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La Iglesia católica | categoría
Autor: Sandro Magister | Fuente: chiesa.espresso.repubblica.it
Las homilías del Papa Ratzinger
Ante todo las homilías son lo que de manera más genuina sale de la mente del Papa Benedicto
 
Las homilías del Papa Ratzinger
Las homilías del Papa Ratzinger
Las homilías litúrgicas son una veta del pontificado de Benedicto XVI. Es la menos conocida y a la que menos se recurre. Del Papa han hecho noticia y ruido la lección de Ratisbona, el libro sobre Jesús, la encíclica sobre la esperanza. Mucho menos, muy poco, las prédicas que dirige a los fieles en las misas que celebra en público.

Sin embargo, sin las homilías, el magisterio de este Papa teólogo sería incomprensible. Así como sin ellas no se entendería un san León Magno, el primer pontífice del que nos ha llegado la predica litúrgica, un san Ambrosio, un San Agustín, todos aquellos grandes pastores y teólogos, columnas de la Iglesia, que Joseph Ratzinger tiene por maestros.

Ante todo las homilías son lo que de manera más genuina sale de la mente del Papa Benedicto. Las escribe casi completamente de su puño y letra, a veces las improvisa. Pero sobre todo imprime en ellas ese trazo inconfundible que distingue las homilías de cualquier otro momento de su magisterio: su ser parte de una acción litúrgica, más aún, ser ellas mismas liturgia.


Liturgo de Jesucristo para las gentes

Benedicto XVI ha dicho claramente en la homilía que pronunció el 29 de junio del 2008 en la fiesta de San Pedro y San Pablo: su vocación es la de "servir como liturgo de Jesucristo para las gentes". La expresión audaz es de Pablo en el capítulo 15 de la Carta a los Romanos. Y el Papa la ha hecho propia. Ha identificado su misión de sucesor de los Apóstoles precisamente en el hacerse servidor de una "liturgia cósmica". Ya que "cuando el mundo en su conjunto sea liturgia de Dios, entonces habrá alcanzado su meta, entonces estará sano y salvo".

Es una visión impresionante. Pero el Papa Ratzinger tiene esta certeza indestructible: cuando celebra la misa sabe que allí está todo el actuar de Dios, entretejido con los destinos últimos del hombre y del mundo. Para él la misa no es un simple rito oficiado por la Iglesia. Es la Iglesia misma, habitada por el Dios trinitario. Es imagen y realidad de la totalidad de la aventura cristiana. No se equivocaban los paganos cultos de los primeros siglos, cuando para identificar la cristiandad la describían en el acto de celebrar. Porque esta era también la fe de los primeros creyentes. «Sine dominico non possumus», sin la eucaristía del domingo no podemos vivir, respondieron los mártires de Abitene al emperador Diocleciano que les prohibía celebrar. Y por esto sacrificaron sus vidas. Benedicto XVI ha recordado este episodio en la homilía de su primera misa celebrada fuera de Roma como Papa, en Bari, el 29 de mayo del 2005.


El tiempo de la Iglesia

En esa misma homilía el Papa definió el domingo como "Pascua semanal". Y con ello la identificó como el eje del tiempo cristiano. La Pascua, o sea la pasión, la muerte y la resurrección de Jesús, es un acto único en el tiempo, cumplido una vez por todas, pero es también un acto cumplido "para siempre", como bien subraya la Epístola a los Hebreos. Y esta contemporaneidad se realiza en la acción litúrgica, donde "la Pascua histórica de Jesús entra en nuestro presente y a partir de allí quiere alcanzar y penetrar la vida de aquellos que celebran y - por tanto - la entera realidad histórica". Como cardenal, en el libro "Introducción al espíritu de la liturgia", Ratzinger escribió páginas sugerentes sobre el "tiempo de la Iglesia", un tiempo en el cual "pasado, presente y futuro se compenetran y tocan la eternidad".

