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Autor: Jorge Enrique Mújica | Fuente: GAMA-Virtudes y valores Benedicto XVI ¿fue nazi?
No parece justo reducir la figura de un hombre de semejante estatura humana y espiritual a la mentira
Benedicto XVI ¿fue nazi?
Para robarle la fama a una persona lo más fácil
es calumniarla. A Benedicto XVI le han buscado desprestigiar desde
el día que lo eligieron Pontífice. Las falacias sobre su
persona se han ido multiplicando conforme sus firmes palabras se
han dejado sentir a favor de la vida, la familia,
la correcta sexualidad, el matrimonio, la responsabilidad, la paternidad y
la maternidad responsable, etc.
Hay muchos a quienes no les
agrada que el Papa recuerde la verdad del hombre al
hombre de hoy y por eso recurren a la mentira
para descalificarle. Y es que el difamar a un ser
humano, robarle la fama, denigrarlo, es fácil, muy, muy fácil.
Bastan comentarios ligeros, simplificaciones baratas, palabras preñadas de sutil dolo,
juicios gratuitos e infundamentados; aunque todos los hombres tienen una
capacidad crítica no todos la ponen en práctica y se
dejan llevar fácilmente por las opiniones comunes. Decir, por ejemplo,
que Benedicto XVI fue nazi en su juventud pero que
lo ha venido ocultando, es un juicio que merece un
repaso por la vida de Joseph Ratzinger y amerita repetir
la clase de historia contemporánea elemental.
Últimamente se viene escuchando este
comentario a raíz de la defensa a la vida que
el Papa viene realizando en sus discursos, homilías y otros
documentos en temas puntuales como eutanasia y aborto.
¿Es verdad
que Joseph Ratzinger fue nazi?
El Papa nunca ha negado que
le obligaron a participar en las juventudes hitlerianas ni que
hizo acto de presencia en las milicias del tercer Reich.
También ha dejado claro que nuca estuvo en el frente
de batalla. En el libro autobiográfico “Mi vida” él mismo
narra el contexto histórico padecido, la manera como se vio
obligado a formar parte de esos grupos y luego su
enrolamiento en el ejército, en qué consistió su participación y
cómo salió de él.
El contexto histórico
Quien conoce de
historia sabe cómo llegó Hitler al poder y lo que
sucedió luego. De lo vivido entonces por el pequeño Joseph,
Ratzinger contará:
“Los nazistas hablaron rápidamente de “toma del poder”, y
de esto efectivamente se trató. El poder vino, de hecho,
ejercitado desde el primer momento […] vinieron introducidas las “juventudes
hitlerianas” y la “liga de las mujeres alemanas”, vinculadas a
la escuela, así que también mi hermano y mi hermana
debieron tomar parte en sus manifestaciones. Mi padre –que era
policia rural– sufría mucho por el hecho de tener que
estar al servicio de un poder estatal a cuyos
vértices consideraba criminales aunque, gracias a Dios, su trabajo en
aquel lugar y en aquel tiempo casi no era tocado.
En los cuatro años que transcurrimos aquí –se refiere a
Aschau– de aquello que puedo recordar, el nuevo régimen se
mueve sólo para espiar y tener bajo control a los
sacerdotes que tenía una conducta “hostil al Reich”; valga decir
que mi padre nunca tomó parte en esto personalmente; al
contrario, puso en guardia y ayudó a aquellos sacerdotes de
los cuales sabía que corrían peligro”.
Conforme fue pasando el tiempo
el gobierno enroló a los jóvenes alemanes en las filas
activas para desempeñar servicios laborales que consistían en ayudas específicas
de carácter práctico para el mantenimiento de los cuarteles o
las bases de información militares, por ejemplo.
