sexólogos que durante los últimos
años ha ofrecido sus servicios en las primeras páginas de
varios diarios argentinos. Al leer avisos semejantes me viene a
la mente la observación del P. Benedict Groeschel quien en
su “The Courage to be Chaste” subrayaba que la mayor
parte de las personas que solemos encontrar en un autobús,
en un subterráneo, en un shopping, o incluso en la
misa dominical, muy probablemente ha tenido algún tipo de experiencia
sexual durante los días precedentes; pero no es felicidad lo
que se destaca en la mayoría de los rostros; si
la felicidad dependiera del sexo, decía el psicólogo religioso, el
mundo brillaría como el sol, al menos la mitad del
tiempo . Debemos reconocer que el sexo, siendo muy importante
en la vida de muchas personas, no es capaz, por
sí solo ni de modo principal, de dar la felicidad;
y de modo contrario, tampoco la voluntaria y perfecta abstención
(y menos aún la ordenación de la actividad sexual de
un matrimonio según los cánones de la ley natural y
divina) es sinónimo de frustración, tristeza o depresión, ni de
peligro próximo de tales estados. De aquí que la castidad sea
posible; y si en nuestros días resulta más difícil no
es por una razón intrínseca al ser humano (fuera del
desorden introducido por el pecado original, del que ya he
hecho mención) sino por la poca vida interior de la
mayoría de nuestros contemporáneos. “La continencia es perfectamente posible al ser
que tiene salud psíquica. Es innegable que así como hay
cleptómanos y pirómanos hay también seres que tienen su responsabilidad
disminuida y algunos aun extinguida, tratándose de la sexualidad, pero
tales casos constituyen la excepción (...) En cambio, temperamentos ardientes
triunfan de sus apetitos (...) De ordinario, pues, cuando el
instinto sexual se impone como una necesidad es porque el
hombre le ha permitido arraigarse. La castidad no es cuestión
de temperamentos: es asunto de educación, de principios, de voluntad”
. La castidad es posible. La primera cosa que es necesaria
para que esta posibilidad sea algo real es –como señalaba
el gran educador que fue el P. Hurtado– una “filosofía
sexual que represente la dominación del espíritu sobre la materia”
. Es decir, una visión sana y armoniosa de la
sexualidad (ya sea del plan de Dios sobre el hombre
y la mujer como una concepción clara de la antropología
humana, algunas de cuyas ideas maestras hemos esbozado en las
páginas anteriores). En efecto, como señalaba el mismo autor, “una
parte infinitamente grande de la debilidad humana en la vida
moderna no viene de una exigencia orgánica irresistible, sino de
una concepción materialista de la vida que, abierta u ocultamente,
nos tiene prisioneros”. Y añade: “cuando el hombre llegue a
obtener esta seguridad científica, que tantos médicos se esfuerzan por
desvanecer, el sistema sexual encontrará la paz que no puede
encontrar en medio de las fórmulas excitantes de ahora ni
en medio de las disciplinas inciertas del pensamiento moderno. El
cuerpo obedece con gusto al espíritu que ha llegado a
estar seguro de sí mismo” . La castidad no es posible,
entonces, para quien tiene una visión antropológica distorsionada, para quien
reduce al ser humano a pura materia, o da primacía
a los instintos y pone un manto de incertidumbre sobre
la capacidad espiritual que tiene el ser humano de gobernarse.