El ritmo del tiempo de la Iglesia lo marca el domingo. Es este "el primer día de la semana" (Mt 28,1) y por tanto el primero de los siete días de la creación. Pero es también el octavo día, el tiempo nuevo que tuvo principio con la resurrección de Jesús. El domingo es pues para los cristianos, dice Ratzinger, «la verdadera medida del tiempo, la unidad de medida de sus vidas», porque en cada misa dominical irrumpe la nueva creación. En cada misa la Palabra de Dios se hace carne. Lo muestran las pinturas de muchas iglesias del Medioevo y del Renacimiento: a un lado el Ángel anunciante, del otro la Virgen anunciada, y al centro el altar sobre el cual en cada misa Verbum caro factum est, por obra del Espíritu Santo. Pero también la estructura de la misa muestra ello de manera luminosa, como el Papa Benedicto recordó en un comentario suyo a la cena de Jesús resucitado con los discípulos de Emaús, en el Angelus del domingo 6 de abril del 2008. En la primera parte de la misa está la escucha de las Sagradas Escrituras, y en la segunda están "la liturgia eucarística y la comunión con Cristo presente en el sacramento de su Cuerpo y de su Sangre". Las dos mesas, de la Palabra y del Pan, están indisolublemente ligadas.

La homilía hace de puente entre las dos. El modelo es Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm, en el capítulo 4 del Evangelio de Lucas. Desenrollando el rollo de las Escrituras "las miradas de todos estaban fijas en Él. Entonces comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido esta Escritura que habéis escuchado". En sus homilías, el Papa Benedicto hace la misma cosa. Comenta las Escrituras y dice "hoy" ellas se cumplen en el acto litúrgico que se está celebrando. Con la repercusión que se sigue para la vida de todos, ya que - ha escrito - "la celebración no es sólo rito, no es sólo un juego litúrgico, ella quiere ser logiké latreia, transformación de mi existencia en dirección del Logos, contemporaneidad interior entre yo y Cristo".


El año litúrgico

Las Escrituras ilustradas por Benedicto XVI en cada homilía son naturalmente las de la misa del día, a la cual dan impronta. Y aquí entra en escena la otra gran articulación del tiempo de la Iglesia que es el ciclo del año litúrgico. Sobre el ritmo básico, el semanal de los domingos, se ha injertado ya desde los primeros siglos del cristianismo, un segundo ritmo, el ciclo anual, que tiene su elemento esencial en la Pascua, y en la Navidad y en Pentecostés otros dos centros de gravedad. Este segundo ritmo hace brillar el misterio cristiano en sus aspectos y momentos diferentes, a lo largo de todo el recorrido de la historia sagrada. Comienza con las primeras semanas del Adviento y prosigue con el tiempo de Navidad y de la Epifanía, con los cuarenta días de la Cuaresma, con la Pascua, con los cincuenta días del tiempo pascual, con Pentecostés. Los domingos fuera de estos tiempos fuertes son los del tiempo ordinario, per annum. Además hay fiestas como la Ascensión, la Trinidad, el Corpus Christi, los santos Pedro y Pablo, la Inmaculada, la Asunción.

Pero el año litúrgico es mucho más que la narración por episodios de una única gran historia y de sus protagonistas. El Adviento, por ejemplo, no es sólo memoria de la espera del Mesías, porque Él ya vino y todavía vendrá al fin de los tiempos. La Cuaresma es ciertamente la preparación para la Pascua, pero también para el bautismo como matriz de la vida cristiana de cada uno, sacramento administrado por antigua tradición en la vigilia pascual. Lo humano y lo divino, lo temporal y lo eterno, Cristo y la Iglesia, los sucesos de todos y cada uno son sorprendentemente entretejidos en cada momento del año litúrgico. Lo testimonia una estupenda antífona de la fiesta de la Epifanía: "Hoy la Iglesia se ha unido al Esposo Celeste, porque en el Jordán Cristo lavó los pecados de ella. Corren los Magos con los dones a las nupcias reales y los invitados se alegran por el agua convertida en vino". Los Magos, el bautismo de Jesús en el Jordán, las bodas de Caná, todo se vuelve "epifanía", manifestación de la unión nupcial entre Dios y el hombre, de la que la Iglesia es el signo y la eucaristía el sacramento.