“Mi hermano tenía 17
años, yo 14. Quizá yo estaría fuera pero era claro
que mi hermano no podría fugarse. De hecho, en el
verano de 1942 vino enrolado en el así llamado “servicio
laboral” […] fue asignado al departamento de las comunicaciones, como
radiotelegrafista. Después de pasar por Francia, Holanda y Checoslovaquia, en
1944 fue enviado al frente italiano, donde fue herido y,
afortunadamente, transferido a Traunstein al hospital militar dispuesto en el
seminario que para él había sido el lugar de tantas
experiencias religiosas. Pero apenas restablecido fue enviado nuevamente al frente
italiano […] No obstante la gravosa oscuridad del cuadro histórico,
delante de mí estaba todavía un bello año académico en
casa y en la escuela de Traunstein…”
Mientras tanto, los azotes
de la guerra se dejaban sentir más y más:
“[…] en
los periódicos estaban elencados los caídos; casi todos los días
venía celebrada una misa por algún joven soldado caído en
la guerra. Los nombres eran cada vez más los de
aquellas personas conocidas por nosotros. Cada vez más se trataba
de estudiantes de nuestra escuela, jóvenes llenos de vida y
de fe, que nosotros habíamos conocido personalmente, que hasta hacia
poco tiempo habíamos visto cercanos a nosotros”.
Obligado a formar
parte
Pese a la aparente fortaleza del ejército alemán, los primeros
fracasos se empezaron a suceder; fracasos que conllevaban la pérdida
de hombres y la necesidad de más para hinchar las
filas de los frentes de batalla o, por lo menos,
para aumentar el ánimo de los que ya estaban en
ellas.
“Vista la creciente falta de personal militar, en 1943 los
hombres del régimen inventaron algo nuevo. Dado que los estudiantes
de los internados debían vivir de todos modos en comunidad,
lejos de casa, consideraron que no había ningún obstáculo para
cambiar la sede de los colegios, colocándolas en las apretadas
bases antiaéreas. Además, desde el momento que no estudiaban todo
el día, parecía del todo normal que utilizaran su tiempo
libre para los servicios de defensa de los ataques aéreos
enemigos. De hecho, yo no estaba internado desde hacia tiempo,
pero desde el punto de vista jurídico formaba todavía parte
del seminario de Traunstein. Fue así que el pequeño grupo
de seminarista de mi generación (generación 1926 y 1927) fue
llamado a los servicios de contra-aviones a Munich. A
los diecisiete años tuvimos que aceptar un tipo muy particular
de internado. Habitamos las barracas como soldados regulares que éramos,
obviamente una pequeña minoría, nos vinieron impuestos los mismos uniformes
y, en sustancia, debíamos desarrollar el mismo servicio con la
única diferencia que a nosotros estaba concedido también frecuentar un
mínimo de clases…”
Su participación
Así lo narra él mismo: “[…]
el periodo transcurrido causó situaciones embarazosas, sobre todo para los
individuos tan poco inclinados a la vida militar como
yo. Aquí yo estuve asignado a los servicios telefónicos y
el suboficial al que estábamos subordinados defendió con firmeza
la autonomía de nuestro grupo. Estábamos dispensados de todos los
ejercicios militares y ninguno osaba inmiscuirse en nuestro pequeño mundo
[…] más allá de mis horas de servicio, podía hacer
todo aquello que quería y dedicarme sin graves obstáculos a
mis intereses. Además de todo, sorprendentemente, estaban ahí un conspicuo
grupo de convencidos católicos que llegaron a organizar clases de
religión y a obtener el permiso de frecuentar ocasionalmente la
iglesia”.
En 1944, llegado al límite de edad para el servicio
militar, fue llamado a éste. El 20 de septiembre fue
trasladado a los confines entre Austria, Hungría y Checoslovaquia: “Aquellas
semanas de servicio laboral se han quedado en mi memoria
como un recuerdo oprimente […] una noche fuimos levantados de
la cama y reunidos, todavía medio dormidos. Un oficial
de la SS nos llamó uno por uno fuera
de la fila y trató de inducirnos al enrolamiento “voluntario”
en el cuerpo de la SS explotando nuestro cansancio y
la posición de cada uno delante de todo el grupo
reunido. Muchos fueron enrolados de este modo en ese
cuerpo criminal. Junto a algunos otros yo tuve la fortuna
de poder decir que tenía la intención de hacerme
sacerdote católico. Venimos cubiertos de burlas y de insultos y
devueltos dentro, pero esta humillación nos había agradado mucho desde
el momento que nos liberamos de la amenaza de ese
enrolamiento falsamente “voluntario” y de todas las consecuencias”.