Es indispensable cierta seguridad sobre la aptitud del espíritu y
sobre su supremacía sobre la materia (aunque esta convicción presuponga
la ayuda de la gracia divina). No se puede negar que
hay causas que influyen notablemente en las caídas del ideal
de la pureza; hay causas físicas (ciertas propensiones hereditarias, estados
nerviosos, enfermedades, estados climáticos, etc.), causas debidas a hábitos que
dificultan la guarda de la castidad sin tratarse, ellos mismos,
de vicios (falta de higiene, vida sedentaria, desgano, etc.); pero
las causas principales son psíquicas: la curiosidad, la imaginación y
la memoria cuando están indisciplinadas y sobre todo cuando
están privadas de un marco filosófico sano (o sea, cuando
se carece de principios rectores correctos) o están enmarcadas en
un sistema de pensamiento distorsionante (materialismo, hedonismo, freudismo, consumismo, liberalismo,
etc.). Evidentemente la formación del hábito de la castidad no es
sólo cuestión de principios racionales sino que exige varias cosas
más, la primera de las cuales es la formación de
la voluntad por los hábitos de la justicia, la fortaleza
y la templanza (aplicada a otros campos diversos del sexual,
como la templanza en el comer y en el beber),
la vigilancia, el deporte y el trabajo físico, etc. Además
de esto, para quien se empeña en el camino de
la castidad debe tener en cuenta lo que el P.
Groeschel llama con justeza “ocultas ocasiones de lujuria” . Entre
estas menciona cuatro principales. La primera es la autocompasión; ésta –sentimiento
injustamente negativo respecto de sí mismo– puede representar en muchos
casos una auténtica posibilidad de regresión psicológica hacia conductas infantiles;
es común que estas personas caigan en cierta tolerancia sexual
y especialmente en la masturbación. Estos pensamientos destructivos están en
la base de todas las adicciones sexuales. Esta autocompasión –es
necesario decirlo– toma a veces la forma de una falsa
humildad; es en realidad una forma de sentimiento de inferioridad;
su contrario no consiste, como podría pensar una moderna terapia
de autoapoyo estilo new age, en afianzar la confianza en
sí mismo o formar grandes ideas respecto del propio yo;
esto nos llevaría a un egoísmo o a la estéril
soberbia; lo contrapuesto a la autocompasión es un sano realismo,
de equilibrio natural y sobrenatural; es decir, el tomar conciencia
del valor que tiene nuestra persona ante los ojos de
Dios y la grandeza de nuestra vocación tanto social como
sobrenatural. El segundo peligro son los sentimientos de odio y rabia;
muchas personas, incluso cristianas, guardan un gran resentimiento hacia el
mundo, hacia sí mismos, y –en el fondo– hacia Dios.
Esta rabia está profundamente enterrada en el corazón y se
manifiesta exteriormente como frustración y depresión ; puede, en consecuencia,
exteriorizarse a través de una conducta sexual desordenada; en estos
casos la conducta sexual toma el carácter de auto-castigo. El tercer
peligro está representado por los inesperados enamoramientos, que suelen suceder
cuando se encuentran dos personas en similares malos momentos espirituales.
No es extraño encontrarse con personas que, en un momento
de debilitamiento espiritual o psicológico, de resentimiento o de abandono
de los ideales, de fracasos espirituales, etc., se encuentran con
la persona “ideal” que los “comprende” como ningún otro lo
ha hecho hasta el momento. A veces el juego comienza
con algo inocente: charlas largas, confidencias de las propias dificultades,
consejos, consuelos, etc., y puede terminar (a menudo sucede así)
en un enamoramiento ilícito (por ejemplo, cuando se trata de
personas casadas, de religiosos o religiosas). El cuarto peligro lo encarnan
las mismas fuerzas del maligno, es decir, la acción diabólica
que puede ser en gran medida responsable de muchos abusos
en el plano de la sexualidad. El desorden sexual degrada
al ser humano y el demonio es enemigo de nuestra
naturaleza. El demonio debe tener mucho que ver en la
corrupción de la esfera sexual, especialmente cuando el desorden sexual
se relaciona con dos cosas: con la perversión y la
desviación sexual, y cuando se empalma con la destrucción de
la vida (aborto) o la cerrazón a la vida (anticoncepción). Pero
volviendo a nuestro tema de la educación de la castidad,
una de las claves en su pedagogía y conservación está
en el trabajo sobre el sentimiento del pudor.
