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Autor: P. Llucià Pou Sabaté | Fuente: Catholic.net ¿Han de casarse los curas?
Donde muere la fe, muere también la continencia...
¿Han de casarse los curas?
Es una de las preguntas obligadas, al tratar de
los temas de religión. La respuesta define si uno es
"progre" o "retrógada".
El celibato sacerdotal se definía así en
el siglo XII: "la continencia de los clérigos es la
que deben observar no contrayendo matrimonio y no usando del
matrimonio si lo hubieran contraído"(Uguccio de Pisa).
Esta absoluta continencia
en la generación de hijos se hacía de común acuerdo
con la mujer, en el caso de que estuvieran casados
estos que accedían al sacerdocio. Como todo ordenamiento jurídico meramente
humano, esto podría cambiar, pero ante tantas peticiones la Iglesia
se resiste a hacerlo. ¿Por qué motivo?
No es una
normativa reciente sino bien antigua: en España tenemos el testimonio
del Concilio de Elvira(Granada) del siglo IV, que indica expresamente
que "deben abstenerse de sus mujeres y no engendrar hijos;
quien haya hecho esto debe ser excluido del estado clerical"
(otros concilios de la época van en la misma línea,
además lo tratan como una obligación tradicional y bien conocida
en aquel momento, por tanto, no se trata de una
persuasión genérica sino basada en unos documentos bien conservados, y
la misma doctrina la observamos en los Papas de la
época entre los que destacan León y Gregorio llamados los
dos "Magnos", y otros Padres de la Iglesia como los
santos Ambrosio, Agustín y Jerónimo, etc.).
Y así vemos también
hoy día que cuando se conoce que un obispo o
sacerdote tiene relaciones conyugales, esto provoca la dimisión de sus
encargos pastorales.
Recientemente, el Cardenal Alfons Stickler ha insistido en
estos estudios, poniendo de relieve que esta tradición se remonta
a tiempos apostólicos. Con los siglos posteriores, la Iglesia intenta
aumentar el número de candidatos al sacerdocio célibes, y reducir
el número de casados ya que la experiencia mostraba que
era difícil que pudieran vivir estos últimos la obligación asumida
de vivir en celibato.
Con la aparición de los beneficios
eclesiásticos (lo que la gente ha llamado la riqueza de
las iglesias), hubo muchos pretendientes a los oficios de pastor
a los que iban ligados estos beneficios económicos, y bajó
el nivel espiritual de muchos eclesiásticos. Los principales desórdenes eran
la simonía (compra de los oficios) y el llamado nicolaísmo
(violación del celibato). Esto lleva a que en 1139 un
concilio dispone que estos matrimonios de sacerdotes (y religiosos) fueran
no sólo prohibidos sino también inválidos.
Ahora, hay otra crisis
de fe, y por tanto también cuesta perseverar: donde muere
la fe, muere también la continencia. Allá por el siglo
XVI, cuando el Concilio de Trento, hubo junto a las
herejías otra crisis de celibato. En aquel momento surgieron los
seminarios, para preservar la formación de los candidatos al sacerdocio.
De esta disposición, que se vio providencial, surgieron candidatos célibes
y ya no hubo que acudir a gente casada.
Ante
esta disposición, hoy muchos discrepan, pues no entienden -recoge un
editorial del Daily Telegraph- que una persona pueda ser madura,
pueda realizarse, si no es sexualmente activa. Esta opinión, aunque
esté de moda, es poco liberal y poco tolerante, pues
desprecia con cierta agresividad a cuantos no piensan así, como
si fueran anormales y "no realizados": "el legado de treinta
años de revolución sexual es la proliferación de divorcios y
separaciones, y una generación de niños sin padre y en
muchos casos descarriados.
Durante este tiempo, no todos los sacerdotes
célibes, ni mucho menos, han abandonado el ministerio para casarse
o son culpables de abusos contra menores, y muchos no
parecen ser ni más ni menos felices que el resto
de nosotros. Pese a ello, todavía seguimos buscando ansiosamente la
realización sexual, como enfermos que esperan que un medicamento que
no logra curarles les haga efecto tomándolo en dosis cada
vez mayores".
Efectivamente, la realización personal es un
tema complejo, unido a la felicidad, que no depende de
una búsqueda del placer sino de tener un corazón enamorado,
saber lo que se quiere (tener un ideal) y fortaleza
para perseverar por aquella vocación a la que uno ha
sido llamado a pesar de las dificultades que obstaculizan el
camino, que es sin duda un camino de cruz pero
por el que se encuentra esta felicidad.
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