 |
| Recuerdos de Juan Pablo II |
Muchos hombres y mujeres, también entre quienes se dicen
“no practicantes”, se han sentido tocados por la muerte de
Juan Pablo II. Algunos lo han dicho en público, sin
miedo. Otros han guardado el secreto en su corazón, pero
no por ello han llorado y han empezado a ver
las cosas de un modo diferente.
Juan Pablo II ha entrado
de muchas maneras en millones de seres humanos. En los
que pensamos creer, desde el recuerdo de una alegría, de
una convicción, de una esperanza, de un testimonio: el testimonio
de quien nos confirmaba en la fe, de quien daba
voz al Evangelio en el creemos, de quien nos recordaba
los mandamientos y nos invitaba siempre a mirar a Cristo.
A
los que piensan no creer (quizá creen sin saberlo) les
ha dejado un sentimiento de respeto, de afecto, de compasión.
Quizá no aceptan algunos puntos de la doctrina católica. Seguramente
no van a misa los domingos, no se confiesan porque
no ven sentido al tener que decir los pecados a
un sacerdote, no comprenden la doctrina católica sobre la vida
conyugal. Pero había algo en Juan Pablo II, en sus
palabras, en su silencio y en su agonía, que ha
suscitado un movimiento interno que lleva a pensar que con
este hombre la humanidad ha perdido un amigo, un guía
espiritual, un auténtico líder, un testigo de los valores del
espíritu.
El tiempo pasa, y las emociones, las lágrimas, las preguntas,
los deseos más profundos pueden aquietarse o quedar sepultados bajo
la rutina. El trabajo llena nuestro tiempo, la sed de
información nos ahoga con mil mensajes de noticias urgentes, la
vida normal, hecha de encuentros y de sorpresas, hace que
el corazón vaya de un lado para otro, y que
la impresión dejada por lo ocurrido el sábado 2 de
abril de 2005 empiece a empañarse, quede allí como algo
lejano, un recuerdo cada vez más confuso. Además, la Iglesia
sigue su camino, ya tiene nuevo Papa (que quizá nos
sorprenderá con un modo nuevo de decir el mensaje “viejo”
y siempre fresco de Jesucristo), y todo ha vuelto “a
la normalidad”.
Habrá, sin embargo, muchos en los que la emoción
ha abierto nuevos horizontes. Algunos han empezado a leer textos
y discursos del Papa Wojtyla. Tal vez cogen entre sus
manos algunas de sus encíclicas para saborearlas, poco a poco,
como un testamento a la Iglesia y a los hombres
de buena voluntad. Otros ojean esas cartas escritas a los
niños, a las familias, a las mujeres, a los ancianos;
o los discursos sentidos, profundos, dirigidos a tantos grupos humanos
(especialmente a los enfermos, a quienes llevan en su vida
parte de la cruz de Cristo). Otros han comprado o
comprarán alguno de los “libros” del Papa: “Cruzando el umbral
de la esperanza”, “Don y misterio”, “Levantaos, vamos”, o el
último “Memoria e identidad”. Desean penetrar así, con los ojos
del recuerdo, en la vida y el corazón de quien
ha sido un Papa “Magno”.
No faltarán muchos que redescubran discursos
que dirigió Juan Pablo II al visitar su propio país,
o incluso su ciudad. Sentirán el recuerdo de los aplausos,
de las emociones. Alguno, incluso, evocará que pudo tocar, con
sus manos, la blanca sotana de Juan Pablo II.
También es
posible que otros permanezcan indiferentes o incluso lejanos ante la
vida y el mensaje de Juan Pablo II. Porque no
aceptaron algunas intervenciones disciplinares, o porque no compartieron la enseñanza
católica sobre la moral personal o comunitaria. Quizá sea un
momento para pensar si, de verdad, no vale la pena
prestar un poco de atención, dar una oportunidad a un
hombre que tuvo un corazón tan grande como el mundo;
que buscó, de mil modos, acercar al lejano, acoger a
los cristianos divididos, pedir humildemente perdón por los errores cometidos
por tantos bautizados...
Todos podemos rezar. Rezar para que el legado
de Juan Pablo II llegue lejos, penetre en profundidad, ilumine
oscuridades y avive conciencias dormidas. Rezar para que lo que
ha ocurrido en tantos corazones tras la muerte del Papa,
tras la llegada de un Papa nuevo, dé un fruto
fecundo. Porque, en el fondo, el Papa (cualquier Papa) sólo
quiere enseñarnos una cosa: Cristo, que es Camino, Verdad y
Vida.
Ese fue el sueño más profundo de Juan Pablo “Magno”.
Ese fue su compromiso desde que nos dirigió su primera
encíclica (Redemptor hominis, 1979) hasta que publicó la última (Ecclesia
de Eucharistia, 2003). Ese fue, quizá, el sentido de su
última palabra, en los momentos de agonía: “Amén”. Sí: así
sea. El Señor viene, y podemos estar en vela, el
Evangelio en mano, y la mirada profunda y tensa, como
la que tuvo un Papa “venido de lejos”...
Más
artículos del P. Fernando Pascual
Comentarios
al autor
Suscríbete aquí para recibir este servicio
en tu e-mail
Si tienes alguna duda, conoces algún caso que quieras
compartir, o quieres darnos tu opinión, te esperamos en los
FOROS DE CATHOLIC.NET donde siempre encontrarás a alguien al
otro lado de la pantalla, que agradecerá tus comentarios y
los enriquecerá con su propia experiencia.
|
|