8. El pudor
es la defensa de la castidad
No es posible defender o
alcanzar la castidad si no se comienza por educar el
pudor. Pudor designa la tendencia a esconder algo para defender
la propia intimidad respecto de las intromisiones ajenas. Es una
“cualidad, en parte instintiva y en parte fruto de la
educación deliberada, que protege la castidad. Se realiza lo mismo
en la esfera sensitivo-instintiva que en la consciente-intelectual, como freno
psíquico frente a la rebeldía de la sexualidad” . Santo
Tomás dice de él que es un sano sentimiento por
el que las pasiones relacionadas con la sexualidad, después del
pecado original, producen un sentimiento de disgusto, de vergüenza, de
malestar en el hombre, hasta tal punto que instintivamente se
quiere ocultar todo lo relativo al cuerpo, a la intimidad
y a la sexualidad, de las miradas indiscretas .
Pudor y
pudicicia. El pudor pertenece tanto a la esfera instintiva como
a la consciente. En el primer caso, existe el pudor
en el sentido estricto de la palabra; en el segundo,
una organización superior del mismo que entra en la categoría
de virtud y se denomina pudicicia . La pudicicia o
pudor-virtud “se relaciona íntimamente con la castidad, ya que es
expresión y defensa de la misma. Es, por consiguiente, el
hábito que pone sobre aviso ante los peligros para la
pureza, los incentivos de los sentidos que pueden resolverse en
afecto o en emoción sexual, y las amenazas contra el
recto gobierno del instinto sexual, tanto cuando estos peligros proceden
del exterior, como cuando vienen de la vida personal íntima,
que también pide reserva o sustracción a los ojos de
los demás y cautela ante los propios sentidos. De esta
suerte el pudor actúa como moderador del apetito sexual y
sirve a la persona para desenvolverse en su totalidad, sin
reducirse al ámbito sexual. No se confunde con la castidad,
ya que tiene como objeto no la regulación de los
actos sexuales conforme a la razón, sino la preservación de
lo que normalmente se relaciona estrechamente con aquellos actos. Viene
a ser una defensa providencial de la castidad, en razón
de la constitución psicofísica del género humano, perturbada por el
pecado original” . En el plano puramente instintivo podemos decir que
consiste en una resistencia inconsciente a todo lo que revelaría
en nosotros el desorden de la concupiscencia de la carne.
Cuando se hace consciente, consiste en la elevación de ese
sano instinto por obra de la virtud de la prudencia,
ya que tiende a excluir circunstancias y a frenar pensamientos
previendo que mediante su actividad causarían una violación del orden
moral.
Pudor y educación. En este sentido, siendo la educación humana
la actuación de los valores humanos que están en todo
hombre en potencia y la afirmación de los valores espirituales
sobre la materia, puede muy bien concluirse que la bondad
de una educación se mide por el desarrollo y afinamiento
dados a la pudicicia, la cual tiende a fortificar el
espíritu más que ningún otro habito operativo . No puede
existir educación de la castidad sin el desarrollo del sentimiento
del pudor. De la preservación de esta facultad natural depende
en gran parte la posibilidad y la capacidad de resistencia
a las causas externas que continuamente atentan a la integridad
moral y a la pureza .
Pudor instintivo y pudor convencional.