Nuevo libro: las homilías del Papa Benedicto

En este libro por primera vez se recoge un ciclo de homilías de Benedicto XVI. Son las del año litúrgico que comenzó con el primer domingo de Adviento del 2007, o mejor, con las vísperas de la vigilia de este domingo. Esta primera homilía y la del siguiente 31 de diciembre fueron pronunciadas por el Papa durante las vísperas, antes del Magnificat. Todas las otras durante la misa, después del Evangelio. La mayor parte han tenido lugar en San Pedro, en la basílica o en la plaza; una en la Capilla Sixtina; una en San Juan de Letrán; una en San Pablo fuera de los muros; cuatro en otras iglesias de Roma; una en Castel Gandolfo; una en Albano; las otras en otras ciudades de Italia y del mundo donde el Papa estaba de visita: Nueva York, Génova, Brindisi, Sydney, Cagliari, París.

En dos ocasiones Benedicto XVI, además de celebrar la misa, administró el bautizo a niños y adultos. Una vez confirmó a unos jóvenes. Otra vez ordenó sacerdotes. En una ocasión consagró los óleos para la administración de los sacramentos. En otra más impuso el palio a los nuevos arzobispos metropolitanos. En una ocasión consagró una nueva iglesia parroquial y en otra el nuevo altar de una catedral. En todos estos casos el Papa dedicó una parte de la homilía a ilustrar los gestos de la liturgia.

Además, tres veces la misa fue precedida o seguida de una procesión: el miércoles de Ceniza, el domingo de Ramos y el Corpus Christi. La noche del jueves santo el Papa lavó los pies a doce personas. La noche de Pascua presidió la liturgia de las luces, con el encendido del cirio pascual y el canto del Exultet.

El 29 de junio, fiesta de san Pedro y san Pablo, participó con él en la misa - sin consagrar ni dar la comunión - el patriarca ecuménico de Constantinopla Bartolomé I, el cual se unió también a la homilía, hablando inmediatamente antes del Papa.

En cada caso, Benedicto XVI siempre basó sus homilías en pasajes de la Escritura leídos en la misa del día o en las vísperas, según corresponda. El lector encontrará esos pasajes reproducidos al final de cada homilía: complemento indispensable para situarla en su contexto litúrgico. Los pasajes casi siempre coinciden con las lecturas del misal romano proclamadas el mismo día en casi todas las iglesias católicas del mundo. Después de las homilías de las vísperas de inicio del Adviento y del 31 de diciembre el lector encontrará también los textos del Magnificat y del Te Deum.

Al leer las homilías de Benedicto XVI de corrido se diseña el año litúrgico, y por tanto el misterio cristiano, con una nitidez ejemplar. El diseño tiene aquí y allá ciertos vacíos, porque en no pocos domingos y fiestas el Papa no ha celebrado en público. Pero él mismo muestra que quiere colmar estos vacíos dedicando a tal fin los mensajes que dirige a los fieles y al mundo todos los domingos a mediodía antes de la oración del Angelus o, en el tiempo pascual, antes del Regina Coeli.

Estos mensajes son frecuentemente pequeñas homilías. En las que Benedicto XVI comenta las lecturas de las misas del día. Son inconfundiblemente de su puño y letra, verdaderas joyas de homilética menor. En un apéndice al libro el lector encontrará algunas seleccionadas. Y con ellas enriquecerá la visión de aquella obra de arte que es el año litúrgico narrado por el Papa Benedicto.


Homilías. El año litúrgico narrado por Joseph Ratzinger, Papa

Con este título se recoge por primera vez en un libro la prédica de Benedicto XVI en las misas y en las vísperas, en el lapso de un año. Una lectura obligatoria para entender este pontificado.


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