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La Iglesia católica | categoría
Los Papas y el Pontificado | tema
Autor: n/a | Fuente: Revista Cristiandad
¿Cómo se elige al sucesor de Pedro?
Un acercamiento a una elección papal: el protocolo y la connotación del Cónclave de cardenales y sus vicisitudes en el tiempo; el proceso de elección...
 

Al principio de la Iglesia

La elección papal en los primeros siglos de la Iglesia fue hecha por el clero de Roma, en especial por los obispos. El pueblo se limitaba a aclamarlos. Pero esto causó muchos trastornos, como la elección de antipapas. El primero de ellos, Ursino, fue elegido por el pueblo de Roma y una parte del clero, en el año 396, para oponerlo a San Dámaso, que acababa de ser electo por los obispos. Los partidarios del Papa riñeron con los del antipapa en una Iglesia, y hubo graves incidentes relacionados con esto. El emperador Valentiniano entonces intervino por medio del exarca de Roma, poniéndose de parte del verdadero Papa, afortunadamente, que era San Dámaso. Así comenzó, con laudable propósito inicial, la ingerencia de los emperadores, que luego tendría tan funestos resultados. Los emperadores de Oriente, que reinaban en Bizancio, y los de Occidente, tuvieron a gran honra llamarse protectores de la Iglesia contra infieles, herejes, cismáticos y sediciosos. Pero su protección se transformó en tutela intolerable de la autoridad civil sobre la eclesiástica.

Los Papas jamás lo consintieron, ya que la política de la Iglesia durante veinte siglos ha sido afirmar enérgicamente que lo que es de Dios no puede darse al César. En algunos casos, para evitar mayores males, debieron aceptar la intromisión, pero conservando íntegra la libertad de su magisterio. Y eso les costó luchas terribles. Es curioso que las iglesias cismáticas sí hayan permitido, o incluso se hayan basado en elecciones gubernamentales o políticas, lo que desvirtúa totalmente la integridad doctrinaria.


Las miradas de la Cristiandad vueltas al Cónclave

El cónclave que tiene lugar entonces puede variar mucho en su duración. Hubo el que duró treinta y seis días, como el de Pío VIII, y cincuenta, como el de Gregorio XVI, y más aún, tres meses y medio, como el de Pío VII, y hasta seis meses, como el de Benedicto XIV.

Toda comunicación personal y privada con el exterior estaba prohibida, bajo censuras eclesiásticas tan graves, que solamente el futuro Pontífice puede levantar. Mas era permitido recibir periódicos o comunicaciones impersonales y públicas.

A las ocho de la mañana del día siguiente a la clausura, la campanilla del maestro de ceremonias llama a los cardenales. Ese día el decano celebra su misa y todos los demás comulgan en ella. En los días siguientes cada cual la dice en su habitación o en alguno de los muchos altares dispuestos, y si hay algún cardenal no sacerdote, simplemente diácono y aun laico, como en siglos pasados, se limita a oírla.

Luego se visten la crocea o crocula, que es el traje del Cónclave, mandado por el ceremonial de Gregorio XV, de líneas solemnes y antiquísimas: una clámide o capa pluvial de lana violeta, con larga cola, sin mangas, prendida al pecho; debajo de ella, el roquete de encaje y la muceta. Así marchan al lugar designado en esa oportunidad, donde dos veces por día votarán sus candidatos hasta que uno de ellos resulte elegido.

Cuando se realizaba en la Capilla Sixtina, ¡qué espectáculo sublime sería verlos atravesar silenciosamente la sala real de las siete puertas, que Pablo III mandó construir y decorar para recibir a sus embajadores!

Los frescos murales nos recuerdan escenas grandiosas de la historia de la Iglesia: Pepino y Carlomagno presentando al Papa sus donativos; Pedro de Aragón ofreciendo su reino a Inocencio III; el emperador Enrique IV recibiendo la absolución de Gregorio VII, en Canossa, y Federico Barbarroja reconciliándose con Alejandro III, en la plaza de San Marcos, en Venecia. Más allá, Gregorio XI, el postrer Papa de Aviñón, volviendo a Roma, y en el último fresco, la batalla de Lepanto, en la que España salvó al mundo de la invasión musulmana. ¡Qué pensamientos nobles, qué sentimientos de su inmensa responsabilidad han de haber llenado los corazones y las mentes de aquellos hombres, que fueron actores principales en la estupenda historia de la Iglesia!

A continuación, sus ojos descubrirían esa maravilla erigida por Sixto IV, la Capilla Sixtina, donde al pie del sublime fresco de Miguel Ángel, que representa el Juicio Final, se halla el altar, y en él los dos anchos cálices de plata, donde se depositan los votos.

A derecha e izquierda están las banquetas o sillas de los cardenales, según su antigüedad, debajo de un dosel que se mantiene alzado hasta que se elige al Papa.

Elegido éste, su dosel es el único que no se baja.