Existe un pudor instintivo, ligado a la constitución psicológica del
hombre, y por tanto universal, que se manifiesta como sentimiento
de miedo, de vergüenza, ligado de algún modo, a la
emoción sexual. “Aunque algunos niegan este carácter natural del pudor,
afirmando que se trata sólo de un hábito adquirido como
fruto de la educación, hay que decir, sin embargo, que
los estudios antropológicos revelan la existencia del pudor en todos
los pueblos, también en los primitivos, en los que, a
lo más, varía sólo lo que llaman la individuación secundaria
del pudor, es decir, su localización en distintas zonas del
cuerpo, que por lo demás no depende del convencionalismo o
de la costumbre, sino que en sus líneas esenciales es
un proceso racional, conforme a la naturaleza del hombre” . Pero
la educación y las condiciones ambientales influyen notablemente en la
elaboración personal que cada uno hace de este pudor, el
cual, aunque instintivo, no excluye una cierta plasticidad común a
todos los instintos, sino que la implica. “Las condiciones concretas
a las que el pudor adapta su acción prudencial son
diversas, como por ejemplo, la edad, la diferencia de atracción
erótica ejercitada por las distintas partes del cuerpo, el tipo
psicológico individual, etc. Estos distintos factores explican las diferencias de
las distintas formas de pudor entre los pueblos” , es
decir, explican la existencia de un pudor convencional que depende
esencialmente de las épocas, de la educación, de los individuos,
de las regiones. Las múltiples reacciones de pudor en una persona
no son todas manifestaciones de pudor instintivo. Es decir: son
manifestaciones de pudor instintivo las que están ligadas a excitantes
absolutos (éstos son relativamente pocos), mientras que son manifestaciones convencionales
las ligadas a excitantes condicionales. El pudor convencional merece respeto,
pero no siempre es sincero ni revelador de una virtud
profunda. Ciertas personas depravadas, pero que no ignoran las convenciones
sociales, se rodean de precauciones superfluas para ocultar sus perversos
instintos. Pero éste no es el verdadero pudor.
Falsa educación del
pudor: la pudibundez. Se debe educar en el pudor con
prudencia. Una educación demasiado estrecha en este campo multiplicaría las
dificultades y no haría sino agravar la inquietud y el
malestar de los adolescentes y de los jóvenes. Es un
hecho innegable que, mediante una educación demasiado rígida, los siglos
pasados llevaron el pudor a terrenos en los que no
entra para nada, y de esta manera hicieron ver el
mal en todas partes. Lamentablemente este tipo de “mala educación
del pudor” no puede causar sino reacciones contrarias, es decir,
conduce a la impudicia. Educar en el pudor significa, pues, al
mismo tiempo que cultivarlo, también defenderlo de toda mezquindad que
tan fácilmente se confunde con el pudor. Justamente la falsificación del
pudor, tiene un nombre y éste es “pudibundez”. Se denomina
así al pudor desequilibrado o excesivo, causado en general por
una falsa educación. La pudibundez no hace a las personas
castas sino caricaturas de castidad. “La pudibundez es enemiga nata
del pudor, como la beatería es enemiga de la religiosidad
verdadera y consciente. El espíritu del adolescente se rebela y
le molestan las ideas mezquinas y ruines” .
La auténtica educación
del pudor. La educación del pudor debe ser indirecta, porque
una educación directa implicaría necesariamente orientar la atención sobre los
objetos que justamente el pudor debe atenuar en su atractivo.
No obstante, aunque indirecta, debe ser positiva, es decir, debe
preparar aquella atmósfera espiritual que además de impedir la degradación
en el campo de la sexualidad animal, hará más fáciles
las revelaciones graduales necesarias en su tiempo oportuno. Esta educación del
pudor debe ser parte de una educación moral del sentimiento,
es decir, de la afectividad en general (que algunos llaman
“educación del corazón”). Educar el corazón se resume en conseguir
enamorar a la persona de la virtud y corregir toda
desviación anormal del amor sensible. Implica también educar la voluntad;
ésta exige, junto al ejercicio constante y cotidiano, la “gimnasia
espiritual” que nos plasme y nos doblegue de modo que
seamos capaces de poner en acto lo que comprendemos con
tanta facilidad y que proclamamos todavía con mayor facilidad, pero
que realizamos con muchísima dificultad. No hay que olvidar que
la virtud de la castidad, en cuanto virtud moral, tiene
su sede en la voluntad. Pero por encima de todo,
ha de reinar la educación de la religiosidad: para la
vida casta, la educación religiosa “es el coeficiente primero y
más poderoso, porque los demás coeficientes humanos tienen valor solamente
temporal, es decir, mientras perduran los intereses correspondientes en el
espíritu del niño. Sólo la religión posee una eficacia que
sobrepasa los límites de tiempo, de lugar, de espacio, de
ambiente, de circunstancias, con tal que sea sentida, consciente y
activa.... La religión ha constituido siempre para la pedagogía sexual
una potencia única. La religión valoriza la pureza y la
presenta al joven como una de las virtudes más altas
y más hermosas, a la vez que indica los medios
para conservarla y defenderla con esmero, con reserva, con la
disciplina interior de las imaginaciones y de los deseos, y
con la disciplina exterior de los sentidos” .