“Era común que
aquellos que prestaban servicio laboral, con el acercarse del frente,
vinieran enrolados en el ejército; y era esto lo que
nosotros esperábamos. Pero para agradable sorpresa, las cosas fueron diversamente
[…] el 20 de noviembre nos fueron dadas las maletas
con nuestros vestidos civiles y vinimos despedidos en un tren
que nos regresó a casa, con un viaje continuamente interrumpido
por las alarmas aéreas. Viena, que en septiembre no había
sido tocada por los eventos de la guerra, mostraba ahora
las heridas de los bombardeos. Todavía más impresionante se me
hizo la vista de la amada Salzburgo donde no sólo
la estación estaba reducida a un cúmulo de escombros sino
también el símbolo de la ciudad –el grandioso domo del
renacimiento– había sido duramente golpeado; si bien recuerdo, la cúpula
había sido derrumbada […]”. Pero al fin llegó a casa
el joven Joseph: “Era un encantador día de otoño… raramente
he sentido tan fuertemente la belleza de mi tierra como
en este retorno a casa de un mundo desfigurado por
la ideología”.
Cómo salió
Al regreso se encontró nuevamente con la
llamada a las armas aunque le fueron concedidas tres semanas
para el descanso. Tuvo que ir. La Navidad la
pasó en las barracas. Meses más tarde sería exonerado del
servicio por enfermedad pero tuvo que continuar enrolado en el
ejército aunque nunca fue en el frente de batalla. La
muerte de Hitler reforzó la esperanza de que el final
de la guerra estuviese cerca… “Al final de abril o
en los primeros de mayo, no recuerdo con precisión, decidí
regresar a casa. Sabía que la ciudad estaba circundada
de soldados que tenía la orden de fusilar sobre
el puesto a los desertores. Por esto, para salir de
la ciudad tomé un camino secundario con la esperanza de
pasar desapercibido. Pero a la salida de una galería estaban
dos soldados centinelas y por un momento la situación se
hizo extremamente crítica. Por fortuna, eran de aquellos que no
podían más con la guerra y no querían transformarse en
asesinos”.
Finalmente llegaron los estadounidenses. A Joseph, como a tantos otros,
le tocó convertirse en prisionero de guerra. La casa de
los Ratzinger se convirtió en cuartel militar estadounidense. Joseph tuvo
que marchar caminando a pie durante tres días hasta otro
cuartel para prisioneros. Por junio los empezaron a dejar marchar;
a él le tocó el día 19. Ya libre, se
las tuvo que arreglar para llegar a su casa. Contará
después, anecdóticamente, con referencia a ese día: “En mi vida
nunca he comido alimento más felizmente como aquel que mi
mamá preparó aquella vez con los productos de nuestro huerto.
Pero para que nuestra alegría fuese plena faltaba todavía algo.
Desde el inicio de abril no habíamos tenido noticia
de mi hermano […] Por eso fue muy grande nuestra
alegría cuando, en un día caliente de julio, se sintieron
improvisamente los pasos y aquel por el cual por tanto
tiempo no se había sabido nada; estaba ahora en medio
de nosotros, bronceado por el sol de Italia…”
“Durante la fiesta
de Navidad llegamos a tener un encuentro entre nuestros compañeros
de clase, los sobrevivientes agradecieron por el regalo de
la vida y por la esperanza que renació, incluso en
medio de todas las destrucciones”.
Simplificar no siempre lleva a correctas
comprensiones. No parece justo reducir la figura de un hombre
de semejante estatura humana y espiritual a la mentira de
quienes por intereses subjetivos quieren desprestigiarle. Lo bueno de todo
esto, es que podemos cambiar nuestra opinión, reforzarla y ayudar
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