La cantidad de $170,000 que Catholic.net necesita alcanzar dividida entre los 250,000 usuarios diarios del portal corresponde a un importe de menos de ¡0.70 dólares por cada uno!
En la práctica es imposible recibir 0.70 dólares de cada uno de los 130,000 usuarios, ¡pero quizá sí es posible recibir 50 dólares de 3,400 de ustedes! ¿Podría usted formar parte de ese "grupo de los 3,400" de cuya generosidad depende la sobrevivencia y el desarrollo de Catholic.net? ¡Por favor, piénselo! ¡Envíe su donativo hoy mismo!
Autor: P. Juan Morre, Diócesis de Morón, Argentina | Fuente: Diócesis de Morón, Argentina El celibato sacerdotal, ¿una forma de represión?
El sacerdote, siendo célibe, se puede entregar por completo a todos los hombres
El celibato sacerdotal, ¿una forma de represión?
Estimado P. Juan Morre:
Hace unos días conocí
a un ex-sacerdote que ha fundado una asociación de ex-sacerdotes
que aseguran que el celibato es una forma de represión
y aparentan estar felices en su nuevo estado de vida
como casados. La verdad, yo noté en sus ojos y
en sus palabras un dejo de rencor y una especie
de melancolía, pero no supe qué decir y todos los
que estaban en la reunión se quedaron convencidos de que
la Iglesia era una "tirana" por exigir el celibato a
los sacerdotes. ¿Me puede explicar u orientar para tener una
respuesta atinada en este tipo de casos? Cristina
Estimada Cristina:
Sin duda
es muy difícil pretender responder desde la teoría, a una
situación como la que se plantea, en la que
sin duda influyen muchos aspectos de la vida de la
persona (afectos, sentimientos, psiquis, formación espiritual, doctrinal, intelectual, etc.)
El celibato es un medio valiosísimo para vivir con alegría
la disponibilidad total a las necesidades de la Iglesia y
de los hombres, ya que el célibe se consagra por
entero al servicio de Dios y de los demás y
a la administración de los sacramentos. En otras palabras el
sacerdote, siendo célibe, se puede entregar por completo a todos
los hombres ¿Sería esto posible si tuviese que atender a
una familia y mantener unos hijos? ¿Podría amar con corazón
indiviso a todos los hombres?
En esto aparecen varios elementos.
En primer lugar hay que considerar la libertad de la
persona. Ni Dios ni la Iglesia obligan a nadie
a asumir el sacramento del orden. Es un don
de Dios concedido a la Iglesia. Dios da pastores a
su pueblo. Por lo tanto aquél que se sabe llamado
por el Señor, da una respuesta libre después de un
largo proceso de formación.
Esa respuesta libre, asume todo lo
que significa ser sacerdote: también el celibato que, como dice
Paulo VI, es una riqueza para la Iglesia. Se supone
que el sí que cada uno da, es meditado a
la luz de la Palabra de Dios con todas sus
exigencias y renuncias, como así también considerando la propia vida
y las posibilidades de responder que cada uno tiene.
En
segundo lugar el celibato es un don, un regalo de
Dios que no es para todos, y que en el
hoy de nuestra historia es exigido para la recepción
y el ejercicio del sacerdocio. Por lo tanto en la
Iglesia latina la presencia de este don puede considerarse junto
con otras cualidades como signo de verdadera vocación. Quien no
lo tiene, insisto, en el hoy de la Historia de
salvación, puede considerar que tampoco posee el llamado.
Un tercer
elemento a considerar es la importancia de la formación para
el amor que aquél que tiene el don del celibato
por el Reino de los cielos, debe recibir. Muchas veces
esta formación se reduce al aspecto genital o de relación
con el otro sexo, sin considerar los aspectos positivos de
la renuncia. Quien está llamado al celibato no renuncia al
amor, por el contrario, es convocado a un amor superior,
sobrenatural. Por ello nadie puede sentirse solo si descubre este
amor.
En cuarto lugar debemos considerar en serio quién es
el que llama. Aquél que nos invita a su seguimiento
de un modo mas exigente "deja todo y sígueme", Él
fue el primero en hacerlo y no sin esfuerzo. No
juzgo, ni es mi tarea hacerlo, a quienes no pudieron
mantener su promesa. Creo que es mejor que pidan la
pérdida del estado clerical y la dispensa del celibato, antes
que llevar una doble vida.
Pero me parece que antes
de eso, deben buscar los medios para permanecer fieles.
Buscar la ayuda de sus superiores, que a veces no
es suficiente; la amistad sacerdotal, la oración sincera. Ante la
crisis el sacerdote debería preguntarse por qué se siente solo,
qué es lo que lo impulsa a buscar una compañía
que pone en peligro su decisión vocacional. Sin duda,
mantenerse célibe, es decir que sí cada día al
Señor. Y sin duda el sí es la vida toda:
el trabajo pastoral, la oración, la liturgia, la predicación, en
fin, la dedicación al ministerio.
Cuando alguien falla en alguna
de estas cosas o no es feliz, entonces busca sucedáneos
y lo mas fácil será encontrarlo en aquello en lo
que el hombre es más débil.
Debemos volver a pregonar
la pureza entre nuestros jóvenes. Debemos gritar que la virginidad
y el celibato son un bien precioso que todos debemos
custodiar. Tenemos que decir que todos, aun los casados, estamos
llamados a la castidad, al buen uso del sexo.
Debemos
acentuar el amor como el primer valor de la relación
humana y repetir que el ejercicio de la sexualidad es
signo de ese amor entregado en el matrimonio; que la
renuncia a ese ejercicio es el signo del amor en
el célibe o la virgen y que la pureza, la
continencia de quienes están en búsqueda, manifiesta la verdadera fuerza
del amor.
No creo que esto sea contradictorio si algún
día la Iglesia permitiera el ministerio sacerdotal a hombres casados.
Hoy no es así. Quienes hemos sido llamados a ser
célibes no debemos preocuparnos por eso. En todo caso la
preocupación debería pasar por la necesidad de atender adecuadamente al
pueblo de Dios.
Esa remota posibilidad (de aceptar hombres casados)
no traería soluciones al célibe sino problemas a la atención
de la Iglesia. Por ello, que el célibe ame su
celibato como un don de Dios y que lo cuide.
Si alguno no puede hacerlo, que no tema, la Iglesia
que es Madre, tiene la solución por medio de la
pérdida del estado clerical y la dispensa del celibato (c.
290 y 291). Si alguno no puede mantenerse fiel
a su promesa, que tampoco se ponga en contra.
Termino
con una consideración de san Anselmo: "Si alguno no comprende
el misterio, que no lo rechace ni se oponga a
él, sino que baje humildemente la cabeza y lo adore".
Todos los servicios de Catholic.net son gratuitos.
Sólo nos mantenemos gracias a los donativos que, voluntariamente, nos hacen algunos de nuestros visitantes.
Necesitamos de tu ayuda para continuar anunciando el mensaje de Cristo a través de la Red.
Ayúdanos, Dios te lo recompensará. DA CLICK AQUÍ PARA DONAR