*
* * Aun cuando
la castidad pueda costarte, no renuncies nunca a ella. No
renuncies a tu felicidad, ni a forjar una familia santa;
no renuncies al noviazgo puro ni al verdadero romanticismo. No
cambies el vuelo de la gaviota sobre el mar abierto,
por la claudicación del ave de rapiña que pasa sus
días picoteando carroña en las sucias desembocaduras de un riachuelo.
Bibliografía
para ampliar y profundizar
–Pieper, J., Las virtudes fundamentales, Rialp, Madrid
1980. –Dietrich von Hildebrand, Pureza y virginidad, Desclée de Brouwer, Pamplona
1958. –Benedict Groeschel, The Courage to be Chaste, Paulist Press, New
York 1985. –P. Alberto Hurtado, El adolescente un desconocido (su título
original fue: La crisis de la pubertad y la educación
de la castidad), Obras completas, tomo 2, Dolmen, Chile 2001. –Zalba
Erro, Pudor, en Gran Enciclopedia Rialp, tomo 19, Rialp, Madrid
1989, 455-456. –Leonardo Castellani, Feud en cifra, Buenos Aires, 1966. ––––––––––––––––, Feud.
Diccionario de Psicología, Jauja, Mendoza 1996. –Ennio Innocentti, Sigmund Freud, Rev.
Diálogo 4 (1992), 73-104. –––––––––––––, Las características del psicoanálisis, Rev. Diálogo
5 (1993), 45-63. –––––––––––––, Freudismo y ciencia (1ª parte), Rev. Diálogo
7 (1993), 89-110. –––––––––––––, Freudismo y ciencia (2ª parte), Rev. Diálogo
8 (1993), 109-121. ––––––––––––– Freudismo entre filosofía y antifilosofía, Rev. Diálogo
9 (1994), 95-117. ––––––––––––– Freud y la religión, Rev. Diálogo 11
(1995), 75-120. –Miguel Angel Fuentes, Pornografía y sexualidad, Rev. Diálogo 12
(1995), 131-158. _________________, La educación de la sexualidad, un desafío para
padres y educadores, Rev. Diálogo 18 (1997), 45-66. –––––––––––––––––, Los hizo
varón y mujer, Ediciones Verbo Encarnado, San Rafael 1998. –Karol Wojtyla,
Amor y responsabilidad, Razón y Fe, Madrid 1978.
“Exponencial” significa que el ritmo aumenta cada vez más rápidamente.
Mira la bibliografía al final del capítulo. Estos
pensaban que la transmisión del género humano no habría sido
por unión sexual, pero Dios, previendo la caída de nuestros
primeros padres, lo dispuso desde el origen de esta manera.