Delante de cada banqueta hay una mesilla cubierta con un tapiz verde, si el cardenal ha sido elevado a su dignidad por el Papa difunto, o violeta, si fue promovido al cardenalato por un Papa anterior. Del mismo color son las telas que tapizan las habitaciones de cada uno.

Cerradas las puertas de la Capilla Sixtina, donde sólo quedan los cardenales, después de una oración, uno a uno se aproximan al altar y previo juramento depositan la papeleta de su voto en el cáliz de la derecha. El otro servirá para hacer el escrutinio.

Se necesitaban dos tercios para ser elegido, y nadie podía votarse a sí mismo.

La boleta va firmada, pero plegada en tal forma que los escrutadores sólo pueden leer el nombre del elegido, pero no la firma del votante, que permanecerá secreta.

Sólo en caso de que un candidato hubiera tenido exactamente dos tercios de los votos se buscará su boleta, que se reconocerá porque lleva un lema que él debe denunciar en ese momento, y se abrirá para ver si se ha votado a sí mismo; pues de ser así habrá que proceder a nueva elección.

Practicado el escrutinio, se anuncia el número de votos que han obtenido los candidatos, y si ninguno de ellos alcanza a los dos tercios, se permite una nueva votación inmediata, que se llama "accesión", por la que tienen la oportunidad de aumentar en ese momento los sufragios y muchas veces dar el triunfo al candidato a quien le faltan pocos votos.

En la elección de accesión nadie puede volver a votar a su propio candidato ni a uno que no haya tenido voto alguno, pero sí puede votar en blanco.

Si del escrutinio de la accesión resulta que nadie tiene los dos tercios, se da por terminada la tarea de esa mañana o de esa tarde, y se queman en la chimenea las boletas con un puñado de paja húmeda, lo que produce la famosa sfumata (humareda), por la que el pueblo reunido afuera se informa de que todavía no hay Papa.

Aunque se reúnen a votar dos veces por día, suele acontecer que se repitan las votaciones centenares de veces, hasta alcanzar los dos tercios indispensables.

Cuando el resultado de la elección recae sobre alguien que no se encuentra en el cónclave, se manda a buscar al elegido, y todo el colegio cardenalicio lo aguarda en la entrada, lo acompaña hasta la sala del escrutinio; cada cardenal ocupa su silla y el designado escucha al cardenal decano que le anuncia su elección: Aceptas la elección que te consagra como Sumo Pontífice? (Acceptasne electionem de te canonice factam in Summum Pontificem?)

Entonces llega el turno del interpelado, que debe dar su consentimiento para validar su nombramiento. En el caso de León III, por ejemplo, la respuesta que dio fue: "Puesto que Dios quiere que asuma el Pontificado, yo no puedo contradecirlo".

Se oye entonces el ruido de los doseles de todos los cardenales bajarse repentinamente, sin que quede levantado mas que el del elegido, si formó parte del cónclave, o ninguno si no estuvo hasta entonces.

Entonces el decano le pregunta qué nombre va a adoptar. Desde el siglo X, en que Juan XII lo hizo por primera vez, toman los electos un nombre distinto del suyo. Solamente dos Papas en diez siglos lo han conservado: Adriano XI (1522) y Marcelo II (1555). Es conocida la honorable tradición de que ningún Papa quiso llamarse Pedro II, en reverencia al jefe de los Apóstoles.

Entonces el elegido se retira a un vestuario próximo, donde es revestido con el traje de audiencia: sotana blanca, ceñida por un cinturón de seda, roquete de encaje, y muceta o esclavina de terciopelo rojo. Sobre la cabeza, el blanco solideo, y al cuello, una estola bordada de oro.

Así vestido, ocupa el trono colocado junto al altar, del lado del Evangelio, y uno por uno los cardenales se aproximan a besarle la mano y reciben de él un abrazo y el beso de paz.

Entre tanto, uno de los dignatarios del Cónclave, precedido de la cruz pontificia, aparece en el balcón frente a la plaza y deja caer sobre la muchedumbre y sobre el orbe entero aquellas palabras viejísimas y solemnes: "Annuntio vobis gaudium mágnum: habemus Pontificem...", y pronuncia su nombre y su título en la larga cronología de los Papas.


Por los siglos hasta la eternidad...

Por siglos el demonio ha suscitado los más fieros y atrevidos ataques contra la Iglesia. Ya sea hiriéndola desde fuera o aún suscitando la cooperación desde dentro de la Divina Ciudad, nunca ha podido, ni podrá jamás contra Ella.

Vendrán nuevas persecuciones, aplastando la verdad y violando la justicia, con la complicidad de los poderes de la tierra. Pero detrás de esas futuras persecuciones está siempre el triunfo glorioso de la Iglesia y el Pontífice.

Quienes han sido coronados cien veces con la corona de la victoria lo serán otras cien veces coronados hasta que llegue la consumación de los siglos.

Y hasta esa fecha seguirán los católicos cantando todos los días ante el trono del Romano Pontífice, con seguridad de no errar:

"Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra Ella..."


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