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Autor: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net Ante la Iglesia... ¿creer o no creer?
Yo creo en la Iglesia con esa seguridad que nace del amor. No es fácil probar mi postura, pero no por ello dejo de quererla
Ante la Iglesia... ¿creer o no creer?
Quien se pone delante de la Iglesia católica necesita
dar una respuesta a la pregunta: ¿viene de Dios o
viene de los hombres?
¿Viene de Dios? Si viene de Dios,
si Jesús, Hijo del Padre, la ha fundado, merece ser
tratada con el máximo respeto. La Iglesia sería entonces la
expresión de un cariño inmenso de Dios, de un deseo
de ofrecer a los hombres un camino de salvación, de
felicidad, de paz.
Si viene de Dios, habría que aceptarla tal
y como la quiso Jesús. Con sus enseñanzas y con
su jerarquía (Papa, obispos, sacerdotes). Con sus sacramentos y con
la gran celebración del domingo, día del Señor. Con el
mandamiento del Amor, que lleva a plenitud la Antigua Alianza
con sus preceptos, y que nos invita a vivir como
hermanos, hijos del mismo Padre, hermanos en Cristo.
Si viene de
Dios, no tiene sentido “exigir” a la Iglesia que “adapte”
a los nuevos tiempos su doctrina sobre la anticoncepción, o
sobre el aborto, o sobre el divorcio, o sobre el
matrimonio. No tiene sentido pedirle que ordene mujeres o que
cambie sus enseñanzas y disciplina sobre el celibato de los
sacerdotes. No tiene sentido querer una Iglesia a nuestra medida.
Pero
si no viene de Dios, si es simplemente una invención
humana, entonces vale lo que vale algo inventado, pensado, construido
por los hombres. No tendría una credibilidad absoluta, no tendría
valor el escuchar todo lo que enseña con respeto: valdría
sólo aquello que pueda ser aceptado por nuestra razón. Lo
demás podríamos rechazarlo libremente, dejarlo de lado según nos parezca
a cada uno.
El dilema es claro y tajante. No es
posible un camino intermedio. A la Iglesia católica la aceptamos
como a la verdadera Iglesia de Cristo, como a la
llamada de Dios que nos invita a ser sus hijos,
o la dejamos de lado, como algo opcional que se
escoge o rechaza sólo si convence como puede convencer un
vendedor ambulante que ofrece un objeto mudable, pobre y caduco
como todo lo simplemente humano...
Yo creo en la Iglesia con
esa seguridad que nace del amor. No es fácil probar
mi postura (si fuese fácil, seguramente habría muchos más católicos
en el mundo), pero no por ello dejo de quererla.
El amor me lleva a estudiarla, a conocerla desde dentro.
Me permite saborearla en la caridad de tantos sacerdotes y
laicos, en la frescura de los chicos y chicas que
se entregan completamente a Dios, en la alegría de los
monjes y monjas de clausura, en la fecundidad de los
esposos que acogen cada hijo que Dios les envía, en
los ancianos que no dejan de testimoniar que Dios perdona
y ayuda a quien a Él se acerca.
Creo en ella.
Humilde y débil, como el Papa Juan Pablo II. Grande
y bulliciosa, como en los congresos que reúnen a miles
de católicos, como en las multitudes (o en los grupos
pequeños) que llenan cada domingo las iglesias del planeta. Creo
en ella, como la Virgen María, que dice su sí,
que acepta, que acoge el mensaje de un ángel que
revela misterios grandes y pide encargos difíciles, pero posibles desde
la venida del Espíritu.
Creo en la Iglesia. Quizá no puedo
convencer a otros de su verdad y su grandeza. Quizá
no siempre los católicos hemos sabido ser testigos del tesoro
divino presente en la Ella. Pero ello no quita la
belleza del Amor de Dios encerrado en su Iglesia. Un
Amor que se ofrece a todos, que puede tocar cada
corazón que se abre, sencillo, fresco, a Cristo Salvador.
Sólo pido,
a quien no la acepta ni la ame, que respete
mi postura, que no critique a mi amada Iglesia, que
me deje en mi certeza: Dios la ha querido, Dios
la ha regalado, Dios nos la ofrece para que tú,
yo, cualquier otro, pueda acogerla como es, pueda caminar cogido
de su mano, sin críticas malignas, sin deseos de cambiarla
en sus valores más profundos.
Sólo así descubriremos su verdad y
seremos capaces de defenderla con amor que no es fanatismo.
Con un amor que es también tender una mano y
dialogar con sencillez y confianza con quien no puede comprender
que Dios nos ama y nos perdona en el Cristo
presente, vivo, palpitante, en su Iglesia milenaria. Una Iglesia cargada
de años y rebosante de juventud por el continuo amor
del Padre y la fuerza del Espíritu.
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