Por tanto, opinaban que si bien desde el primer momento
de la historia de los hombres la relación sexual tuvo
que ver con la propagación del género humano, fue por
relación (previsión) al pecado. Cf. Pieper, J., Las virtudes
fundamentales, Rialp, Madrid 1980, pp. 250-251. Bien “deleitable” y
bien “concupiscible” son sinónimos; indican el bien que produce deleite
en los sentidos; aquí nos referimos principalmente al deleite venéreo
o sexual. El apetito concupiscible es la sede de
nuestros afectos que tienen por objeto los bienes sensibles deleitables;
es una función del apetito sensible; la otra función se
denomina apetito irascible, y tiene por objeto los afectos cuyo
objeto es un bien sensible difícil. La justicia es
la virtud que perfecciona la voluntad en la búsqueda del
bien; virtudes anexas son aquellas que tienen relación con la
justicia pero por una razón u otra no son justicia
estricta; tal es el caso de la religión, gratitud, piedad,
veracidad, epiqueya, etc. Imperio de ejercicio o también “uso
activo” es la acción por la cual la voluntad “mueve”
a las demás potencias (en nuestro caso, al apetito sensible
o afectividad) a su ejercicio propio (es decir, las “aplica”,
como se dice en ética). Los he desarrollado en:
Al principio no fue así. El valor normativo del “principio”
en la moral conyugal; conferencia dada en Santiago de Chile,
2002; y en las IIª Jornadas de la Familia, Toronto,
Canadá, 2003. Débito conyugal se llama a la obligación
que cada uno de los cónyuges (esposo y esposa) tiene
de prestarse a tener relaciones cuando el otro lo solicita
razonablemente. Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2294;
2361; 2375; Carta Apostólica Vitae mysterium, 3; Veritatis Splendor 72,
79, 112, etc. Esta posibilidad de “leer” e “interpretar”
un plan divino en la propia naturaleza y en la
creación en general tiene un relieve singular: establece la posibilidad
de un diálogo natural entre la creatura y el Creador.
Es el fundamento de un “lenguaje” natural, que el ser
humano capta en la naturaleza y que tiene por Relator
principal a Dios. De lo contrario, el niño no
alcanza su plena madurez, para la cual necesita de modo
estable la referencia a su padre y a su madre
natural hasta bien entrada la adolescencia y juventud. Catecismo
de la Iglesia Católica, nº 2339. Estoy totalmente de
acuerdo con los que critican una mala educación de la
castidad basada en amenazas falsas y probablemente ineficaces y acomplejantes
(por ejemplo, el afirmar, como puede leerse en algunos libros,
que algunos actos impuros pueden acarrear ceguera, dramas físicos, etc.).
Aunque hay que añadir que gran parte de quienes suelen
esbozar estar críticas no buscan corregir estos excesos (algunos explicables
por defectuosos conocimientos médicos o psicológicos de otras épocas) sino
proponer una total liberación sexual. GS, n. 17.
El término “político” significa –por contraposición a “despótico”– que dicho
gobierno no es pleno sino que es análogo al que
en una sociedad se ejerce sobre hombres libres. San
Agustín, Confesiones, 10, 29, 40. Este texto está citado por
el Catecismo (n. 2340). Evito entrar en la discusión
de si la virtud cristiana de la templanza es la
misma virtud humana de la templanza elevada por la gracia
(doctrina de San Buenaventura) o bien coexisten en el hombre
en gracia la virtud humana de la templanza y una
virtud infusa del mismo nombre (doctrina de Santo Tomás).
Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2337. El texto continúa:
“La sexualidad, en la que se expresa la pertenencia del
hombre al mundo corporal y biológico, se hace personal y
verdaderamente humana cuando está integrada en la relación de persona
a persona, en el don mutuo total y temporalmente ilimitado
del hombre y de la mujer. La virtud de la
castidad, por tanto, entraña la integridad de la persona y
la totalidad del don”. Catecismo de la Iglesia Católica,
nnº 2338. Ver sobre este punto lo que señalan
los estudiosos de las adicciones sexuales, como Patrick Carnes.
Es interesante a este respecto lo que escribía Juan Pablo
II: “.... la pureza es una “capacidad”, o sea, en
el lenguaje tradicional de la antropología y de la ética:
una actitud. Y en este sentido, es virtud. Si esta
capacidad, es decir, virtud, lleva a abstenerse “de la impureza»,
esto sucede porque el hombre que la posee sabe “mantener
el propio cuerpo en santidad y respeto, no con afecto
libidinoso”. Se trata aquí de una capacidad práctica, que hace
al hombre apto para actuar de un modo determinado y,
al mismo tiempo, para no actuar del modo contrario. La
pureza, para ser esta capacidad o actitud, obviamente debe estar
arraigada en la voluntad, en el fundamento mismo del querer
y del actuar consciente del hombre. Tomás de Aquino, en
su doctrina sobre las virtudes, ve de modo aún más
directo el objeto de la pureza en la facultad del
deseo sensible, al que él llama appetitus concupiscibilis. Precisamente esta
facultad debe ser particularmente «dominada”, ordenada y hecha capaz de
actuar de modo conforme a la virtud, a fin de
que la “pureza” pueda atribuírsele al hombre. Según esta concepción,
la pureza consiste, ante todo, en contener los impulsos del
deseo sensible, que tiene como objeto lo que en el
hombre es corporal y sexual. La pureza es una variante
de la virtud de la templanza” (Juan Pablo II, Catequesis
“La pureza del corazón según San Pablo”, 28 de enero
de 1981). Cf. Juan Pablo II, catequesis “La pureza
del corazón según San Pablo”, 28 de enero de 1981.
Un libro clásico y muy valioso sobre este tema
es el de Dietrich von Hildebrand, Pureza y virginidad, Desclée
de Brouwer, Pamplona 1958. Allí el autor estudia la pureza
o castidad en sí, en el matrimonio y en la
virginidad consagrada. “Los novios están llamados a vivir la
castidad en la continencia. En esta prueba han de ver
un descubrimiento del mutuo respeto, un aprendizaje de la fidelidad
y de la esperanza de recibirse el uno y el
otro de Dios. Reservarán para el tiempo del matrimonio las
manifestaciones de ternura específicas del amor conyugal. Deben ayudarse mutuamente
a crecer en la castidad” (Catecismo de la Iglesia Católica,
nº 2350). Cf. Benedict Groeschel, The Courage to be
Chaste, Paulist Press, New York 1985, p. 18. P.
Alberto Hurtado, El adolescente un desconocido (su título original fue:
La crisis de la pubertad y la educación de la
castidad), Obras completas, tomo 2, Dolmen, Chile 2001, pp. 177-212.
La cita es de la página 184. P. Alberto
Hurtado, ibid., p. 185. P. Alberto Hurtado, ibid., p.
185. Cf. Groeschel, The Courage to be Chaste, pp.
70-74. No estoy diciendo con esto que todo estado
depresivo tenga como causa una represión. Cuidado con malinterpretar la
extensión de estas afirmaciones. Zalba Erro, Pudor, en Gran
Enciclopedia Rialp, tomo 19, Rialp, Madrid 1989, 455-456. Cf.
S.Th. II-II, q.151, a.4 C. Scarpellini, Pudore e pudicicia,
en Enciclopedia Cattolica, Roma 1953, vol. X, col.296.
Zalba Erro, loc. cit. C. Scarpellini, op. cit., col.297.
El pudor no es sólo un fenómeno de la
infancia; es una fuerza que se manifiesta más profundamente cuando
aparece el desarrollo del sexo en la pubertad. Conquista entonces
un aspecto nuevo, que no posee en la infancia, es
decir, el sentimiento de la propia dignidad, el respeto hacia
el propio cuerpo, el sentimiento de repugnancia por toda clase
de sujeción a la vulgaridad y a la sensualidad.
Zalba Erro, loc. cit. Scarpellini, op. cit., col.296.Cf. Demal,
Psicologia pastorale pratica, Roma 1955, p.120. Paganuzzi, Purezza e
pubertà, Brescia 1953, p.222. Cf. A. Stocker, La cura morale
dei nervosi, Milán 1951, p. 155 ss. Paganuzzi, op.
cit., p. 249. |